Flor de un árbol raro: entre la crudeza y la ironía

Flor de un árbol raro: entre la crudeza y la ironía

 

Flor de un árbol raro de Carolina A. Herrera
El BeiSMan PrESs: Chicago, 2021, 156 páginas, $14.99, ISBN: 979-8713897079

 

Me gusta la literatura que confunde. Me gustan las novelas que se despedazan para trazar líneas en mapas y crear árboles genealógicos. Esas cuyos personajes son tan enigmáticos que, al leer, uno se engancha con la historia a través de sus nombres. Me gusta confundirme a partir de los tipos de flores, las calles, los bailes populares, la música de la infancia. Me gusta sentirme tan desorientada al punto que tengo que saltar entre páginas, volver al inicio, frenar el impulso de irme hacia el final. Me gusta que mi experiencia lectora sea la de una detective. Todo eso, y más, es lo que sentí leyendo a Carolina A. Herrera con su Flor de un árbol raro (2021) publicada recientemente por El BeiSMan PrESs. 

La idea explosiva del libro ocurrió con una foto. La imagen de una mujer aplastada contra un poste, con gesto casi angelical, fue el hilo desde el cual Carolina empezó a escribir. El hilo fue tan largo, que me pregunto si Enrique Metinides, el autor de la foto, sabría que de esa imagen se desprenderían universos que trascenderían el papel de la crónica policial y se convertiría en la cuna para una historia 42 años después. El centro de Flor de un árbol raro es Adela Monroy González, la cual, a mi parecer, sería el centro del árbol genealógico si yo tuviera que dibujarlo. Adela es mujer muerta aplastada contra un poste, es mujer que escribe diarios y guarda secretos, mujer que mira la vida de los demás desde una casa a la que quiere cambiar de color. Adela es mujer que no teme a las advertencias y resuelve sus problemas con flores. Es mujer que quiere hablar, pero se lo prohíben. El centro de esta historia es una mujer muerta que causaba envidia por sus ganas de vivir y por sus gestos atropellados. Su actitud, casi magnética, hará que la vida de los otros gire a su alrededor. 

Carolina A. Herrera es una escritora que trasciende los géneros, que escribe historias a partir de una foto, cuentos a partir de estados de Facebook, poemas a partir de colores. Leerla es sentir la resonancia de Amparo Dávila y su pasión por el suspenso, de Elena Garro y su tenacidad al narrar historias donde se cuestiona el tiempo lineal, Socorro Venegas y su obsesión con los objetos que están dentro de las casas. Carolina escribe y forma parte de una tradición de mujeres que escriben sobre mujeres, mujeres que nacieron para contar las historias que nadie más quiso contar. Pienso que Enrique Metinides tomó esa foto para que la historia no olvidara a Adela, para que de su gesto estático surgiera más que un jardín confinado al pavimento. Carolina hace una labor extraordinaria escribiendo sobre gatos que son flores, flores que son fantasmas, casas que son cuerpos y enfermedades que son luz. Su lenguaje, impecable, salta entre la crudeza y la ironía, con rasgos de una pulcritud que tiene quien sabe trabajar bien con la palabra. Celebro este libro de Carolina y su publicación por El BeiSMan PrESs, joya cultural de Chicago. Agradezco ser una de las primeras lectoras de este libro y estaré atenta, con muchas ganas, de todo su devenir. 

 


 

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