El cumpleaños en El Trébol

El cumpleaños en El Trébol

 

El sábado 27 de febrero, por la mañana, don Ramón Verdín falleció. Era dueño de El Trébol, una licorería única en el barrio de Pilsen que ha logrado sobrevivir al gentrification. Antes de la pandemia, en la parte de atrás del bar, algunos de los residentes con mayores raíces en el barrio se regocijaban entre bromas y risas, y uno que otro lamentaba su mal de amores. Y es que tal vez no haya residente de Pilsen, Chicago, que no haya pasado un momento de dicha o congoja escuchando a Chavela Vargas, Julio Jaramillo y Selena y ya con unos mezcales encima hasta los más entumidos nos atrevíamos a bailar en los escasos tres metros de pista improvisada. A manera de homenaje a don Ramón y a este icónico lugar publicamos una crónica escrita al alimón por Raúl Dorantes y Febronio Zatarain, que pertenece a su libro …y nos vinimos de mojados.
—Franky

 

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Quién no llega a la cantina
exigiendo su tequila
y exigiendo su canción.
~José Alfredo Jiménez

 

Por el frente El Trébol parece una tienda de abarrotes. Pero lo que vende el tendero son cervezas, licores, cigarros y frituras. Detrás del mostrador, los mismos refrigeradores que estaban aquí hace treinta y tres años, cuando la familia de don Ramón adquirió El Trébol y cuando al barrio de Pilsen llegaban los primeros mexicanos, cuando esto más bien era habitado por los checos, los lituanos, los croatas y los polacos. 

El que entra a comprar a El Trébol no tiene más remedio que sentirse atraído por la música de la vitrola, que llega constante desde la parte trasera: Las Hermanitas Huerta, Roberto Carlos, Chelo Silva, José Alfredo... De allá también vienen el jolgorio, las risas, el destape y el choque de botellas. El extremo derecho del mostrador parece indicar el límite entre la tienda y lo que llamamos “la barra”. En ese límite hay estantes de anforitas, cajas de Budweiser y varios bancos. A ciertos clientes les gusta apostarse en ese límite, con un pie en la tienda y el hombro recargado en el breve pasillo que lleva a la trastienda. Sólo los recién llegados en vez de “barra” la llaman “cantina”.

—Aunque no beba, yo vengo todos los días —nos dice Martín, todavía con su overol de jardinero—. Antes iba a bailar al Aragón. Pero ya te sale bien caro.

Martín vive solo, como casi todos los parroquianos de El Trébol. Aunque solo es un decir, pues le rentan un cuarto semanal sobre la Morgan, y ese cuarto lo comparte. 

—Les juro que hoy no me tocaba, pero me voy a aventar una. Por la cumpleañera. 

Y para homenajear en serio a Diana, don Ramón apaga la vitrola. El acordeón, el bajo sexto y el tololoche de Los Traviezos son los que amenizan, quisiera ser solecito para entrar por tu ventana. 

Martín, ya con sus botellas de Budweiser, se transporta al Aragon Ballroom. Nos dice que a los últimos que allá vio fue a Los Ángeles Azules, cuando recién empezaban... 

 

El Aragon Ballroom —ubicado al norte de la ciudad, sobre la Lawrence y casi esquina con Broadway— emana historia. Se inauguró el 15 de julio de 1926, con una capacidad para albergar hasta ocho mil personas. Ahí tocaron las grandes orquestas de los años treinta: Freddy Martin, Wayne King, Dick Jurgens. 

Por la influencia de la televisión, el Aragon Ballroom dejó de ser sólo un salón de baile el 9 de febrero de 1964, fecha en que su programa empezó a incluir espectáculos de lucha libre, patinaje y conciertos de rock. El primer baile para los mexicanos se escuchó en el Aragon a finales de los sesenta. Y hoy, un sábado cualquiera, ingresar al Aragon Ballroom es mirar desde la entrada y a lo largo del pasillo el conglomerado de sombreros y de camisas de seda con estampados de la Virgen, del águila devorando la serpiente, de cabezas de caballos. Es mirar también los baggies, las camisetas holgadas, el pelo con cola y a rape en los costados. Casi siempre en grupos de tres o más muchachos. En las escaleras y en la pista también hay grupos de muchachas en minifalda o en pantalones de campana, en vestido de noche y muy pocas de vaqueras. 

Para muchos, venir al Aragon Ballroom representa más de ocho horas de trabajo. La entrada para un baile sabatino habitualmente cuesta cincuenta dólares en la puerta, cuarenta por adelantado. La fórmula de los bailes es la misma: una banda sinaloense, un grupo de cumbia, uno de baladas y dos de música norteña. Pero el espectáculo no lo conforman solamente los grupos musicales. El tumulto y la ausencia de silencios es también un espectáculo. Cualquier atisbo de diálogo es apagado de inmediato por los altos decibeles, así sea la voz del presentador o de algún vocalista. Es como si se tratara de compensar la soledad de la semana con la compañía de cinco mil o más desconocidos. El lenguaje es corporal; se invita a bailar apelando a una palabra que es, por supuesto, inaudible. Muy pocos son sedentarios, pues las mesas son contadísimas y por lo general se encuentran en el corredor del segundo piso. Es decir, la mayoría conforma una laguna en movimiento que rápido se transforma en río sin cauce, un cauce que va de la pista a las escaleras o de los balcones a los puestos de bebidas.

El Aragon Ballroom es un punto de encuentro para los hombres y las mujeres inmigrantes. De estos bailes surgen parejas de novios, y algunos llegan a casarse. No sorprende escuchar que en algún hogar de Pilsen los padres se hayan conocido en la pista del Aragon.

 

El Trébol, a pesar de la presencia de tres o cuatro mujeres que rebasan los cuarenta años, tiene el carácter de las cantinas de la provincia mexicana. Es un espacio netamente para hombres. Y en Pilsen hay infinidad de lugares como El Trébol; tan sólo a media cuadra encontramos Los tres Díaz y al cruzar la calle El 1040. Recordemos que hasta principios de los años ochenta el grueso de la migración era masculina y del campo. Y en Pilsen las barras adquirieron y siguen teniendo el carácter de las cantinas de los pueblos mexicanos en las que todavía a finales de los ochenta era posible leer a la entrada un letrero borroso que decía: “Prohibida la entrada a niños, mujeres y uniformados”. Las barras de Pilsen son espacios en los que la mujer obrera, la babysitter o la que se dedica a limpiar casas nunca frecuentarían; a no ser por las fiestas familiares, el esparcimiento para ellas se da obligadamente fuera del barrio y en fin de semana. Las pocas mujeres que vemos aquí en El Trébol, incluyendo esta noche de cumpleaños, son las cantineras y a quienes el beber se les ha vuelto rutina. 

A las siete y cuarto de la tarde se abre la puerta de El Trébol y la gente se orilla para que el pastel pase de la tienda a la barra. El pasillo se libra con dos pasos, pero el presenciar así de repente y a media luz la barra en escuadra, los pocos bancos, el refrigerador cilíndrico y octogenario, a la Japonesa en una esquina, a Fernanda destapando una cerveza, hacen que el parroquiano sienta que ha bajado escaleras y que ahora se halla en un basemant. Los clientes, sólo por haber venido, son los invitados. En la mesa de honor está Diana con sus amigas. Frente a ellas hay un mapa que cubre por completo la pared: a la altura de La Florida “Como México no hay dos” y en el Pacífico “como Budweiser tampoco”. 

Es la segunda vez que se oyen “Las mañanitas”. Y esta vez corrieron por cuenta de un hombre de camisa roja a cuadros y unas patillas que alcanzan a cubrirle parte de las mejillas. Apenas terminan Los Traviezos, el de las patillas quiere que toquen la de “la trigueñita hermosa” y a señas invita a Fernanda, la cantinera. 

—El lesbiano no habla español ni inglés —nos dice Martín—. Pero, como yo, todos los días está aquí.

—¿Cómo que lesbiano?

—Así le decimos que porque es de Albania. 

El albano no es el único extranjero. Junto a Diana está una polaca, que ya con los años ha pasado a apellidarse Ramírez. Y desde el pasillo le piden al del tololoche “Bonita finca de adobe”.

—Ésta la bailo yo —dice don José, que a pesar de la edad todavía medio gira y adelanta seguido la rodilla. Más acá, Martín se toma su segunda.

 

Es el intermedio y en la pista del Aragon Ballroom se multiplican las parejas. Pero ni siquiera en el intermedio fluyen las palabras. La música del disc jockey sirve para camuflar la timidez. El sentido del tacto sustituye al verbo casi por completo: el “me gustas” es reemplazado por las rosas artificiales fosforescentes y la fotografía instantánea. Eso sí, no nos queda duda de que el caos acústico del Aragon Ballroom es premeditado. La prisa y los altos decibeles siguen impidiendo el sedentarismo, de paso también intentan evitar que alguien se acuerde de su soledad de inmigrante.

En los bailes pueblerinos de México, la soledad no acecha. En cambio, en las paredes y en los corredores del Aragon Ballroom se le presiente. Aunque se llegara solo, en los bailes del terruño se llegaba acompañado. Al Aragon, aunque se llegue acompañado, en el fondo nos presentimos solos. En la pista y en los corredores queremos marear con ruido esa soledad. Y si la soledad se asoma, siempre es oportuno el grito del animador: “¿Qué pasó raza de Durango? ¡No se me duerman esos de Michoacán!” La referencia repetida a Jalisco, Guerrero, Zacatecas o Guanajuato, es un fastidio que calma. Los “Vivas” a tal o cual estado son para hacernos creer que no estamos solos: intentan rodearnos de otros. Aquí, una pregunta franca y directa sería: ¿Verdad que no estamos solos, raza? Pero esa pregunta, paradójicamente, nos llenaría de soledad.

 

Los globos de El Trébol ya no se miran tan obesos, las flores junto a la caja empiezan a marchitarse y las serpentinas batallan para mantener sus ondulaciones, que van de esquina a esquina. El cumpleaños de la Diana empezó el viernes y hoy martes se continúa. A Martín no le tocaba y ya va en la cuarta: “Es que rara vez se celebra un cumpleaños en El Trébol”. Nos cuentan que el viernes el mole y el arroz ya habían llegado; Diana regresaba de calentar las tortillas del restaurante que está “nomás al cruzar la calle”, y no se fijó.

—¡Don Ramón, machucaron a la Diana! 

Y hoy, luego de cuatro días en el hospital Cook County, Diana regresa a culminar la fiesta. Las muletas, como si fueran sus guardias, están recargadas junto a la vitrola. En contra esquina no deja de abrirse la manija del viejo refrigerador. Entre las botellas abundan los santos, desde San Martín de Porres hasta la Virgen de Guadalupe pasando por Cristos de varios tamaños; las alargadas veladoras parecieran otras botellas entre el Seagram's 7, El Herradura y la granadina. Del techo pende un casco de escafandra de buzo polvoriento que en lugar de rostro muestra un reloj detenido en las 8:40. La música y el zapateo hacen que se asomen algunos que sólo venían por un six pack.

—Es lo malo de pasar pa’ tras, a uno ya no le dan ganas de irse.

 

Como decíamos, en el Aragon Ballroom todo está premeditado. Para los empresarios, el túnel ubicado a la entrada es como un pasadizo de aeropuerto. Aquí los souvenirs son, de un lado, playeras de Los Ángeles Azules o de la Sonora Tropicana, CDs de la Banda Limonense o del Conjunto Primavera; del otro lado son collares y pulseras de chaquira, artesanía de plata, pipas de mármol o de madera... Luego de la revisión y de los puestos de souvenirs, el que asiste al Aragon Ballroom entra al cuello del túnel, que es el espacio donde uno parece prepararse para un vuelo. ¿Pero un vuelo adónde? Al fondo esperan las escaleras de dos alas y el arroyo de jeans y de sombreros. Bajan ecos de música y murmullos. ¿Un vuelo adónde? Es un vuelo a provincia, a la provincia mexicana, por supuesto. Subimos. Y al dejar el último escalón se divisa la pista: espacio en el que se intenta ganarle el duelo a la nostalgia.

Pero el vuelo es frustrado; no se logra. A pesar de los arcos de hacienda y del falso cielo estrellado, no hay la arquitectura escueta del pueblo. Falta el viento en la explanada y la plática: el que aquí vende la cerveza es un extraño, no es Chema ni Manuel “El Picahielo”. Y para el bartender nadie es hijo de la Chilo ni nadie viene de la colonia. Aquí todos son como frutos caídos. Y por más que se quiera no se puede inventar el árbol. El baile del Aragon Ballroom está lejos de los bailes sabatinos del pueblo.

            

A las nueve en punto, en El Trébol se parte el pastel y se destapan las botellas de champaña, que son cortesía de don Ramón. Oímos las terceras “Mañanitas”. Pastel hay para todos, “que aquí se acompaña bien con la cerveza”. La champaña apenas alcanza para ellas.

—¿Cuál le tocamos, joven? —dice el del bajo sexto mientras el del acordeón pasa tarjetas de presentación. Y entonces nos queda claro el nombre: se llaman Los Traviezos de Michoacán.

—¿Entonces cuál?

—La que pida Diana.

—Déjame pagar ésta —dice don José—. Es que me anda pellizcando la mano.

...Y luego de tres piezas más, Los Traviezos se van. Lo que queda del pastel se reparte. Diana agradece; y con la ayuda de Fernanda y sosteniéndose de las muletas, se despide. De las mujeres sólo queda en un rincón la Japonesa.

El apaciguamiento deja ver los rostros. Sobre el efecto de las cervezas se impone el cansancio acumulado durante ocho horas frente a la máquina o la línea; no hay sudor, sólo sus huellas. Se habla a media voz y la música de la vitrola parece no escucharse. Junto al lavabo, como una belleza primitiva, siguen inmutables el rostro y el cuerpo inmenso de la Japonesa. En la barra empiezan los cabeceos. En la tercera mesa alguien, cabizbajo, ronca. Y sólo hasta más tarde, con la llegada de Teresa, las voces vuelven a alzarse y Rogelio no pierde tiempo para sacarla a bailar: “la huella de tu canto echó raíces, Melina”.

 


El íconico Trébol: Foto: José Guzmán
 

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