Teatro migrante y el salto del Jaguar

Camazotz de Colectivo El Pozo. Foto: José Almanza

por Raúl Dorantes

 

¿En qué momento se halla el teatro en español en Chicago? Esa es la pregunta con que se anunció uno de los paneles de la Tercera Feria del Libro. La respuesta es simple: en buen momento.

Hay una decena de compañías que van del teatro costumbrista a lo que podría acercarse al contemporáneo o vanguardista. Y si hace diez años sólo una compañía contaba con un teatro propio, hoy también cuentan con su espacio Repertorio Latino, Grin Light y Tariákuri.

El cuentista guatemalteco Augusto Monterroso dijo que siempre hay que agradecer a los que llegaron primero. Y antes de nosotros, en los años setenta, hubo compañías de teatro chicano, boricua, proletario, campesino, etc. Ellos nos trajeron el mito de Aztlán y la rebeldía taína. Así pusieron las primeras piedras.

Se puede decir que el teatro es un fin en sí mismo. En mi caso ha sido más un medio, de la misma manera que en los años noventa fueron un medio el producir revistas, escribir ficción o participar en talleres de lectura. Y paso a explicarme.

En el verano del 92 me asaltó con furia el ¿quién soy? Acababa de estar en México, de visita, y algo ya no encajaba. Seguía queriendo a mis hermanos, padres y amigos, pero algo se había movido. Parafraseando a Neruda: Nosotros, los de entonces, ya no éramos los mismos.

Para hablar de mi identidad latinoamericana, contaba con las novelas del Boom, la poesía de Vallejo, de Martí, Las venas abiertas de América Latina.

También tenía referentes para responder en qué consistía mi identidad mexicana: Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska…

Pero no encontré referentes para responder a esa pregunta desde mi identidad inmigrante. Frente a esa identidad sólo había un vacío incómodo, algo parecido al desamparo. El primer dios de los olmecas fue el Jaguar, y mi jaguar lo sentía lejos.

A mediados de los noventa, la migración latinoamericana en Chicago era un grupo vasto de hombres y mujeres que en principio no habían querido abandonar la ranchería o el pueblo. Su querencia era la que dejaban, no a la que llegaban.

Esa experiencia migratoria sólo se explicaba, y se sigue explicando, desde dos frentes: los números y las reivindicaciones políticas. ¿Cuántos inmigrantes cruzan cada año?, ¿cuántos son deportados?, ¿cuál es el monto de las remesas? Y si hablamos de las reivindicaciones, basta citar la amnistía para los indocumentados y la no separación de las familias.

Varios de los que publicábamos Fe de erratas nos dimos cuenta que había otros ríos por explorar y que la literatura era el medio idóneo. Uno de esos ríos era el hecho de que los inmigrantes latinoamericanos en Chicago ya rebasábamos el millón y de que teníamos iglesias, negocios, clubes de futbol, representantes en el Congreso, pero no teníamos un sólo cementerio. Era como si estuviésemos aquí para establecer las cosas de la vida, pero no las de la muerte. Era como si el imaginario nos ayudase sólo en nuestro paso por la tierra y no en la trascendencia.

Ya pasaron 25 años de la publicación del último Fe de erratas, ya rebasamos los dos millones y seguimos sin fundar un cementerio. Traer el Jaguar, sacarlo de nuestras tripas, que ruja en las planicies del Midwest, y nos devore hasta volvernos a sus entrañas.

Como el río de la muerte, había otros ríos profundos que demandaban nuestra atención: la idea del regreso, el cumplir con “nuestro papel de gente trabajadora y dócil”, las relaciones con esas otredades que encontramos en el trabajo y en la calle. Hoy, con el declive del modelo económico, habría que agregar otro tema: el fin de la migración latinoamericana. Acaso pronto salte el Jaguar, y junto con ese dios felino vengan Viracocha y la Virgen y Yemayá.

De la docena de mis amigos escritores, sólo dos compartían el interés por profundizar en estos temas: Franky Piña y Febronio Zatarain. Las conversaciones con Febronio nos llevaron a la escritura de una serie de crónicas y ensayos, en mancuerna, a lo largo de ocho años.

Vayamos al 2011. Más que en la novela y el cuento, encontramos en el teatro un medio para compartir estas inquietudes. En la segunda producción del Pozo, llamada De camino al Ahorita, comprendimos que dichas inquietudes no eran sólo de tres o cuatro gatos. Eran de una comunidad. Pues la asistencia rebasó las 600 personas. Desde ese 2011, cada producción ha seguido manejando la inmigración como temática y como contexto, y cada producción ha contado con un público amplio.

La propuesta de Colectivo el Pozo ha sido un cordón de tres cabos: la migración, el comentario politico y la experiencia de la nada. No es una propuesta que hayamos buscado. Como el tigre que abre la maleza con sus pasos, así nos fue llegando.

Nuestro objetivo en El Pozo ha sido la comunión. Hay comunión cuando los actores, la parte técnica y el público comparten la risa o un sentimiento triste. Pero hay una comunión mayor en los momentos de silencio colectivo. Cuando el tiempo queda suspendido y nos fugamos al centro de la historia. Ahí borramos nuestra individualidad y nos volvemos uno.

Además se ha logrado tener una dirección colectiva. Esto es algo que se puede alcanzar si hay química entre los que integran el elenco y la parte técnica. Hay ratos de caos, es cierto, pero cuando nos rendimos ante la obra surge una voz con la respuesta.

A veces los amigos nos sugieren que ya estuvo bueno con el tema de los inmigrantes, que ya cambiemos de canal. Por el contrario, este viaje apenas comienza. El Jaguar está al acecho, esperando.

¿Quiénes van a explorar con plenitud estas temáticas y estos contextos? Sospecho que eso le corresponderá a los hijos de ese pueblo que llegó desde el Anáhuac y el lejano Tahuantinsuyo. Seguramente los hijos abrirán los brazos para recibir el salto del Jaguar.

 

 

Juanjo López en Camazotz puesto en escena por Colectivo El Pozo. Foto: José Almanza

 

RAÚL DORANTES. Emigró a la ciudad de Chicago a finales de 1986. Desde 1990 hasta la fecha ha sido parte de los consejos editoriales de varias revistas literarias: Fe de erratas, zorros y erizos, Tropel y Contratiempo. Actualmente es parte del consejo editorial de El BeiSMan. En 2007 publicó un libro de cuentos titulado Vocesueltas, con un prólogo de don Luis Leal. En el mismo año, a través de la casa editorial de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, Dorantes (en colaboración con su amigo Febronio Zatarain) publicó una colección de ensayos que lleva por nombre Y nos vinimos de mojados; el prólogo de este libro fue escrito por el gran cronista mexicano Carlos Monsiváis. En 2013 envió a la imprenta su primera novela: De zorros y erizos. En el terreno de la dramaturgia, la compañía de teatro Aguijón, asentada en Chicago, ha producido dos obras de Raúl Dorantes: Hasta los gorriones dejan su nido (en 2008) y El lunes de León Rodríguez (en 2009). En 2010, su obra De camino al Ahorita obtuvo el segundo lugar del certamen nacional Nuestra Voces, organizado por el reconocido Repertorio Español. En ese mismo año, Dorantes fundó Colectivo El Pozo, grupo teatral con el que ha producido siete de sus obras. En la actualidad Dorantes es profesor de literatura latinoamericana en Northeastern Illinois University. ​

 

Más te vale, Tina

 

Photo: Joseph Scherschel, Life Magazine

La Habana, Cuba, Septiembre de 1958

 

El viernes de la desaparición hizo tanto calor que los niños se quedaron dormidos más temprano que de costumbre. Esa noche, Diego llegó de trabajar pasadas las ocho y solo encontró a su madre esperándolo con la cena en la mesa de la cocina. “Tu mujer no ha regresado”, le dijo Delia, mientras picaba una sandía con la mano izquierda. Unos años antes, había sufrido una embolia que le había paralizado el lado derecho del cuerpo. “¿A dónde fue?”, contestó él, mientras extendía la mano para tomar un trozo de fruta. De un movimiento, Delia enterró el cuchillo en el pedazo de sandía, aniquilando en un instante el plan de su único hijo, y sin chistar le respondió: “Fue a comprar hielo hace tres horas. ¿Tú quieres un arrocito con pollo, mi amor?” Diego miró su reloj de pulsera, se aflojó la corbata y se sentó a comer. Se terminó el arroz con pollo, la yuca, los tostones, y después de rematar con tres rebanadas de sandía, decidió salir a buscarla. Seguro estaba en casa de Omaida, su mejor amiga, jugando cartas.

Omaida vivía a escasas dos cuadras, pero a pesar de que el día se extinguía, el calor no menguaba y el sudor comenzaba a brotarle por las sienes. Se arrepintió de no haber tomado la precaución de cambiarse la camisa por una guayabera. ¡Más te vale, Tina, que estés en casa de Omaida porque si tengo que caminar más con este calor te mato! ¡Te mato, Tina! Omaida le dijo que habían coincidido esa mañana en la escuela de los niños, como todos los días, y le aclaró que la jugada había sido la semana pasada. “El segundo viernes de cada mes, chico. Que por cierto, le fue muy bien, se llevó toda la plata. ¿Ya tú fuiste con Martica?” ¡Ay, pero tu vas a ver cuando yo dé contigo, Tina! ¡Mira que no decirme que te ganaste una plata! ¡Yo te mato, Tina! ¡Te mato!

En casa de Marta, Diego se metió hasta la cocina y se paró frente al abanico colocado sobre la mesa. Marta le sirvió un vaso de limonada y le platicó que la había visto el día anterior en el salón de belleza. “Nos hicimos la manicura y platicamos de pura bobería, que si los maridos, que si la suegra… ya tu sabes, es que con este calor no se antoja nada. Y pensar que en Argentina es invierno. ¿Tú puedes creer eso, chico? Yo no entiendo cómo es que allá está haciendo frío. ¿Ya tú fuiste con Lulú? Me dijo que le estaba arreglando unos vestidos.”  Diego se tomó la limonada de un trago y le pidió que le avisara si sabía algo de ella. ¡Yo partiéndome el lomo y tú haciéndote las uñas! ¡Mira que si andas contando nuestras cosas, yo te mato, Tina! ¡Te mato!

Lulú, la costurera del barrio, le comentó a Diego que, efectivamente, el día anterior había pasado a recoger unos vestidos. “Le tuve que meter en la cintura, chico. ¡Mira que se ha puesto flaca, pero todo le vino de maravilla! Tú tienes una mujer muy linda.” Diego sonrió a medias, le dio las gracias y salió del lugar. ¡Más te vale que hayas pagado con el dinero que te ganaste en el póquer y no con el gasto de la semana, Tina! ¡¿Pero dónde te has metido?! ¡Coño, Tina, te voy a matar!

Eran casi la once de la noche cuando volvió a casa. Traía pegado el sudor en la frente y en las axilas. Delia se había quedado dormida en el sillón de la sala y decidió dejarla ahí. Caminó por el pasillo de puntitas, para no despertarla, y justo cuando iba a llegar a su recámara, escuchó la voz de su madre. “¿Diego?” La frustración se le escapó por los hombros. No tenía ganas de platicar, pero ahora tendría que hacerlo. Volvió sobre sus pasos y le explicó con detalle la ruta que había tomado y el resultado de su investigación. Delia escuchó atenta, absteniéndose de hacer preguntas. Luego le pidió que la llevara a su cuarto, y así lo hizo. La ayudó a acomodarse en la cama y se despidió de ella con un beso. Antes de apagar la luz, Delia le dijo: “Tú tienes que ir a la policía, mi amor. Recuerda lo bien que se portó el comandante Medina aquella vez que la cogieron por manolarga.”

Recién bañado y refrescado, decidió continuar la búsqueda. Se subió al auto y se fue derechito a la comisaría temiendo que su mujer se hubiese metido en un lío y estuviera encarcelada. ¡Mira Tina, que si yo te encuentro presa otra vez…! ¡Te mato, Tina! ¡Te mato! El oficial que lo atendió le confirmó que Tina no estaba presa y que no podían hacer nada hasta pasadas 24 horas. “¡Coño, oficial! ¡En 24 horas se puede armar una revolución! ¡Exijo hablar con el Comandante Medina! El hombre lo miró con ojos cansados, “Mira, chico, el comandante Medina salió ayer de vacaciones y no regresa hasta dentro de un mes, pero si tu mujer no aparece para mañana, yo me encargo personalmente de buscarla”. Diego comenzó a pensar en lo peor.

Se detuvo en los hospitales temeroso de que hubiese sufrido un accidente. ¡Coño, Tina! ¡Qué los niños no se cuidan solos! ¡Cómo tú hayas andado de coqueta y te haya cogido una guagua cruzando la calle…! Ninguna mujer con las generales de Tina había ingresado en las últimas horas y le sugirieron ir a la morgue. ¡Más te vale que no estés muerta, Tina, porque entonces no voy a tener a quien matar!

Diego le pidió a Monsiváis, ex-compañero de secundaria y ahora médico forense, que le mostrara los cuerpos de las mujeres que había recibido durante la noche. Sabía que ninguno correspondía a la descripción física de Tina, pero no tuvo corazón para decirle que no. Eran tres. El último cuerpo asomaba una cabellera de rizos oscuros que creyó reconocer.  Diego Balart levantó la sábana y comprobó, con cierto alivio, que no era ella. “¿Tú también saliste a comprar hielo, putica?”. Monsiváis lo vio con un poco de lástima y le recomendó ir a la policía. “De allá vengo, mi hermano”. Diego continuó la plática con el doctor más que nada por el aire acondicionado y, un poco después, bastante refrescado, se despidió. Eran casi las ocho de la mañana y la brisa del Caribe que apenas le rozaba el cuello, anunciaba un día igual o más caliente que el anterior. ¿Pero dónde coño te has metido tú, Tina? ¡Mira que cuando te encuentre!

Llegó a la tienda del barrio y la empleada, una negra de tetas rebosantes y un culo todavía más espectacular que el de Tina, le dijo que su mujer había pasado por ahí, pero no había comprado hielo, sino cigarros. No sabía para donde había virado al salir. Todo esto se lo dijo con las tetas apoyadas en el mostrador. A Diego se le hizo un nudo en la garganta y con la voz cortada le dio las gracias y salió de ahí. ¡Ay, Tina! ¡Ay, Tina! ¡Ojalá tú estés muerta!

El olor a congrí tan temprano, lejos de reconfortarlo, le dio mala espina. Delia aplastaba unos tostones cuando escuchó a Diego entrar. Sin dejar de golpear los plátanos fritos, le dijo que había un telegrama urgente sobre la mesa de la entrada. El hombre tomó el sobre y se dirigió a la cocina. Se sentó en la mesa y leyó el telegrama en silencio, mientras Delia le daba un vaso de agua con hielo.  ME HE IDO CON MEDINA A BUENOS AIRES. STOP. NO NOS BUSQUES. STOP. CARIÑOS A LOS NIÑOS. STOP.

– ¿Qué es lo que dice, mi amor?

Diego, con las sienes empapadas de sudor, se bebió el vaso de agua de un solo trago, respiró profundo y se guardó el telegrama en el bolsillo de la camisa.

– Que regresa en un mes, mami.

 

 

CAROLINA HERRERA (Monterrey, México) Licenciada en Ciencias Jurídicas, Universidad Regiomontana (1989), Master en Escritura Creativa, Universidad de Salamanca, (2019).  #Mujer que piensa (El BeiSMan Press, 2016) es su primera novela y obtuvo el primer lugar del International Latino Book Award en la categoría Mejor Primera Novela (Mariposa Award) y Mención Honorífica en la categoría Mejor Novela – Romance. Ha participado en las antologías Ni Bárbaras, ni Malinches (Ars Comunis Editorial, 2017), Palabras migrantes, 10 ensayistas mexican@s de Chicago (El BeiSMan Press, 2018) y Lujuria (serie Pecados Capitales, Editorial Abigarrados, 2019). Miembro del Consejo Editorial de El BeiSMan. Oradora TEDx. Vive en Naperville, Illinois.

El negro zumbón de Federico Palomera

 

por Carolina Herrera

 

El negro zumbón de Federico Palomera Güez
Editorial Karima (Julio 2, 2019), 217 páginas, ISBN-13: 978-8412075809

 

A poco menos de dos años de haber publicado la colección de cuentos El cuaderno del pendolista, Federico Palomera Güez se aboca al género de la novela con una historia centrada en un traductor y una bailarina, dos profesiones que conozco bien. Siendo traductora, me sentí identificada con las partes de la historia que describen los retos del que es bilingüe. En la editorial Boecio las cosas no marchan muy bien y le han encomendado a Jaime, el traductor de planta, que sea “el negro” de la biografía de Mitzuko, una bailarina de antecedentes exóticos, cuyas aventuras con algunos personajes de la high, son caramelo para las masas. La editorial apuesta a que la historia de Mitzuko los saque del apuro, pero Jaime no está muy convencido, sin reparar en el hecho de que la evolución del traductor a la escritura es algo natural y la literatura universal tiene grandes ejemplos (Borges, Cortazar, Navokov, Beckett, entre otros). Jaime acepta la comisión por necesidad, y se entrega al estudio de Mitzuko sin medir el magnetismo que un artista puede tener en un mero mortal.

El autor enhebra las historias del “negro” y de la bailarina, a manera de pas-de-deux, revelándose en mudas espaciales y temporales que, al principio, mueven la historia un tanto despacio, dada la cantidad de referencias históricas y culturales, pero conforme el lector se adapta a la estructura narrativa y va conociendo a los personajes, se torna más dinámica. Federico Palomera describe con destreza la fisonomía y los movimientos de Mitzuko, haciendo énfasis en la disciplina y el sacrificio que exige una carrera de ballet clásico (Madame Strepovna, la maestra de la bailarina, me recordó a mi propia maestra y los varazos que nos daba cuando relajábamos un músculo). Una bailarina de ballet es bailarina las 24 horas del día. Sus movimientos y sus alimentos son calculados, la disciplina es dios, y el sufrimiento tiene un solo fin, alcanzar la perfección del cuerpo y del arte. De alguna manera, los traductores (y los escritores), buscan ese ideal, tratando de cazar la palabra precisa, en pos de una perfección que los elude, pues el traductor es, por naturaleza, “traidor”.

Aunque los peligros a los que se enfrentan los protagonistas son más psicológicos y emocionales que físicos, El negro zumbón es una lectura interesante y en momentos divertida (hay un pasaje relativo al caviar muy gracioso). Es la historia de ella, más que de él, y el giro final brinda el impulso que debió haber llegado antes, dejándonos con un misterio por resolver.

Aprecio la dedicación y el trabajo de Federico Palomera, pero no sería honesta en mi reseña, si no apuntara lo que me preocupa de este libro: le faltó rigor editorial. Como escritor, uno revisa y revisa y revisa, y con frecuencia se nos van los dedos y se cansa la vista, pero eso lo remedia fácilmente un buen editor, cosa que no sucedió aquí. Es evidente que la casa editorial encargada de publicar la novela se limitó a reenviar el manuscrito a la imprenta sin darle una pasada. Las numerosas faltas tipográficas, desafortunadamente, entorpecen la lectura de una historia que hubiera resultado mucho más amena y fácil de leer. Federico Palomera Güez, es un autor para un lector  culto, es decir, es un escritor para ojos críticos y creo que las fallas en la edición impedirán que su historia se disfrute tanto como lo merece.

 

CAROLINA HERRERA (Monterrey, México) Licenciada en Ciencias Jurídicas, Universidad Regiomontana (1989), Master en Escritura Creativa, Universidad de Salamanca, (2019).  #Mujer que piensa (El BeiSMan Press, 2016) es su primera novela y obtuvo el primer lugar del International Latino Book Award en la categoría Mejor Primera Novela (Mariposa Award) y Mención Honorífica en la categoría Mejor Novela – Romance. Ha participado en las antologías Ni Bárbaras, ni Malinches (Ars Comunis Editorial, 2017), Palabras migrantes, 10 ensayistas mexican@s de Chicago (El BeiSMan Press, 2018) y Lujuria (serie Pecados Capitales, Editorial Abigarrados, 2019). Miembro del Consejo Editorial de El BeiSMan. Oradora TEDx. Vive en Naperville, Illinois. 

Una cosa sin sentido

Naida Saavedra

 

El siguiente cuento pertenece al libro Desordenadas de Naida Saavedra, publicado recientemente por Suburbano Ediciones. El BeiSMan publica este cuento con autorización de la autora e invitamos a los lectores a leer la reseña de Carolina A. Herrera sobre la compilación de cuentos de Saavedra.

Nunca sé cómo van a terminar los cuentos. Empiezo a escribir y me fastidio con un personaje, me pongo furiosa con otro. Raramente me enamoro de alguno de ellos. Siempre me burlo. Incluso olvido sus nombres o los confundo. Intercambio el parentesco entre padres e hijos o sobrinos y tíos. A veces también les asigno hijos a los que no tienen y nietos a los muy jóvenes. Una cosa sin sentido.

Quisiera además cambiar el género de la palabra personaje. O mejor dicho, añadir la. Quiero decir la personaje tal, la personaje cual. Además me gusta usar la @, así puedo decir hij@s, sobrin@s pero si se me ocurre usar las redes sociales con la @ todo es una locura. Entonces paso a la x. Hijxs, sobrinxs, ellxs. Vale recalcar que escribo ficción en español; por lo menos hasta ahora. Entonces si lo que escribo lo lee alguien que no está familiarizado con el uso de la x, no entiende, se para, pregunta o simplemente dice “aquí hay un error de máquina”. ¿O se dice error de computadora? Así que vuelvo a usar padres, hijos, ellos. ¡Agh! Qué idioma tan masculino.

El otro día me puse muy brava con Susana. Yo pensaba que la historia de ella se iba a desarrollar de otra forma. No sé, que iba a encontrar a Gustavo con alguien, que le arrancaría los pelos, que le daría una cachetada pero no, Susana lo consiguió llorando en una escalera. (No creo en las lágrimas de Gustavo, son de cocodrilo). Susana lo miró a los ojos y le dijo “te perdono”. ¡Y él ni siquiera le había pedido perdón! Borré esa línea en el Google Doc y miré a otro lado. Generalmente voy a un café muy chévere cerca de donde vivo y me divierto mientras escribo. Me tomo descansos de algunos segundos para refrescar la mente; miro a las personas comer, hablar, enamorarse.

Volví a ver la pantalla de la computadora y le di a undo. La frase volvió a aparecer. Gustavo había ganado. Susana le creyó y él seguramente haría otra de las suyas hasta matarla porque al final solo quería eso. Matarla. Cerré la computadora furiosa con estos personajes tan débiles y planos. Dije planos, no de plain sino de superficiales, sin sustancia, sin carne. Son como hojas de papel que caminan; si los ves de perfil son tan anchos como un hilo.

Otras veces me pasa que no logro saber el nombre de algunos personajes. No sé si les da pena o qué, pero no lo revelan. El narrador tampoco hace nada para aliviarme la incertidumbre. Ella, él, la mujer, el muchacho, el doctor, el chofer, la vecina de abajo; esas son algunas de las identificaciones que usan. No soy yo, lo repito, ¡yo quiero saber cómo se llaman! Por ejemplo, la muchacha de la historia del perro que camina con solo las patas de adelante y arrastra las de atrás no tiene nombre. Sí tiene, me imagino, pero no lo sé. Entonces me pongo a pensar que quizás sea mejor así pero me confundo y pienso que está en otra historia, que es hija de Luis o de Manuel, o de Antonia o de Micaela. Y así se me van los minutos. Para tratar de asirlos recuerdo cómo hablan.

La manera en la que conversan los personajes es muy interesante. Dependiendo de dónde sean tienen ese acento que los hace únicos. Ya sé, arriba dije que casi nunca me enamoro de mis personajes pero de su forma de hablar sí. Algunos son más respetuosos que otros, más formales, o más parcos. Otros son más irreverentes, más vulgares o quizás les importa un pepino lo que piensen de ellos. Hace como un mes un amigo leyó un cuento mío. Era la primera vez que leía algo escrito por mí y me dijo que le chocó mucho ver groserías —insolencias, malas palabras, coños, hijos de puta, carajos y no jodas, pues— en mi texto, que nunca se imaginó que yo escribiría así. Le respondí que yo no las dije, que las dijo el personaje, que por el hecho de que yo generalmente no las use no quiere decir que mis personajes tengan que abstenerse de usarlas. ¿O acaso no es cierto? Se rio de mí. “Sabes a lo que me refiero, es tu voz”, me dijo. ¡No! No es mi voz, es la voz del personaje, del nuevo profesor que entró al aula y al comenzar a dar clase una abeja entró por la ventana del salón y picó a una de sus estudiantes, la cual era alérgica. En fin, sonreí molesta y le dije que estaba equivocado. ¿O acaso no sabe que hay que separar a la autora del narrador y los personajes? (Justo escribí al autor y lo cambié por la autora. ¡Qué pesada es la masculinidad impuesta!)

Al acento también se le suma el ser bilingüe. Me refiero a hablantes de español e inglés. Ya ven que soy una Latina Writer (realmente me gusta este label). El hecho de tener la necesidad de pertenecer a un grupo es algo, como diría mi medio yo, muy arrecho. Que no soy escritora de allá porque empecé a escribir aquí. —Antes me decían— que no soy escritora de aquí porque comencé a publicar sobre temas de allá, porque los personajes no están aquí, porque no son bilingües. Qué necedad con querer categorizarme. Me quejo pero luego pienso que de algo tienen que comer los críticos literarios. ¡Y yo soy crítica literaria también! (Ironías de la vida). Latina Writer it is, pues. (En el fondo no quiero escribir esas palabras en inglés en itálicas. ¡Las normas de edición, las normas de edición!). Mis personajes son de dónde quieren ser y hablan cómo les dé la gana hablar.

A una hace un tiempo la escuché decir “Fucking carajo”. ¡Fucking carajo! (¿Aquí habría que incluir uno o dos signos de exclamación?) Hablaba con su madre, con la que siempre se comunicaba en español pero quería gritar y decir fucking. Carajo también le venía bien para el momento de decepción por el que estaba atravesando. Entonces, me imagino, las dos palabras le salieron juntas como compañeras de lucha. No pude escribir una coma para separarlas pues la voz de ella no hizo una pausa. No dijo fucking y luego carajo como si intentara traducir el fucking con el carajo. Lo que hizo fue intensificar el valor del carajo usando el fucking como adjetivo. Muy inteligente la protagonista, ¿verdad?

Este texto debería ser un cuento, esa era mi intención, pero realmente es un manifiesto. No sé exactamente de qué trata el manifiesto. Quizás de los personajes. En el Diccionario de la Real Academia Española dice que un manifiesto es un, y cito, escrito en que se hace pública declaración de doctrinas, propósitos o programas, fin de cita. Aquí no hablo de doctrinas ni propósitos ni programas pero de todas formas me parece un manifiesto, o quizás un ensayo personal como esos que escribía Virginia Woolf y que tanto me gustan.

Cuando los personajes se dejan ver, algunas veces, los describo. La altura, la estructura ósea, el color de la piel, el tipo de pelo, la manera cómo visten, el tipo de lentes que llevan, en fin, si se dejan ver. Luego llego al café a escribir y me encuentro a uno o dos sentados, tomando un cappuccino o simplemente leyendo un libro. Quizás me atienden en el mostrador cuando voy a comprar un latte o se tropiezan conmigo cuando entro al baño o enchufo la computadora para poder escribir. Los personajes me persiguen, o nos perseguimos mutuamente. Es muy probable. El hecho es que cuando empiezo a redactar no sé adónde van ellos y a veces me fastidio o me pongo furiosa. Incluso algunos me dejan y no los vuelvo a ver. En esas ocasiones me siento abandonada. Antes pensaba que era porque no podía delinearlos perfectamente, pero ahora, después de haber escrito este ensayo, me doy cuenta que me pongo furiosa porque no los puedo controlar. Son, al fin y al cabo, pedazos de este mundo orgánico.

Con los nombres todavía enredados y confundida con acentos e historias compartidas, me levanto de la mesa, me dispongo a cerrar la computadora, calmada, porque vuelvo mañana a ver a los personajes una vez más, a los que quieran que los vea. Ya es tiempo de dejar ser.

 

NAIDA SAAVEDRA (Venezuela, 1979) es escritora de ficción, crítica literaria y docente. Ha publicado Vos no viste que no lloré por vos (2009), Hábitat (2013), Última inocencia (2013), En esta tierra maldita (2013) y Vestier y otras miserias (2015). Sus cuentos han aparecido en diversas antologías y revistas literarias. Saavedra posee un Ph.D. en Literatura Latinoamericana de la Florida State University y su investigación aborda la literatura Latinx, centrándose en los temas del desarraigo y la posmodernidad. En este momento estudia el New Latino Boom, movimiento literario en español propio de los Estados Unidos en el siglo XXI, sobre el cual escribió un libro de ensayo que será publicado en 2019 por El BeiSMan Press. Asimismo, su segundo libro de cuentos será publicado en 2019 por Suburbano Ediciones. Vive en Massachusetts, donde es investigadora y profesora de la Worcester State University.

Poemas de Silvia Goldman

 

llegar

 

las almohadas estaban correctas en la cama de su hijo corría el aire y las palabras la echaban de su boca el sueño perdía sus lamentos eran sudores bajando hasta el ombligo doblándole las ganas a quien no sabe qué es menos cuando se tapa la cara la levanta y el pañuelo en que se sienta ya no puede ni entornarle la boca naufraga dentro de sus sábanas unas gotitas caen desde el techo de estrellas luminosas son ojos rodando por el cuarto son peces esparcidos por la tierra de cuando en cuando entra a un largo pasillo y llega a las palabras

 

 ◊

 

dos poéticas

 

-debes quedarte observando el objeto llana y ferozmente

por ejemplo

observar la cebolla hasta la cutícula de su catáfila

hasta ese perro donde ya no se ladra

y esperar

a que pase un hombre y no le falte a otro hombre

y anticipar

que se besarán los hombros estos hombres

y despedirán

desde la prisa de su árbol

un ladrido en la piel que los enrama

y cuando tus ojos comiencen a buscarlos

y si una piedra los mueve todavía

empezar a comer sus oraciones

un cuchillo como una inclinación

un ángulo que disperse la raíz  

como lo hace la soledad sobre las formas

una forma de estar inclinado es un abismo

por ejemplo la parte de la noche es su pesadilla

por ejemplo las tardes son un ejemplo de lo que no

se debe decir en un poema sobre la tarde

-yo digo que no hay lenguaje en soledad

que las palabras no están en tu boca

hay que sacarlas de otros y esperar

sujetarse al cuello por donde pasa su hermosura

y en el medio de una sílaba sentarse y olvidar

la palabra

el cuello

el país natal

esto no suena bien decirse

sentado en la línea que cruza la lengua

olvidar la lengua

sentado en la lengua que surca la línea

arar la línea

escuchar lo partido en cada sílaba

echarse en esa herida

¿quién se parece

a tu palabra cuando la lame su mitad?

entre sílaba y sílaba

entre lo asido y lo dejado

un pájaro

un pico que comienza

a no poder hablar

un olvidar a medias

un alzarse porque hay que caminar

un alzarse si hay que caminar

 

Reseña del poemario De los peces la sed de Silvia Goldman.

Silvia Goldman, uruguaya, radicada en Estados Unidos desde hace quince años. Poemas y artículos académicos suyos han sido publicados en revistas literarias de Latinoamérica, Estados Unidos y Europa. En el 2008 publicó su primer libro de poemas titulado Cinco movimientos del llanto(Ediciones de Hermes Criollo, Montevideo). En el 2016, la editorial Cardboardhouse Press publicó No-one Rises Indifferent to Sorrow, una selección de los poemas contenidos en la primera sección de dicho libro y traducidos al inglés por Charlotte Whittle. Su poemario más reciente es De los peces la sed (Pandora/Lobo estepario, 2018). Es doctora en Estudios hispánicos por la Universidad de Brown y docente universitaria.

De los peces la sed

Silvia Goldman. Foto: Rafael Ortiz

 

por Juana Iris Goergen

De los peces la sed de Silvia Goldman
Chicago/Oaxaca: Pandora/Lobo estepario, 2018, 80 páginas, $10.00, ISBN 978-1940856353

La niña en la foto de portada que acompaña De los peces la sed, ha tiempo que no está. La niña en la ‘foto’ hecha de palabras que emerge en este poemario, ha tiempo que ha crecido, pero la esencia de estos procesos —el nacer, el desaparecer, el crecer— sólo es posible transmitirla o compartirla en toda su hondura y con un sentido pleno en la poesía contundente de este poemario que Sarli Mercado en su prólogo, denomina “río”.

Ciertamente como dijo el poeta, “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir….” Sin embargo, la voz lírica en este poemario enfoca no el proceso del pez que se mueve o se desliza nadando, sino la sed que en las primeras dos partes del poemario convive con lecturas: como en el poema “death does not do exchanges (Eli dixit)” (me decís que en los ojos vivos de Orfeo//quedaron atrapados los ojos muertos de Eurídice//y que en los ojos muertos de Eurídice todavía corre Orfeo vivo); con estados de ánimo: ejemplificado en poemas como “en una piel una niña” (la niña hecha nunca tomará la flor si no conoce a la niña//que se deshace en su piel sólo para conocerla) y en el poema “por qué me he vuelto fanática de las series de televisión” (porque algo le pasa al recuerdo con las series//se lo puede tocar con muchas palabras//menos con los ecos espinosos de su palabra origen); y con  sombras del pasado: en poemas contundentes como “madre” (se la unta sobre el brazo del herido//se la prende con el cuerpo que entra al mar//…se la pone en cajón// se guardan sus huidas); “manual de instrucciones para ser mama” (lo primero que tenés que saber es que no sirve de nada este manual// …lo más esencial de este manual//es que vas a tener que buscar la manera//de poder decir y escuchar tu nombre particular//repetírtelo una y otra vez), y el poderosísimo poema “lo que soy” (papá dice que soy una yegua). Tómense estos versos como muestra de un estilo depurado y conciso, de una escritura tan aguda como cristalina, que prescinde de adherencias innecesarias usando sólo el lirismo necesario para seguir leyendo con la sensación de estar siempre instalado en el corazón de lo que nos regala el Poema. No hay escapatoria sensorial y por eso estas dos partes hay que leerlas despacito, de a pasitos, tomando descansos entre un poema y otro. No es función de la literatura dar respuestas sino hacer preguntas y en De los peces la sed,  (I-yo me tomo tu sed  y II-miedo a decir agua sin peces) necesitamos tiempo para poder degustar a plenitud la sensación de que al cuestionarse a sí misma, la voz lírica nos cuestiona y nos deja en un proceso indagador de nuestras memorias más íntimas en un viaje cómplice a lo íntimo del ser.

La tercera parte del poemario III-eran pájaros como es indicado desde el título, va a levantar vuelo hasta mostrar la culminación de una estética entre el realismo y la meditación, dibujando los límites de la mirada de un sujeto lírico tamizado por la ternura: hacia un mundo que se levanta —de amantes, peces alados que en realidad son pájaros— (qué es lo que nuestras alas levantan//…si hoy no somos más que pájaros//y hacemos viento en la piel// para que los dedos sepan cuándo correr); por el amor: hacia un mundo nítido, de salidas profundas y superficie sólida —el amado, sujeto alado que aparece cargado de pájaros— (por eso los quiero cerca//tus pájaros//visitando el rumor// de mi mirada); y por la compasión: hacia sí mismo —el sujeto lírico vuelve la mirada compasiva hacia sí— (y me abro en las puertas// y hago varios recorridos hasta llegar a vos//…son la quietud y el movimiento// del agua en la única flor// erecta en la mesa.)

Así la fuerza catártica de la palabra alcanza a iluminar lo vivido, la huella del pasado contrasta con la tersura del presente, con lo tangible y lo incorpóreo del amor y la maternidad. En De los peces la sed, el liricismo que comienza desde el diseño de portada —hermosamente concebida por la poeta venezolana Oriette D’Angelo— nos recuerda el movimiento de las olas del mar, las ves venir y retirarse cargadas de espuma, una representación del mundo donde siempre esperamos ver los peces o los pájaros pero quedamos atrapados en los ojos de la niña que aprieta un perrito entre sus manos. De los peces la sed nos reclama, nos atrapa porque venimos de allí de ese ayer y ese ahora. La maestría poética de Silvia Goldman, es hacernos sentir prisioneros de un vaivén hipnótico, primigenio para luego permitirnos alzar vuelo. Como por arte de magia los peces encuentran su contrapartida en los pájaros. ¡Gracias Silvia Goldman por la creación de un espacio salvador posible!

 

Dos poemas de Silvia Goldman.

Juana Iris Goergen, DePaul University, (Puerto Rico). Poeta. Profesora de Literatura Latinoamericana en la Universidad San Vicente DePaul en Chicago. Es autora de los poemarios Nosotros los otros (1996) Between the Heart and the Land/Entre el corazón y la tierra (2001), y Mar en los huesos (2018), entre otros.

76: Funny Time of the Year

Chicago en enero de 2005

por José Ángel Navejas

 

Si bien gran parte del invierno en Chicago es sumamente frío, no es siempre intolerable. De hecho, en los últimos diez años, la percepción sobre el invierno en la ciudad se ha transformado. Ahora Chicago en invierno es una ciudad con un gran atractivo turístico, tanto que incluso durante los días más fríos se puede ver a la gente disfrutando un paseo, admirando la imponente arquitectura cubierta de hielo, los ubicuos adornos y luces navideñas que contrastan alegremente con los cielos grises; se puede ver a los turistas admirando el río congelado, patinado en la pista de hielo y tomándose fotos junto al enorme árbol de Millenium Park mientras un grupo de niños canta villancicos en el fondo. Chicago se ha convertido, en breve, en un verdadero wonderland invernal.

 

Muy distinta es la imagen que yo retengo de hace aproximadamente unos quince años, cuando la ciudad apenas comenzaba a reimaginarse y aspiraba a convertirse en el imán turístico que ahora es. En ese entonces, durante los fines de semana, pocas eran las personas recorriendo alegremente la Avenida Michigan los días de frío más intenso. Era difícil andar calle tras calle sin un lugar dónde refugiarse del viento que castigaba y laceraba el rostro como un endemoniado ejército de navajas; era difícil ver a alguien cruzando el puente que se tiende sobre el río, atravesándolo como alguien que atraviesa una extensa tundra, con la esperanza de encontrar una remota cabaña y ser invitado a sentarse en torno al fuego; era difícil ver a alguien, en un heroico acto de supervivencia, desafiar los elementos y recorrer trabajosamente las solitarias calles, calles que ahora están llenas de cafés atestados de turistas.

6 de marzo de 2018

José Ángel Navejas. Llegó a Chicago en 1993, donde ha vivido desde entonces. Su libro autobiográfico Illegal: Reflections of an Undocumented Immigrant (University of Illinois, 2014), aparecerá en traducción al español en 2019. En la actualidad es candidato a doctorado en literatura latinoamericana por la Universidad de Illinois en Chicago.

En el exilio

 

Tu vida en un sofá los viernes

por las noches apesta.

Despide un olor que sangra

la nariz e hincha el vientre.

 

Tú vida en un sofá en el quinto

día de la semana da lástima,

da risa y euforia que desemboca

en un ridículo que nadie menciona.

 

Tú vida nocturna en un sofá pudre

el relleno de ese asqueroso sofá

que huele a culos trasnochados

y hartos a copas derramadas

accidentalmente sobre sus cojines

transpirados.

 

Tú pobre vida en un sofá deja

un matiz más desgastado, interrogante,

desagradable, como cuando

mi perra depresión se cansa

y se tumba ahí nomas…

 

Alma Cervantes, “La Cervantes”, es escritora, promotora y provocadora textual… Ha participado en diversas actividades culturales y tiene un par de libros inéditos.

Las voces del corazón y de los vientos

Huberto Batis

por Humberto Gamboa

A mediados de 1960, dos jóvenes mexicanos, Huberto Batis y Carlos Valdés, se lanzaron a una empresa descabellada: la creación de una revista literaria. Lo hacían, dijeron, obligados por las circunstancias: por las dificultades de ver publicados sus propios trabajos. Era rarísimo, en aquella época, encontrar en México alguna revista o un suplemento cultural de algún diario que mostrara interés en promover a los nuevos valores. La literatura no era un tema de interés general, y quedaba relegada a una o dos paginitas, máximo. Además, las escasas publicaciones existentes no apostaban a lo inseguro, a los escritores en cierne. Huberto Batis y Carlos Valdés, sin recursos ni subsidios de ninguna especie, con una inexperiencia casi total de lo que era producir una revista, armados sólo de su entusiasmo, se dieron a tan ardua tarea. Para fines de ese año, 1960, circulaban ya los primeros 1000 ejemplares del número inicial de Cuadernos del Viento. Las letras volaban, impulsadas por el aliento de dos jóvenes.

La revista sobrevivió, casi milagrosamente, por espacio de siete años. Los ingenuos editores, que habían anunciado su propósito de —eventualmente— asignar un pago a sus colaboradores, nunca pudieron cumplirlo. La revista estuvo en crisis económica permanente. Todo era difícil: primero intentaron conseguir suscriptores y los únicos que aceptaban pagar la cuota anual de 50 pesos eran unos cuantos familiares, amigos y profesores. Consiguieron alguna publicidad (mil pesos por página) con instituciones de gobierno como Bellas Artes y la UNAM y algunas editoriales como ERA, Joaquín Mortiz y el Fondo de Cultura, y eso les ayudó a cimentar la parte económica de la revista. Recuerda Batis: “Vender una revista en las librerías es una ilusión. Nadie compraba revistas en las librerías. Para estar en puestos de periódicos debíamos tirar más de mil ejemplares y la Unión de Voceadores pedía un número gratis que ellos iban a vender sin pagarte nada”. Sin embargo, Carlos Valdés y Huberto Batis no desmayaban.

Huberto cuenta del propósito y nombre de la revista: “Publicamos poesía desde el primer número, pero lo que nos llamaba más la atención era la narrativa. Seguimos como modelo unir gente de todas las creencias, partidos, estéticas y rumbos, que no hubiera predilección de ninguna especie. Optamos por hacer una revista de jóvenes, abierta a todo. En Cuadernos del Viento empezamos incluso a publicar novelas por entregas, como se había usado en el siglo XIX… Nuestra revista se llamó Cuadernos del Viento. Debió haber sido Cuadernos al Viento porque queríamos decir: ‘que el viento nos lleve a todas partes’. Pensábamos ponerle Ehécatl, como se dice ‘viento’ en náhuatl, que hubiera sido peor todavía. Por suerte se impuso la cordura. Con todo este aprendizaje nos organizábamos en la imprenta de Manuel Marcué Pardiñas, donde se hacía Política, una revista muy crítica al presidente Díaz Ordaz”.

Aunque en términos económicos Cuadernos del Viento fue un desastre —cosa por demás inevitable, cuando el criterio que la regía estaba tan alejado de lo comercial— en el mejor sentido, en el único que debe prevalecer en la literatura —el artístico— fue y sigue siendo absolutamente admirable. Por Cuadernos del Viento desfilaron, además de los autores primerizos, incipientes, una gama de escritores importantes, algunos ya míticos como Julio Cortázar, Álvaro Mutis y Luis Cernuda. La Generación del 68, donde debemos incluir a Gustavo Sáinz, José Agustín y Parménides García Saldaña, tan luchadora y desprejuiciada, se formó en revistas como Cuadernos del Viento. Basta mencionar los tres títulos iniciadores en la carrera de estos tres autores para resaltar el buen ojo de los editores de Cuadernos: Gazapo (1965), De perfil (1966) y Pasto verde (1968). Los “chicos malos” de La Onda irrumpieron con sus voces relajientas y despertaron a las apolilladas conciencias. Juan Villoro ha declarado en varias ocasiones que el libro que lo hizo lector voraz (imprescindible para el que pretenda ser escritor) fue De perfil.

También las voces de la llamada Generación del Medio Siglo —que agrupaba, entre otros, a Rosario Castellanos, Emmanuel Carballo, Inés Arredondo, Carlos Fuentes, Sergio Pitol, Jaime Sabines y Vicente Leñero—, tan crucial para la cultura mexicana, pasó por las páginas ventoleras. Aquí cabe mencionar un detalle extraordinario y conmovedor que contaba Huberto Batis: ninguno quiso cobrar nunca nada por sus escritos, a pesar de algunas serias diferencias con varios de sus miembros. A Carlos y Huberto podía escasearles el dinero, pero les sobraban amigos. Quede esto como testimonio de que en este gremio tan dado a las envidias, rencillas, ninguneos y mezquindades, también puede haber demostraciones de solidaridad y desprendimiento.

Pero en algo sí que de plano se equivocaron los jóvenes editores: el ínfimo porcentaje de lectores con que comenzaron no aumentó mayormente en todo ese tiempo. La revista se leía, pero en círculos cerrados, más que nada universitarios. La utopía ya insinuada en el mismo título de la revista, de crear lectores a través de manuscritos que se llevaría el viento, nunca pasó de ser sólo eso: un deseo, una ilusión. Al final, la revista tuvo que cerrar sus puertas (o sus papeles volantes). La edición número 60, distribuida en los primeros meses de 1967, fue un epílogo de lujo de la gran aventura: apareció con colaboraciones de —entre otros— Juan García Ponce, José Carlos Becerra, Vicente Melo y José Emilio Pacheco, “los grandes cuates”, como los llamaba Huberto.

En 1984, Huberto Batis publicó su libro Lo que Cuadernos del Viento nos dejó (Editorial Diógenes), su memoria de aquellos años. Allí hace un recuento y un análisis somero de las experiencias alegres (y unas pocas tristes) vividas con sus amigos y colegas de la revista. Habla con desenfadado humor y nostalgia —nunca con amargura— de los que habían estado con él desde el comienzo, y de aquellos que se fueron sumando con el correr del tiempo. También de los que lo abandonaron, como su cuate Carlos Valdés.

En su libro, Huberto narra la salida de Valdés de esta manera: “Cuando terminó el primer año apareció una crítica de Juan Vicente Melo en la Revista Mexicana de Literatura que tituló irónicamente ‘Lo que el viento se llevó’. O sea, los Cuadernos se perdieron en la nada, el viento se los llevó, arrasó con todo. Decía que para qué hacíamos una revista de mil ejemplares cuando estábamos diciendo que el viento nos llevara. Melo pertenecía a ese grupo de la Revista Mexicana de Literatura, que para entonces dirigía García Ponce. Nos criticó ferozmente, pero desde el punto de vista elitista por publicar a artistas desconocidos y plebeyos (José Agustín y compañía). No es que fuéramos democráticos pero estábamos en contra de los grupos cerrados.”

Afligido por la burla de Melo, Carlos Valdés abandonó la revista —dice Batis—. Valdés trabajaba también en la Revista… y era muy sensible. No pudo soportar las risas de sus otros colegas. Eso ocurrió durante el segundo año de Cuadernos. Todavía dolido por la salida de su cuate del alma, Huberto decidió continuar. “Sentí mucha tristeza que no apareciera el nombre de mi compañero de aventura y lo mantuve un tiempo”. Con ayuda de Esther Seligson, la dirigió otros cinco años. Cuenta Batis: “Seguí haciendo Cuadernos del Viento y después me invitaron a la Revista Mexicana de Literatura, la que nos había criticado. Ahí éramos los exquisitos y nos permitíamos rechazar textos de escritores valiosísimos de todo el mundo. A mí me publicaban colaboraciones y traducciones”.

Durante una temporada, los dos fundadores de Cuadernos compartieron una vivienda. En su libro, Huberto cuenta algunas anécdotas muy divertidas con su amigo Carlos, como esto que sigue: “Al igual que yo, Valdés era un iluso. También muy fantasioso. Cuando vivíamos juntos abría la ventana y gritaba hacia la noche: ‘¡Te amo, te amo!’ ‘¡Mira, han contestado por ahí!’, decía. Pero lo que le contestaban era: ‘¡Chinga a tu madre, cabrón! ¡No estés chingando!’. Y en una ocasión me dijo: ‘Tocan la puerta. Debe ser La Inesperada. ¡Ah, Inesperada! Adelante, pase usted’. Y entró un fantasma y cerró la puerta. Y dijo: ‘Mira, ha llegado La Inesperada’. Y así un día llegó una mujer con la que se casó. Pero yo lo hice antes, y él se tuvo que cambiar al otro piso”.

Huberto Batis falleció hace apenas cuatro meses, el 22 de agosto de 2018, en Ciudad de México. Tenía 83 años de edad. Su hermano Carlos Valdés se le había adelantado en 1991, a los 63 años. Ambos eran originarios de Guadalajara, y se conocieron en una reunión en El Colegio de México, cuando los dos eran becarios de don Alfonso Reyes.

Los dos fundadores de Cuadernos del Viento tuvieron vidas buenas, largas y fecundas. Ambos fueron cuentistas. Carlos escribía también novela, y Huberto poesía y ensayo. El primer libro de Carlos Valdés, Ausencias (1955), lo publicó Juan José Arreola en su colección Los Presentes; su último, La Catedral abandonada ( CNCA, 1992) fue póstumo; hubo otros en ese lapso; trabajó por años en Revista de la Universidad, de la UNAM.

Durante 57 años, hasta 2015, Huberto Batis dio clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Además de la academia, Batis fue incansable difusor cultural. De 1984 a 2000 dirigió Sábado, el suplemento cultural de Unomásuno. En reconocimiento, en 2001 recibió el Premio Periodismo Cultural Fernando Benítez que otorga la Feria Internacional del Libro (FIL) en Guadalajara. Escribió trece libros aparte de Lo que Cuadernos del Viento nos dejó. Vale mencionar dos títulos: Estética de lo obsceno y otras exploraciones pornotópicas (1983) y Amor por Amor. Leopold y Wanda Sacher-Masoch (2003), que revelan el espíritu lúdico y travieso de Huberto Batis y que seguro espantarán a los gazmoños. Huberto nunca me perdonaría olvidarme de estos libros.

(Ciudad de los Vientos, Navidad 2018)  

 

Las ‘Voces en el viento’ de John Barry

Posdata: Edward Sachs y John Barry en la memoria

(A un año de la muerte de John)

No recuerdo la fecha exacta, pero debe haber sido en 1982 cuando conocí a John Barry. Ese día, yo estaba en la ya desaparecida Librería Europa conversando con mi amigo Edward Sachs, cuando vimos entrar a un hombre de ojos claros y sonrientes que nos saludó muy afable. Edwards era todo un personaje, un gran viejo que había visto mucho mundo. Cultísimo, se desempeñaba entonces como agente literario de un centenar de escritores. Judío liberal, en su juventud (la década de los 50) había sufrido la persecución macartista, por su forma de pensar, y mantenía un saludable escepticismo hacia la política de su país, Estados Unidos.

Eran los años reaganianos, y a Edward Sachs le indignaba y le enardecía el apoyo que este país continuaba brindando a las dictaduras de Centro y Sud- América. En 1967 había viajado a Cuba y, en calidad de periodista, había logrado entrevistar a Hilda Gadea, la viuda del Che Guevara. Edward lamentaba la ignorancia y desdén de su país por la historia y las literaturas de América Latina, y me contaba de un discurso que Carlos Fuentes había pronunciado por aquellos días en defensa del pueblo de Nicaragua. De eso hablábamos Edward Sachs y yo, aquella tarde soleada de verano, mientras John Barry curioseaba por las mesas y estantes de la librería Europa.

—Perdonen que los interrumpa —nos dijo John en algún momento— pero no pude evitar escuchar la conversación, que me parece muy interesante. Me llamo John Barry y enseño en una universidad. A mí también me preocupa mucho la situación actual (todo Centroamérica estaba en llamas), que parece no tener fin. Y en lo que respecta a la literatura, también estoy de acuerdo en que hay una gran ignorancia sobre el tema. Acostumbro utilizar textos de Julio Cortázar, del mismo Fuentes y de otros grandes escritores en mis clases y observo que por lo regular mis estudiantes, a pesar de que son de posgrado, apenas los están descubriendo.

Era de una enorme simpatía el profesor Barry. Recuerdo bien aquella tarde porque Edward Sachs, casi siempre huraño, irónico y reacio a entablar nuevas amistades, quedó encantado. Se soltaron hablando de literatura y política con fervor inusitado. Se habló de poetas vinculados a las luchas de sus pueblos, de las muertes trágicas de Roque Dalton y García Lorca, y de un Neruda agonizante en aquel otro Septiembre negro. Los nombres de García Márquez y de Borges, tan caros a los ojos de ambos, salieron a relucir. John sostenía, emocionado, que la mejor literatura de esos años se estaba escribiendo en español. “Ni siquiera en Europa —decía— se podía haber concebido una obra como Cien años de soledad”. Edward hablaba de Borges y de su traducción de los poemas de Hojas de Hierba de Walt Whitman. Para mí, espectador sólamente, fue una tarde espléndida. Tenía ante mí a dos apasionados de la vida y la lectura.

Ahora, veintidós años después, recuerdo ese casual encuentro con nostalgia y un profundo agradecimiento. Fue el inicio de otra gran amistad (John), que me colmó de orgullo y que me trajo enormes satisfacciones. Haber conocido a dos seres tan luminosos y buenos como John Barry y Edward Sachs, y haberme granjeado sus simpatías, lo considero uno de esos privilegios que da la vida. A veces los dioses se distraen, y sin querer nos regalan sus mejores ángeles.

En 1986, desgarrado por la muerte de su compañera, falleció Edward Sachs. De esa mujer dulce y sensible que fue Elizabeth Newton-Sachs, que escribía delicada poesía a ocultas, por las noches, Edward llegó a afirmar que era “la más grande poeta que nadie conoce”. Y juraba que aquella certeza no provenía de su profundo amor por ella, sino de su olfato de buen crítico literario que nunca lo abandonaba. Yo rescaté del olvido, y aún conservo, algunos de aquellos poemas. Contaré hoy cómo llegaron a mis manos: una de aquellas noches, ya por concluir la jornada y cerrar la librería, se apareció Elizabeth. Parecía algo nerviosa, y vi que traía un sobre grande, amarillo, entre sus manos. Con una sonrisa y un apresurado saludo, venciendo su proverbial timidez, me alargó aquello y me dijo: “Lee esto que escribí para ti y tu mujer, por ese cariño que nos dan a mí y a Edward. Quieren ser un homenaje a Neruda”. Y salió volando. Ni siquiera alcancé a darle las gracias. Abrí el sobre. Contenía un delgado fólder amarillo con varias hojas escritas a máquina. En el fólder podía leerse, escrito a mano y en pésimo español, algo que debía ser un título: “Veinte Poemas y Uno Bicioso” (Elizabeth quiso decir Veinte poemas y un gruñido. Como no hablaba español, debe haber consultado un diccionario malón para traducir “snarl”. Gajes del oficio). Con su gran sentido de humor, Elizabeth convirtió a la nerudiana “canción desesperada” en un simple gruñido. Aquella noche leí repetidas veces el puñado de poemas, descubriendo toda la gracia, la ternura y la sabiduría que escondía tan bien aquella frágil mujer. No exageraba el buen Edward: su compañera era Poeta con mayúscula.

Con John tuve la suerte de convivir mucho más tiempo. Con tan buenos comienzos, nuestra amistad no pudo más que crecer. Como el excelente profesor de literatura que fue toda su vida, a John le gustaba pasar seguido por la librería, buscando novedades literarias que ofrecer a sus alumnos. Muy pronto, conversando, descubrimos que teníamos dos amigos en común: un chileno, Alejandro Ferrer, y el colombiano Alfonso Díaz; un par de locos geniales, mentirosos irredentos. Con estos granujas formamos una hermandad como la de los Mosqueteros, con John en el rol de D’Artagnan (el bueno). Cómplices en andanzas, sosteníamos conversaciones maratónicas divertidísimas. Cuando en 1988 le dije adiós a la librería Europa (en Chicago) para fundar con los dos Carlos (Cabrera y Heredia) la librería Tres Américas, estos tres alegres compadres fueron los primeros en manifestar su entusiasmo con un proyecto tan desquiciante y utópico como abrir una tienda de libros en español.

En 1990, a raíz de una improvisada convocatoria que hicimos en la librería, dirigida sobre todo a la comunidad latina de Chicago, para participar en una lectura en voz alta de poemas y cuentos en español, que fueran de su propia autoría, surgió otra idea todavía más alocada: crear una revista cultural que fuera totalmente escrita en español. Auspiciada en buena parte por la librería Tres Américas, una docena de entusiastas, aglutinados sólo por los afectos, con escasos o nulos conocimientos de lo que era la edición, se propuso lanzar una publicación que incluyera la poesía, el cuento, el ensayo, la entrevista, la reseña de libros y, en menor medida, las artes plásticas. Para ir formando lectores (tan escasos siempre) aquellos atrevidos decidieron crear hasta un “suplemento para niños”. John Barry, como siempre, abrazó el proyecto con ganas. En todos los números de tres américas, revista cultural aparece su nombre. En sus páginas se leen notables ensayos suyos, como el referente a Changó el gran Putas, del escritor colombiano Manuel Zapata Olivella, uno de los primerísimos textos publicados sobre la cultura negrista en América Latina; y el dedicado a la compleja novela de José Emilio Pacheco, Morirás lejos.

La tarea que John Barry se impuso como difusor cultural en Chicago no tiene parangón. Fue el primero en creer en el valor artístico de lo que se venía publicando en tres américas y en otras revistas locales, como Fe de erratas. En base a ello elaboró su libro Voces en el Viento. Nuevas Ficciones desde Chicago, publicado por Ediciones Esperante en 1999. Aquí cabe resaltar una característica de John que lo hizo entrañable a sus amigos, pero blanco de ataque de algunos soberbios: su generosidad. A veces suavizaba tanto su crítica, por no herir demasiado a los incipientes escritores, que era malinterpretado como débil de carácter. Quizás no todos los textos incluidos en Voces en el Viento valgan una segunda lectura, pero ¿cual antología es perfecta? Lo triste es que algunas de las críticas más duras brotaron de los mismos incluidos.

Pero espíritus quijotescos como el de John no tiemblan ante posibles naufragios ni conocen la amargura. Después de ese libro comenzó otro, con la misma convicción de que en Chicago se está escribiendo buena prosa en español. En este empeño lo sorprendió la muerte. Hace un año exacto, a escasos días por nacer su hija Carla. Que los dioses pueden ser a veces crueles, ya lo sabíamos. Pero dolió hasta el alma oír la voz del amigo perdiéndose en el viento. Para mitigar nuestro desconsuelo Verónica Esteban, su esposa, con estoicismo admirable, ha rescatado el eco de esa voz de nuestro querido John. Hoy (22 de sept. de 2004) nos presenta la obra que ocupara los últimos días de John: En el Ojo del Viento: Ficción Latina del Heartland. Tenemos que agradecerle a Verónica su devoción por John, y su esfuerzo sobrehumano por concluir su último proyecto. Es un bello epílogo a una vida tan colmada de lo bueno como la de John Barry.

 

(Texto leído el 22 de septiembre de 2004 en Roosevelt University)

Humberto Gamboa. Nació en Durango, en la navidad de 1954, en un pueblito llamado La Purísima, localizado a 50 kilómetros de Santiago Papasquiaro, la cuna de los Revueltas. La primera vez que oí de esa familia debe haber sido en 1962, durante una de mis frecuentes vistas a Santiago, donde mi hermano Fidel estudiaba su secundaria. Caminando un día por esas calles con mi madre, descubrí, incrustada en la pared de una casa que lucía pobre y abandonada, una vieja plaquita donde aún podía leerse: “Aquí nacieron los Revueltas, orgullo de México y del Mundo”. En agosto de 1968, cuando me fui a estudiar a la Ciudad de Durango fue cuando realmente caí en cuenta de la enorme importancia de José Revueltas. El Movimiento Estudiantil había llegado a la provincia y Durango estaba, como el resto del país, convulsionado. Su nombre estaba en boca de los manifestantes y en los diarios. Después de Tlatelolco, muchos jóvenes comenzamos a leer con fervor a José Revueltas. Durante 33 años, Gamboa fue librero (6 en la librería Europa y 27 en Tres Américas) y, al mismo tiempo, durante 10 años se dedicó a escribir reseñas de libros y entrevistas en la revista Tres Américas y en el semanario ¡Éxito!

The flowering of writer Marc Zimmerman and his border stories

 

Marc Zimmerman presenting The Short of it All in California. Foto Courtesy

by Antonio Zavala

Writer and professor emeritus Marc Zimmerman has led a life that could easily be the envy of many. He has travelled widely in Europe, Mexico and Central America, has had a successful career as a professor and critic and now, in his sunset years, he has bloomed into a prolific author who has penned and published five books in the span of three years, an amazing feat by any standard when you consider most authors write a book every two or three years.

So what drives Zimmerman? Mostly time. He is 79 years-old and feels he still has a lot to say and has stories to tell based on experiences accumulated during a lifetime.

His latest book is Sandino on the Border, published this year by Floricanto Press, and it consists of a collection of stories that crisscross the borders between the United States, Mexico and Nicaragua.

The new book tells the story of Ben, Helena, their son David and Helena’s son by a former marriage, Dino. The action is a tug of war between the characters who try to hold on to a semblance of family life despite the many challenges they encounter.

For example, Helena tries to rescue her son Dino, who is taken to Nicaragua by his father and ex-husband Rolando. And in the meantime, Helena and Ben are at odds with each other as she decides to pursue her education at a university rather than become an average housewife as Ben pursues his career.

The stories are told in different voices, not by a single narrator, so we learn from and empathize with each character as they, in their own voice, tell us their stories.

One story that is in the category of the best that literature can offer is called “Mela”. This story, as written, rises to the category of art.

Mela, short for Carmela, is Helena’s sister, she is the black sheep of the family, she lives in Nicaragua. And has a son, Raimundo, out of wedlock. She eventually goes to live first in Mexico City, then to Ensenada, Baja California, and later on to Los Angeles.

Raimundo, now grown, goes from job to job barely surviving. Soon his wife leaves him and it is up to Mela to work, sacrifice herself and take care of her grandchildren. I won’t spoil the ending for you but this story shows Zimmerman has an eye for the tragic and dramatic also.

The book is illustrated by Carlos Berberena de la Rocha, a Nicaraguan artist based in Chicago.

Zimmerman’s prior book, which Floricanto Press published this year also, is called The Short of It All: Dreams and Scenes of Memoir Fiction.

This book is a retelling in the form of short stories of the writer’s fears, dreams and memories from his childhood to his adult life. It goes through the complexity of relationships, fears that haunt him and dreams that keep recurring in his life.

Before that, the hard-working author published in 2017 The Italian Daze, both in an English and in an Italian version.

This book deals with scenes, memories and situations from a first marriage to an Italian woman. It recounts travels through Europe and through Mexico.

In 2017 the writer also published, with Floricanto Press, Lines on the Border, a book about working, living and loving life in the San Diego-Tijuana border area. The protagonist is a Jewish American who pursues his academic career.

The main character works and studies on the American side but eventually goes on to explore how life is lived on the other side. He eventually marries a Nicaraguan woman.

In 2016, the writer published, through his company La Casa Books, a collection of short stories titled Martin and Marvin. This book was reviewed here in El BeiSMan when it first came out so I won’t go into detail about this book.

Suffice to say that some of the stories take place in Chicago and as well as in other places, including Italy.

For the record Zimmerman is best known as professor emeritus of Latin American and Latino Studies at the University of Illinois at Chicago (UIC) as well as a former professor of Spanish and World Cultures at the Department of Modern and Classical Languages at the University of Houston, in Texas.

He is also a former coordinator of the Rafael Cintron Latino Cultural Center at the University of Illinois at Chicago (UIC) and is well known in academic and Latino literary circles across the country after teaching and lecturing in several universities.

Above else he has been a constant supporter of Latino and Chicano Literature with published articles in many venues.

In 2004 he returned to what he loves best, writing, and published in that year The Store of Stories, his first book.

During an online interview I took the opportunity to ask the writer some questions in order to learn more about him and his work.

Where were you born?

Newark, New Jersey, Beth Israel Hospital, like Philip Roth and I believe Amir Baraka (LeRoy Jones). You can’t keep my New Jersey/NY Jewish roots out of anything I write, Buti left that world behind at l9, moving to California and living more and more in relation to the Italian American, Afro-American and above all the Mexican and Latin American/ Chicano and Latino worlds around me.

What is memoir fiction? And is this the genre you work best in?

Memoir fiction is fiction based on memories but pulled in the direction of fiction by the force of fictional, thematic and aesthetic concerns. Memoirs are fictions really. Who can remember exactly what happened? Memoir fiction is more honest—we inevitably vary from what happened even as we try to portray “the real.” Of course, I also record what I dream and then twist the dreams into fiction as well, as in the case of one of my best stories, “The Sculpture”, which appears first in Martin and Marvin, and then again as one of the several dream-based fictions in The Short of it All: Dreams and Scenes of Memoir Fiction. In a sense my goal has been similar to that of Karl Ove Knausgård who has detailed his life in six dense volumes. But unlike Knausgard, I feel the need to shape things into stories, to find closure and give them form. Harder for me to write a novel, but I try to write novel-like fiction/memoir collections that achieve the kind of overall unity and are almost, if not quite, novels.

Why did you wait until a few years ago to start your writing career in earnest?

Well, I never stopped writing fiction completely. I hold a B.A. and M.A. in creative writing, mainly playwriting. But the complications of my life made it hard for me to write. And my first published collection, Stores of Winter, features the six best stories of my first 60-plus years. But when I wrote the final story, The Uninvited, I knew that even late in life I still had the juice to write, even though I knew I’d have to put in long hours to retool my work. I knew I had only so many years, and I decided to try to leave as complete a fictional record of my experience as time allowed.

I actually stopped last year, deciding to edit what I’d written and try to get it out before it was too late. I dread the thought that I’ll leave so much of my life on my computer without getting out. But I want to emphasize that this is not a fully narcissistic project. I always try to project events bigger than me, often focused on others who are not me—incredible wonderful people I’ve met and have become close with too, as well as people who have hurt me and others. Of course, the biggest part of my life has been my movement from my Jewish-American background, to a concern with African American and then, above all, Latin American and Latino experience. I have so much more to edit and so much more to get out (including my 30 plus years of Puerto Rican experience, but also including my Italian/Italian American and Mexican experience, so primary in what I’m living now. Among my yet to appear volumes are ones about my Jewish childhood and adolescence, the complete stories of my three marriages, a collection and probably two of stories about my academic life.

Did you postpone writing your stories in lieu of holding a 9 to 5 job/career and now that you have more free time you are finally writing your stories and books?

OF course, the fact that I retired as professor has given me considerable time but there are also the psychological problems that kept me blocked for years. I still have all kinds of psychological. family and personal problems, but I’ve finally had the time and focus to put my work into literary form without experiencing so much pain and trauma.

What is your writing routine like? Where do you write and during what time of the day or night?

I write best now in the morning when I have more energy and more silence in the house. At a certain point, life takes over and the day slips away. If I fail to write in the morning, I suffer during the day and try to compensate later. But as time advances, I need more time to do less, and I’m usually too tired at night to write well.

What advice would you give young writers? To not waste time and write each day?

Start early and refuse to give it up, be ready to sacrifice much without knowing if any one will ever recognize your work. Read all you can of past and contemporary fiction. But don’t just read fiction as many writers do. Keep one more foot or more in the world but try to look at them in depth. Try to link the personal with the general, the local with the national and international. Get an agent and editor as soon as you can. if you wait as I did, it’s hard. No agent wants to take up the work of an old man who may die before producing the one book that might bring interest in all he’s written before.

Antonio Zavala is a journalist and a writer and the author of Pale Yellow Moon, a fiction collection of 15 short stories. He has an upcoming book in Spanish titled Memorias de Pilsen which is a non-fiction narrative of the struggles in Pilsen in the 70s and 80s.