La periferia somos todxs: re-pensar lo humano

La periferia somos todxs: re-pensar lo humano

 I

No pocas veces me he preguntado adónde pertenezco (y por qué debería per-te-ne-cer a un adonde), qué me identifica, con quién me identifico, qué o quiénes me reconocen o representan, quién piensa en mí, quién me ha olvidado, para quién existo y para quién no. Hablo de mí, sin atreverme a borrar las voces otras, las otras miradas y cuerpos, aunque siento sospechas de encuentro con ellxs, porque las construcciones que siento mías las siento históricas, lingüísticas, sociales, políticas y culturales, como una inmensa red que me teje y les teje el cuerpo, las subjetividades, las historias… Que hay que imaginarlas como relato, como una ficción, una serie de acontecimientos caóticos que no tienen forma, pero que algunos seres le moldean con sus manos de barro y ojos de esperanza, y pese a que sean coartadas, contadas, repetidas, creídas, también hay que sospechar y hacer nuevas historias con esa imaginación necesaria.

 

II

Siento mi nacimiento difuso, no lo recuerdo más que por lo que me han dicho, algunas fotografías, algunos documentos pero ¿así fue? Me han dicho que soy una mujer, me han dicho que soy un hombre, me han dicho que soy pobre, que soy lesbiana, que soy un puto, un monstruo. Yo a veces les creo y a veces no, la mayor parte del tiempo sospecho, digo que soy esto o lo otro, pero nunca me convenzo de nada y me da miedo porque no me comprometo con ningún grupo, colectivo, sector, ideal (¿y por qué ha de preocuparme eso?). Hay voces todo el tiempo y hay miradas todo el tiempo, edifican sobre mí un cuerpo que no sé si soy, y me brincan pensamientos como desde las gónadas o acaso los padrenuestros, y entonces el lenguaje ajeno le da sinsentido a mi vida, acaso todo el sentido. Hay una arquitectura que se construye y vuelve al polvo, se reedifica y nunca es idéntica a sí misma, hay en cierto modo una ortopedia invisible sobre lo que creo que es mi vida.

Los primeros años son difíciles de recordar, no sé si tengo memoria del pasado, con cada nueva mirada hacedora de mis capas corporales se ha ido quedando enterrado todo eso que no puedo nombrar, apenas sé que fui unos huesos en la tierra, pero eso a ojos de otrxs, y tuve taxonomías, y antes, aunque luego, fui de boca en boca, paseándome por algunas lenguas a orillas del río y nada más. Ahora, desde hace no mucho que me despierta una conciencia del presente pero en suerte de búsqueda de retorno al pasado, reconstrucción de lo construido en alteridad y la mirada hacia atrás representa caos porque el pasado es un montón de cosas pero nunca claridad; huesos por todos lados, lenguas muertas, libros que nunca hablaron sobre mí. Sí, los primeros años siempre son difíciles de recordar, pero según tengo la idea, yo era igual que mis hermanos, pero peor. ¿Me explico? Aunque se dijera que éramos iguales de algún modo, mi frialdad, mis pérdidas, mis humores, todo eso representaba una inferioridad notable que me fue rezagando en casi todo.

Luego, a los 15 años tenía que callarme, no podía hacer nada que mi Padre no permitiera, debía seguir con su mandato y caminar casi invisible, silenciosamente para no ser molestia para mis hermanos que podían salir, estudiar, leer, pelear. Eso sí, siempre fuimos pobres, siempre faltó comida y vivienda pero sobraba fe, creíamos en mi Padre, a la vez que le temíamos, en parte era por influencias de mi amigo, el único que había tenido, bueno no sé si era amigo o no, pero me escuchaba cada tantos días, me decía qué hacer, qué no hacer, cómo caminar por aquí o por allá, a veces me generaba culpas, pero era por mi bien, mi Padre era una figura más bien imaginaria, no sé, como una idea que permanece omnipresente y mi amigo era de carne y hueso, más real, más próximo a mí y siempre buscaba raíces en mi Padre, siempre hablando bien de Él, siempre diciendo que le debía respeto y obediencia.

Yo a veces dudo de todo aquello y en realidad recuerdo poco. Pero lo que recuerdo, lo escribo.

Eso a los 15, a los 16, un poquito a los 17. Luego pude estudiar, pude entrarle al mundo académico con otras gentes, ahí tenía más amigos, no como el primero, sino que parecían como hijos de éste, algo impositivos también, un poquito superiores a mí, al menos eso sentía, al menos leía y escribía pero siempre un poquito peor que los demás. A los 18, ya con ciertas sospechas, me preguntaba por qué, por qué mi Padre me silenciaba, por qué mis amigos me veían como desde un pedestal imaginario, por qué yo no podía ser o hacer, por qué tenía miedo. Ahí ocurrió algo sin precedentes; conocí a ciertas personas que me dieron algunos libros, me leyeron algunas cosas, me invitaron a unas reuniones en las que se convivía como en otro mundo, me hablaron pues de igualdad, me dijeron que mis hermanos y yo éramos iguales, que teníamos los mismos derechos, me dieron una ilusión con todo ese ajetreo y tanta escritura, incluso me regalaron una enciclopedia con un sinfín de escritos sobre un sinfín de temas, diciendo que yo tenía acceso a ello, hablaban de leyes, de libertad, de ciudadanía. Cosas que hacían nacer una esperanza.

Poco a poco me di cuenta de que leer no bastaba, la palabra igualdad no quiere decir nada cuando se le delega a quien esto escribe cierto número de horas en ciertos lugares para hacer ciertas cosas a cambio de casi nada, la palabra libertad no significaba nada cuando el encierro mío tenía que ver con otras cosas. Yo veía a mis hermanos andar por la calle, los veía a todos, toditos, a cada uno de ellos caminar sin ser pisado, subirse a una tribuna y ser escuchado y aplaudido, escribir incluso sobre unas condiciones extrañas en las que me encontraba yo, muchas veces su objeto de análisis, y luego ser reconocido por los otros hermanos, por los otros amigos. Los 18 pasaron como esperanza y muerte. Como vida libre en la guillotina.

Hacia los 19 me dijeron que tenía una enfermedad. Olvídense de las respiratorias o infecciosas, lo mío era grave, lo mío tenía que ver con un nuevo orden mundial, con una mortal tendencia, una desviación, un crimen de la naturaleza. Me diagnosticaron diferentes doctores y luego —y sobre todo— diferentes no-doctores, me metieron al laboratorio, me hicieron pruebas sanguíneas, dieron mis datos a Gobernación (departamento de Estadística, Salud y no recuerdo qué otros), tomaron medidas de mi cuerpo, de mis órganos, me dieron medicamento, luego terapia y finalmente mi familia me mandó al encierro, un nuevo encierro. La arquitectura hizo nuevamente lo suyo. Me vigilaban por todos lados. Me castigaban en todas partes. Incluso… llegué a pensar y aceptar que mi enfermedad era lo peor, que por qué a mí, que Dios mío, que si una ayudita por favor, que debería morirme.

Conocí a algunas personas como yo, es decir, con la misma enfermedad, esa que nos dejó paralizadxs, esa que nos invadió todo el cuerpo, que nos asesinó el nombre y todo lo demás para hacernos llamar con su propio nombre, con sus características universales, con sus efectos nocivos. No fuimos sujetos sino de la enfermedad y nada más importaba. En todo eso nos identificamos y un buen día, con el hartazgo de las humillaciones, de los insultos, el autoexilio, los golpes, la violencia de Estado en todo su esplendor, decidimos salir, decidimos ir a encontrar algo, no sabemos qué, pero algo, eso que nos prometieron a escondidas a los 18, eso que nos dijeron que merecíamos por el solo hecho de haber nacido. Algunas personas se burlaron, otras nos golpearon con más fuerza, nuestro Padre de pronto nos escuchaba, porque tenía miedo de ser despojado de todo lo que adquirió en la vida, de ser muerto por nuestras voces, por eso nos escuchaba y nos decía alguna palabra de aliento, nos daba algunos permisos, nos servía un vasito con leche antes de dormir.

Al tiempo, luego de que las cosas estaban un poquito calmadas, luego de la siesta de leche tibia, luego de sentirnos humanos, yo no estaba muy a gusto. Después de todo fueron permisivos todos, nos dieron nuestros espacios para enfermos, nuestra vida para enfermos, nuestro estate quieto para enfermos, en fin, una serie de calmantes en diferentes presentaciones que me seguían dejando una serie de sospechas y yo sabía además de buenas fuentes que así como había otrxs cuyos permisos eran casi paradisiacos, había otrxs más enfermos, que eran calladxs, esclavizadxs, asesinadxs, no tenían ni el derecho al permiso concedido o simplemente su enfermedad no era ya lo principal en sus vidas, tenían que sobrevivir al día, y lo demás era cosa de lujos.

Yo estaba para entonces estudiando una carrera universitaria, comprendía más de todo un poco aunque siempre tenía la impresión de que lo que hacían era tolerar mi presencia enferma dentro de un espacio súper sano, pero que para mí era más nocivo que nada. Y era nocivo porque comprendía pero aquello que querían que comprendiera y si hablaban públicamente de la enfermedad era para estudiarla, desde la etiología hasta algunas cosas históricas de métodos para su curación, de intervenciones desde el área de Salud. No se podía hablar desde lugares periféricos en los muros de la hipocresía, si el muro de Berlín había de caer sería para edificarse como un nuevo lugar del conocimiento, ese que no permitía la periferia como válida o existente. Todo era un discursito más bien lineal y trabajado, esperado y no cuestionado, y cuando llegaba yo a ponerlo en duda, me callaban inmediatamente. A mí, a cualquier enfermx. Y lo curioso es que todxs por ahí sentían su vida dentro de una curva perfecta de normalidad, todxs hablaban cómo el otro, la otra, lxs otrxs, merecían ser estudiados, merecían ser tomados como seres humanos para la investigación universitaria, para sacar diez, para pasar de año. Toda esa conmiseración se olvidaba en las vacaciones.

A los 20 años me encuentro en el periódico la noticia de que ya no tengo esa enfermedad tan calamitosa (el mismo que años antes decía lo contrario y lo sustentaba con un sinnúmero de pruebas científicas de alta credibilidad que estudiamos en las aulas). Sin embargo para esa edad yo me había alejado un poco de la enfermedad como estigma, engañosamente también la estudiaba o la poetizaba al escribirla o decirla. No niego que un poco también me olvidé de ella. Acaso aceptaba mi condición y no la nombraba como enferma sino como desde la diferencia, aunque eso me colocaba siempre en comparación con algo que no era diferente, algo idéntico a su propia normalidad o naturalidad o salud, y ese silencio, maldito silencio inefable que se extendió por mis poros, por las capas que olvidan los huesos y la tierra en que fueron hallados, ese silencio que no es tranquilidad sino ausencia, olvido forzoso. Pensaron a los veinte años que había muerto, y mi muerte no merecía ser llorada, porque mi enfermedad, que me hizo, desaparecía, y con ella, yo. La urgente nostalgia de perder aquel asidero me derrotaba un poco, a los veinte años me decían que lo que yo creía de mi enfermedad, de mi vida, no era verdad, ¿cuántas cosas no serán mentira entonces? Devenir pura nostalgia. Resucitar.

A los 21 todo es más o menos incierto. Desde antes se habló de mi cuerpo mutante, de mi resistir, de la ausencia de lugares para trabajar mi no-identificación con algunas categorías. Emergimos desde algunas cloacas científicas, intelectuales y occidentales para mostrar la deformidad de nuestro ser, ahora tal vez con el estigma como bandera, una bandera de burla para los que nos nombraron, pero sobre todo una bandera que aceptaba que todxs tenemos diferencias, que nos atraviesan categorías no estáticas, que no somos una existencia acabada o tallada ya con sus manos, que podemos hablar múltiples lenguajes porque contenemos múltiples culturas en el cuerpo. Que el uno cada vez es menos homogéneo, es mucho más difuso, ilegible o incierto, que la periferia somos todxs y así podemos re-pensar lo humano.

 

III

Estamos atravesadxs y atravesamos diferentes categorías de lo que llamamos humano, somos algo así como una red histórico-corporal que contiene muchos significados, que se mueve en muchos lugares, que tiene que ver con muchos lenguajes. En todo este campo (¿de batalla?) existen categorías como raza, sexo, género, orientación sexual o etnia, todas de las que somos parte en alguna medida (aunque mejor decir mirada) tanto como ellas de nosotrxs, y se van haciendo cuerpos multiformes de culturas. Toda categoría nos viste de humanos y algunas nos han atravesado (y hemos atravesado) casi globalmente; el sexo, el género y la orientación son algunas de las que más pueden tocar los espejos infinitos de existencia.

Es difícil pensar por dónde podemos empezar a hablar sobre estos temas, y como yo necesito un poco de las historias contadas que se hacen parte del pensamiento mío y de otrxs, así podría dar comienzo: desde los griegos hasta el Siglo de las Luces fue hegemónico el modelo llamado Unisex en el que se pensaba que las mujeres eran hombres imperfectos que no pudieron desarrollar el cuerpo ideal masculino por falta de calor vital. Con algunos desplazamientos transversales (políticos, sociales, culturales, etc.), el pensamiento científico occidental empieza a nombrar ciertas categorías diferenciales, más bien asentadas en binarismo autoreferencial. Por ejemplo, se dice con seguridad que existen mujeres y hombres, que son totalmente diferentes y se llega a determinar el modelo de los dos sexos; hay hombres y mujeres (y una pequeñísima población de personas con genitales ambiguos que son simples errores de la naturaleza). Con él se comienza a nombrar al deseo como patología si éste es dirigido a una persona del mismo sexo, sin más, se nombra la heterosexualidad y la homosexualidad y la segunda es considerada como perversión, desviación o enfermedad, además es incluida en los manuales de diagnóstico de las enfermedades mentales. ¿Por qué? El Estado, el nuevo Estado religioso o la nueva Iglesia Estatal Europea sufren merma poblacional ante algunas pestes y sequías, uno de los motivos para naturalizar la heterosexualidad. El pensamiento científico occidental se dedicaría entre otras cosas a realizar estudios biopolíticos de la gestión de la vida desde la antropología hasta la medicina, presentando saberes rigurosos en los que se comprobaba que la homosexualidad era una enfermedad, buscando etiologías de la misma así como su prevención o posibles curas, indicando estadísticas poblacionales de cuántos homosexuales existen, cuántos mueren por VIH, cuántos son violadores y no aptos para el modelo familiar, entre otros estudios que demostraban lo terrible de la enfermedad. Ya sea mediante argumentos religiosos o científico-esencialistas, la heterosexualidad se convirtió en un ideal, trascendió el pensamiento, las subjetividades, la cultura, las políticas públicas, la estructura de los espacios, etc., se sostuvo un heteropatriarcado sobre un nuevo orden socioeconómico que no es casualidad que “surgiera” también con la Revolución Francesa, el capitalismo.

Se sospecha que unx no está enfermx, que no tiene por qué ser colgadx o decapitadx, que no tiene por qué ser encarceladx, violadx, disparadx, acuchilladx o, dentro de este nuevo orden, que no tiene por qué ser discriminadx, que tiene Derechos Humanos (y esto es otra joya de las Revoluciones Ilustradas acentuada en la Guerra Fría). Ante la sospecha viene ese encuentro con otrxs que se muestran, los otrxs también patologizadxs, oprimidxs, sentenciadxs por el heteropatriarcado capitalista. Las luchas de sujetos unidos en colectivos que tomaron las siglas LGBT (lesbianas, gay, bisexuales, travestis, transgénero, transexuales) adquirieron cierta unidad, las luchas independientes y junto con otras luchas (que a veces son las mismas, y son las mismas porque no estamos atravesadxs por una sola categoría) como las feministas, obreras, negras, socialistas o anarquistas, tomaron las calles y los parlamentos, teniendo algunos logros, que para algunxs no fueron más que asistencialismo e ingreso al sistema heteropatriarcal capitalista. Ejemplo: quitar la homosexualidad del DSM (The Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) representó un triunfo para mucha gente, representó una entrada a un estilo de vida que se presentaba como ideal por los nuevos proyectos globales capitalistas, en donde sujetos homosexuales no entraban, y ahora se convertían en un objetivo del Mercado, y las pequeñas o grandes luchas, con sus pequeños o grandes triunfos también tenían que ver con los cánones que señalaba el Estado, el Señor Capital, poniendo la mira sobre los sujetos-mercado, sobre los cuerpos-maniquís.

Lo que quiero decir ahora es que en la sospecha viene la lucha, y la lucha deviene fragmentaciones, en este caso podemos ubicar lo que algunas gentes han llamado “Cultura gay”.

 

IV

Me desean
Me nacen
Me nombran
Me educan
Me señalan
Me niegan
Me encierran
Me matan
Me sueñan
Me resucitan
Me medican
Me constitucionalizan
Me liberan
Me mercancean
Me sujetan

 

V

Una cultura sería una pista de aquellas preguntas de pertenencia...

Si una cultura es aquello más o menos abstracto de las costumbres, tradiciones y saberes, que se materializa a través de un grupo de personas en una época determinada, podemos pensar que la Cultura Gay en principio no representa sino una Contracultura que se transforma, ¿y por qué contracultura? Porque si la cultura hegemónica (si aceptáramos que la orientación sexual representa una Cultura determinada) es la heterosexual, aquello que choca con eso es la homosexualidad, aunque ambas sean ficciones políticas y la homosexualidad sea herramienta autoreferencial de la heterosexualidad, aun así podemos guiarnos un poco con la cuestión de compartir algo dentro de grupos de seres humanos biopolíticamente cortados por el bisturí médico, jurídico y social, se comparte en toda esta maraña la idea de que somos existentes sexuados, generizados y deseantes, diferenciados por un binario que se hace imperativo del quehacer cotidiano de cada persona.

La solidificación de los movimientos LGBT no fue sino un paso a la multiplicidad, a la visibilidad de la diferencia, si en los feminismos se fueron alzando voces que no eran de mujeres blancas, burguesas y americanas, en las comunidades LGBT se hicieron evidentes segregaciones a otras formas de ser humano en cuanto a género, sexo y deseo. Los movimientos de finales del siglo pasado y todavía de inicios de este siglo, estaban signados por la inclusión Constitucional, el reconocimiento del Estado, un trato igualitario (¿igual que a quién?), entre otras demandas más bien jurídicas. Con las luchas ganadas la homosexualidad se retiraba engañosamente del ojo de la anormalidad, como paliativo se regulaban ahora los matrimonios por el Estado, la posibilidad de adoptar niñxs (bajo un gran régimen de prerrequisitos y vigilancia), los crímenes de odio por motivos de orientación se agravaban, algunas cuestiones médico-jurídicas para personas transexuales iban caminando constitucionalmente también, etcétera. Así, la vida de hombres y mujeres (porque en los cabildos no hubo o hay espacio para otra forma de ser-cuerpo, de ser-subjetividad) homosexuales y lesbianas (no cabe otra forma de desear) se fue normalizando legal aunque no socialmente, pues si te regalan términos oficiales como hetero y homosexualidad es lógico que también se venda homofobia en muchas presentaciones de las actuales sociedades, que convirtiéndola en temas legales, no desaparecen del imaginario social.

Así, los cuerpos de muchos homosexuales y lesbianas se fueron tejiendo mediante un mito social en ese imaginario; geográficamente se reunían en un sitio determinado casi siempre signado por alcohol, drogas, perversión y rareza, artísticamente se les reconocía como ligados a espectáculos de teatro y cabaret y ligadas a figuras masculinizadas, en la música o en las pantallas pocas veces, luego más, pero bajo los estigmas homogéneos de lo que era uno u otra, así en las familias eran secreto a voces, las escuelas les negaban. Todo el imaginario permaneció ligado a la subjetivación capitalista de lesbianas y homosexuales.

La comunidad LGBT poco a poco, junto con organizaciones posteriores a la caída del muro de Berlín, vienen a ocupar espacios en el mundo (hetero)social. Pero aquí es donde se ve una tendencia a algunas particiones. Por un lado existen personas que se sienten cómodas ingresando o intentando ingresar a un mundo heterosocial, con las normatividades de ese mundo (ese que les nombró enfermos, les patologizó, les ofreció cura, les dio medicamento, les mató, les censuró, etc.), pero ese mundo hay que tratarlo con cuidado porque no se hace carne sólo en carne gay. Ese mundo capitalista hizo del propio cuerpo una mercancía, y ahí el cuerpo gay ingresó a ser mano de obra pero sobre todo fue ingresando al Mercado, como un mercado rosa, un mercado más al que el gran imperio capitalista ha logrado captar, desde sus políticas de fetichismo que llegan a generar hiperconsumo (de cosas, de subjetividades, de enfermedades, de curas, de cuerpos, cuerpos maniquíes). Digamos que somos sujetos capitalísticos, y que la carne gay no está exenta del fetiche, por lo que el mundo heterosocial del patriarcado capitalista (valgan las redundancias) ha consumido ciertas categorías de los cuerpos que de una contracultura gay pudieron pasar a la cultura heterosexual; lesbianas y homosexuales hoy en día son altamente conservadorxs, la homosexualidad es una heterosexualidad en muchas subjetividades gay de hoy en día.

Pero en el otro lado de la brecha hubo, claro, quien siguiendo con el deseo muy otro (muy no heterosexual) negó la heteronormatividad como un triunfo, condenándola como paso en falso, falsa ilusión, incomodidad cómoda. Dentro de este lado de la brecha hubo y hay hasta quien se cuestiona la idea del binario como natural, es decir, la propia existencia de hombres y mujeres como algo más que una serie de construcciones sociales, culturales, políticas y claro, económicas. Hay quienes intentan destruir las dicotomías que enmarca el Sistema generando subjetividades atadas, rompiendo la construcción de un pensamiento heterosexual y heterosocial.

 

VI

En un espejo que formaron charcos inconexos posados entre la tierra y yo, me vi el rostro resquebrajado, suelto y roto. La bandera raída se mantuvo hondeando en los palacios que al ser letra en hoja olvidaron mi presencia incómoda; existí un segundo del tiempo mientras hube de gritarles con la poca voz mía (esa voz que salía de mi garganta con gruesa resonancia antes de ser quemada, y que sin embargo al ser suya se confundía con nada), decía, esa voz mía que me daba todo el sentido de ser-humano, tal vez demasiado.

En el espejo se formaban numerosas grietas de suciedad inconmensurable.

Nadie las podría asir jamás, así como nadie me había visto de la manera en la que lo hicieron cuando me planté de raíz en el campo de batalla, ¿y ahora qué? Caminan en una tierra ajena que no alcanzo a comprender, yo estoy mirando todo en los charco-espejos, el fuego, la afilada navaja, la soga al cuello y la sangre como el símbolo de un pasado que no acaba de terminar. Grito y vuelvo a ser nada, pero al menos fui algo recientemente, supe lo que era ser de una mirada y del éxtasis de la muerte cuando era el único privilegio que me quedaba.

Ahora que soy nadie, pero nadie de tinta y papel, me levanto.

Me pueden matar, y de hecho lo hacen más adelante, me pueden golpear, escupir, hacer llorar a cántaros como para llenar toda mi nueva no-existencia, romper el futuro sostenido por una voz lejana que dijo “libertad” cuando lo que quiso decir era lo contrario para mí, burlarse pueden porque no atiendo el librillo aquel por el que tendría que ir signada mi de por sí desviada conducta, negarme, me pueden negar todo lo que quieran y lo peor, alienarme.

Sumo filas cuando me doy cuenta.

Me he puesto zapatos y no miro los charcos, todo parece tan brillante ahora, aunque no sea ya ilegal para las leyes del Hombre y sí para las del hombre, aunque mi muerte no valga la pena, me han dado un nombre, un trabajo, un futuro nuevo que me habían quitado, porque yo puedo moverme y se dieron cuenta, todas todas todas esas máquinas se dieron cuenta cuando al pasar por los espejos que rompían y las miradas que desviaban, casi me rompen los huesos, ahí se dieron cuenta porque escapé hábilmente, pero escapé para ser otra vez esclavitud de su mirada, de su maquinaria infinita.

Obnubilante no recuerdo nada.

La ceguedad no necesita jaulas, el brillo deslumbrante del nuevo mundo va marcando caminos que no deben sino andarse por inercia. Miro a alguna gente tirada al pie del cemento firme, como si miraran espejos de agua, como pensando en un renacer profundo después de una profunda muerte y están locos y locas, todos están locos hablando de líneas y hojas, yo no recuerdo nada, soy maquinaria ahora.

 

VII

Que el monstruo voraz está en un cúmulo de imaginario material, que nos sujeta a la dictadura de su fetiche nuestro-suyo que estás en los cielos, y entonces no somos eso de una vez y para siempre; nuestra carne resiste al tiempo que es capitalística, nos movemos, surgimos, emergemos, retrocedemos, escondemos la cabeza, rompemos…

El monstruo toma otro nombre, porque monstruos somos los que vivimos en las tinieblas del olvido, de la no-existencia, de una ausencia cómoda y el exilio del cuerpo mismo, del deseo acaso, y muta aquel que se ha convertido en el todopoderoso regidor de sí-existencias, que nos desplaza cuando nos mira, si es que llegara a mirarnos.

Pero a algunxs lxs capta, lxs conmueve y envuelve en sus mil formas de ser fetiche. Arrastran la sangre de su propia lucha con su cuerpo como bandera mercantil y pasan a ser cultura de lo mismo, de lo homogéneo disfrazado de albedrío.

Tiende a-ser-nos y trastoca cuerpos

Algunxs están devorados, algunxs que compartimos tiniebla, pero la tiniebla también tiene sus matices, sus alcances, su permeabilidad, su densidad. Obnubila pero con matices. Y unxs no tienen ya ojos sino manos para ser a través de aquello que les ha cegado con promesas de verdad.

Se los comió. Se los comió y tragándoles hizo de su sangre un juego del eterno retorno. Después de ser un padre dictador, asesino, juez y parte, y luego permisivo mañoso, decide tragarles de la manera insospechada en el agujero negro de la cultura capital.

 

VIII

Las categorías con las que se te diagnostique no te hacen alguien subversivx per se. Al ser sujetos capitalísticos, aunque atravesadxs y atravesando dichas categorías, no estamos fuera de aquel arrase. Se vive muchas veces en una periferia desconocida y cómoda.

Para los múltiples lados de las brechas, en el caso del Mercado rosa y otro, hay posibilidad de resistencia, pero ambos también son objeto de críticas. La cultura gay, esa primero patologizada, luego heterosexualizada y capitalizada, es vista de formas múltiples, pero al estar bajo una lógica de mercado donde el cuerpo funciona como mercancía en sí y donde los “miedos” de comunicación (a lo Galeano) repiten una forma de discurso sobre algo hasta convertirlo en una verdad del imaginario colectivo, no es extraño que la figura del hombre gay sea más o menos homogénea; el amigo a la moda, el femenino, el que quiere ser artista, el peluquero, el travesti, etc., y no es que alguna de esas caracterizaciones tenga un sentido negativo o despreciable, y menos que por ellas se pertenezca como ley a uno u otro lado de las brechas (estamos atravesadxs y atravesamos un montón de categorías), sino que se hace un Sujeto gay que no cabe sino bajo esas normas del discurso. Y la persona gay también se apropia muchas veces de dicho discurso. Y hablar de las mujeres lesbianas es algo más complejo en tanto invisible ya en esos “miedos” y discursos, no por ello no podemos decir que hemos formado parte de un imaginario que se ha construido de la figura de lesbiana como dijo Norma Mongrovejo hace muchos años; de la mujer fea que ningún hombre quiere, la que quiere ser hombre y todo en función de esta supuesta “mitad” de la población con la que se ha medido lo humano. Es decir, en el mundo binario del sexo-género-deseo, aquellxs que diagnostican no pueden ver las múltiples formas de-construir-se cuerpo-humano.

La contracultura, como podríamos llamarle a grupos de personas que hacen cuestionamientos al pensamiento patriarcal capitalista heterosocial y mediante diversas actividades responden a la heterosexualidad obligatoria, al sistema económico dominante, al patriarcado, a la construcción de cuerpos en dos vías, a la normalización de unxs, etc., también es criticada sobre todo desde un señalamiento que se hace igualmente a la cultura hetero-gay, aunque en diferente sentido, y tiene que ver más con la cuestión económico-social: los privilegios.

Si en la cultura hetero-gay los privilegios de los que supuestamente gozan son materiales, en la contracultura gay son, además de materiales, intelectuales.

La contracultura gay (y no sólo ésta) es señalada muchas veces por los privilegios de los que ha gozado, por haber nacido en determinado espacio, por ser gente académica, de lectura, de escritura, de performances, de teorías, por formar parte de un mundo lejano de la realidad proletaria, por publicar libros y hacer congresos o conversatorios… En fin, son diagnosticados burgueses y sólo burgueses. Y en esa imposibilidad de ser-otrx desde la mirada del otrx, se revelan también juegos de las creaciones médico-jurídicas sobre la identidad, y sobre todo sobre la identidad como algo más o menos fijo, más o menos inamovible.

 

IX

Puedo andar bajo este cielo, y por encima suyo puedo
Me encargaron un cuerpo al que dieron origen donde no recuerdo
Y los pies prestados tuvieron un camino, una vía para ser
En el mundo
Puedo moverme pero siento pesadas raíces
Que tienen miradas para detener camino
En ecos retumbantes de la historia no contada
Pero ensombrecida en la fijeza

 

 

X

Me resisto

 

XI

Quien lea esto y esté libre de privilegios que tire la primera piedra.

Diagnosticar como sólo burgués, sólo gay, sólo obrerx, sólo negrx, es no pensar en todas las categorías que atravesamos y nos atraviesan, es depender de un sistema de clasificación unívoco, fijo, puro y perfectamente delimitado y sobre todo es no pensar en la multiplicidad de formas de-ser-en-el-mundo. La cultura gay no existe, la contra-cultura gay tampoco. Existimos como sujetos múltiples, en todo caso, seríamos cuerpos multiculturales y dentro de esa multiplicidad se permite un sinfín de maneras de representar-se, por ejemplo, desde la categoría diagnóstica de orientación sexual, que está tejida con todas las demás en el propio cuerpo cultural, social, político.

Cuerpos multiculturales fácilmente podrían ser también objetos de la crítica de privilegios.

 

XII

A veces quisiera ser más pobre, arrastrarme por la calle, que abusen de mi sexualmente mientras me han enviado a un país como esclava, quisiera estar muriendo de las maneras más crueles imaginadas y que me tomen fotos para ser mostradas al mundo, que hagan eventuales artículos sobre mi experiencia, libros quizá… Así valdría algo para alguien. Así no tendría más que el privilegio de morir.

¿Quiénes me pensarían? ¿Quién ha de legitimarme entonces?

¿Debería yo ser/hacer/pensar todo ello para que alguien no diga que soy privilegiadamente esto o lo otro, por ciertas características de mi vida y de las categorías que me atraviesan y que atravieso, y así valer entonces?

¿Para quién tengo que valer desde el lado de la brecha capital, para quién intelectual?

 

XIII

Y sin embargo podemos ir pensando en descolonizar el pensamiento, ir pensando hacia una ética de privilegiadxs.

¿Qué se hace con esos privilegios que han hecho lo que devenimos?

 

Itzel Díaz - Mitzchel Fuck. Nací en Jalisco en el año de la caída del muro de Berlín. No me identifico con ningún sexo o género pues las categorías en sí mismas son violentas. Estoy haciendo una crítica a ese sistema binario presente en el discurso científico-psicológico, para titularme en la UNAM. Y soy feminista.

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