José Mujica y Ayotzinapa

José Mujica y Ayotzinapa

Estudiante de St. Augustine College, en Chicago, en solidaridad con los normalistas de Ayotzinapa.

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El presidente del Uruguay José “Pepe” Mujica lleva una vida austera, aunque él prefiere llamarla “sobria”. Se sigue trasladando en su viejo Volks Wagen, lleva viviendo en la misma casa 28 años y sólo es resguardado por un par de policías. No usa corbata. Siembra hortalizas. Y de vez en cuando come en los boliches como todo hijo de vecino. Mujica lo explica bien: “Vivo como vive la mayoría de los ciudadanos de mi país”. Y en esa vida simple nos recuerda los postulados de Tolstoi, de Gandhi y del austriaco Iván Illich.

Se trata de un hombre que pasó 13 años de su vida en prisión, dos de los cuales estuvo completamente aislado; de un hombre que aprendió a dialogar con su pasado. De ese diálogo surgió, más que conocimiento, sabiduría. Ahora sabe para qué sirve la política. Sabe también para qué ha venido a la vida. Al igual que el poeta-rey Nezahualcóyotl sabe que “No para siempre en la tierra: / sólo un poco aquí”.

Se dice que dona a el 90 por ciento de su salario a las causas vulnerables y que en su casa no hay trabajadoras domésticas. “No es un acto de sacrificio”, dice Mujica. “Es mejor vivir liviano de equipaje”.

Es obvio que un hombre como Mujica ha observado y continúa observando la parte oscura de su ser, que es la parte oscura de cualquiera de los seres humanos. Y porque la observa no se dejado corromper en los diferentes puestos que ha ocupado. Quien detenta el poder no escapa de la tentación de recibir “un regalo” y de que le lleguen al precio. Pero sólo los que se observan pueden hacer algo para impedir esa caída.

“Pepe” Mujica no inaugura una forma de hacer política. Nos recuerda, más bien, cuál debe ser el espíritu de la democracia, por lo menos en lo que tiene que ver con la presidencia de un país.

En las antípodas de Mujica se halla la caterva de políticos en México. Los que se manejan bajo las siglas del PRI, del PAN y del PRD bien pueden dar clase de cinismo en las mezcalerías de moda. Otros llegan a la Cámara de Diputados o al Senado creyendo que es suficiente cambiar de partido para obtener credibilidad. De ese tamaño es su infantilismo.

A “Pepe” Mujica se le acusa de no haber creado, como sí hicieron los Kirchner en la Argentina, una comisión de la verdad que investigara las desapariciones de jóvenes ocurridas durante la Guerra Sucia. El presidente uruguayo dice que personalmente prefiere dejar atrás esa etapa. Entiende, eso sí, que la gente de su país no acepte la ley de caducidad de los delitos cometidos por la dictadura y quiera saber qué pasó con sus hijos, sus padres, sus hermanos, sus amigos. Una amiga uruguaya residente en Chicago me asegura que en el mundo sabe que en la Argentina se vivió una historia de horror. “Y los argentinos mismos lo saben. En cambio, en el Uruguay no lo sabemos, no tenemos una historia oficial”.

En México, el caso de los 43 normalistas desaparecidos abre finalmente la posibilidad de un diálogo sincero. Hasta ahora, se han negado a participar en ese diálogo los representantes de los tres niveles de gobierno, los líderes de los partidos, la cúpula de la iglesia católica, los rectores de casi todas las universidades, los clubes de empresarios, etc. Los únicos que han mostrado talante son los estudiantes y algunos periodistas, actitud que se explica a partir del hartazgo de la violencia cotidiana y de las nubes que cubren su futuro.

No es difícil imaginar la frustración de los jóvenes universitarios cuando ven que el litro de combustible es cada vez más alto (los llamados “gasolinazos”); que mantenerse estudiando en una escuela de educación superior se ha vuelto proeza (siguen sin construirse universidades públicas); que ven que al narcotraficante Caro Quintero y al senador Romero Dechamps fuera de la cárcel y al doctor Mireles dentro; y que continúan pasando los días sin encontrar a sus 43 compañeros estudiantes vivos.  

Las comunidades mexicanas en Estados Unidos vemos los ejemplos de Mujica y Peña Nieto. Sabemos que hay matices y que en América Latina dos decenas de mandatarios se mueven entre las cabos opuestos de Uruguay y México. Lo que no se puede aceptar es la ineficacia y la falta de tacto del señor que reside en Los Pinos, sobre todo después de Ayotzinapa. La casa está en llamas, no aparecen los jóvenes normalistas y el hombrecito anuncia un viaje por siete días a China.

 

Raúl Dorantes. Escritor y dramaturgo, reside en Chicago. Autor de la novela De zorros y erizos.

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