¿Para qué sirve la Real Academia Española?

por Humberto Gamboa

Ya que la semana pasada (del 19 al 22 de mayo, 1999) tuvimos en Chicago lo que se llamó las Primeras Jornadas de la Lengua Española, con la participación de intelectuales mexicanos como Carlos Fuentes, Ángeles Mastretta y Raúl Trejo Delarbre, y un sinfín de personalidades locales (entre otros: la escritora Ana Castillo, el profesor de la Universidad Roosevelt John Barry, y el director del semanario ¡Éxito! Alejandro Escalona), convendría echar un vistazo a la obra de un personaje muy poco conocido fuera de México, pero que en España llegó a hacer temblar a los mayores académicos de la lengua. Al igual que aquel Caballero Andante, Don Quijote de la Mancha, tampoco éste se arredró nunca ante la presencia de ningún gigante.

Se llamaba Raúl Prieto, y nació el 21 de noviembre de 1918 en Ciudad de México. Periodista desde muy joven, Raúl Prieto llegó a escribir artículos de toda índole: crónicas, reportajes, editoriales, etc. en publicaciones como La Prensa, Siempre!, El Tiempo y Novedades. Fue, además, miembro destacado del grupo legendario que en 1976 fundó la revista Proceso.

En 1949 apareció en Excélsior su columna Perlas japonesas, que alcanzaría gran popularidad. En ella, Prieto mostraba ya dos de sus principales características: un gran sentido del humor, sarcástico y venenoso, y una vasta erudición. Desde sus Perlas japonesas Prieto lanzaba saetas a los transgresores de la lengua, firmando ya con su famoso apodo: Nikito Nipongo.

Por ese entonces, Prieto comenzó su guerra con la Real Academia Española (RAE). Una guerra que se prolongó durante años, en la que Prieto jamás pidió ni dio tregua, y donde los académicos salieron los peor librados. Ya a finales de 1986, el autor de las Perlas japonesas podía exhibir al mundo su máximo trofeo: una Real Academia bastante desprestigiada.

En septiembre de 1958 aparece El Diccionario, el primer ataque de Prieto, ya en forma de libro, a la Real Academia Española. Es una crítica acerba y concienzuda al Diccionario de la Lengua Española en su edición de 1956, la XVIII. Al aparecer la XIX, en 1970, Prieto descubre que es tan mala —o aún peor— que la anterior, y ataca de nuevo: publica Madre Academia, crítica sicalíptico-lexicográfica en prosa (“¡Un libro cojonudo y sin censura!”, nos advierte, dibujado en la portada, un viejecito desdentado que viste la clásica toga del académico).

Este vocablo, sicalíptico, definido por la Real Academia Española como “pornográfico, obsceno”, tiene otras acepciones que, como siempre, fingen ignorar los académicos. El escritor José de la Colina, recordando su niñez madrileña (llegó a México exiliado), nos dice que también significa “cachondo”; y que le parece más que bien “que el autor prodigue a lo largo de su discurso contra la Academia un chisporroteo de sicalipsis en respuesta a la pacatería y la ridícula gazmoñería del Diccionario de la Lengua, sin coño y otras gollerías”.

De la Colina anotaba la inmensa aportación de Raúl Prieto con su libro: “Madre Academia es la más exhaustiva recopilación de los errores, barbaridades y omisiones del Diccionario de la Lengua. Errores por pésima información científica o meramente lexicográfica; barbaridades por una visión anacrónica, localista, reaccionaria del mundo; omisiones por lo anterior, y por la ridícula pacatería y la obsoleta censura de las malas palabras” —concluía en un largo ensayo.

Madre Academia fue un latigazo dirigido no solamente a los académicos de la Madre Patria; también lanzaba estocadas sin piedad alguna a las Academias de la Lengua de América Latina, equivalentes de aquélla y tan dadas, también, a dormirse en sus laureles. En especial criticó duramente a la de México (que en 1975 cumplía un siglo de haber sido creada) por su muy escasa —por no decir nula— participación en la elaboración del Diccionario de la Lengua.

Que en la lista de los miembros de la Academia Mexicana de la Lengua figuraran nombres tan ilustres como los de Juan Rulfo, Agustín Yáñez y Martín Luis Guzmán —afirmaba Raúl Prieto— no quería decir absolutamente nada. Otros estaban de acuerdo: el escritor Gustavo Sáinz escribió: “La Academia Mexicana cumple cien años, y aunque la metáfora es torpe, se me ocurre compararla con una tortuga”. De la Academia Argentina de la Lengua el poeta Jorge Luis Borges opinaba lo mismo, y eso que él era uno de sus miembros más destacados.

En 1984, al aparecer la edición XX del Diccionario de la Lengua, Prieto decidió darle otra vuelta de tuerca al asunto: publicó ¡Vuelve la Real Madre Academia! (1986), un ensayo de 400 páginas donde demostraba, sin lugar a dudas, que los académicos no tienen remedio. Tampoco —concluía desalentado— sus ingenuos y fieles seguidores. Así se lamentaba Prieto:

Desgraciadamente, le dan importancia al almodrote (el Diccionario RAE ) en España y en Hispanoamérica, tanto sus hordas burocráticas como muchas instituciones que en esas partes del Tercer Mundo intentan ser respetables. En la Universidad Nacional Autónoma de México, por ejemplo, más de un profesor de español, de literatura, de periodismo recomienda a sus alumnos que acudan al diccionario de la Real Madre —aunque no para reírse de sus burradas, sino para venerarlo como fuente de sabiduría y para tomarlo como autoridad lingüística.

En 1992, a las celebraciones en todo el mundo por el Quinto Centenario del descubrimiento de América, el llamado Encuentro de dos mundos (El Encontronazo, para sus detractores), quiso sumarse la Real Academia Española. Apareció la muy pregonada edición XXI, que había creado tantas expectativas. Esta vez, se suponía, su Diccionario de la lengua sí que iba a tomar en cuenta los cientos o miles de vocablos —hasta entonces ignorados— de las que fueran las antiguas colonias españolas. En el prólogo de esa edición, la RAE se daba baños de gloria:

La Real Academia Española ha querido contribuir a la celebración del V Centenario del descubrimiento de América publicando una nueva edición, la vigésima primera, de su diccionario usual. Lo hace para cooperar al mantenimiento de la unidad lingüística de los más de trescientos millones de seres humanos que, a un lado y otro del Atlántico, hablan el idioma nacido hace más de mil años en el solar castellano y se valen de él como instrumento expresivo y conformador de una misma visión del mundo y de la vida.

Con furia y fuego arremetió Nikito Nipongo: “Lenguaje amerengado y tramposo, influido por una concepción imperialista que, aunque anacrónica, respalda las labores de la Real Academia Española. Por lo mismo lanza la citada edición, no por cooperar al mantenimiento de la tal unidad lingüística que, claro, sólo la concibe aquella institución con el cordón umbilical amarrado a Madrid, la antigua metrópoli del imperio. Sí, el idioma que hablamos nació como dialecto del latín en Castilla la Vieja. Vuelto comunicador oficial de España, por imposición de los feroces Reyes Católicos, alcanzó la calidad de lengua española —discriminando al catalán, al valenciano, al bable, al gallego y, con mayor rencor, al vasco—.

Añadía: “Pero expandido a América tal idioma desde hace medio milenio, hoy, en rigor, no es castellano ni español, sino hispanoamericano: ente que de ninguna manera aprueba la cerrada Real Academia Española, según lo demuestra con su diccionario que es, en verdad, un diccionario madrileño. Para la vieja, sólo el habla de Madrid vale; fuera de Madrid, todo es Carabanchel. En el preámbulo se desparraman lisonjas esperando que el consultante las trague sin regüeldos disidentes, absteniéndose de estudiar a fondo el resto de la obra. Si le da por leerla y reflexionar sobre lo leído, verá que dichos elogios son groseramente falsos”.

El 25 de mayo de 1997, Nikito daba ya por muerta a la Real Academia. Publicó en La Jornada Semanal un artículo, Autopsia a doña Real Academia, que comenzaba con la disección de sus yerros: “El principal fin que tuvo la Real Academia Española para su formación —nos dice el prólogo de su primer diccionario (el cual empieza a imprimirse en Madrid en 1726)— fue hacer un diccionario copioso y exacto. Pero 266 años después [en junio de1992, XXI edición] ese diccionario copioso y exacto sigue siendo una mera ilusión. Estamos, más bien, no ante un diccionario, pues se trata de un mamotreto mango y rengo muy ajeno a las modernas técnicas lexicográficas, que ni remotamente tiene trazas de copioso ni menos aún de exacto”.

En su vituperio, se burlaba con descaro de los académicos contando anécdotas atroces: “Al recibir a un nuevo miembro de la Real Academia Española, por ejemplo: el español Mario Vargas Llosa, reconciliado con Fujimori tras de la matanza de guerrilleros en la embajada nipona en Lima, un buen número de rucos se visten de etiqueta colgándose un collar con el escudo de su sociedad. A la ceremonia se ve obligado a asistir el rey de España, quien hace heroicos esfuerzos para no adormecerse mientras el recipiendario babea un discurso inane. Los fotógrafos de diarios y revistas y los camarógrafos de televisión se encargan de tomar las vistas que habrá de ver la gente. Algo es algo”. Y Nikito terminaba su feroz diatriba así:

A los académicos madrileños no se les invitó a soltar rollos de vacuidades en el Congreso Internacional de la Lengua Española, pachanga celebrada en Zacatecas [en 1997] y presidida por el citado rey de España y el [presidente] de México, cual si fueran autoridades en la materia. El desaire les ardió a los dichosos señorones, moviéndolos a vaciar su resentimiento calificando, junto con otros chupapitos, de disparate a la única propuesta respetable de esa reunión: la de reformas a la ortografía, que bosquejó Gabriel García Márquez con tino.

Tampoco los devotos del Diccionario RAE estuvieron nunca a salvo de los fuetazos de Nikito: a un periodista mexicano, corresponsal de Excélsior en Madrid, que fue a entrevistar al director de la Academia, lo trató con desprecio cuando leyó su texto, plagado de zalamerías: “Don J. Jaime Hernández, por su comportamiento revela el ánimo que alienta a sus admiradores: llega ante la presencia [del director] como si cegado por la emoción entrara de rodillas al sanctasanctórum de una divinidad. Acompáñenme a escuchar al extasiado don J. Jaime:

Don Fernando Lázaro Carreter me recibe en su despacho. Un bedel de avanzada edad me ha servido de guía entre las columnas que preside, con ese aire de gloriosa autosuficiencia, Miguel de Cervantes Saavedra, el “Manco de Lepanto”. Bajo su pétrea mirada llego al fin hasta esa habitación de aire espartano que Lázaro Carreter ha ocupado en los últimos cinco años.

“Nada tiene que hacer don Miguel de Cervantes en la Real Academia Española —dice tajante Nikito—. Murió 97 años antes de que a ésta la fundara Felipe V, rey de España importado de Francia porque el retrasado mental Carlos II, monarca anterior, murió agusanado sin dejar descendencia. Además, la Real Academia Española hubiera rechazado a Cervantes, por iconoclasta, de haber sido su contemporáneo. No hay que olvidar que la misma institución se negó a admitir en su seno tenebroso a la lexicógrafa María Moliner, poniendo de pretexto sus antecedentes antifranquistas. Pero sigo con J. Jaime Hernández:

Sentado ahí (Fernando Lázaro Carreter), emboscado en un mar de papeles que tapizan su escritorio, el presidente [sic] de la Real Academia Española parece, o quizá simula, estar muy concentrado en la lectura de algo que, aparentemente, le resulta impostergable. Su insigne figura, recortada por un haz de luz que desciende de un vitral lateral, parece resguardada por los retratos de cámara que penden de las cuatro paredes color granate.

“¡Qué dirá de la tal insigne figura el filólogo Manuel Alvar! —gruñe Nikito. Fue director de la Real Academia Española (1988–91) y, por haber tratado de modernizarla, cayó tras de meterle zancadilla Lázaro Carreter, su sucesor, distinguido por su calidad de grillo pomposo. Largo es el palique en el cual se enredan Carreter y su entrevistador. Me limito a dar cuenta del anuncio que hace, casi al final del cotorreo, don Fernando Lázaro Carreter:

Espero que con la ayuda de las Academias (de América) podremos completar nuestra labor de registro para poder lanzar en el año 2000 el que será el gran diccionario de la Real Academia Española, con un acervo mucho más completo del español que se habla en América y España.

“¿Podrá ocurrir milagro tan fabuloso, y con la ayuda de los cenáculos de inutilazos que son las mencionadas Academias del Nuevo Mundo?” —se preguntaba Raúl Prieto. Le respondió su alter ego, el extraordinario Nikito Nipongo: “Se requeriría dinamitar a la Real Academia Española, acabando con los académicos españoles: con su prepotencia hueca, su abulia, su negligencia, su pésima forma de expresarse, sus usos caducos, su conservadurismo esterilizante… El gran diccionario prometido tendría que ser radicalmente distinto al lexicón acostumbrado, y no otra obra de momias torpes, sino de lingüistas y lexicógrafos capaces y trabajadores, ajenos por completo a la Academia Real” —concluía el más grande polemista de la lengua española.

(1999)

 

POSDATA: Nikito y Poniatowska

Su nombre completo era Raúl Prieto Río de la Loza, y en sus escritos llegó a utilizar varios seudónimos como El doctor Keniké, Don Hechounperro y El abogado Patalarga, sin contar el más famoso, Nikito Nipongo, que usó en su columna Perlas japonesas iniciada en 1949 y continuada por casi 50 años. Sus padres fueron Sotero Prieto Rodríguez e Isabel Río de la Loza Salazar. Su primo segundo Carlos Prieto de Castro, profesor de la UNAM, contó de su pariente: “Como hijo del gran matemático, maestro de muchas generaciones, que fue Sotero Prieto Rodríguez, Raúl heredó su espíritu analítico y mordaz y sobre todo su rigor. Exacto en sus comentarios, Raúl Prieto nos hacía reír a todos. Su ingenio cortaba mucho más que los cuchillos de su casa”.

La escritora Elena Poniatowka contaba una anécdota similar. En la década de los 50 del siglo pasado, cuando ambos colaboraban en el diario Novedades, iniciaron una estrecha amistad. Cuenta Poniatowska: “Nikito Nipongo, o sea Raúl Prieto, me invitó a comer y en su casa de Teocelo numero 17 probé por vez primera la sopa de ajo que preparaba con maestría Angélica Insunza [su esposa]. Me encantó Angélica, quien también escribía en varias revistas y me pareció bella y de mucho carácter. Escuchar a la familia, sentada en torno de su mesa, era una experiencia estimulante porque todos, hasta Patito [su niño] opinaban de la sopa, del guisado y del postre con lucidez y vehemencia. Claro, el más sarcástico, sobre todo cuando se refería a la política, era Raúl Prieto”.

Continúa Poniatowska: “Me atreví a pedirle, varios años más tarde, que corrigiera un libro de cuentos (De noche vienes) y pensé que lo haría picadillo. No fue así, sólo me señaló unos cuantos galicismos y me recompensó con un gran abrazo. Años más tarde tambíen Guillermo Haro y yo habríamos de escuchar a la hora de alguna comida en mi casa sus comentarios sardónicos sobre la corrupción y la traición a la patria de los políticos mexicanos”. Luego Poniatowska dice algo inesperado que me encanta: “El 14 de julio de 1978 le hice una larguísima entrevista dividida en cuatro partes para Novedades, en cuyas fotos él ríe a mandíbula batiente quizá porque se acuerda de que dibujó en calzoncillos a Agustín Yáñez (que era muy solemne) para su libro Madre Academia. También pintó a otros funcionarios en situaciones grotescas”.

Su comentario me sorprende porque yo —ignorante que soy— desconocía que Nikito Nipongo fue también dibujante, y que sus caricaturas fueron muy celebradas. Y me dio risa enterarme que aquel dibujito en la portada del libro Madre Academia (de un viejito gritando “¡Un libro cojonudo y sin censura!” al que se le ven los calzones porque tiene la toga levantada) correspondía al escritor y académico mexicano Agustín Yáñez. En aquellos años (1970), Yáñez estaba a cargo de la Secretaría de Educación Pública en México (era el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz) y se comportó sumiso y callado ante su muy sanguinario jefe. En 1999, cuando yo escribí una notita para el semanario ¡Éxito!, mencioné de paso ese curioso dibujito, pero ignoraba que Nikito mismo lo hubiera hecho. Gracias a Poniatowska vine a saber de éso y muchas otras cosas.

“Su columna [Perlas japonesas] —escribió Elena Poniatowska en La Jornada (25 de sept. 2005)— podría ser un antecedente de Por mi madre, bohemios, de Carlos Monsiváis. Escogía lo mal dicho dentro de los discursos [de los funcionarios públicos], que era casi todo y —totalmente despiadado— señalaba pifias, contradicciones, falsedades o simples burradas. Diputado o senador que hablaba mal, diputado o senador que Nikito guillotinaba entre sonoras carcajadas. Todos le temían porque no dejaba títere con cabeza. Los abusos de poder, las chicanas, las transas lo sacaban de quicio y las denunciaba un día sí y otro también”. Poniatowska informa que, además de ensayos, Nikito escribió cuentos y novelas, y que llegó a publicar más de una docena de libros.

Raúl Prieto cultivó el aforismo (o el febrónimo, como decimos algunos en Chicago) y llegó a escribir dos libros sobre esa literatura breve: La Lotería (1960) y Nueva Lotería (1984). Poniatowska incluye algunos de ellos en su remembranza de Nikito Nipongo: “Vivir es el oficio más antiguo del mundo”, “El miedo a la verdad desnuda es el pudor”, “Soñó que soñaba un sueño que jamás soñaría”, “La gente es más cretina por afición que por naturaleza”, “El hombre feliz no tenía camisa, pero se la ponían al sacarlo de su celda en el manicomio”. También hay uno que le gusta mucho a mi hermano Enrique: “La gente inteligente habla de ideas, la gente común habla de cosas, la gente mediocre habla de gente”. Y este otro que muy bien podría haber subscrito José Alfredo Jiménez o mi buen amigo Zatarain: “Si la vida no vale nada ¿por qué nos la cobran tan caro?”

El 20 de septiembre de 2003, en Ciudad de México, falleció Raúl Prieto, el gran Nikito Nipongo. Su amiga Elena Poniatowska lo recordó así en el segundo aniversario de su muerte: “En su libro Si ya estás muerto, qué te importa, lanzado en 2003, poco antes de su muerte, Nikito se burla de las funerarias, de los cadáveres, de los familiares que chillan a moco tendido, de la farsa que es exaltar a quienes no tienen méritos, de los intelectuales cercanos al poder, de los periodistas ineptos y de muchas cosas más. Su crítica siempre resultó descarnada. El legado de Nikito Nipongo es: ‘Somos lo que hablamos’. Creyó en el equilibrio y la permanencia del idioma que hace del hombre un ser de carne y hueso que puede comunicarse con sus semejantes y discurrir sobre cualquier tema. Decía que los científicos (y su padre fue uno de ellos) no tenían porqué ser oscuros e incomprensibles. Al igual que Julio Scherer García, se resistía a los homenajes y lo que más lo atemorizaba era que algún político o funcionario le pusiera su nombre a alguna calle. Le pregunté qué pasaría si él mismo quisiera ser académico de la lengua y le entró un ataque de hilaridad que por poco lo lleva a la apoplejía”.

(2019)

Humberto Gamboa. Nació en Durango, en la navidad de 1954, en un pueblito llamado La Purísima, localizado a 50 kilómetros de Santiago Papasquiaro, la cuna de los Revueltas. La primera vez que oí de esa familia debe haber sido en 1962, durante una de mis frecuentes vistas a Santiago, donde mi hermano Fidel estudiaba su secundaria. Caminando un día por esas calles con mi madre, descubrí, incrustada en la pared de una casa que lucía pobre y abandonada, una vieja plaquita donde aún podía leerse: “Aquí nacieron los Revueltas, orgullo de México y del Mundo”. En agosto de 1968, cuando me fui a estudiar a la Ciudad de Durango fue cuando realmente caí en cuenta de la enorme importancia de José Revueltas. El Movimiento Estudiantil había llegado a la provincia y Durango estaba, como el resto del país, convulsionado. Su nombre estaba en boca de los manifestantes y en los diarios. Después de Tlatelolco, muchos jóvenes comenzamos a leer con fervor a José Revueltas. Durante 33 años, Gamboa fue librero (6 en la librería Europa y 27 en Tres Américas) y, al mismo tiempo, durante 10 años se dedicó a escribir reseñas de libros y entrevistas en la revista Tres Américas y en el semanario ¡Éxito!

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