Esqueje a otro territorio

Esqueje a otro territorio

 

Imagino a Carolina Alvarado cargando, en el recuerdo, los recuerdos que los suyos recuerdan y hacen recordar que emigrantes son todos los que dejaron atrás lo suyo, el pasado de su gente (familiares, amigos, paisanos, simples conocidos) para reiniciar su vida en otra tierra, aunque ahora como esqueje, trozo de una planta qué transita a otro terroitorio, y nomás tocando tierra está de nuevo queriéndose afianzar para ser la misma pero distinta, en otro ámbito, entre otras voces, con otros nutrientes que mantienen el cuerpo que con otros alimentos se formó.

Su poema sobre infancia a eso remite:

 

Las niñas planetarias
pueden vivir al otro lado del continente
                       con un atisbo de mirada.
Huelen la humedad de la selva
en la línea es un mapa.
Las líneas se hacen sangre
y la sangre llama.

Solas, jueguan a ordenar infinito.

 

En sus poemas conviven el yo y el nosotros, la poeta y su comunidad a la que devuelve, por medio de la palabra, mucho de lo que de ella abrevó.

Coincide con el poeta brasileño Lêdo Ivo cuando este considera que “la poesía es la fusión de los poetas, de la sociedad; escribir poemas es la finalidad de la fusión, la poesía es un arte del ser humano, dentro de este arte hay una visión del mundo, cada poeta tiene una visión del mundo, que es más importante que la visión de los filósofos; la poesía siempre tiene la frescura que llega a la gente, es la fuente de la eterna juventud”.

Su poesía brinda imágenes, reflexiones sobre la existencia en sus momentos dorados o en aquellos donde el dolor aflora, porque vivir no es cosa fácil, pero es la única oportunidad que tenemos y no es de permanencia voluntaria, aunque brinde el chance de reflexionar sobre nuestro paso por el mundo que habitamos.

A través de Poemas para la revolución encuentro que Carolina coincide con el filósofo español Eduardo Nicol, venido a México cuando la persecución franquista: “Cuanto el hombre hace y dice, todas sus creaciones culturales, son expresivos de lo que sucede, pero esta expresividad es más inmediatamente reveladora de una idea del ser, porque en ella el poeta adopta al ser mismo como tema”.

La poesía, ya lo han dicho otros y mejor, puede ser consuelo o rebelión, como expresó el poeta brasileño Lêdo Ivo: “Puede que un preso, o alguien en una situación extrema, sea el lector más exigente posible. No hay mayor prueba para un poema”.

Poemas para la revolución se pone a prueba y aprueba, si nos consideramos dentro de la jaula social que habitamos y en la que, a pesar de todo, resistimos, aunque los espejismos abunden, pues sigue vigente la sociedad de consumo donde ser es tener y tener te permite ser o como dice la gente: cuánto tienes, tanto vales.

Agreguemos a lo anterior que el monopolio de la palabra se ha ido desmoronando con mucha dificultad para que de ella se apropien las mujeres y logren ser, a través de la expresión:

 

La igualdad es la canción de una loca,
la igualdad puso su cabeza en la guillotina.

 

No la tienen fácil los poetas en un mundo donde la palabra se ha vuelto retahíla, comercial, discurso para sostener el poder. “Chillen putas”, escribió Octavio Paz, y las poetas deberán hacerlas chillar doblemente para que expresen lo que ellas quieren, dominando el discurso de la liberación, abriéndose cancha entre los poetas publicistas que dijera Efraín Huerta, para hacerse oír y ver, aunque haya que esgrimir “el mandil como bandera”.

Lêdo Ivo nos recuerda que “La poesía es a la vez libertad y, por lo que tiene de arte sometido a unas reglas, esclavitud. La poesía no es solo un impulso, también es un aprendizaje que sólo interrumpe la muerte. El poeta es un alumno perpetuo, alguien que trata de ampliar su propia tradición buscando en otras lenguas”.

En esa búsqueda, los hallazgos seguramente te sorprenden, sorprendieron a Carolina Alvarado y lo seguirán haciendo porque la búsqueda de las palabras y el ordenamiento que de ellas nos interesa hacer hasta encontrar el tono perfecto para comunicarnos y dejar huella, ya sea como caricia o como un moretón, para que lo elaborado diga algo a los otros, nuestros semejantes, y les exprese nuestra expresión, haciendo que el solista se integre al coro sin dejar de ser él, ella

 

Rehusan mis palabras decir que sos víctima,
que fuiste el hombre que calló para romperse.
  Vos por el contrario, bañado de palabras
andabas por la vida,
remolinos de letras que enturbian los libros.

Palabras guerrilla, fusil de manos
que ensanchan la vista,
abecedario de versos insurrectos, redimidos.

 

La brevedad del volumen Poemas para la revolución no impide que la amplitud que contiene se desparrame e impacte porque se siente la llama viva, que no se asfixia en la retórica del panfleto ni de la consigna, y expresa la sed de libertad y justicia, la necesidad de que los tiempos cambien y el planeta sea menos inmundo mundo y la justicia resulte un bien del que todos gocemos, sacudiendo al Poder con el poder del verbo.

Y lo anterior, porque nuevamente con Lêdo Ivo, sabemos que sabe que “los poetas son una voz incómoda. Cantan por los que no pueden cantar”:

 

Ciclos de luz y ponzoña
sobreviven  en el continente.
Eran        serán       son.

Ha sido inevitable la avaricia nefasta,
que deriva en sangre al codiciar fortuna. La United Fruit Company
invoco al Dios dólar.

Así te atrapó la guerra.

Ganaron ellos: la tierra    el ferrocarril.
El poder, poderlo todo.

 

Cabe destacar que los poetas y la poesía, en tiempo de lluvia como ésta por la que pasamos, abundan tanto como los hongos y hasta Arjona y Juan Gabriel pueden pasar como tales, sin que nadie se ruborice. La explosión demográfica en el reino de la poesía impide ver al árbol, porque el bosque quiere un sitio y se politiza, invade periódicos-revistas-suplementos. Sin embargo, el temple, la calidad, la artesanía, como todo buen oficio, van dejando atrás a quienes sólo subieron al tren sin saber adónde lo llevaría.

Carolina Alvarado (se ve, se siente) sabe decantar, pulir, bruñir, hacer que las palabras chillen pero que también acaricien y se comprometan con causas que a todos nos duelen.

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