Las voces del corazón y de los vientos

Huberto Batis

por Humberto Gamboa

A mediados de 1960, dos jóvenes mexicanos, Huberto Batis y Carlos Valdés, se lanzaron a una empresa descabellada: la creación de una revista literaria. Lo hacían, dijeron, obligados por las circunstancias: por las dificultades de ver publicados sus propios trabajos. Era rarísimo, en aquella época, encontrar en México alguna revista o un suplemento cultural de algún diario que mostrara interés en promover a los nuevos valores. La literatura no era un tema de interés general, y quedaba relegada a una o dos paginitas, máximo. Además, las escasas publicaciones existentes no apostaban a lo inseguro, a los escritores en cierne. Huberto Batis y Carlos Valdés, sin recursos ni subsidios de ninguna especie, con una inexperiencia casi total de lo que era producir una revista, armados sólo de su entusiasmo, se dieron a tan ardua tarea. Para fines de ese año, 1960, circulaban ya los primeros 1000 ejemplares del número inicial de Cuadernos del Viento. Las letras volaban, impulsadas por el aliento de dos jóvenes.

La revista sobrevivió, casi milagrosamente, por espacio de siete años. Los ingenuos editores, que habían anunciado su propósito de —eventualmente— asignar un pago a sus colaboradores, nunca pudieron cumplirlo. La revista estuvo en crisis económica permanente. Todo era difícil: primero intentaron conseguir suscriptores y los únicos que aceptaban pagar la cuota anual de 50 pesos eran unos cuantos familiares, amigos y profesores. Consiguieron alguna publicidad (mil pesos por página) con instituciones de gobierno como Bellas Artes y la UNAM y algunas editoriales como ERA, Joaquín Mortiz y el Fondo de Cultura, y eso les ayudó a cimentar la parte económica de la revista. Recuerda Batis: “Vender una revista en las librerías es una ilusión. Nadie compraba revistas en las librerías. Para estar en puestos de periódicos debíamos tirar más de mil ejemplares y la Unión de Voceadores pedía un número gratis que ellos iban a vender sin pagarte nada”. Sin embargo, Carlos Valdés y Huberto Batis no desmayaban.

Huberto cuenta del propósito y nombre de la revista: “Publicamos poesía desde el primer número, pero lo que nos llamaba más la atención era la narrativa. Seguimos como modelo unir gente de todas las creencias, partidos, estéticas y rumbos, que no hubiera predilección de ninguna especie. Optamos por hacer una revista de jóvenes, abierta a todo. En Cuadernos del Viento empezamos incluso a publicar novelas por entregas, como se había usado en el siglo XIX… Nuestra revista se llamó Cuadernos del Viento. Debió haber sido Cuadernos al Viento porque queríamos decir: ‘que el viento nos lleve a todas partes’. Pensábamos ponerle Ehécatl, como se dice ‘viento’ en náhuatl, que hubiera sido peor todavía. Por suerte se impuso la cordura. Con todo este aprendizaje nos organizábamos en la imprenta de Manuel Marcué Pardiñas, donde se hacía Política, una revista muy crítica al presidente Díaz Ordaz”.

Aunque en términos económicos Cuadernos del Viento fue un desastre —cosa por demás inevitable, cuando el criterio que la regía estaba tan alejado de lo comercial— en el mejor sentido, en el único que debe prevalecer en la literatura —el artístico— fue y sigue siendo absolutamente admirable. Por Cuadernos del Viento desfilaron, además de los autores primerizos, incipientes, una gama de escritores importantes, algunos ya míticos como Julio Cortázar, Álvaro Mutis y Luis Cernuda. La Generación del 68, donde debemos incluir a Gustavo Sáinz, José Agustín y Parménides García Saldaña, tan luchadora y desprejuiciada, se formó en revistas como Cuadernos del Viento. Basta mencionar los tres títulos iniciadores en la carrera de estos tres autores para resaltar el buen ojo de los editores de Cuadernos: Gazapo (1965), De perfil (1966) y Pasto verde (1968). Los “chicos malos” de La Onda irrumpieron con sus voces relajientas y despertaron a las apolilladas conciencias. Juan Villoro ha declarado en varias ocasiones que el libro que lo hizo lector voraz (imprescindible para el que pretenda ser escritor) fue De perfil.

También las voces de la llamada Generación del Medio Siglo —que agrupaba, entre otros, a Rosario Castellanos, Emmanuel Carballo, Inés Arredondo, Carlos Fuentes, Sergio Pitol, Jaime Sabines y Vicente Leñero—, tan crucial para la cultura mexicana, pasó por las páginas ventoleras. Aquí cabe mencionar un detalle extraordinario y conmovedor que contaba Huberto Batis: ninguno quiso cobrar nunca nada por sus escritos, a pesar de algunas serias diferencias con varios de sus miembros. A Carlos y Huberto podía escasearles el dinero, pero les sobraban amigos. Quede esto como testimonio de que en este gremio tan dado a las envidias, rencillas, ninguneos y mezquindades, también puede haber demostraciones de solidaridad y desprendimiento.

Pero en algo sí que de plano se equivocaron los jóvenes editores: el ínfimo porcentaje de lectores con que comenzaron no aumentó mayormente en todo ese tiempo. La revista se leía, pero en círculos cerrados, más que nada universitarios. La utopía ya insinuada en el mismo título de la revista, de crear lectores a través de manuscritos que se llevaría el viento, nunca pasó de ser sólo eso: un deseo, una ilusión. Al final, la revista tuvo que cerrar sus puertas (o sus papeles volantes). La edición número 60, distribuida en los primeros meses de 1967, fue un epílogo de lujo de la gran aventura: apareció con colaboraciones de —entre otros— Juan García Ponce, José Carlos Becerra, Vicente Melo y José Emilio Pacheco, “los grandes cuates”, como los llamaba Huberto.

En 1984, Huberto Batis publicó su libro Lo que Cuadernos del Viento nos dejó (Editorial Diógenes), su memoria de aquellos años. Allí hace un recuento y un análisis somero de las experiencias alegres (y unas pocas tristes) vividas con sus amigos y colegas de la revista. Habla con desenfadado humor y nostalgia —nunca con amargura— de los que habían estado con él desde el comienzo, y de aquellos que se fueron sumando con el correr del tiempo. También de los que lo abandonaron, como su cuate Carlos Valdés.

En su libro, Huberto narra la salida de Valdés de esta manera: “Cuando terminó el primer año apareció una crítica de Juan Vicente Melo en la Revista Mexicana de Literatura que tituló irónicamente ‘Lo que el viento se llevó’. O sea, los Cuadernos se perdieron en la nada, el viento se los llevó, arrasó con todo. Decía que para qué hacíamos una revista de mil ejemplares cuando estábamos diciendo que el viento nos llevara. Melo pertenecía a ese grupo de la Revista Mexicana de Literatura, que para entonces dirigía García Ponce. Nos criticó ferozmente, pero desde el punto de vista elitista por publicar a artistas desconocidos y plebeyos (José Agustín y compañía). No es que fuéramos democráticos pero estábamos en contra de los grupos cerrados.”

Afligido por la burla de Melo, Carlos Valdés abandonó la revista —dice Batis—. Valdés trabajaba también en la Revista… y era muy sensible. No pudo soportar las risas de sus otros colegas. Eso ocurrió durante el segundo año de Cuadernos. Todavía dolido por la salida de su cuate del alma, Huberto decidió continuar. “Sentí mucha tristeza que no apareciera el nombre de mi compañero de aventura y lo mantuve un tiempo”. Con ayuda de Esther Seligson, la dirigió otros cinco años. Cuenta Batis: “Seguí haciendo Cuadernos del Viento y después me invitaron a la Revista Mexicana de Literatura, la que nos había criticado. Ahí éramos los exquisitos y nos permitíamos rechazar textos de escritores valiosísimos de todo el mundo. A mí me publicaban colaboraciones y traducciones”.

Durante una temporada, los dos fundadores de Cuadernos compartieron una vivienda. En su libro, Huberto cuenta algunas anécdotas muy divertidas con su amigo Carlos, como esto que sigue: “Al igual que yo, Valdés era un iluso. También muy fantasioso. Cuando vivíamos juntos abría la ventana y gritaba hacia la noche: ‘¡Te amo, te amo!’ ‘¡Mira, han contestado por ahí!’, decía. Pero lo que le contestaban era: ‘¡Chinga a tu madre, cabrón! ¡No estés chingando!’. Y en una ocasión me dijo: ‘Tocan la puerta. Debe ser La Inesperada. ¡Ah, Inesperada! Adelante, pase usted’. Y entró un fantasma y cerró la puerta. Y dijo: ‘Mira, ha llegado La Inesperada’. Y así un día llegó una mujer con la que se casó. Pero yo lo hice antes, y él se tuvo que cambiar al otro piso”.

Huberto Batis falleció hace apenas cuatro meses, el 22 de agosto de 2018, en Ciudad de México. Tenía 83 años de edad. Su hermano Carlos Valdés se le había adelantado en 1991, a los 63 años. Ambos eran originarios de Guadalajara, y se conocieron en una reunión en El Colegio de México, cuando los dos eran becarios de don Alfonso Reyes.

Los dos fundadores de Cuadernos del Viento tuvieron vidas buenas, largas y fecundas. Ambos fueron cuentistas. Carlos escribía también novela, y Huberto poesía y ensayo. El primer libro de Carlos Valdés, Ausencias (1955), lo publicó Juan José Arreola en su colección Los Presentes; su último, La Catedral abandonada ( CNCA, 1992) fue póstumo; hubo otros en ese lapso; trabajó por años en Revista de la Universidad, de la UNAM.

Durante 57 años, hasta 2015, Huberto Batis dio clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Además de la academia, Batis fue incansable difusor cultural. De 1984 a 2000 dirigió Sábado, el suplemento cultural de Unomásuno. En reconocimiento, en 2001 recibió el Premio Periodismo Cultural Fernando Benítez que otorga la Feria Internacional del Libro (FIL) en Guadalajara. Escribió trece libros aparte de Lo que Cuadernos del Viento nos dejó. Vale mencionar dos títulos: Estética de lo obsceno y otras exploraciones pornotópicas (1983) y Amor por Amor. Leopold y Wanda Sacher-Masoch (2003), que revelan el espíritu lúdico y travieso de Huberto Batis y que seguro espantarán a los gazmoños. Huberto nunca me perdonaría olvidarme de estos libros.

(Ciudad de los Vientos, Navidad 2018)  

 

Las ‘Voces en el viento’ de John Barry

Posdata: Edward Sachs y John Barry en la memoria

(A un año de la muerte de John)

No recuerdo la fecha exacta, pero debe haber sido en 1982 cuando conocí a John Barry. Ese día, yo estaba en la ya desaparecida Librería Europa conversando con mi amigo Edward Sachs, cuando vimos entrar a un hombre de ojos claros y sonrientes que nos saludó muy afable. Edwards era todo un personaje, un gran viejo que había visto mucho mundo. Cultísimo, se desempeñaba entonces como agente literario de un centenar de escritores. Judío liberal, en su juventud (la década de los 50) había sufrido la persecución macartista, por su forma de pensar, y mantenía un saludable escepticismo hacia la política de su país, Estados Unidos.

Eran los años reaganianos, y a Edward Sachs le indignaba y le enardecía el apoyo que este país continuaba brindando a las dictaduras de Centro y Sud- América. En 1967 había viajado a Cuba y, en calidad de periodista, había logrado entrevistar a Hilda Gadea, la viuda del Che Guevara. Edward lamentaba la ignorancia y desdén de su país por la historia y las literaturas de América Latina, y me contaba de un discurso que Carlos Fuentes había pronunciado por aquellos días en defensa del pueblo de Nicaragua. De eso hablábamos Edward Sachs y yo, aquella tarde soleada de verano, mientras John Barry curioseaba por las mesas y estantes de la librería Europa.

—Perdonen que los interrumpa —nos dijo John en algún momento— pero no pude evitar escuchar la conversación, que me parece muy interesante. Me llamo John Barry y enseño en una universidad. A mí también me preocupa mucho la situación actual (todo Centroamérica estaba en llamas), que parece no tener fin. Y en lo que respecta a la literatura, también estoy de acuerdo en que hay una gran ignorancia sobre el tema. Acostumbro utilizar textos de Julio Cortázar, del mismo Fuentes y de otros grandes escritores en mis clases y observo que por lo regular mis estudiantes, a pesar de que son de posgrado, apenas los están descubriendo.

Era de una enorme simpatía el profesor Barry. Recuerdo bien aquella tarde porque Edward Sachs, casi siempre huraño, irónico y reacio a entablar nuevas amistades, quedó encantado. Se soltaron hablando de literatura y política con fervor inusitado. Se habló de poetas vinculados a las luchas de sus pueblos, de las muertes trágicas de Roque Dalton y García Lorca, y de un Neruda agonizante en aquel otro Septiembre negro. Los nombres de García Márquez y de Borges, tan caros a los ojos de ambos, salieron a relucir. John sostenía, emocionado, que la mejor literatura de esos años se estaba escribiendo en español. “Ni siquiera en Europa —decía— se podía haber concebido una obra como Cien años de soledad”. Edward hablaba de Borges y de su traducción de los poemas de Hojas de Hierba de Walt Whitman. Para mí, espectador sólamente, fue una tarde espléndida. Tenía ante mí a dos apasionados de la vida y la lectura.

Ahora, veintidós años después, recuerdo ese casual encuentro con nostalgia y un profundo agradecimiento. Fue el inicio de otra gran amistad (John), que me colmó de orgullo y que me trajo enormes satisfacciones. Haber conocido a dos seres tan luminosos y buenos como John Barry y Edward Sachs, y haberme granjeado sus simpatías, lo considero uno de esos privilegios que da la vida. A veces los dioses se distraen, y sin querer nos regalan sus mejores ángeles.

En 1986, desgarrado por la muerte de su compañera, falleció Edward Sachs. De esa mujer dulce y sensible que fue Elizabeth Newton-Sachs, que escribía delicada poesía a ocultas, por las noches, Edward llegó a afirmar que era “la más grande poeta que nadie conoce”. Y juraba que aquella certeza no provenía de su profundo amor por ella, sino de su olfato de buen crítico literario que nunca lo abandonaba. Yo rescaté del olvido, y aún conservo, algunos de aquellos poemas. Contaré hoy cómo llegaron a mis manos: una de aquellas noches, ya por concluir la jornada y cerrar la librería, se apareció Elizabeth. Parecía algo nerviosa, y vi que traía un sobre grande, amarillo, entre sus manos. Con una sonrisa y un apresurado saludo, venciendo su proverbial timidez, me alargó aquello y me dijo: “Lee esto que escribí para ti y tu mujer, por ese cariño que nos dan a mí y a Edward. Quieren ser un homenaje a Neruda”. Y salió volando. Ni siquiera alcancé a darle las gracias. Abrí el sobre. Contenía un delgado fólder amarillo con varias hojas escritas a máquina. En el fólder podía leerse, escrito a mano y en pésimo español, algo que debía ser un título: “Veinte Poemas y Uno Bicioso” (Elizabeth quiso decir Veinte poemas y un gruñido. Como no hablaba español, debe haber consultado un diccionario malón para traducir “snarl”. Gajes del oficio). Con su gran sentido de humor, Elizabeth convirtió a la nerudiana “canción desesperada” en un simple gruñido. Aquella noche leí repetidas veces el puñado de poemas, descubriendo toda la gracia, la ternura y la sabiduría que escondía tan bien aquella frágil mujer. No exageraba el buen Edward: su compañera era Poeta con mayúscula.

Con John tuve la suerte de convivir mucho más tiempo. Con tan buenos comienzos, nuestra amistad no pudo más que crecer. Como el excelente profesor de literatura que fue toda su vida, a John le gustaba pasar seguido por la librería, buscando novedades literarias que ofrecer a sus alumnos. Muy pronto, conversando, descubrimos que teníamos dos amigos en común: un chileno, Alejandro Ferrer, y el colombiano Alfonso Díaz; un par de locos geniales, mentirosos irredentos. Con estos granujas formamos una hermandad como la de los Mosqueteros, con John en el rol de D’Artagnan (el bueno). Cómplices en andanzas, sosteníamos conversaciones maratónicas divertidísimas. Cuando en 1988 le dije adiós a la librería Europa (en Chicago) para fundar con los dos Carlos (Cabrera y Heredia) la librería Tres Américas, estos tres alegres compadres fueron los primeros en manifestar su entusiasmo con un proyecto tan desquiciante y utópico como abrir una tienda de libros en español.

En 1990, a raíz de una improvisada convocatoria que hicimos en la librería, dirigida sobre todo a la comunidad latina de Chicago, para participar en una lectura en voz alta de poemas y cuentos en español, que fueran de su propia autoría, surgió otra idea todavía más alocada: crear una revista cultural que fuera totalmente escrita en español. Auspiciada en buena parte por la librería Tres Américas, una docena de entusiastas, aglutinados sólo por los afectos, con escasos o nulos conocimientos de lo que era la edición, se propuso lanzar una publicación que incluyera la poesía, el cuento, el ensayo, la entrevista, la reseña de libros y, en menor medida, las artes plásticas. Para ir formando lectores (tan escasos siempre) aquellos atrevidos decidieron crear hasta un “suplemento para niños”. John Barry, como siempre, abrazó el proyecto con ganas. En todos los números de tres américas, revista cultural aparece su nombre. En sus páginas se leen notables ensayos suyos, como el referente a Changó el gran Putas, del escritor colombiano Manuel Zapata Olivella, uno de los primerísimos textos publicados sobre la cultura negrista en América Latina; y el dedicado a la compleja novela de José Emilio Pacheco, Morirás lejos.

La tarea que John Barry se impuso como difusor cultural en Chicago no tiene parangón. Fue el primero en creer en el valor artístico de lo que se venía publicando en tres américas y en otras revistas locales, como Fe de erratas. En base a ello elaboró su libro Voces en el Viento. Nuevas Ficciones desde Chicago, publicado por Ediciones Esperante en 1999. Aquí cabe resaltar una característica de John que lo hizo entrañable a sus amigos, pero blanco de ataque de algunos soberbios: su generosidad. A veces suavizaba tanto su crítica, por no herir demasiado a los incipientes escritores, que era malinterpretado como débil de carácter. Quizás no todos los textos incluidos en Voces en el Viento valgan una segunda lectura, pero ¿cual antología es perfecta? Lo triste es que algunas de las críticas más duras brotaron de los mismos incluidos.

Pero espíritus quijotescos como el de John no tiemblan ante posibles naufragios ni conocen la amargura. Después de ese libro comenzó otro, con la misma convicción de que en Chicago se está escribiendo buena prosa en español. En este empeño lo sorprendió la muerte. Hace un año exacto, a escasos días por nacer su hija Carla. Que los dioses pueden ser a veces crueles, ya lo sabíamos. Pero dolió hasta el alma oír la voz del amigo perdiéndose en el viento. Para mitigar nuestro desconsuelo Verónica Esteban, su esposa, con estoicismo admirable, ha rescatado el eco de esa voz de nuestro querido John. Hoy (22 de sept. de 2004) nos presenta la obra que ocupara los últimos días de John: En el Ojo del Viento: Ficción Latina del Heartland. Tenemos que agradecerle a Verónica su devoción por John, y su esfuerzo sobrehumano por concluir su último proyecto. Es un bello epílogo a una vida tan colmada de lo bueno como la de John Barry.

 

(Texto leído el 22 de septiembre de 2004 en Roosevelt University)

Humberto Gamboa. Nació en Durango, en la navidad de 1954, en un pueblito llamado La Purísima, localizado a 50 kilómetros de Santiago Papasquiaro, la cuna de los Revueltas. La primera vez que oí de esa familia debe haber sido en 1962, durante una de mis frecuentes vistas a Santiago, donde mi hermano Fidel estudiaba su secundaria. Caminando un día por esas calles con mi madre, descubrí, incrustada en la pared de una casa que lucía pobre y abandonada, una vieja plaquita donde aún podía leerse: “Aquí nacieron los Revueltas, orgullo de México y del Mundo”. En agosto de 1968, cuando me fui a estudiar a la Ciudad de Durango fue cuando realmente caí en cuenta de la enorme importancia de José Revueltas. El Movimiento Estudiantil había llegado a la provincia y Durango estaba, como el resto del país, convulsionado. Su nombre estaba en boca de los manifestantes y en los diarios. Después de Tlatelolco, muchos jóvenes comenzamos a leer con fervor a José Revueltas. Durante 33 años, Gamboa fue librero (6 en la librería Europa y 27 en Tres Américas) y, al mismo tiempo, durante 10 años se dedicó a escribir reseñas de libros y entrevistas en la revista Tres Américas y en el semanario ¡Éxito!

2 replies
  1. Alejandro Ferrer
    Alejandro Ferrer says:

    Humberto Gamboa no solo es el mejor lector que he conocido en mi vida; a esto hay que agregar su maestría en la escritura. Siempre ha sido un privilegio leer sus reposados artículos (cuya calidad se evidencia aquí). También quiero destacar la calidad humana de Humberto, este gran amigo que el destino puso en nuestro andar. Felicito a El BeiSMan por el buen tino de publicar sus artículos.

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  2. Carlos Heredia
    Carlos Heredia says:

    Siempre ha sido un grato placer el leer los escritos del companero Humberto. Chicago tiene en el a un gran enamorado de la literatura y sus colaboraciones siempre revelan su gran conocimiento. ?Que puedo decir de la calidad de su redaccion? Que ademas de entretenernos con su forma de escribir nos da a conocer el mundo particular del autor que ocupa su atencion. Humberto: escribe mas seguido para seguir informandonos y deleitandonos. Nos veremos pronto Humberto.

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