El Buda del Café

El Buda del Café

El Buda del Café  

Yo andaba buscando un edificio en el barrio de Pilsen para arrojarme a la banqueta y dar mi vida por terminada.

Por varios días anduve buscando un edificio apropiado del cual saltar, pero la búsqueda no resultó ser tan fácil. 

Claro, sí había algunos edificios de tres pisos, pero algunos no eran de mi agrado.

Yo andaba buscando un edificio de ladrillo rojo que se viera bien en las noticias de la televisión en caso de que hubiera cobertura después de mi suicidio.

Y, además, yo quería encontrar un edificio que encarara al oriente, allá por donde está el lago Michigan, para poder ver los rascacielos del centro de la ciudad por una última vez.

Y quería lanzarme del edificio, si es que lo encontraba, durante el ocaso. Así podría ver yo los rascacielos bañados por los últimos rayos del sol antes de caer a mi suerte.

Uno de los problemas que encontré en buscar el edificio del suicidio, como lo empecé yo a llamar, es que las puertas de varios edificios que consideré como apropiados, estaban cerradas. No podía yo entrar y subir a sus techos.

Arriba de las puertas de algunos edificios había letreros con el nombre y el número de teléfono de los gerentes que custodiaban a estos edificios. Quise llamar a un gerente de un edificio y pretender que yo vivía ahí y decirle que me abriera la puerta porque se me habían olvidado las llaves.

Quería decirle que necesitaba subir urgentemente al tercer piso porque se me había olvidado algo. 

Pero la mayoría de los gerentes muchas veces son también los dueños de los edificios y llegué a la conclusión que ellos podían reconocer a sus inquilinos y yo estaba seguro que no lograría engañar a ninguno de ellos.

También pensé en tener una buena excusa y decir que yo era el pariente de uno de los inquilinos, ya que sus apellidos estaban en los buzones de correo, y que yo estaba visitando la gran ciudad y que si, por favor, me podría dejar entrar.

Pero pensé que esto tampoco sería aceptado por ningún gerente.

Un día caminando por la Calle 18 noté que un enorme edificio no de tres pisos, pero de cuatro, estaba misteriosamente abierto y pude entrar. Me dirigí al cuarto piso por los oscuros pasillos cuya única luz era la que entraba por las ventanas que daban a la calle.

Por fin entré a un salón que estaba en el cuarto piso, de seguro uno en el que hacían fiestas y eventos los residentes de años atrás cuando aún no había hispanos en esta parte de la ciudad.

Estaba yo a punto de abrir una de las dos ventanas que daban a la calle, pero de pronto escuché una voz que me sorprendió.

“¿Qué vas hacer?” Me preguntó una voz ronca como de alguien que fuma a diario. “Me voy a tirar”, contesté sin mirar de dónde venía la voz. Me detuve y volteé a ver a un hombre andrajoso que yo ya anteriormente había visto caminar por las calles de este barrio.

“Si te tiras morirás en un segundo”, me dijo el señor de unos cuarenta años. Y luego me dijo, “¿De casualidad no traes un cigarro?”

Le dije que no fumaba y luego él me dijo: “Piensa bien en lo que vas hacer”.

Fue ahí que poco a poco se me fueron quitando las ganas de brincar ya que ese hombre sería un testigo y yo naturalmente no quería que nadie se enterara del suicidio hasta que yo estuviera ya tirado en el pavimento.

“¿Qué haces aquí?”, le pregunté. Y él me dijo muy casual: “Aquí vivo”.

“¿Y pagas renta?”, le pregunté y me respondió: “No, nadie sabe que vivo aquí. Ya llevo dos años aquí sin que nadie se dé cuenta.”

Y cómo te llamas, le pregunté y me dijo que su nombre era Josué Bardomino pero que en la calle todos le decían El Ermitaño.

Ya más relajado, mejor me retiré de la ventana y me acerqué a Bardomino y lo saludé de la mano.

“Me llamo Nazario Espejo”, le dije al que iba ser el testigo de mi suicidio.

“¿Y dime, Nazario, por qué te quieres matar?”, me preguntó en seco, así nada más.

No tuve más remedio que contarle todo. Se trataba de Crisanta, mi novia, Crisanta Olivier. La había perdido después de dos años de estar juntos. “Me abandonó”, le dije al Ermitaño: “Y no puedo con mi pérdida y la desdicha y el dolor que esto me causa”.

Y proseguí a darle más detalles de mi relación con Crisanta. Ella era una artista que siempre usaba suéteres negros, faldas negras, mallas negras y tenía un pelo largo y ondulado.

La había conocido en una protesta de la cual ya no me acordaba bien de qué trataba, creo que era contra la guerra en Iraq o una de tantas manifestaciones contra la gentrificación del barrio.

A lo mejor fue una de esas protestas para elevar el salario mínimo a $15 dólares la hora. No sé.

Yo sólo me acuerdo que durante la protesta todos íbamos coreando juntos “Whose streets? Our streets!” Repetíamos esta consigna una y otra vez.

“¿Y qué pasó después?”, me preguntó el Ermitaño Bardomino.

Le conté que nos enamoramos, ella se vino a vivir conmigo dos meses después de esa protesta y mientras ella pintaba, yo trabajaba.

Después nos íbamos a caminar y a conocer los diferentes barrios de la ciudad. El tiempo desaparecía cuando estaba yo junto con ella. Era algo extraño, pero mágico.

“¿Y por eso te quieres quitar la vida?”, me preguntó. Sí, le dije, no puedo con tanta tristeza.

“Mira”, me dijo: “Te voy a recomendar que veas al Buda del Café, es un señor que así le dicen muchos. Él te puede ayudar”.

“¿Y para qué?”, protesté pensando que era una tranza más de esas de las que hay muchas en el mundo. 

“Oh, yo sé lo que te digo”, me reprochó El Ermitaño y me insistió que acudiera a un café sobre la Calle 18 y que ahí siempre estaba un señor medio rotundo con lentes, algo parecido a Diego Rivera, pero más joven.

“Siempre está leyendo un libro y tomando café”. me dijo.

“Pero de esos hay muchos”, le dije al Ermitaño y me contestó: “Pueda que sí, pero tú vas a saber quién es él”.

La verdad es que pospuse mi suicidio ese día y un día después me fui en busca del Buda del Café al que había recomendado Bardomino, el hombre que vivía en ese enorme edificio sin que nadie se percatara de su presencia. 

Fui unas dos veces a dicho café sin encontrar al Buda. Pero después de unos días, noté a un señor que presentaba la descripción que me había dado El Ermitaño.

Me acerqué con temor al Buda ese, pero antes que yo dijera algo, él me dijo: “siéntate, ya sé quién eres”.

“Me llamo Alvar, Alvar Quiñones, algunos me llaman el Buda del Café, aquí doy asesoría gratis”, me dijo. Yo estaba muy sorprendido y casi no sabía por dónde empezar.

“¿Ahórrate la historia, ya lo sé todo, El Ermitaño me contó que el otro día te querías matar por una mujer, ¿no es así?” Me disparó la pregunta así de rápido.

“Así es”, le respondí con algo de pena por querer apagar mi vida como si fuera un simple foco de luz.

“Mira”, me dijo: “grábate esto en la memoria; la vida se tiene que vivir. Si, vivirla hasta que se seque como si fuera una naranja que se queda bajo sol”.

Entonces me dijo que podía seguir acudiendo al café cuantas veces yo quisiera pero que cuando menos le disparara un café latte.

“Como no”, fue todo lo que le dije y acordamos que yo seguiría visitando a ese café a donde acudían los intelectuales y artistas del barrio.

Durante la siguiente visita, él ya no vestía igual, se había cambiado de ropa, pero todavía tenía ese modo directo de hablar, propio de alguien que no tolera la incertidumbre en los demás.

En esta segunda visita me dijo: “Anota esto en tu libreta: una taza se tiene que vaciar para poderla llenar otra vez. ¿Me entiendes?”

Aunque quería decir que no, que no entendía, no me atreví y sólo le dije que sí.

“Tienes que vaciar tus sentimientos para hacer espacio para la felicidad que viene después”, dijo este extraño Buda y me quedé con los ojos abiertos.

Después de esas palabras, ese día ya no platicamos más de mi asunto y nos pusimos a platicar de cualquier cosa, arte, política, literatura, pero menos de amores perdidos ni de suicidios pospuestos.

“Siéntate”, me dijo Alvar durante la tercera vez que lo visite en el café: “Tengo que ir al doctor, me van a checar el colesterol, pero mira la lección de hoy es esta: Siempre es mejor seguir caminando que sentarse al lado del camino”.

Y luego agregó: “Tú aún estás joven, no dejes de caminar a donde está lo que tú quieres. Puede estar a un kilómetro o a veinte mil kilómetros de aquí, pero eso no importa. Tienes que seguir caminando. ¿Me entiendes?”

Le dije que sí y Alvar se levantó y me dijo: “Nos vemos el próximo viernes”.

La cuarta vez que vi a Alvar me dijo que se había pasado leyendo toda la noche a un autor francés y que lo del doctor había sido una falsa alarma y que estaba bien de su colesterol pero que sí, el doctor le había ordenado bajar de peso.

Ordené un café latte para Alvar el Buda y otro para mí y me senté. Quería yo comentar sobre el clima ya que estaba lloviendo, pero me dijo olvida eso, eso no es importante. 

“Mira”, me dijo mirándome a los ojos como si él fuera un profesor de leyes y yo su alumno: “Las experiencias de cada persona les da sentido a sus vidas. Busca siempre tener buenas experiencias”.

Luego me preguntó qué me gustaba hacer y le dije trabajar, leer libros, ver cine, viajar, caminar, correr.

“Si te quitas la vida ya no podrás hacer nada de eso”, me contestó y entonces sentí que yo estaba traicionando algo muy profundo dentro de mí si yo me quitaba la vida y me dio mucha pena por lo que yo planeaba hacer días atrás en el edificio donde vivía el paracaidista el Ermitaño.

Me dieron ganas de llorar y se me salieron unas dos o tres lágrimas.

“Todos nos equivocamos”, me dijo Alvar y me dijo que volviera una vez más el próximo martes.

La quinta vez que vi a Alvar, el Buda del Café, me compró un latte, no yo a él. Y esta vez no me habló de nada en particular y nada más estuvimos comentando las noticias del día y mirando a la gente que pasaba frente al café. 

“Tomó mucho tiempo crear a este mundo, muchos millones de años”, me dijo mientras mirábamos desde el interior del café a la gente que pasaba por la acera. “No hay que descartarlo nomas así a la ligera”.

Al final, ya cuando terminamos de tomarnos el acostumbrado latte, me entregó una nota y me dijo: “No la abras hasta que estés en tu casa”. Así lo hice.

Le di al Buda un abrazo por sus consejos y nos despedimos. Luego en mi casa abrí la nota y leí lo que decía: “Ante la vida que puede ser a veces una tormenta de confusión, tienes que persistir. Ante el caos y el desorden, tienes que persistir, nunca olvides esto, tienes que persistir”.

Se me llenaron los ojos de lágrimas ya que esta persona que no era nada conmigo me estaba orientando a seguir adelante a pesar que yo sólo le daba un café latte a cambio.

Pasó toda una semana y yo deseaba ir a saludar al Buda del café para darle las gracias ya que Crisanta Olivier me había llamado y habíamos decidido olvidar los rencores del pasado y vivir juntos otra vez. 

Fui al café como de costumbre, pero ya no vi al Buda del Café ahí, es decir a Alvar Quiñones. Siendo que el edificio de cuatro pisos donde vivía El Ermitaño Bardomino estaba cercas de ahí, decidí ir a verlo.

El edificio permanecía abierto durante el día y pude ascender al cuarto piso y encontré a Bardomino fumando mariguana y leyendo un libro. Estaba acostado en una esquina del salón del cual yo me quise tirar a mi muerte.

“Órale”, me dijo Bardomino: “¡Qué milagro! ¿Cómo te fue con el Buda del Café? ¿Verdad que ese güey está pesado?”

“Sí”, le contesté a Bardomino, quien tenía una barba y tenia un montón de revistas regadas por todo el piso.

“Quería darle las gracias al Buda, pero no lo encontré en el café”, le dije.

“Maestro, ya ni lo busques, él ya se fue de la ciudad, creo que se regresó a México, se fue allá por Yucatán. Creo que quiere andar allá por las ruinas. Le interesa mucho la arqueología y los mayas, y todo ese pedo”, me dijo Bardomino.

“Oh”, fue todo lo que le contesté y me despedí del Ermitaño y le di unos siete dólares que yo traía en mi mochila y me fui caminando por la calle pensando en los consejos que me había dado Alvar Quiñones, el Buda del Café.

 


 

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