‘Ella’ de Jennifer Thorndike

‘Ella’ de Jennifer Thorndike

 

Ella de Jennifer Thorndike
Penguin Random House (Debolsillo), Lima, 2017. 103 páginas, $7.99, ISBN 978-612-4346-16-3

 

La portada de la novela Ella (Penguin Random House, 2017) de Jennifer Thorndike es chocante. A mí, como lectora y fan de series de televisión sobre crímenes, me intrigó inmediatamente. Leí la sinopsis y me enteré que la novela no contaba un asesinato, un delito mayor; se trataba de la relación problemática entre una madre y sus hijos gemelos, planteada especialmente desde los ojos de la hija. En ese momento entendí que me encontraba frente a una historia desgarradora, quizás un thriller, tal vez un drama atroz.

Comencé a leer sintiendo angustia desde el principio. Aunque aquí hablo de forma objetiva, al mismo tiempo hago conciencia y reconozco que mi lectura estuvo aunada a mi experiencia de ser madre. Mas aún, estuvo enlazada a la experiencia de tener hijas, hembras.

Ella es una novela extraordinaria. Lo digo en el sentido de excelencia y de rareza. Thorndike no necesita describir una ciudad específica, plantear una realidad política, ni establecer puntos históricos. Ella es una obra exquisita en cuanto al manejo del lenguaje con el que se logra una descripción plena de las emociones de la hija, de la madre, del hijo, —desde el punto de vista de la hija—, la evolución del control, la formación del encierro perenne y la posibilidad de liberación al final de los días de la madre. Al mismo tiempo, la obra está fuera de lo esperado, de lo ordinario en el campo de la literatura: no nos topamos con una relación amorosa, afectiva, por demás natural y prevista. Por supuesto, hay historias desarrolladas en base a relaciones complicadas y traumáticas, abandono, consentimiento de abuso por parte de la progenitora, diferencias en la manera de ver al mundo, suicidio, muerte. Sin embargo, en Ella el horror proviene del control de la madre sobre sus hijos o quizás el horror sea el origen del control.

Lejos de ser repetitiva, Thorndike utiliza las imágenes, aquellas descritas por la hija, de forma que al leer internalicemos que lo sucedido no pasó un día ni dos. El dominio de la madre sobre sus hijos surgió desde que nacieron e incesantemente evolucionó hasta ser total. La hija explica cómo germinó, maduró y se extendió por toda la casa y por todo su cuerpo.

 

Yo me sentí completamente perdida. Estaba a solas con ella, como si me hubieran quitado una parte del cuerpo, extraviada en una casa que ahora estaba completamente cerrada y oscura, un espacio donde no se podía respirar. Sentía que caminaba entre sombras con el miedo incrementado y no sabía si iba a abrir la puerta de un cuarto y la iba a encontrar desmayada, mutilada, muerta, ensangrentada o cubierta de saliva y vómito con sus pastillas salpicadas por el suelo. Tocaba las paredes con temor de escuchar su voz aún impregnada en la pintura. Tampoco quería encontrar las marcas de sus uñas en la madera o alguna inscripción con lápiz de ojos en el espejo que significara que ella había hecho algo y que yo tenía la culpa por no haberla detenido (cap. 9).

 

La intromisión de la madre en la vida de sus hijos gemelos, y especialmente en la de la hija hembra, se percibe como un hongo subterráneo que avanza nutriéndose de las raíces de los árboles manteniendo un sentido simbiótico de la vida. El hongo se arrastra, oscuro, en silencio y al mismo tiempo permite que el ecosistema se mantenga vivo. La hija detalla la expansión del alcance de la madre, los tentáculos llenos de ventosas que suprimían toda individualidad, la exterminación de una identidad propia. La hija, no obstante, intenta separarse cognitivamente de la madre a través de la palabra, la única arma que posee.

Observo el único vocablo usado por la hija para referirse a su madre y me da escalofríos. Ella, así, a secas. No hay nombre, no hay palabra de cariño, no hay mamá. Se nota la ausencia de un espacio para cualquier tipo de afecto, es imposible que haya expresiones de querencia. La palabra ella inunda la novela porque no existe otra forma de llamar a esa persona que ha troquelado y vaciado la vida de la hija, la protagonista de la historia. Sin embargo, dudo si existe una protagonista realmente. La madre tomó un pedazo de arcilla y lo moldeó a su imagen.

 

Supongo que éramos una masa indescifrable, única, que ella había moldeado sin identidad y que nosotros, a través de nuestra fusión, habíamos ayudado a terminar de formar. Me visto, me miro al espejo una vez más. No estoy tan mal. Soy algo que, a un tiempo, la representa a ella, a mi gemelo y a mí. La unidad perfecta que ella inventó y quiso mantener para siempre (cap. 10).

 

El mantenimiento eterno de esa unidad se dio por una acción perenne de abuso psicológico; no pasó un día sin que la hija sintiera el yugo de la madre sobre ella. El aliento viscoso abrumaba a la hija incluso fuera de la casa cuando tenía que hacer diligencias por órdenes de la madre; eso le impedía reaccionar ante la posibilidad de escape. El control estaba engranado en sus órganos vitales.

 

No te pasará nada, repetía, no por un miedo real a que me pase algo a mí, sino porque ella podría quedarse completamente sola. Es por esa razón que mis salidas de casa se limitaban a ir al colegio y luego a hacer sus compras o a salir con ella. Cuando todavía no tenía celular, ella calculaba el tiempo que debía demorarme en ir y venir y me decía la hora en que debía estar en casa. Desde que compró el aparato, me llamaba varias veces cada vez que salía a la calle. ¿Dónde estás? ¿Por qué te demoras? Soy una mujer enferma, si me pasa algo tú tienes que estar aquí para ayudarme (cap. 10).

 

El sentimiento de culpa quedó plantado en las entrañas de la hija. Resulta crucial, por ende, observar la visión de la hija, lo que percibe a través de sus ojos. Encerrada en una casa con la compañía de la madre, confinada y sometida a servirla y cuidarla, la hija mantenía contacto con el exterior a través de las esporádicas salidas. Lo que veía me dejó estupefacta.

 

Aprendí a contemplar tu nuca blanca con vellos transparentes. Yo siempre detrás de ti con la cabeza solo a medias levantada. […] Cuando caminábamos por las calles, tu nuca guiaba mis pasos y me decía a dónde debía ir y qué debía mirar. Siempre detrás de ti: tu nuca, mi guía. Ahora comprendo que si no ha venido nadie es porque yo, siempre detrás de ti, he sido simplemente tu extensión (cap. 15).

 

A pesar de darme cuenta de que el manejo de la vida de la hija por parte de la madre era total, la esperanza de una liberación plena se mantuvo mientras leía la novela. Thorndike logró encenderla en mi pecho y hacer que me sentara expectante. Esperé el final ansiosa y todavía angustiada pero con una firme convicción de que la situación terminaría; la madre, por algún motivo, tenía que morirse, era humana. Termino estas líneas sin dar indicios de lo sucedido puesto que el final es una de las mejores secciones de la novela. La autora no nos lanza el desenlace de sopetón sino que, como a lo largo de toda la obra, lo hace de forma paulatina, quizás e incluso desde el principio de la historia.

He quedado prendada de la narración de Jennifer Thorndike y sigo a la espera, esta vez, de su próxima novela.

 

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