Leyendo a Cavafis

Leyendo a Cavafis

 

El siguiente texto forma parte de la serie “Transformar el silencio: ensayando la sororidad en la literatura”, curada para El BeiSMan por Melanie Márquez Adams y Violeta Orozco —una colección de ensayos que establecen e invitan a un diálogo entre escritoras de diversos países, trayectorias y generaciones.

 

 

Desde mis primeras lecturas me acostumbré a una especie de travestismo anímico que me permitía identificarme con personajes tan distintos de mí como Odiseo o Lord Henry Wotton o Raskolnikov. Pasaba por alto el detalle de que ellos fueran hombres y asumía sus conflictos, sus dudas, sus ideas, de buena fe me imaginaba caminando por una calle de México como si fuera un personaje de Cavafis y creía que la descripción del deseo que hace Villaurrutia en el “Nocturno de los Ángeles” podía servir para entender el mío. Sólo mi timidez o mi falta de experiencia, o de plano mi torpeza, explicaban que no me sucedieran aventuras felices o excitantes como las de ellos.

Aprender a leer mejor me tomó tiempo. Mucho. Más o menos así:

 

Escena 1

Tendrá doce o trece años. Apenas se está acostumbrando a los cambios corporales que han movido los significados de todo: ya la ropa no le queda como antes, cuando se ponía cualquier pantalón para jugar en el parque. Empieza a darse cuenta de que algunas prendas desatan reacciones desconcertantes, que la divierten o la halagan, pero a veces la asustan. Todavía no está muy segura de lo que quieren decir algunas expresiones en la cara de los hombres. Tal vez por eso, cuando puede, se queda a leer. Y un día entre los días, por pura casualidad, abre un libro de poemas, textos breves sobre gente que camina por la calle:

 

al pasar frente a una tienda donde vendían 

mercancía barata para trabajadores

vio una cara, una silueta que le atrajo

y entró fingiendo querer ver pañuelos de colores. 

 

La pequeña historia la atrapa. El muchacho entra a preguntar por los pañuelos, pero toca las manos del vendedor, oye su voz ahogada (casi apagada por el deseo, precisa la voz que narra la escena). No pasa mucho más: los dos chicos se ven, se tocan, murmuran detalles sobre las telas y los precios, pero tienen mucho cuidado “para que el dueño de la tienda, / que estaba sentado al fondo, no se enterara.” Lee muchas veces esos renglones, como si los fuera entibiando y amasando. Empieza a entender escenas de los últimos tiempos, cosas confusas, roces, consejos que no había captado. Cuando cierra el libro se siente feliz. Tiene ganas de salir a la calle.

En este instante brota a su alrededor, desde sus recuerdos de la escuela, de sus primeros pasos y de las palabras más viejas de su memoria, una legión de mujeres a quienes les urge cerrar la puerta. No. Ni se te ocurra irte a la calle a ligarte al vendedor de una tienda o a uno de los albañiles que están trabajando en la calle o al portero de un edificio. Ni aceptar el aventón que te está ofreciendo ese señor que te hace señas desde su coche. No creas que el peligro está sólo en la calle: tampoco te aconsejamos tomarte una copa en una fiesta de niños ricos, ni pedirle al amigo con el que estabas coqueteando que te lleve a tu casa. Que los acompañe alguien, date a desear, no vaya a pensar que eres fácil. Por favor haznos caso: no.

 

 

Escena 2

Más o menos un año después. Digamos que entre muchas confidencias y consejos de amigas y regresos al libro de Cavafis e incursiones en otros libros y muchísimas películas y canciones aprendidas de memoria y series de televisión ya le ha quedado claro que tiene muchísimas ganas de enamorarse. Es más: ya le gusta alguien.

(¿Enamorarse? Cavafis tuerce la boca. Se siente insultado. Empieza a revisar el libro para regañar al traductor: ¿cuándo carajos escribió él algo sobre el enamoramiento? Él puso DESEO. Años después un amigo, otro poeta homosexual, se muere de la risa cuando ella le cuenta: el amor entre hombres “no puede decir su nombre” porque en muchísimas relaciones callejeras los amantes se despiden después de coger, pero sin haber averiguado nada del otro. Ni el nombre.)

No discute con él porque los años le han mostrado que sería en vano, pero en esa descripción le falta algo. ¿Ni siquiera el nombre? ¿No se van a comer algo, no siguen platicando, no caminan juntos por la calle? ¿No se regalan pañuelos? Él haría gestos de horror a cada pregunta. Claro que no. Habla mucho de su libertad y ella lo admira. Pero.

De regreso a la adolescencia, a ella por lo pronto ya le gusta alguien. ¿Qué sigue? 

Esperar.

Paciencia.

Fingir que piensa en otra cosa.

Se pone la ropa que le queda mejor cuando sabe que puede encontrárselo, le hace una sonrisa muy dulce. Hace todo lo posible por parecerse a una flor abierta, por ejemplo, se perfuma, se viste con colores llamativos, gasta dinero en la peluquería, estudia variaciones del maquillaje. Tal vez lo mira, inicia una conversación. Sonríe. Y hasta ahí. 

Una cantidad incalculable de experimentos arroja el mismo resultado: en el lugar y en la época en que vive los hombres toman la iniciativa. No puede ser al revés. Sus reacciones varían cuando se intenta alterar ese Orden que confunden con el orden social: a veces se ríen más o menos cruelmente, a veces tienen reacciones más violentas, a veces nada más telegrafían que es una puta. Puras variaciones del rechazo. Ella se pregunta si les gustan las mujeres o el papel de conquistadores, el dominio.

Back to square one, lo mejor que puede hacer cuando le gusta alguien es hacerse la interesante y esperar. Otro poquitito.

  

Escena 3

Ya convertida en una mujer adulta que podría estar escribiendo estas líneas, recibe a un proveedor en su oficina. El hombre cierra la puerta, se le acerca, la toma entre sus brazos, le exige que lo bese. A ella le repugna el ligero olor a sudor, la forma en que se viste el tipo, el estilo abusivo de la escena. Trata de soltarse y él la jalonea, la aprieta, le deja un moretón en la muñeca. Lo amenaza con armar un escándalo y después de un forcejeo consigue que la suelte.

Esa misma tarde platica con un amigo que dice estar interesado en ella. No entiende cómo puede ser tan tonta. El error estuvo en encerrarse con el vendedor. Le pregunta por qué se está quejando si ella provocó el ataque.

Ella se refugia otra vez en la lectura, pero esta vez el periódico le cuenta que la policía, el ejército y la marina nacionales violan a las mujeres sistemáticamente.

 

Escena 4

En un restaurante, ella y una amiga chocan las copas, intercambian tips para lidiar con la menopausia. La amiga está agotada, pues su marido ha tenido problemas en las últimas semanas y se ha desvivido para apoyarlo: no sólo el apapacho y apoyo psicológico de rutina, sino trabajo secretarial (pues llamó para hacerle algunas citas de trabajo), logístico (analizó con él la situación, lo ayudó a escribir, revisar y mandar por correo electrónico un oficio) y económico (pues para alivianarlo este mes ella ofreció pagar varias facturas). Se pasa la mano por la frente, toma un sorbo de vino y para cambiar un poco la conversación le pregunta si no está saliendo con nadie.

—Me estoy tomando un descanso. De hecho, estoy disfrutando mucho esta temporada sola. Ya no me interesan los hombres.

La amiga la mira compasivamente.

—Lo siento por ti.

Por un microsegundo está a punto de explicar que le gusta vivir sola y tener todo el tiempo para lo que se le dé le gana, ahora que tiene otro equilibrio hormonal. Se siente como si hubiera regresado a una etapa feliz, cuando iba a la escuela a jugar con sus amigas y las clases eran entretenidas, más bien fáciles: tanto ahí como afuera, en su casa o en las de ellas, aprendía desde los rudimentos del tejido hasta la regla de tres, las instrucciones para usar el diccionario o la enciclopedia. Deseaba cosas que podía conseguir y las disfrutaba: se mecía en los columpios del parque, brincaba en los charcos, después de la lluvia, y se reía con el agua desparramada. Luego creció, tuvo muy buenos momentos con distintos hombres, grandes historias de amor y de pareja, claro, pero cómo decirle que entre sus preocupaciones no están esas facturas raras de las que acaban de hablar: cuentas de restaurantes y de bares, bueno, viajes de fin de semana, vaya, pero ¿cuentas de un ginecólogo? Prefiere no ser agresiva, se toma otro traguito de vino. Para desviar la conversación habla de poesía, recuerda versos de Cavafis.    

 

 

Próxima entrega: ensayos de Indira Isel Torres Cruz, Esther M. García, Esperanza Vives, entre otras escritoras que formaron parte de nuestro evento de lectura “Fragmentadas”. Convocamos a las escritoras de todas las latitudes y generaciones a que contribuyan a la discusión enviando sus ensayos.

 

 


                                                         

Otros artículos de la serie: “Transformar el silencio: ensayando la sororidad en la literatura”

Lola Horner: “Hubo una vez una mujer”

Daniela Mora: “#YoTeCreo: a propósito del escrache feminista”

Melissa Martínez-Raga: “Avena y canela para la supervivencia”

Masiel M. Corona Santos: “Un lápiz que escribe”

María Mínguez Arias: “Maternar de incognito”

Kyra Galván: “Reflexiones sobre la maternidad: nuevas formas de maternar y paternar y las relaciones entre escritoras”

Violeta Orozco: “La expropiación de la intelectualidad en las escritoras latinoamericanas”

Melanie Márquez Adams: “El maíz de la soledad”

Daniela Becerra: “Criar palabras”

 

2 Comments

  • Mónica Suárez 7 months ago

    Un buen texto que describe muy bien situaciones constantemente experimentadas por muchas mujeres. La narración en escenas deja un aire fresco, propositivo. Felicidades Adriana.

  • Patricia Castillo 7 months ago

    Me encantó leer que leyendo, podía transformarse en Raskolnikov. Yo misma lo fui. Me fascinaron las escenas porque todas hemos vivido o pensado cosas semejantes, y hemos sido inculpadas de "buscarnos" lo que nos pasó. Pasé un rato de camaradería a distancia con la autora.