Champú para hombres

Champú para hombres

 

El champú ardía. Me quemaba. Olía dulce, pero era un incendio. Invadía mis párpados. Traspasaba las pestañas largas, herencia de Mamá. Entró a mis ojos por accidente. Pero no importaba, Papá estaba ahí. Papá y un poco de agua. Ese era mi alivio.

Papá no me dejaba agarrar la botella de champú. Decía que cuando yo era bebéme comía esa tapita amarilla como sol cascabelero. Decía que la engullía como las serpientes engullen las cabecitas de las ratas. Me mostraba videos. Me ayudaba a entender.

Papá decía que no quería darme la botella de champú porque yo aún no sabíacalcular. No sabía cuánto necesitaba para lavarme el pelo. Decía que, para mi pelo crespo, no hacía falta tanto. Decía que me estaba enseñando a no desperdiciar.

Te estoy enseñando a no desperdiciar.

Después de bañarme, Papá siempre dejaba la botella de champú en un estante alto. Mis piernas y mis brazos aún no se estiraban tanto. No llegaban hasta el cuello metálico, cabizbajo, de la ducha.

Pero un día, unos años después, Papá bajó la botella de champú de niño hasta elfilo de la tina.

Mi pelo y mi cuerpo eran más grandes. Mi cerebro calculaba mejor, más rápido.Papá lo sabía y decía que ya estaba listo para ponerme yo solo el champú.

Ya estás listo, campeón.

Fue un día feliz, importante. Igual que cuando cambié la pasta de dientes de chiclepor la de menta. Me encantaba saberme grande, cada vez más parecido a Papá. Me encantaba que él lo reconociera. Qué grande estás, decía, y me golpeaba el hombro. Despacio.

El tacto de Papá era cómodo. Era suave cuando levantaba mis brazos y enjabonaba mis axilas. Suave cuando torneaba mis muslos con sus manos resbalosas. Suave cuando rozaba mis nalgas, se detenía, y decía que me pasaralos dedos jabonosos por ahí. Cuando me enseñó a lavarme el pene, le puso otronombre: la tortuguita. Decía que mi glande era una tortuguita que debía asomar la cabeza para limpiarla.

La hora del baño con Papá era puro aprendizaje, un deleite.

El día que dejó que yo mismo me pusiera el champú fue igual de memorable.Calculé lo mejor que pude la cantidad necesaria y empecé a masajearme la cabeza. La espuma se regó por mi cuello, mis orejas, mis ojos. El olor a manzanilla me excitaba. Me hacía reír.

Antes, cuando era más pequeño, Papá me acompañaba arrodillado afuera de la ducha. Pero desde que bajó la botella de champú al filo de la tina me dejó bañarme solo. Entonces yo aprovechaba, cerraba los ojos y me dejaba llevar por esa oscuridad.

Era como soñar rápido, temprano. Era soñar desnudo, solo, bajo el calor del agua. Yo soñaba siempre con animales. Mantarrayas, tigres, osos. Cocodrilos, tiburones,leopardos. Eran animales que temía: que me fascinaban. A veces tenía miedo de abrir los ojos y encontrarme de frente con uno de ellos. Entonces me enjuagaba rápido. Mi corazón latía furioso, perseguido.

Una mañana de verano, encontré otra botella de champú en el filo de la tina. Tenía un olor neutro, distinto. Era la única botella que había. Pensé que ese champú era solo para Papá, se lo pregunté a gritos y él me dijo que era mío. Que yo también ya estaba listo para usar ese champú de hombre. Eso dijo: champú de hombre.

Pocas veces había entrado tan feliz a la ducha. Me desvestí al apuro, me paré bajo el chorro caliente y agarré ese frasco grande, pesado. Era el champú más espumoso que había usado. La espuma era densa, rabiosa. Me caía por los ojos, la nuca, las nalgas.

Me enjuagué, pero me costó abrir los ojos. Me escocían y empecé a desesperarme. Pero no importaba porque, sin siquiera haberlo llamado, Papá ya estaba ahí, en elbaño. Papá y un poco de agua. Era todo lo que necesitaba para extinguir ese dolor suave, preciso.

La puerta del baño se cerró. La cortina de la ducha se abrió. Tranquilo, me dijo Papá, tranquilo. Su voz sonaba cerca. Papá me tocó el hombro y el agua, por un momento, se cortó. Su brazo estirado interrumpía el chorro. Intenté abrir los ojoscon esfuerzo y entre el aliento del vapor vi el cuerpo duro, desnudo, de Papá.

Volví a cerrar los ojos. Tranquilo, mi hombre, tranquilo, dijo Papá. Apreté los párpados con fuerza e invoqué a mis animales. En la oscuridad vi iris plateados,fosforescentes. Y me entregué con ardor a la mirada honda, enrarecida, de criaturas como yo.