EL SUEÑO DEL CONSULADO

por José Emilio Pacheco

 

1.- Seis años antes [de 1936] Bernardo Ortiz de Montellano soñó el asesinato de Federico García Lorca. Animado quizá por la traducción de Freud que publicó la Revista de Occidente, Montellano empezó a anotar sus sueños con fines poéticos, y no psicoanalíticos y proféticos. En 1930 escribió un poema al que tituló “Primero sueño” en homenaje a Sor Juana. Fue incluido en el número 35 de [la revista] Contemporáneos (abril – junio de 1931). Se puede leer en la edición facsimilar del Fondo de Cultura Económica (t. X-XI, pp. 1-2), como prueba infalsificable, y también en Sueño y poesía, la obra poética de Montellano, recogida por su discípulo Wilberto Cantón (UNAM, 1952 y 1971).

Habían nacido con pocos meses de diferencia. Lorca en Granada, el 5 de junio de 1898; Montellano en México, el 3 de enero de 1899. Ambos forman parte de la gran generación poética del idioma que en España es el “grupo del 27” y entre nosotros [los mexicanos] los llamados “Contemporáneos”. Lorca murió asesinado por los fascistas el 18 de agosto de 1936. Montellano dejó de existir el 13 de abril de 1949. Hoy el primero es un poeta universal; el segundo ha tenido la desgracia de no gustar a las personas que han hecho la opinión poética de México. El último golpe acaba de asestárselo Guillermo Sheridan en su excelente libro Los Contemporáneos ayer.

Aunque tuvieron dos amigos en común, Salvador Novo y Jaime Torres Bodet, no se encontraron jamás: Lorca estaba invitado a México en el verano de 1936. A última hora decidió permanecer en su ciudad natal y allí fue a encontrarlo la muerte. Es probable que haya leído el poema en 1931. Lorca era muy supersticioso y nunca se refirió al “Primero sueño” en que, por lo demás, no aparece su nombre. No puede haber sido indiferente a su autor pues en el número 4 de Contemporáneos (septiembre – diciembre de 1928), [Montellano] reseñó el Romancero gitano que acababa de aparecer en Madrid.

 

2.- El río del Consulado se llamó así porque lo abrieron con trabajo esclavo los miembros del Consulado, la agrupación española que antes de las reformas borbónicas monopolizaba el comercio novohispano. Igual que el río de La Piedad, su objeto fue llevar al lago de Texcoco las aguas que bajan de las serranías del poniente [de Cd. de México]. A su orilla se tendió la calzada de la Verónica, uno de los dos accesos a Chapultepec antes de que Maximiliano abriera lo que hoy es la [avenida] Reforma.

Al introducirse el alcantarillado los ríos de la ciudad se convirtieron en desagües, asesinaron el lago de Texcoco y transformaron para siempre la ecología de la cuenca. Poco a poco se fue preparando el desastre de 1985 y no deja de ser significativo que los mayores estragos del terremoto aparezcan precisamente en el triángulo que forman los ríos del Consulado y La Piedad. Ahora fluyen invisibles pero, como tantas otras cosas en este país, siguen allí bajo tierra.

Antes de ser entubado para hacer la calzada Melchor Ocampo y después sumergido para construir el Circuito Interior, el río fecal marcaba el límite de la ciudad por el poniente y la línea divisoria entre la “decencia” de San Rafael y la miseria de Santa Julia. Montellano sueña y escribe que van con “el poeta andaluz”, entre nubes de polvo, por la orilla del

Canal de aguas obscenas, desconsolado río,/ lava sucia que rinde la jornada,/ agua amarilla, verde lavadero,/ lodazal de niños, gritos y pedradas.

Se detienen al descubrir en un jacal un velorio indígena. Tres niñas giran en derredor de otra niña muerta y cantan coplas alusivas a la flor de romero. Suena en la canción el nombre de [el poeta] López Velarde, desaparecido nueve años atrás. Al tocarla Montellano la niña revive y crece como una flor o una ciudad. Después vuelve a quedar dormida.

Siguen caminando. “El poeta andaluz” repite entre malas palabras un estribillo musical que sirve para encargar la fabricación de una guitarra. Aparece un grupo de indios. De tres en tres cargan guitarras largas como remos. Cada una está compuesta de tres guitarras más pequeñas en forma de ataúd:

Remos altos,/ monótonos laúdes:/ tres guitarras unidas/ como tres ataúdes.

Llega otro grupo de indios congregantes, surianos por el traje y armados con fusiles. Van con ellos tres o cuatro generales montados en enormes caballos de madera. El río parece convertirse súbitamente en estos personajes:

Canal de aguas obscenas,/ ojos de la carabina,/ amarillas cananas entre dientes/ —lava sucia que rinde la jornada—/ en caballos de Troya, relucientes,/ máscaras serpentinas,/ las estatuas ecuestres.

Polvo de los bolsillos de la tierra,/ polvo de siglos descalzos/ por escalar pirámides/ y abrir el corazón a los magueyes./ Acompañan la voz de los jinetes/ oraciones con letras de retablo,/ densas nubes de polvo, que los siguen/ como la sombra de los fusilados.

Con gesto duro de máscara uno de los generales da la orden de fuego a los soldados. En ese instante Bernardo Ortiz de Montellano despierta.

 

3.- Cuando se publicó en Contemporáneos era un poema onírico en que nadie podía ver anticipación alguna. Los “cuatro generales” del sueño no eran aún los “cuatro generales” que en 1936 se levantaron contra la República española. La única relación militar con el río del Consulado era que en su orilla estableció Porfirio Díaz su línea de asedio a la capital en 1867 (y libró su última batalla contra Leonardo Márquez en el puente de Insurgentes sobre el río de La Piedad). En el recuerdo infantil de Montellano pudo haber quedado la costumbre de Díaz de pasar revista a su ejército en los llanos de la Verónica.

Diecisiete años más tarde Montellano se entera, al leer a Pío Baroja en La feria de los discretos, que es costumbre andaluza el que los hacedores de ataúdes saquen un trozo para una guitarra de la misma madera en que elaboran una caja de muerto. Y recuerda que su abuelo era andaluz del Puerto de Santa María, y cerca de Sevilla hay un pueblo llamado Montellano.

Pero mucho antes, el 27 de septiembre de 1936, anota:

En estos días apareció en los diarios la noticia de la muerte del poeta andaluz Federico García Lorca, fusilado en Granada. No se conocen otros datos, pero nadie puede explicarse el destino final del poeta, alejado de la política y ajeno a la milicia en el conflicto español.

Al releer “Primero sueño” dice:

Siempre pensé que el poeta andaluz que me acompañaba en la jornada era García Lorca… La angustia del sueño —lo recuerdo— era la del fusilamiento ordenado con la voz ¡fuego! contra el grupo donde nos encontrábamos el poeta andaluz y yo […]. Cinco años después de escribir el “Sueño” ha muerto, fusilado por la inconciencia y la maldad, el poeta García Lorca, y una vez más confirmo que en los sueños como en la poesía —estados psíquicos afines, imágenes de una realidad esencial— pueden anticiparse sucesos por venir.   (JEP)

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