María Moliner: un mundo de palabras

María Moliner

por Humberto Gamboa

 

Muchos años después, ya hecho todo un hombre de letras, Gabriel García Márquez había de recordar la tarde en que su abuelo, el coronel Nicolás Ricardo Márquez, le enseñó lo que era un diccionario. “Este libro —le dijo al niño de cinco años— no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca”. Aquel voluminoso tomo, ya casi deshojado, el único que ocupaba el estante en aquella habitación de Aracataca, tenía dibujado un Atlas. El viejo le explicó: “Esto quiere decir que los diccionarios tienen que sostener el mundo”.

El coronel no andaba tan errado: desde que el hombre pudo erguirse en dos pies sobre la tierra sintió la necesidad de nombrar lo que lo rodeaba. En 1445, cuando Juan Gutenberg estaba por fin logrando la creación del primer libro utilizando caracteres movibles (41 ejemplares de La Biblia), ya existían los diccionarios. Las copias eran hechas a mano sobre un pergamino muy fino, y en la Edad Media se les llamó de varias maneras: Liber memorialis, Nomenclator y Comprehensorium. El primero al que se le atribuye haber usado la voz Dictionnarius es a John de Garland, en el siglo XIII.

Junto con la lengua nacieron los lingüistas. El 3 de octubre de 1714, al crearse en España —por orden de Felipe V— la Real Academia Española, sus ocho miembros originales se impusieron como objetivo el preservar la “pureza” del idioma castellano. Su lema (“Limpia, fija y da esplendor”) así lo pregonaba. Lo primero que hicieron estos señores fue publicar, en seis tomos, el Diccionario de Autoridades. La obra, de la cual se han hecho ya 23 ediciones, con todo y su peso académico no ha dejado de recibir críticas. Una queja frecuente ha sido la lentitud con que la Real Academia ha ido incorporando las voces nuevas al léxico oficial.

Escribir un diccionario es una labor costosa y muy laboriosa. Generalmente es una labor de equipo, de profesionales especializados en diversas áreas. Luis Fernando Lara, un miembro de El Colegio de México que estuvo durante años trabajando en uno de esos proyectos, dijo en una entrevista incluida en un librito de lexicografía: “Lo peculiar de los diccionarios es que son depósitos del consenso social; la gente requiere diccionarios porque lo que le ofrecen es el conjunto de palabras que le permiten entenderse con los demás. La responsabilidad de los lingüistas es encontrar cuáles son esos datos que crean el consenso”.

Para ilustrar la importancia de los diccionarios, reproduzco una anécdota que contaba Lara: “Una vez le preguntaron a Claude Lévi-Strauss (antropólogo, etnólogo y sociólogo francés, famoso por su teoría del estructuralismo, autor de Tristes Trópicos y la serie Mitologías) qué le gustaría que se conservara de alguna cultura en caso de que, por alguna circunstancia —por ejemplo un terremoto— se fueran a perder todos sus documentos, y él dijo sin vacilar: sus diccionarios”. Lévi-Strauss parecía coincidir con el dictamen del coronel Nicolás Márquez.

En la edición del 19 de enero de 2019 de la revista mexicana Proceso, la dramaturga y crítica de teatro Estela Leñero Franco publicó un artículo sobre un personaje al que, fuera de ciertos círculos, poco se le conoce. En un mundo como el actual, obsesionado por las frivolidades y las pequeñas famas tuiteras, pareciera que el nombre de María Moliner estuviera condenado a pasar inadvertido. Y sin embargo, esta mujer casi anónima es la creadora de uno de los diccionarios más importantes de la lengua española, equiparable o incluso muy superior —en opinión de muchos especialistas— al que produce la Real Academia Española (RAE).

Gabriel García Márquez llegó a expresarse así del Diccionario de uso del español (conocido justamente como el Diccionario de María Moliner): “Moliner hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”. Lástima que el Nobel no se haya acordado en ese momento de aquel dibujito que vio en la portada del libro de su abuelo. Hubiera podido añadir, con su característico humor, que su hazaña —verdaderamente titánica— la hacía candidata ideal para reemplazar a la atormentada figura del hijo de Zeus.

El texto de Estela Leñero en Proceso es una nota crítica sobre una obra de teatro escrita por Manuel Calzada Pérez, un dramaturgo español, que obtuvo en 2014 el Premio Nacional a la Literatura Dramática en España. Su título es precisamente El Diccionario y narra la vida de María Moliner, interpretada en escena por Luisa Huertas y dirigida, en el montaje mexicano, por Enrique Singer. El entusiasmo de la crítica se manifiesta en el párrafo que reproduzco:

El Diccionario aborda el universo de María Moliner desde varias perspectivas. La biográfica, a través de la cual conocemos sus relaciones sentimentales, su entrega profesional y sus problemas de salud; la histórica, que nos ubica durante el triunfo del franquismo y sus implicaciones; y el plano lingüístico, donde ella reflexiona sobre el sentido de las palabras, los matices de expresión y el lenguaje como llave de la igualdad. Un diccionario para todos. Propone, por ejemplo, definiciones diferentes de matrimonio, dictadura y libertad, siendo esta última con la que se abre y cierra la obra”. Concluye Estela Leñero su nota diciendo: “Es una obra que el espectador se lleva en el pensamiento y el corazón, para soñarla otra vez”.

La historia de María Moliner y su diccionario es de veras extraordinaria. Puede leerse como uno de esos cantos heroicos que lucen inverosímiles: una mujer sola escribiendo en la mesa del comedor de su casa, después de las faenas diarias, luego de regresar de su trabajo de bibliotecaria en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid, y de atender a cuatro hijos y un marido; en una época (1953) en que se desconoce la computadora y en que una dictadura (Francisco Franco) es enemiga declarada de la palabra; y en esos años en que era impensable que una mujer participara de lleno en labores intelectuales. Todo esto habla de la pasión y la fuerza de carácter de esta espléndida mujer. Con sus puras manos y 15 años robándole horas al sueño, en 1967 aparecía la primera edición del Diccionario de uso del español (Gredos).

María Moliner nació con el siglo XX, el 30 de marzo de 1900, en el pueblo de Paniza (provincia de Zaragoza) perteneciente a la Comunidad Autónoma de Aragón, España. Nació a escasos días de haber visto la luz otro famoso aragonés: Luis Buñuel. En su biografía de Moliner, El exilio interior (Turner, 2011), Inmaculada de la Fuente narra: “María Moliner formaba parte de una generación de pioneras que a raíz del decreto de 1910 había llegado a la Universidad haciéndose un sitio en un mundo de hombres”. En Madrid ingresó a la Institución Libre de Enseñanza, donde tuvo profesores notables como Américo Castro. Cuando apenas iniciaba su bachillerato, su padre, un médico muy irresponsable, huyó a la Argentina dejando a la familia sumida en la miseria. Moliner, todavía adolescente, se marchó a Aragón donde terminó sus estudios, al tiempo que daba clases particulares para ayudar a la manutención del hogar.

Cuenta Inmaculada de Fuente: “Los comienzos de su trayectoria profesional tampoco fueron fáciles. Tras licenciarse en Historia por la Universidad de Zaragoza, en 1922 ingresó por oposición, y con el número 7, en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Era la sexta mujer que accedía al Cuerpo, pero a pesar de contar con tan brillante currículo, sus primeros destinos no fueron los que deseaba”. Moliner se instaló en Murcia, debido a la salud de su madre, pero acariciaba la idea de regresar a Madrid. “Quería hacer el doctorado, alojarse en la Residencia de Señoritas que dirigía María de Maeztu y respirar el aire de superación intelectual que representaba la capital” —nos dice De la Fuente.

Las circunstancias anclaron a Moliner en Murcia, donde conoció a un catedrático de Física, Fernando Ramón y Ferrando, con quien se casó en 1925. Cuando se mudaron a Valencia, Moliner comenzó a trabajar en el Archivo de Hacienda. Este puesto administrativo nunca fue de su agrado, y años después, cuando supo de un puesto vacante en la Biblioteca pidió su traslado. Escribió una carta que su biógrafa reproduce en su libro para ilustrar el machismo imperante en la época: “Para un hombre resulta más fácil, una vez cumplidas las obligaciones de su cargo oficial, y, si éstas no responden a su vocación, dar empleo a su capacidad sobrante en otras actividades más de su gusto. Pero, para una mujer ya es bastante que pueda sustraer a las atenciones familiares, sobre todo en el periodo en que las obligaciones de la maternidad son más absorbentes, las horas que ha de dedicar a su cargo oficial y, por tanto, es más sensible que éste sea tan árido y falto de espiritualidad, cuando ella tiene capacidad de entusiasmo por su labor y una vocación demostrada en la práctica de una determinada preparación”. El director, educado y reseco, le respondió que su petición era denegada.

Pero, por esas fechas (1931 – 1935), algo vino a salvar del tedio burocrático a María Moliner: la Segunda República había creado lo que se conoció como las “Misiones Pedagógicas”, cuya labor consistía en llevar libros a pueblos y aldeas. Moliner se sumó con entusiasmo, y en el área de Valencia estableció una red de 105 bibliotecas rurales. “Se trataba —nos dice De la Fuente— de saciar el hambre de cultura de los que no tenían a su alcance suficientes libros y a la vez paliar el analfabetismo y la ignorancia de los que sospechaban todavía que el saber era un privilegio”. Esta experiencia directa con un pueblo empobrecido, ávido de cultura —nos dice la autora de El exilio interior— la transmitió Moliner durante el llamado Segundo Congreso Internacional de Bibliotecas y Bibliografía que se celebró en Madrid (1935).

“Su entrega a las bibliotecas de Misiones —nos dice De la Fuente— marcó un antes y un después en su trayectoria. Moliner adquirió un peso específico en la política bibliotecaria de la Segunda República. Al desencadenarse el golpe militar de 1936 y la Guerra Civil, el rector José Puche la puso al frente de la dirección de la Biblioteca Universitaria de Valencia y la dirección de la Oficina de Adquisición de Libros y Cambio Internacional. Desde estos puestos capitales, Moliner, gestora tenaz, diseñó el Plan para una Organización de las Bibliotecas del Estado. Conocido como el Plan María Moliner, esta reforma sólo se aplicó en parte a causa de la guerra, y quedó abandonada en un cajón tras la victoria franquista”.

La caída de la República, tras los cruentos años de guerra civil (1936 – 1939) significó para el país un retorno al oscurantismo, y para María Moliner una vuelta a la grisura de su trabajo en el Archivo de Hacienda. Mientras que muchas compañeras suyas (María Zambrano y Rosa Chacel entre otras) buscando refugio marchaban al exilio en el exterior, Moliner decidió quedarse en España y sufrir las consecuencias. De ahí el título del libro de Inmaculada de la Fuente, El exilio interior. Vivió en Valencia otros 7 años, hasta que en 1946 volvió a Madrid para dirigir la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales. “La supina ignorancia y la consiguiente simplificación de la época favorecieron que la denominaran La Roja, siendo como era de ideas liberales en un sentido progresista” —nos dice De la Fuente. En esos años de barbarie y silencio comienza a forjarse la más grande recopiladora de palabras.

La primera edición del Diccionario de María Moliner (1967), en dos tomos y casi 3000 páginas, bordaba las 80,000 entradas. Pero no era sólo su volumen colosal lo que llamó la atención desde el primer momento, sino su fina hechura. La obra de Moliner se alejaba del aquel español anticuado y en desuso de los diccionarios de la época, y abundaba en información sobre el uso de los términos o sobre las relaciones entre ellos. Era en verdad un diccionario que enseñaba la manera de usar las palabras, como señalaron los afamados lingüistas Rafael Lapesa y Dámaso Alonso. Fue este último, por cierto, el que recomendó a la editorial Gredos la publicación del María Moliner, después de leer algunas fichas que ella venía preparando.

Ya para fines de 1971, el Diccionario de uso del español se había convertido en causa célebre. Era el diccionario que los escritores decían preferir, aún por encima del De la Real Academia Española, que muchos encontraban obsoleto y farragoso. El lexicógrafo Manuel Seco afirmaba que el de María Moliner era “el intento renovador más ambicioso que se ha producido en nuestro siglo”. Hasta la Real Academia terminó utilizando innovaciones que había introducido Moliner, como por ejemplo el no identificar los dígrafos “ch” y “ll” como letras independientes, algo que los académicos habían contemplado ya pero no se habían atrevido a hacer con su diccionario. Por eso resulta bastante patético y ridículo que cuando, en 1972, el gran poeta y filólogo español Dámaso Alonso propuso a Moliner para ocupar un asiento vacante en la Real Academia Española, su petición fuera negada. Y eso que Dámaso Alonso era su director desde 1968. Lástima: María Moliner hubiera sido la primera mujer en ingresar a ese recinto centenario. Hubiera sido una coronación digna de sus esfuerzos.

¿Qué había motivado a aquellos graves académicos a no aceptar en sus filas a María Moliner? Lo de siempre: el machismo y la misoginia. Recordemos que ésto ocurría en 1972. En sus casi trescientos años de haber sido fundadada, la Real Academia Española había considerado sólo a otras dos mujeres para ocupar un puesto: las escritoras Gertrudis Gómez de Avellaneda y Emilia Pardo Bazán. Ambas fueron rechazadas con una escueta carta que afirmaba que no había “plazas para mujeres”. Así de simple. Esta vez la reacción llegó con fuerza. Hubo voces que se alzaron: “Un asco de misoginia y putrefacción” —exclamó la escritora Carmen Conde (quien curiosamente sería la primera mujer en ser admitida en 1978). Laura Freixas escribió: “Que una sola persona, que ni siquiera era filóloga, hiciese un diccionario mejor que el pergeñado por los cuarenta académicos de la RAE tiene bastante gracia. Pero todavía la tiene más el hecho de que los caballeros en cuestión no se dignaran aceptarla en sus filas”.

La única que guardó silencio, con su proverbial modestia, fue la propia María Moliner. Pero al año siguiente, en 1973, cuando la Real Academia Española —quizá tratando de enmendar un poco su garrafal error— quiso otorgarle a Moliner el premio “Lorenzo Nieto López” por sus trabajos en favor de la lengua española, ésta lo rechazó. Una hermosa lección de dignidad.

Inmaculada de la Fuente, su biógrafa, escribió: “Una injusticia [el rechazo de los académicos], teniendo en cuenta que había dedicado parte de su vida a modernizar muchas de las entradas del diccionario de la RAE. María Moliner lo asumió con elegancia pero se negó a intentarlo de nuevo”. Y luego reveló la cruel ironía, el tamaño de la tragedia: “No había mucho tiempo, además. En 1974 se manifestaron los primeros síntomas de su enfermedad. Avanzaba el alzhéimer, una cruel paradoja para quien había organizado el mundo con palabras y había dejado escritas para siempre miles de acepciones. Murió el 21 de enero de 1981. Tras su muerte, la fama de su Diccionario, ‘el Moliner’, no ha parado de crecer. Y es ya incalculable el número de institutos, bibliotecas y premios a la lectura que llevan su nombre”.

Manuel Calzada Pérez, su dramaturgo, escribió: “María Moliner es una de las personalidades más impresionantes y desconocidas que dio el siglo XX en España. Al estudiar su biografía descubrí no a un ama de casa inquieta sino a una intelectual empeñada en hacer de éste un mundo mejor. Un día empezó a escribir un diccionario y terminó haciendo un monumento tan impresionante y rompedor que su autora debería ser tomada por loca. A través de este diccionario, María habló alto y claro. El silencio encontró la forma de escapar de la censura para expresar lo que puede llegar a alcanzar el ser humano. Durante sus últimos años sufrió una forma de demencia que le hizo perder, una a una, todas las palabras, hasta quedarse vacía. La mujer que fue capaz de escribir un diccionario pudo hacerlo tras tomar la más difícil de las decisiones: había elegido ser libre”.

Johannes Gutenberg

Humberto Gamboa. Nació en Durango, en la navidad de 1954, en un pueblito llamado La Purísima, localizado a 50 kilómetros de Santiago Papasquiaro, la cuna de los Revueltas. La primera vez que oí de esa familia debe haber sido en 1962, durante una de mis frecuentes vistas a Santiago, donde mi hermano Fidel estudiaba su secundaria. Caminando un día por esas calles con mi madre, descubrí, incrustada en la pared de una casa que lucía pobre y abandonada, una vieja plaquita donde aún podía leerse: “Aquí nacieron los Revueltas, orgullo de México y del Mundo”. En agosto de 1968, cuando me fui a estudiar a la Ciudad de Durango fue cuando realmente caí en cuenta de la enorme importancia de José Revueltas. El Movimiento Estudiantil había llegado a la provincia y Durango estaba, como el resto del país, convulsionado. Su nombre estaba en boca de los manifestantes y en los diarios. Después de Tlatelolco, muchos jóvenes comenzamos a leer con fervor a José Revueltas. Durante 33 años, Gamboa fue librero (6 en la librería Europa y 27 en Tres Américas) y, al mismo tiempo, durante 10 años se dedicó a escribir reseñas de libros y entrevistas en la revista Tres Américas y en el semanario ¡Éxito!

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