El vacío y los lagos de Olszanski

El vacío y los lagos de Olszanski

 

Grandes lagos vacíos de Fernando Olszanski
Ars Communis Editorial, Chicago, 2022. 124 páginas. ISBN 978-1735029245

 

 

A partir de la última excursión escritural de Fernando Olszanski, Grandes lagos vacíos(Ars Communis, 2022), podría asumir que el autor es un narrador de tesis. Parte de situaciones en concreto para escribir cuentos que invitan a reflexionar sobre los temas que lo aguijonean: la pareja, la nostalgia, la banalidad, la familia, el vacío. Todo ello, bajo el lente de personajes arrancados del confort del terruño; en otras palabras, trata sobre inmigrantes desarraigados, ralamente afincados en torno al lago Michigan.

Olszanski es un escritor con oficio, de espíritu desasosegado. No vive cautivo ni atado a las letras, pero las concibe con destreza. Entiende de formas y juguetea con ellas. Con el tiempo, se ha convertido en un editor inquieto, buscando siempre la prosa precisa, esa que resuena y mueve, el tema espinoso, la cubierta irreverente y políticamente incorrecta. Es un bestiario literario de edad mediana y matices renacentistas. Además de procurar el placer de la escritura y la lectura, pinta lienzos, acumula registros fotográficos y ejercita la docencia. 

La portada de Grandes lagos vacíos es un indicio que señala el rumbo que tomarán los veinte cuentos reunidos en este volumen: un bote yace varado en un páramo; quizá haya sido abandonado, tal vez la bastedad del lago fue tan solo una ilusión o sea otro signo del Antropoceno. La intención del título y la portada me remiten a la novela tardía de Joseph Conrad: La línea de sombra. En esta, la raya hace alusión a la línea de flote de las embarcaciones; si el agua queda por debajo, la embarcación se voltea y si queda por encima, la nave se hunde. Recurro a esta alegoría para ilustrar el umbral que todo personaje de Olszanski atraviesa de cara a un suceso determinante y donde el desenlace puede ser el hundimiento, la volcadura, la redención. 

Con minuciosidad de relojero, Olszanski arma sus cuentos. Es un narrador de la vieja escuela. Lo experimental no es lo suyo. Asimismo, es un hacedor de frases meticulosas que incitan a la cavilación; algunas son dichos perspicaces; otras más rayan en el aforismo y otras bien podrían ser minicuentos. Para ejemplo, algunos botones al azar: “Lo primero que Teo descubrió esa mañana fue que el miedo llega de manera inesperada y cruel” (7). “A veces pienso que la memoria es también amor” (19). “Nosotros no tuvimos las agallas para quedarnos y ver la destrucción de nuestros sueños” (21). “Mi padre no era un mal hombre cuando estaba bien” (74). “Salté a ese pequeño vacío. Di un paso de liberación hacia la nada” (78). “y sé, descaradamente, que el instinto es más fuerte que la prudencia” (98).

Cabe recalcar que Grandes lagos vacíos es un libro que gira alrededor de la vida de inmigrantes cosmopolitas, en su mayoría. Conscientemente, Olszanski no repara en la tragedia del cruce de dichos migrantes ni en el aspecto “sociológico” de sus penurias. Son inmigrantes que cruzaron el charco en avión y alcanzaron a relamer las mieles del sueño americano.

La pareja en crisis y el desplome de la estructura familiar son dos pilares que sostienen este compendio de relatos y, a la misma vez, estas tramas se intersecan con otros temas de no menor escala: la nostalgia, lo banal, la existencia. De la primera ola, cabe distinguir “Yo te espero”, que me resultó una obra redonda. Es la historia de varios encuentros plenos y truncados de dos almas que se buscan compulsivamente sin encontrar el sosiego. Yandelis, cubana, y Lorenzo, argentino, son dos seres que están hechos la una para el otro; sin embargo, siempre habrá algo, alguien que impida la completitud de la pareja. En él apremia el impulso sexual, la esperanza y el hastío, en ella prevalece el silencio, la desolación, la compulsión, el sinsentido. Lorenzo la conoció en un antro de La Habana y ahora se han reencontrado en el sur de Chicago. Viven entre ciudades sin habitarlas. Yandelis vislumbra algún día conocer Buenos Aires, quisiera encontrar “El Aleph”. “Son dos ciudades que se parecen” suele decir Yandelis. Continúa: “Son ciudades con las que siempre he soñado, son ciudades de gente que resiste, que batalla” y “que sufre” (13), remata Lorenzo. Mientras están juntos todo es posible: fuego, anhelo, redención, pero una vez que vuelven a quedarse solos, no serán más que una estampa de Nigel Van Wieck.

Si “Yo te espero” explora la avidez por satisfacer la apetencia sexual y, a la misma vez, la ausencia de voluntad para cristalizar la vida en pareja, “Nunca vi el cielo así” y “La Luger de Anastasio Somoza” son ficciones que incurren en el trastorno orgánico de la pareja y en ambos cuentos se viven las postrimerías de una relación. “Nunca vi el cielo así” es sobre el hundimiento lánguido de un semental que ya no pudo tolerar los reproches y los gritos del “cónyuge herido”. “Por supuesto que ella negó todo al principio, pero cuando los dos perdimos la paciencia, vomitó su rencor escondido por años; yo por mi parte, también escupí veneno: nos disparamos balas de odio, nos juramos destruirnos mutuamente. Y me arrojé al agua” (18). Así, leeremos poéticamente la crónica del último instante de un personaje disminuido ante la grandiosidad del cielo, la inmensidad del lago y su insoportable insignificancia. Y sobre “La Luger de Anastasio Somoza”, quizá el mejor argumento lo tipifique el impotente Albino bajo la influencia endiablada de los celos: “Cree que debe matar a ese alguien y acabar con el suplicio para siempre. No sería su primer cadáver. En su mente vuelve a Nicaragua, en la época previa a la revolución, cuando eliminar a los oponentes era el mandato natural de un hombre. Piensa en Sibila, quizás también debería matar a Sibila. Esa perra en celo constante a la que nunca pudo satisfacer, a no ser con dinero” (34). Los protagonistas de ambos cuentos son bosquejos literarios de ese rencor vivo que fue don Pedro Páramo y cuya Comala ahora se ha transmutado a la orilla del Lago Michigan.

Acaso “De cuervos y flores”, “El viaje de Emilia”, “Rompecabezas” y “No pude controlarlo” sean los cuentos que mejor ilustran la cosmovisión de la familia que bosqueja Olszanski en Grandes lagos vacíos. Interpretación del mundo familiar a partir del choque generacional, los desencuentros culturales y la discrepancia moral de los protagonistas en una geografía ajena. Sí, de personajes moldeados a imagen y semejanza por la moralidad de fin de siglo de padres migrantes desarraigados y desclasados. La nueva generación, con herramientas infinitesimales, busca su razón de ser frente al vacío, se busca entre secretos herméticos, polvos olvidados y voluntades desgastadas: “Lo dijo y lo sostuvo en aquel momento de ira, de rencor, de esperanza en que la rudeza y la amenaza fueran el camino de la redención. Fue un duelo de soberbias, de generaciones sordas, de voces rotas. Fue el preciso momento en que una familia se hace trizas” (63). 

“Uno no habita un país; habita una lengua”, sentenció Emil Cioran y es en el español de Chicago que Fernando Olszanski ha comenzado a crear su propio universo literario en la tierra de Ernest Hemingway, Sandra Cisneros y Nelson Algreen. El universo olszanskiano puede ser cuestionado filosófica y lingüísticamente, pero no me cabe duda de que con Grandes lagos vacíos Olszanski ha irrumpido en la madurez creativa y reflexiva.

 


 

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