Celia (Enterrada)

Celia (Enterrada)

Desde niña me gustaba jugar entre los muertos. Mis padres eran los dueños de la única funeraria decente del pueblo y digo decente, porque las otras dos que había no tenían aire acondicionado. Los pobres no se podían dar el lujo de enseñar al difunto más de doce horas y embalsamarlos estaba fuera de su presupuesto. Además, aunque Mazamitla era un pueblo pequeño, había un buen número de familias acomodadas que requerían un servicio más “especial”, como decía mi mamá haciendo el gesto de comillas con los dedos para remarcar la palabra especial.

—A los ricos no les gusta sudar ni tiesos —decía de broma, pero no sin cierto desprecio. Mi padre había aprendido el oficio de su padre y había trabajado a su lado hasta el día de la muerte del abuelo de un infarto fulminante. Fue entonces que, con su seriedad característica, tomó las riendas del negocio. Mi abuelo materno fue su primer cliente. Mamá, destrozada por la muerte de su padre, se enamoró del joven director, quien, a su vez, se prendó de ella mientras le mostraba el catálogo de coronas fúnebres. A los dos les encantaban los claveles. ¿En serio? ¿Los claveles? La cuestión es que nunca me quedó claro qué fue lo que papá, un hombre de buen porte, educado y serio, le vio a mamá. Ella era más grande que él, con dificultad había terminado la secundaria y no era una gran belleza. Él se la pasaba trabajando con el pretexto de que “los muertos no dejan de morirse”. Ella ya no tenía a quien atender. Lo cierto es que los dos estaban solos y necesitados de amor.

Nunca tuve muchos amigos, porque, aunque en la escuela católica nos enseñaban que todos éramos iguales ante los ojos de dios, me quedó clarísimo que no éramos iguales ante los ojos de los demás. La primera vez que invité a una amiguita a jugar a mi casa —adyacente a la funeraria— le propuse jugar a las escondidillas. Se me hizo fácil esconderme en un ataúd. Cansada de esperar, comencé a hacer ruido desde mi escondite para llamar su atención. Cuando por fin salí, la pobre estaba petrificada. Después de eso, nadie volvió a aceptarme una invitación a jugar, hasta que llegué a la secundaria y conocí a Adela. Alta y de sonrisa fácil, parecía no tenerle miedo a nada. Adela se convirtió en mi mejor amiga y por primera vez, alguien me invitó a jugar.

La casa de Adela estaba ubicada en un terreno de extensión considerable, donde la abundante vegetación ofrecía muchas opciones para ocultarse sin tener que estar respirando por la boca para evitar el olor a desinfectante flotando sobre el de los muertos, o tapándome los oídos para no escuchar los gritos de las viudas. La familia de Adela, aunque un poco extraña, me recibió con los brazos abiertos y pronto me sentí como en familia.

Al cumplir 13 años, papá me dejó entrar al sótano donde preparaba los cuerpos. Era la primera vez que lo veía trabajar y pude observar la destreza artística de sus dedos enguantados sobre el lienzo que ofrece un cuerpo sin vida. En la plancha descansaba una jovencita de no más de 20 años muerta a consecuencia de una sobredosis de cocaína, cuando la cocaína ni siquiera estaba de moda. Al preguntarle a papá de qué había muerto, él aprovechó para hablarme del peligro de las drogas. Sin interrumpir su discurso, de un cajón sacó un estuche de maquillaje y tomando una pequeña brocha le aplicó, con maestría y delicadeza, base en el rostro y un poco de rubor. Luego me pidió que le ayudara a escoger un labial. Instintivamente tomé uno rojo, parecido al tono que usaba mamá, pero me dijo que no, que ese no era apropiado, pues una jovencita no necesitaba de esos artificios y tomó uno color rosa pálido que le sentó muy bien.

—Sus papás van a pensar que está dormida —comentó—. Ese es el chiste, Celia, que parezca que están dormidos —y agregó medio en broma— el sueño es como la muerte, pero sin el compromiso.

A partir de ese momento, sus invitaciones a aprender el oficio se convirtieron en lecciones de vida. Unas menos aburridas que otras, pero ver a un muerto es como perder la virginidad… nunca se te olvida. No se me olvida el día en que recibimos a los hermanos González. Estaban tan borrachos que ni con cloro les quitamos el olor a mezcal, o a la gorda que no cabía en el ataúd, o a aquel señor que llegó en varias bolsas de basura. No encontramos la bolsa de las manos y tuvimos que improvisar con unos guantes de látex que rellenamos con harina para hotcakes. Cuando los familiares le preguntaron a papá porque se veían las manos tan hinchadas, con mucha calma replicó:

—Si prefiere se las quito.

Aprendí el oficio, pero no sin pagar el precio. En Servicios Funerarios Massana no se trataba solo de arreglar al muerto, sino de darle el makeover de su vida. La fama de mi padre se extendió hacia otros pueblos de la región obligándole a contratar a un asistente, pues no se daba abasto. Cuando El Diario de Mazamitla publicó una semblanza de “El Bonasera mexicano”, empezaron a llover muertos. Esto le permitió modernizar la funeraria y convertir el negocio en una empresa exitosa. Mi destino estaba escrito: viviría entre cadáveres.

Aunque con el tiempo logré hacer amigos (la mayoría como resultado de mi amistad con Adela), ser la hija del dueño de la funeraria había limitado mis oportunidades románticas. De nada había servido el estudio, la lectura o los campamentos en Estados Unidos durante las vacaciones de verano. Ningún muchacho se me acercaba. Era como si oliera a muerto. Yo sabía que esto le preocupaba a mamá porque un día, en primero o segundo de secundaria, me preguntó, sin el menor reparo, si me gustaban las mujeres. Automáticamente le respondí que no porque jamás había pensado eso, pero me pasé los siguientes tres días explorando mi sexualidad. Recordé al ahogado. Un muchacho de unos 18 años que había llegado apenas dos horas después de que sus pulmones se llenaran de agua tras caer de la lancha en la que él y sus amigos habían organizado una borrachera dominical. Mis papás estaban en la funeraria atendiendo a una familia y me tocó recibir el cuerpo. Los paramédicos lo pusieron en la plancha y se me ocurrió que no habría mucho que hacer con un recién ahogado y quizás podría ayudarle a papá a prepararlo. Al quitarle la sábana vi la blancura azulina de su rostro de niño-hombre dormido, su cuerpo largo y musculoso, perfecto, su pene aun flácido y hermoso. Lo toqué porque nunca había tocado un pene y luego me lo metí a la boca porque quería probarlo, porque nunca había probado un pene y su pene frío sabía a agua dulce. En esto pensé después de la pregunta de mamá y me masturbé, concluyendo que era heterosexual. Al comunicarle esto a mamá, me abrazó y me soltó con fuerza, me miró a la cara y, sonriendo, exclamó: ¡Gracias a dios, m’ija, porque si te gustaran las mujeres te tendrías que ir a Guadalajara, y ¿quién se haría cargo del negocio cuando ya no esté tu papá?!

El verano antes de que comenzara el primer año de prepa mamá me llevó a Nueva York con el pretexto de comprarme un guardarropa que “me sentara bien”. Esas fueron sus palabras. Como si la cintura de jícama y mis escasas tetas fuera algo que Michael Kors pudiera resolver y no un marcador de dominancia de su línea genética. Nos quedamos en un Marriott en Times Square y ahí fue donde descubrí mi primer gran amor: el teatro. Mamá casi se muere cuando le propuse ir a ver “Chicago” después de un largo día pateando las calles y gastando a lo loco en las tiendas. Se quejó de que el teatro era dinero tirado a la basura porque con ciento cincuenta dólares me podía comprar tres pares de jeans Gloria Vanderbilt. Protesté que Gloria Vanderbilt no necesitaba dinero y me dijo que lo pensara bien porque esos jeans quizás eran la solución a mi “cuerpo de gallinita”. Lo dijo riéndose, mientras sacaba una bolsa Louis Vuitton del saco de franela que la cubría, y la levantaba como si fuera un trofeo, admirando cada logotipo plasmado en su distintiva piel correosa. Me ofendió que usara el diminutivo. Como si el ita, fuera a restarle contundencia al insulto. Me dieron ganas de arrebatarle la bolsa y aventarla por la ventana, pero respiré hondo y me calmé. Lidiar con muertos todo el día, sacarles las tripas, tocar su piel fría y tensa, sentir la sangre coagulada entre mis dedos, ver sus ojos secos con la mirada perdida, maquillarlos, vestirlos… eso requiere templanza. A diferencia de mamá, ningún muerto me había lastimado con sus palabras estúpidas. Ningún muerto me había decepcionado. Ningún muerto me había provocado ganas de matarlo. Templanza. Le devolví la sonrisa y le prometí no decirle a papá cuánto le había costado la bolsa que aún observaba con una devoción que jamás le había dedicado a mi persona. Aceptó sin protestar, mientras se veía en el espejo sosteniendo el trofeo, su cuerpo de guajolota, oculto por una túnica de Donna Karan.

Saliendo del teatro se quejó amargamente de la falta de subtítulos y ahí me di cuenta de que quizás una de las misiones de Valentino y Halston y Calvin Klein, era disimular la profunda banalidad de sus clientes. Acordamos en que ella haría las compras y yo iría al teatro. Fui Roxy Hart, Eliza Doolittle y Elfeba (nunca Glinda). Quería ser la estrella. Quería los ojos del mundo en mí. Quería que alguien me deseara, que alguien me rescatara, que un hombre me pusiera un minuto de atención. Quería que Peter me quisiera.

El papá de Peter Bessonov era un médico ruso que había llegado a Mazamitla correteando a la mamá de Peter, una ex Señorita Jalisco que había conocido en Puerto Vallarta. El doctor Bessonov y mi padre eran amigos y se reunían ocasionalmente a jugar ajedrez e intercambiar historias de pacientes. Papá decía que Bessonov se encargaba de los vivos y él de los muertos. El “dóktor” decía que mi papá la tenía bien fácil porque los muertos, por lo menos, no se la pasaban jodiendo. Peter había conocido a Adela en mi casa y aunque ella sabía que a mí me gustaba “el ruso” y éste había mostrado cierto interés en mí, no pudo resistir la tentación de coquetear con él. Así era Adela. Al regresar de Nueva York, papá había organizado una comida de bienvenida y lo primero que vi cuando entré al jardín luciendo mis jeans Gloria Vanderbilt fue a Peter y a Adela agarrados de la mano. Me quise morir.

A partir de ese momento la odié. Odie su quijada cuadrada, su nariz griega y su delgadez. Odié su sonrisa franca y sus enormes dientes equinos. Odié su estrepitosa carcajada que hacía estallar la risa en otros. Odié la manera en que Peter la veía —embelesado— como si fuera la única mujer en el mundo. Odié ver sus manos entrelazadas y sus cuchicheos al oído como si todos los demás fuéramos fantasmas de paso. Los odié, pero más a ella, porque sabía que a mí me gustaba Peter, y no le importó. No le importó robarme al único muchacho que me había sacado a bailar en una fiesta.

Continué mi amistad con ella porque no tenía remedio. Era la única que había jugado conmigo a las escondidillas y me había ganado. Se había metido en un ataúd.  Pero si hay algo que me enseñó mi padre, fue a ser paciente con los muertos. Decidí que también podía serlo con los vivos. Templanza. Lo único que tenía que hacer era no morirme antes que ella para cobrar mi venganza. La muerte era mi amiga, ahora solo había que ganarle al tiempo.

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