Llanto Frenesí

Llanto Frenesí

El siguiente texto forma parte de la serie “Transformar el silencio: ensayando la sororidad en la literatura”, curada para El BeiSMan por Violeta Orozco y MelanieMárquez Adams —una colección de textos que establecen e invitan a un diálogo entre escritoras de diversos países, trayectorias y generaciones.

 

 

Me enseñaron desde pequeña a callar, a decir poco, a no hacer ruidos inapropiados, a no mostrar dolor, angustia, tristeza. Me enseñaron que el dolor se vive en soledad y como me decía mi madre en sus momentos de angustia silenciosa y profunda: “la procesión se lleva por dentro”.

Esconder mis emociones y mis palabras era un acto de valentía, de orgullo, de dignidad, de no andar marcando a los otros con mis lágrimas, con mis mocos, con mis sollozos y mis suspiros. La cabeza en alto, un acto de dignidad herida. Un silencio de los que iban cortando de a poquitos los lazos más íntimos con la idea de mí misma.

Crecí en silencio, aprendí a sufrir en silencio, aprendí que solo se llora cuando realmente duele, no se puede andar llorando por nada y si se llora por nada es mejor recibir un golpecito, para tener una razón física, para que el dolor pueda nombrarse y así el llanto tenga sentido. Otra de esas frases fundamentales de mi niñez: “Si seguís llorando te pego para que llorés por algo”. El privilegio de la melancolía y la nostalgia se convirtió así en algo privado. En algo relegado a las noches, en un momento íntimo de abrazar la almohada y gritar y llorar desesperadamente sin hacer mucho ruido, sin que mi mamá al otro lado de la habitación pudiera despertarse. Era un llanto desesperado. Un torrente de los que salen sin poder poner límite. De los que inundan toda la almohada y mojan la cobija. Un llanto con miedo, un llanto secreto, un llanto delito, un llanto delincuente.

Mi madre, madre soltera, cabeza de familia, con turnos de 14 a 16 horas, con salario mínimo, con 3 hijas, en Cali, en Colombia, quien sí tendría razones para llorar, según decía ella, jamás lo hacía. Y hasta hoy solo la recuerdo llorando 3 veces en mi vida y ya tengo 36 años. Si ella, que tenía todas las razones para llorar nunca lloraba, ¿por qué yo me iba a tomar ese lujo, ese derecho?, ¿quién era yo para de repente para andar llorando por todo, o era mi llanto solo una muestra de ingratitud y desagradecimiento? Una muestra de debilidad o peor aún una demostración de que era igual que mi padre, la figura odiada, rechazada y maligna a la que parecerse era peor que todo, peor que andar llorando por ahí.

Cuando mi madre descubría que había llorado toda la noche, las mañanas eran densas, las pocas muestras de cariño se esfumaban por completo. Yo, la demostración de mi

 

padre y ella la guerrera empobrecida que no tenía ni eso, ni la posibilidad de llorar, nunca había reclamado ese derecho. Las mañanas en las que ella descubría que había llorado toda la noche, eran mañanas que se sentían frías, mañanas sin apetito, mañanas que me daban dolor en la panza y que así yo intentara me daban ganas de llorar aún más. Un torrente de lágrimas atrapadas en la garganta. De esas que hacen nudo y no dejan ni tragar el sorbo de agua-panela. Ese nudo que permanece en el cuerpo años y años, hasta el día en que llorar deja de ser delito y sale ese torrente de lágrimas imparable, como cuando explota una represa de agua y baña todo al rededor, inundando al alma.

Aprendí a ser fuerte, a no demostrar debilidades, a decir lo necesario, a estar sola, a aceptar que mi destino estaba marcado por una línea de mujeres que no tuvieron otra opción que ser fuertes, de ancestras maltratadas, de esclavas de las plantaciones de caña, de mujeres que criaron a sus hijas solas, mujeres que nunca lloraban, porque llorar era un delito y nunca había tiempo para cometer ese tipo de crímenes.

Dejé la casa de mi madre a los 16 años, un acto de rebeldía, un acto de tristeza infinita, un acto de rabia, un acto de liberación. Fui a la capital a reencontrar mi cuerpo, mis dolores y mis tristezas y me descubrí llorando todas las noches, llorando todas las mañanas, llorando en el medio de una conversación, llorando en el sexo. Fue como si llorar se convirtiera en el acto más rebelde e insurgente que mi alma jamás hubiera conocido. Y ni siquiera necesitaba un detonante, podría ser así de la nada, un día cualquiera de sol, en compañía de quien fuera y ahí me llegaba la tristeza y me hacía desplomarme en un llanto inconsolable.

Refugiaba mis lágrimas en la música, en las noches con esquinas húmedas del centro de Bogotá, en los bares de salsa donde podía bailar compulsivamente y llorar a la vez, sin que nadie lo notara, un llanto que se confundía con el sudor, un llanto que salía de mis poros y bañaba mi ropa, un frenesí de nostalgia y melancolía.

Así descubrí que no solo lloraba por mí, que mis lágrimas representaban mis ancestras, las esclavas de las plantaciones de caña, las mujeres negras que llegaban a la ciudad con sus hijas y no eran más que empleadas de alguna señora rica, blanca, quien tenía el derecho a quejarse, a llorar por cualquier cosa. Descubrí que lloraba por todos los golpes, los abandonos, el hambre, los silencios, las noches en vela, los cuerpos desnudos. Descubrí que lloraba por todas nosotras, por mi clan.

El frenesí del baile y del llanto se volvieron un ritual, un ritual de sanación, de fuerza, un ritual de exorcismo, un ritual de encuentro con mis sombras. Bailar y llorar me dejaban más liviana, lista para la siguiente batalla, lista para la siguiente perdida, lista para comerme el mundo a mordiscos, para sentirme con el derecho de sufrir, de sufrir y hacérselo a saber a todo el mundo, a cualquier extraño, a cualquier recuerdo.

Recuerdo entonces, el día que te vi: salía liviana de uno de esos bailes frenesí, salía con la ropa pegada al cuerpo, una mezcla entre llanto y sudor. Vos te veías similar, liviana, perdida en tus pensamientos, con tristezas atrancadas en el cuerpo, con dolores no permitidos. Fue algo en tu caminar, en el olor que dejaba tu sombra al pasar, que mi melancolía no pudo dejar ir. Camine detrás tuyo, no estoy segura si sentiste mis pasos, o fue mi olor el que puso atento al tuyo, pero recuerdo que te volteaste hacia mi y me miraste con esos ojos grandes y vacíos, esos ojos-túnel que se perdían con la noche y seguiste caminando, aceleraste tu paso. Caminar en la madrugada en las calles del centro de Bogotá era una tarea que no se podía hacer a paso lento, acechaban muchos peligros en cada esquina, además éramos mujeres solas, con andar perdido y tristezas en todos los rincones del cuerpo.

Pensé que quizás recorríamos las mismas esquinas sin saberlo, los mismos pasos en otros zapatos, que quizás también tenías una madre que te había prohibido llorar, que te había enseñado a callar tus dolores. Te mantuve en mi mente por noches enteras y buscaba tu sombra en las esquinas, en los rincones del centro donde mujeres con nuestro peso suelen caminar. Volví a verte, esta vez en el bar de siempre, estabas también bailando frenéticamente, bailando salsa, gritando y llorando, llorando como yo, llorando y sudando.

Te pedí un baile y lo aceptaste, nos abrazamos sin decir nada, estábamos acostumbradas a callar, a silenciarlo todo. Nos abrazamos eternamente y lloramos, lloramos juntas, lloramos horas enteras, perdidas en ese abrazo lleno de sudor y lagrimas, en ese encuentro nocturno, dos cuerpos llenos de sueños rotos, dos cuerpos que se encontraron y caminaron juntos para sanar, para lamernos las cortaditas en la piel.

 

La libertad de llorar y la libertad de amar las aprendí contigo.

 

 


 

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