Cartografías del dolor en ‘Arco de histeria, el libro negro’ de Esther M. García

Cartografías del dolor en ‘Arco de histeria, el libro negro’ de Esther M. García

Cartografías del dolor en Arco de histeria, el libro negro de Esther M. García. 

 

Arco de histeria, el libro negro de Esther M. García.
Ediciones CONARTE 2020, 83 páginas, ISBN: ISBN 978-6078598274

 

Durante siglos, las notas al margen de las grandes obras maestras fueron el único género literario al que podían acceder las mujeres antes de su profesionalización como escritoras, hecho milagroso que tuvo lugar ya muy tarde dentro de la historia humana, hasta el siglo XIX. Se trataba de álbumes, compendios de citas recortadas, notas al pie de página, diarios y cartas enviados desde manicomios, cárceles, hogares-cárcel en donde la noche y el día eran indistinguibles, en donde la violencia era consustancial a la convivencia familiar, una estructura desigual y jerarquizada que sostenía el edificio improbable de la locura femenina, una locura inducida por la violencia. En palabras de la autora: “Toda familia es una enfermedad y el deber de todo miembro enfermo es sobrevivirle”. Son estos diarios negros, esta marginalia dolorosa la que podemos encontrar en Arco de histeria, el libro negro (Ediciones CONARTE, 2020) el poemario más reciente de Esther M. García, acreedor al premio Carmen Alardín 2020, digno sucesor a la estética gótica de La Doncella Negra, La Bitácora de mujeres extrañas y Mamá es un animal negro que va de largo por las alcobas blancas. Este maduro poemario eleva una crítica a la misógina escuela del psicoanálisis freudiano, que llegó al extremo de inventar una patología para explicar la condición de las mujeres en una sociedad puritana absolutamente sofocante y enloquecedora, cuya cura por supuesto era —aunque ud. no lo crea— el matrimonio, o más bien el sexo en una sociedad que lo satanizaba.

Cabe aclarar que no fueron las mujeres las que súbitamente hubieran enloquecido. Fue el régimen de encierro al que estas fueron sometidas durante siglos el que produjo las más aterradoras enfermedades mentales, a las cuales no somos del todo inmunes en el siglo XXI, y menos aún en tiempos de coronavirus: la depresión, los ataques de pánico, la somatización de una ansiedad desproporcionada acumulada en un cuerpo disminuido por inseguridades económicas, terrorismo psicológico, acoso sexual y laboral, ambientes tóxicos y deshumanizantes que son el pan negro de cada día del género femenino bajo un régimen colonial y capitalista.

En efecto, M. García atrae la atención de la lectora hacia una condición absolutamente familiar a las mujeres, la enfermedad mental inducida por condiciones materiales y psicológicas imposibles:

 

Me convulsiono, luego existo;

después, pienso:

del trauma se extraen

sudores pestilentes,

ágnea bilis negra.

Líquido corpóreo,

herida y efracción

de toda histérica.

 

De poco sirvió que de los libros de psiquiatría se eliminara finalmente en el siglo XX el vocablo histérica, una vez que se comprobó que no era más que un instrumento de control del estado, la iglesia y las instituciones médicas para encerrar a las mujeres y patologizar la sexualidad femenina porque la consideraban amenazante. Como explica M. García “Histeria es una enfermedad que conceptualmente tiene que ver con el conflicto de no poder narrar la vivencia de hechos traumáticos. Lo indecible. Lo intraducible. La póetica del dolor”. En efecto, a las mujeres se les sigue patologizando y sobremedicando, llamando histéricas aun cuando lo único que eso signifique etimológicamente es que, en efecto, tienen una matriz. Reescribir esta historia es denunciar un régimen de representación femenina que se basa, aún hoy en día, en la espectacularización del sufrimiento femenino. En palabras de la autora “el dolor forzado a ser espectáculo/la imagen consumible de un catálogo de la enajenación histérica de la carne”. En efecto, el libro se encuentra dividido en varias partes denominadas “lecciones”, haciendo eco de las lecciones médicas sobre la histeria que daba Charcot en el manicomio de la Salpetriére, exhibiendo morbosamente las convulsiones de sus pacientes con fines educativos para que sus alumnitos anotaran los síntomas diligentemente en sus cuadernitos. 

Sin embargo, la incisiva poesía de M. García va más allá de la crítica al discurso psicoanalítico y pseudocientífico del siglo anterior, es una búsqueda de una cartografía del dolor que se puede rastrear en los libros médicos, en los manuales psiquiátricos, en todo el aparato científico-jurídico estatal que revela su obsesión de controlar la psique y el cuerpo femeninos:

 

Expuesta en radiografía

la cartografía del cerebro

revela cicatrices del trueno

y su estallido negro.

Las zonas vacías

revelan a la niña que fui

guareciéndose de las manos

que caen del cielo.

 

Acaso la escritura sea el único contraataque contra el desproporcionado despliegue de fuerzas ideológicas y económicas que parecen caer como misiles de guerra en contra de nosotras para mutilarnos y enfermarnos:

 

Defensa contra la noche:

empecé a escribir

con la única mano que me quedaba

—después del radio, del cáncer,

después de la amputación—

El cuaderno de las preguntas.

Escribo con mala caligrafía:

Arco de histeria,

el libro negro.

 

Este no es El libro de las preguntas de Pablo Neruda. Son preguntas que son reclamos que son alaridos. ¿Quién me mutiló y por qué? Que responda la historia con su cuchillo manchado de sangre, con su pistola fálica, sus símbolos freudianos. Reescribir la historia de la sujeción femenina silenciada es la salida que nos ofrece la autora; pero ya no desde la perspectiva de la cándida víctima, sino desde la perspectiva de la testimoniante plenamente consciente de lo que hicieron con su cuerpo, con su mente y espíritu. Es la escritura la que nos vengará, la que será el testigo de la masacre. El libro negro de Esther M. García, ese “museo viviente de patologías” obliga a los lectores a posicionarse, ya sea como sujetos histerizados contra su voluntad, ya sea como testigos con bata blanca del estado de embotamiento de la paciente, de su trauma clínico y monstruoso, de la violación multitudinaria a la que fue sujeta sin que nadie detuviera ni a sus parientes, ni a los doctores, ni a los jueces, ni a los policías, ni a los amigos.

 Este libro exhibe también la criminalización del cuerpo de las mujeres: “Esta mujer es poseedora posesa / de un cuerpo que exhibe impúdicamente”. En este catálogo de males femeninos conviven, paródicamente enlazados, el diagnóstico clínico, las entradas de diccionario, el registro jurídico, médico, técnico, la descolocada ambición de cuantificar un dolor inducido a aquellas que por azares de la anatomía llegaron a nacer con útero, ese “telar de sangre” como lo llama la poeta, “el nido de araña”, “la tarántula dormida” y demás imágenes populares y tradicionales que demonizan el cuerpo de las mujeres. Imágenes monstruosas sobrevienen como en una pesadilla surrealista, o tal vez como en un cómic extravagante: la vagina dentada, entretenido símbolo de la supuesta insaciabilidad femenina creado por hombres que le alzaron un altar enorme a su temor de la sexualidad femenina. Pero el útero es también una metáfora del origen, de la creación. Más que denigrarlo tendría más sentido redignificarlo: “El trabajo de un útero / es similar al de un poema: / tragar y escupir”. El útero se convierte en una alegoría del poema, el poema del útero. 

Hay páginas enteras en donde un poema entero ocupa un pie de página. No hay texto principal. Los paratextos son los protagonistas del texto. Como si el libro quisiera decirnos que las mujeres, esos cuerpos secundarios, relegados a la periferia, son en realidad el centro. Como dijera la feminista Rita Segato: el orden mundial de explotación se puede explicar con la metáfora de una pirámide invertida en donde la base económica la ocupan las mujeres. Pero esta es una base extremadamente diezmada y precarizada, en donde las mujeres son sacrificadas diariamente al dragón insaciable del moderno estado nación, que requiere de sangre femenina y piel oscura para subsistir. Además de la confrontación con disciplinas que han sido utilizadas como arma en contra de la conciencia en ciernes del sujeto femenino, Arco de histeria es una obra que construye un contradiscurso que cuestiona el poder de enunciación de los sujetos masculinos, su dominio aparente, su privilegio desproporcionado. A orillas de la gran valla de la marcha del 8 de marzo en CDMX cabe preguntarnos, ¿quién es el histérico ahora?

 

 

Rutgers University, marzo de 2021

 

 


 

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