LA POESÍA Y UNAS MUERTES ANUNCIADAS

por Humberto Gamboa

 

En 1964, Pablo Neruda escribió su única obra dramática: Fulgor y muerte de Joaquín Murieta. Tres años más tarde sería puesta en escena, musicalizada en forma de Cantata por Sergio Ortega. Algunos fragmentos sobrevivieron como canciones independientes interpretadas por grupos de la Nueva Canción Chilena. Uno de los poemas, sobre todo, se volvería emblemático en las voces poderosas de Willy Oddó y los Quilapayún: Premonición a la muerte de Joaquín Murieta. Dice así:

Escucha la arena/ que mueve el desierto/ escucha el reloj/ que entierra a los muertos./ Atrás bandolero/ la muerte te aguarda,/ llegaron los galgos/ murió una guitarra,/ tu sangre invisible/ será derramada./ ¿Oíste, Murieta?

Ya no montarás/ ya no correrás/ ya no vengarás/ ya no vivirás.

La tierra te advierte/ se cumple el destino,/ los galgos te acechan,/ termina tu suerte,/ te siguen las huellas,/ no traigas la rosa,/ el llanto en la luna/ la lluvia prepara/ se acerca la muerte/ te aguarda la fosa./ ¡Murieta, detente!

El bandido/ héroe no escucha advertencias y se apresta a cumplir con su destino: muere en los campos de California, en los años de la llamada Fiebre del oro, a manos de los rangers. Sin embargo, la leyenda de Joaquín Murieta (algunos lo escriben Murrieta) sobrevive en el imaginario popular. Sus orígenes son oscuros: ¿mexicano de Sonora o chileno de Valparaíso? Existen corridos mexicanos y cuecas chilenas que relatan supuestos episodios de su vida. Neruda lo consideró chileno, y su Premonicion, con la música y los arreglos espléndidos de Eduardo Carrasco, gana fácilmente adeptos a su causa. Aquí lo que quisiera resaltar es esa alusión al final trágico de Murieta, encarnada en la peculiar figura de un presagio de poeta.

El 16 de septiembre de 1973, en Santiago de Chile, muere asesinado por la dictadura militar de Augusto Pinochet el poeta, cantante, director de teatro y profesor universitario Víctor Jara. El que había sido también director del Quilapayún en los primeros tres años del grupo había escrito un puñado de textos poéticos musicalizados que resultaron dolorosamente proféticos. Como muestra, escuchemos solamente un par de estrofas de Con el alma llena de banderas:

A tus pies heridos llegarán/ las manos del humilde,/ llegarán/ sembrando./ Tu muerte muchas vidas traerá/ y hacia donde tú ibas/ marcharán/ cantando.

Ahí donde se oculta el criminal/ tu nombre brinda al rico/ muchos nombres./ El que quemó tus alas al volar/ no apagará el fuego/ de los pobres.

Todavía más desconcertante es La canción del soldado, donde Víctor mira su propia muerte:

Soldado, no me dispares/ soldado./ Yo sé que tu mano tiembla/ soldado, no me dispares.

¿Quién te puso las medallas?/ ¿Cuántas vidas te han costado?/ Dime si es justo soldado/ con tanta sangre ¿Quién gana?/ Si tan injusto es matar,/ ¿por qué matar a tu hermano?

Tenemos aquí esa extraña aparición de la poesía anticipando la tragedia. En el caso real de Víctor Jara, el poeta se nos presenta como un visionario, un ser con una sensibilidad especial para detectar el trasfondo del cataclismo que se avecina, pero imposibilitado para evitarlo. Podemos aducir que se trata de coincidencias desafortunadas, que las metáforas lanzadas al calor de la inspiración poética dieron por mera casualidad en el blanco. Pero no deja de ser inquietante.

El 11 de agosto de 1986, en el número 510 de la revista mexicana Proceso, José Emilio Pacheco publicó en su columna Inventario uno de los casos más fascinantes que recuerdo haber leído de esa relación fortuita entre la poesía y un presentimiento de muerte. En este hecho real que parece ficción, ampliamente documentado, ocurrido en la década de los años treinta del siglo XX, los sueños ocupan un plano central. La acción transcurre en dos países (México y España) y se vieron involucrados no uno sino dos poetas, ambos en la plenitud de sus vidas y de su fama: Federico García Lorca y Bernardo Ortiz de Montellano. Por esas fechas (1986) habían muerto dos mexicanos ilustres, Renato Leduc y el Indio Fernández, y Pacheco le dedicó gran parte de su columna al poeta Leduc. La otra mitad del Inventario se enfocó en aquel extraño poema/ sueño de Montellano que hubiera muy bien podido llamarse Premonición a la muerte de García Lorca.

Para todos los que no tuvieron la dicha de leer la mejor columna cultural habida en México y quizá —por qué no— del mundo (desde 1973 hasta 2014) reproduzco (con perdón de JEP) la parte que corresponde a Ortiz de Montellano y su prodigioso sueño. Forma parte de las 353 columnas incluidas en los tres tomos (2075 páginas) de su Inventario publicado por Ediciones ERA en su primera edición (2017). Ojalá que un día se reimpriman los otros 706 Inventarios.

 

Artículo relacionado: EL SUEÑO DEL CONSULADO

 

Humberto Gamboa. Nació en Durango, en la navidad de 1954, en un pueblito llamado La Purísima, localizado a 50 kilómetros de Santiago Papasquiaro, la cuna de los Revueltas. La primera vez que oí de esa familia debe haber sido en 1962, durante una de mis frecuentes vistas a Santiago, donde mi hermano Fidel estudiaba su secundaria. Caminando un día por esas calles con mi madre, descubrí, incrustada en la pared de una casa que lucía pobre y abandonada, una vieja plaquita donde aún podía leerse: “Aquí nacieron los Revueltas, orgullo de México y del Mundo”. En agosto de 1968, cuando me fui a estudiar a la Ciudad de Durango fue cuando realmente caí en cuenta de la enorme importancia de José Revueltas. El Movimiento Estudiantil había llegado a la provincia y Durango estaba, como el resto del país, convulsionado. Su nombre estaba en boca de los manifestantes y en los diarios. Después de Tlatelolco, muchos jóvenes comenzamos a leer con fervor a José Revueltas. Durante 33 años, Gamboa fue librero (6 en la librería Europa y 27 en Tres Américas) y, al mismo tiempo, durante 10 años se dedicó a escribir reseñas de libros y entrevistas en la revista Tres Américas y en el semanario ¡Éxito!

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