Una cosa sin sentido

Naida Saavedra

 

El siguiente cuento pertenece al libro Desordenadas de Naida Saavedra, publicado recientemente por Suburbano Ediciones. El BeiSMan publica este cuento con autorización de la autora e invitamos a los lectores a leer la reseña de Carolina A. Herrera sobre la compilación de cuentos de Saavedra.

Nunca sé cómo van a terminar los cuentos. Empiezo a escribir y me fastidio con un personaje, me pongo furiosa con otro. Raramente me enamoro de alguno de ellos. Siempre me burlo. Incluso olvido sus nombres o los confundo. Intercambio el parentesco entre padres e hijos o sobrinos y tíos. A veces también les asigno hijos a los que no tienen y nietos a los muy jóvenes. Una cosa sin sentido.

Quisiera además cambiar el género de la palabra personaje. O mejor dicho, añadir la. Quiero decir la personaje tal, la personaje cual. Además me gusta usar la @, así puedo decir hij@s, sobrin@s pero si se me ocurre usar las redes sociales con la @ todo es una locura. Entonces paso a la x. Hijxs, sobrinxs, ellxs. Vale recalcar que escribo ficción en español; por lo menos hasta ahora. Entonces si lo que escribo lo lee alguien que no está familiarizado con el uso de la x, no entiende, se para, pregunta o simplemente dice “aquí hay un error de máquina”. ¿O se dice error de computadora? Así que vuelvo a usar padres, hijos, ellos. ¡Agh! Qué idioma tan masculino.

El otro día me puse muy brava con Susana. Yo pensaba que la historia de ella se iba a desarrollar de otra forma. No sé, que iba a encontrar a Gustavo con alguien, que le arrancaría los pelos, que le daría una cachetada pero no, Susana lo consiguió llorando en una escalera. (No creo en las lágrimas de Gustavo, son de cocodrilo). Susana lo miró a los ojos y le dijo “te perdono”. ¡Y él ni siquiera le había pedido perdón! Borré esa línea en el Google Doc y miré a otro lado. Generalmente voy a un café muy chévere cerca de donde vivo y me divierto mientras escribo. Me tomo descansos de algunos segundos para refrescar la mente; miro a las personas comer, hablar, enamorarse.

Volví a ver la pantalla de la computadora y le di a undo. La frase volvió a aparecer. Gustavo había ganado. Susana le creyó y él seguramente haría otra de las suyas hasta matarla porque al final solo quería eso. Matarla. Cerré la computadora furiosa con estos personajes tan débiles y planos. Dije planos, no de plain sino de superficiales, sin sustancia, sin carne. Son como hojas de papel que caminan; si los ves de perfil son tan anchos como un hilo.

Otras veces me pasa que no logro saber el nombre de algunos personajes. No sé si les da pena o qué, pero no lo revelan. El narrador tampoco hace nada para aliviarme la incertidumbre. Ella, él, la mujer, el muchacho, el doctor, el chofer, la vecina de abajo; esas son algunas de las identificaciones que usan. No soy yo, lo repito, ¡yo quiero saber cómo se llaman! Por ejemplo, la muchacha de la historia del perro que camina con solo las patas de adelante y arrastra las de atrás no tiene nombre. Sí tiene, me imagino, pero no lo sé. Entonces me pongo a pensar que quizás sea mejor así pero me confundo y pienso que está en otra historia, que es hija de Luis o de Manuel, o de Antonia o de Micaela. Y así se me van los minutos. Para tratar de asirlos recuerdo cómo hablan.

La manera en la que conversan los personajes es muy interesante. Dependiendo de dónde sean tienen ese acento que los hace únicos. Ya sé, arriba dije que casi nunca me enamoro de mis personajes pero de su forma de hablar sí. Algunos son más respetuosos que otros, más formales, o más parcos. Otros son más irreverentes, más vulgares o quizás les importa un pepino lo que piensen de ellos. Hace como un mes un amigo leyó un cuento mío. Era la primera vez que leía algo escrito por mí y me dijo que le chocó mucho ver groserías —insolencias, malas palabras, coños, hijos de puta, carajos y no jodas, pues— en mi texto, que nunca se imaginó que yo escribiría así. Le respondí que yo no las dije, que las dijo el personaje, que por el hecho de que yo generalmente no las use no quiere decir que mis personajes tengan que abstenerse de usarlas. ¿O acaso no es cierto? Se rio de mí. “Sabes a lo que me refiero, es tu voz”, me dijo. ¡No! No es mi voz, es la voz del personaje, del nuevo profesor que entró al aula y al comenzar a dar clase una abeja entró por la ventana del salón y picó a una de sus estudiantes, la cual era alérgica. En fin, sonreí molesta y le dije que estaba equivocado. ¿O acaso no sabe que hay que separar a la autora del narrador y los personajes? (Justo escribí al autor y lo cambié por la autora. ¡Qué pesada es la masculinidad impuesta!)

Al acento también se le suma el ser bilingüe. Me refiero a hablantes de español e inglés. Ya ven que soy una Latina Writer (realmente me gusta este label). El hecho de tener la necesidad de pertenecer a un grupo es algo, como diría mi medio yo, muy arrecho. Que no soy escritora de allá porque empecé a escribir aquí. —Antes me decían— que no soy escritora de aquí porque comencé a publicar sobre temas de allá, porque los personajes no están aquí, porque no son bilingües. Qué necedad con querer categorizarme. Me quejo pero luego pienso que de algo tienen que comer los críticos literarios. ¡Y yo soy crítica literaria también! (Ironías de la vida). Latina Writer it is, pues. (En el fondo no quiero escribir esas palabras en inglés en itálicas. ¡Las normas de edición, las normas de edición!). Mis personajes son de dónde quieren ser y hablan cómo les dé la gana hablar.

A una hace un tiempo la escuché decir “Fucking carajo”. ¡Fucking carajo! (¿Aquí habría que incluir uno o dos signos de exclamación?) Hablaba con su madre, con la que siempre se comunicaba en español pero quería gritar y decir fucking. Carajo también le venía bien para el momento de decepción por el que estaba atravesando. Entonces, me imagino, las dos palabras le salieron juntas como compañeras de lucha. No pude escribir una coma para separarlas pues la voz de ella no hizo una pausa. No dijo fucking y luego carajo como si intentara traducir el fucking con el carajo. Lo que hizo fue intensificar el valor del carajo usando el fucking como adjetivo. Muy inteligente la protagonista, ¿verdad?

Este texto debería ser un cuento, esa era mi intención, pero realmente es un manifiesto. No sé exactamente de qué trata el manifiesto. Quizás de los personajes. En el Diccionario de la Real Academia Española dice que un manifiesto es un, y cito, escrito en que se hace pública declaración de doctrinas, propósitos o programas, fin de cita. Aquí no hablo de doctrinas ni propósitos ni programas pero de todas formas me parece un manifiesto, o quizás un ensayo personal como esos que escribía Virginia Woolf y que tanto me gustan.

Cuando los personajes se dejan ver, algunas veces, los describo. La altura, la estructura ósea, el color de la piel, el tipo de pelo, la manera cómo visten, el tipo de lentes que llevan, en fin, si se dejan ver. Luego llego al café a escribir y me encuentro a uno o dos sentados, tomando un cappuccino o simplemente leyendo un libro. Quizás me atienden en el mostrador cuando voy a comprar un latte o se tropiezan conmigo cuando entro al baño o enchufo la computadora para poder escribir. Los personajes me persiguen, o nos perseguimos mutuamente. Es muy probable. El hecho es que cuando empiezo a redactar no sé adónde van ellos y a veces me fastidio o me pongo furiosa. Incluso algunos me dejan y no los vuelvo a ver. En esas ocasiones me siento abandonada. Antes pensaba que era porque no podía delinearlos perfectamente, pero ahora, después de haber escrito este ensayo, me doy cuenta que me pongo furiosa porque no los puedo controlar. Son, al fin y al cabo, pedazos de este mundo orgánico.

Con los nombres todavía enredados y confundida con acentos e historias compartidas, me levanto de la mesa, me dispongo a cerrar la computadora, calmada, porque vuelvo mañana a ver a los personajes una vez más, a los que quieran que los vea. Ya es tiempo de dejar ser.

 

NAIDA SAAVEDRA (Venezuela, 1979) es escritora de ficción, crítica literaria y docente. Ha publicado Vos no viste que no lloré por vos (2009), Hábitat (2013), Última inocencia (2013), En esta tierra maldita (2013) y Vestier y otras miserias (2015). Sus cuentos han aparecido en diversas antologías y revistas literarias. Saavedra posee un Ph.D. en Literatura Latinoamericana de la Florida State University y su investigación aborda la literatura Latinx, centrándose en los temas del desarraigo y la posmodernidad. En este momento estudia el New Latino Boom, movimiento literario en español propio de los Estados Unidos en el siglo XXI, sobre el cual escribió un libro de ensayo que será publicado en 2019 por El BeiSMan Press. Asimismo, su segundo libro de cuentos será publicado en 2019 por Suburbano Ediciones. Vive en Massachusetts, donde es investigadora y profesora de la Worcester State University.

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