Poemas de Silvia Goldman

 

llegar

 

las almohadas estaban correctas en la cama de su hijo corría el aire y las palabras la echaban de su boca el sueño perdía sus lamentos eran sudores bajando hasta el ombligo doblándole las ganas a quien no sabe qué es menos cuando se tapa la cara la levanta y el pañuelo en que se sienta ya no puede ni entornarle la boca naufraga dentro de sus sábanas unas gotitas caen desde el techo de estrellas luminosas son ojos rodando por el cuarto son peces esparcidos por la tierra de cuando en cuando entra a un largo pasillo y llega a las palabras

 

 ◊

 

dos poéticas

 

-debes quedarte observando el objeto llana y ferozmente

por ejemplo

observar la cebolla hasta la cutícula de su catáfila

hasta ese perro donde ya no se ladra

y esperar

a que pase un hombre y no le falte a otro hombre

y anticipar

que se besarán los hombros estos hombres

y despedirán

desde la prisa de su árbol

un ladrido en la piel que los enrama

y cuando tus ojos comiencen a buscarlos

y si una piedra los mueve todavía

empezar a comer sus oraciones

un cuchillo como una inclinación

un ángulo que disperse la raíz  

como lo hace la soledad sobre las formas

una forma de estar inclinado es un abismo

por ejemplo la parte de la noche es su pesadilla

por ejemplo las tardes son un ejemplo de lo que no

se debe decir en un poema sobre la tarde

-yo digo que no hay lenguaje en soledad

que las palabras no están en tu boca

hay que sacarlas de otros y esperar

sujetarse al cuello por donde pasa su hermosura

y en el medio de una sílaba sentarse y olvidar

la palabra

el cuello

el país natal

esto no suena bien decirse

sentado en la línea que cruza la lengua

olvidar la lengua

sentado en la lengua que surca la línea

arar la línea

escuchar lo partido en cada sílaba

echarse en esa herida

¿quién se parece

a tu palabra cuando la lame su mitad?

entre sílaba y sílaba

entre lo asido y lo dejado

un pájaro

un pico que comienza

a no poder hablar

un olvidar a medias

un alzarse porque hay que caminar

un alzarse si hay que caminar

 

Reseña del poemario De los peces la sed de Silvia Goldman.

Silvia Goldman, uruguaya, radicada en Estados Unidos desde hace quince años. Poemas y artículos académicos suyos han sido publicados en revistas literarias de Latinoamérica, Estados Unidos y Europa. En el 2008 publicó su primer libro de poemas titulado Cinco movimientos del llanto(Ediciones de Hermes Criollo, Montevideo). En el 2016, la editorial Cardboardhouse Press publicó No-one Rises Indifferent to Sorrow, una selección de los poemas contenidos en la primera sección de dicho libro y traducidos al inglés por Charlotte Whittle. Su poemario más reciente es De los peces la sed (Pandora/Lobo estepario, 2018). Es doctora en Estudios hispánicos por la Universidad de Brown y docente universitaria.

De los peces la sed

Silvia Goldman. Foto: Rafael Ortiz

 

por Juana Iris Goergen

De los peces la sed de Silvia Goldman
Chicago/Oaxaca: Pandora/Lobo estepario, 2018, 80 páginas, $10.00, ISBN 978-1940856353

La niña en la foto de portada que acompaña De los peces la sed, ha tiempo que no está. La niña en la ‘foto’ hecha de palabras que emerge en este poemario, ha tiempo que ha crecido, pero la esencia de estos procesos —el nacer, el desaparecer, el crecer— sólo es posible transmitirla o compartirla en toda su hondura y con un sentido pleno en la poesía contundente de este poemario que Sarli Mercado en su prólogo, denomina “río”.

Ciertamente como dijo el poeta, “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir….” Sin embargo, la voz lírica en este poemario enfoca no el proceso del pez que se mueve o se desliza nadando, sino la sed que en las primeras dos partes del poemario convive con lecturas: como en el poema “death does not do exchanges (Eli dixit)” (me decís que en los ojos vivos de Orfeo//quedaron atrapados los ojos muertos de Eurídice//y que en los ojos muertos de Eurídice todavía corre Orfeo vivo); con estados de ánimo: ejemplificado en poemas como “en una piel una niña” (la niña hecha nunca tomará la flor si no conoce a la niña//que se deshace en su piel sólo para conocerla) y en el poema “por qué me he vuelto fanática de las series de televisión” (porque algo le pasa al recuerdo con las series//se lo puede tocar con muchas palabras//menos con los ecos espinosos de su palabra origen); y con  sombras del pasado: en poemas contundentes como “madre” (se la unta sobre el brazo del herido//se la prende con el cuerpo que entra al mar//…se la pone en cajón// se guardan sus huidas); “manual de instrucciones para ser mama” (lo primero que tenés que saber es que no sirve de nada este manual// …lo más esencial de este manual//es que vas a tener que buscar la manera//de poder decir y escuchar tu nombre particular//repetírtelo una y otra vez), y el poderosísimo poema “lo que soy” (papá dice que soy una yegua). Tómense estos versos como muestra de un estilo depurado y conciso, de una escritura tan aguda como cristalina, que prescinde de adherencias innecesarias usando sólo el lirismo necesario para seguir leyendo con la sensación de estar siempre instalado en el corazón de lo que nos regala el Poema. No hay escapatoria sensorial y por eso estas dos partes hay que leerlas despacito, de a pasitos, tomando descansos entre un poema y otro. No es función de la literatura dar respuestas sino hacer preguntas y en De los peces la sed,  (I-yo me tomo tu sed  y II-miedo a decir agua sin peces) necesitamos tiempo para poder degustar a plenitud la sensación de que al cuestionarse a sí misma, la voz lírica nos cuestiona y nos deja en un proceso indagador de nuestras memorias más íntimas en un viaje cómplice a lo íntimo del ser.

La tercera parte del poemario III-eran pájaros como es indicado desde el título, va a levantar vuelo hasta mostrar la culminación de una estética entre el realismo y la meditación, dibujando los límites de la mirada de un sujeto lírico tamizado por la ternura: hacia un mundo que se levanta —de amantes, peces alados que en realidad son pájaros— (qué es lo que nuestras alas levantan//…si hoy no somos más que pájaros//y hacemos viento en la piel// para que los dedos sepan cuándo correr); por el amor: hacia un mundo nítido, de salidas profundas y superficie sólida —el amado, sujeto alado que aparece cargado de pájaros— (por eso los quiero cerca//tus pájaros//visitando el rumor// de mi mirada); y por la compasión: hacia sí mismo —el sujeto lírico vuelve la mirada compasiva hacia sí— (y me abro en las puertas// y hago varios recorridos hasta llegar a vos//…son la quietud y el movimiento// del agua en la única flor// erecta en la mesa.)

Así la fuerza catártica de la palabra alcanza a iluminar lo vivido, la huella del pasado contrasta con la tersura del presente, con lo tangible y lo incorpóreo del amor y la maternidad. En De los peces la sed, el liricismo que comienza desde el diseño de portada —hermosamente concebida por la poeta venezolana Oriette D’Angelo— nos recuerda el movimiento de las olas del mar, las ves venir y retirarse cargadas de espuma, una representación del mundo donde siempre esperamos ver los peces o los pájaros pero quedamos atrapados en los ojos de la niña que aprieta un perrito entre sus manos. De los peces la sed nos reclama, nos atrapa porque venimos de allí de ese ayer y ese ahora. La maestría poética de Silvia Goldman, es hacernos sentir prisioneros de un vaivén hipnótico, primigenio para luego permitirnos alzar vuelo. Como por arte de magia los peces encuentran su contrapartida en los pájaros. ¡Gracias Silvia Goldman por la creación de un espacio salvador posible!

 

Dos poemas de Silvia Goldman.

Juana Iris Goergen, DePaul University, (Puerto Rico). Poeta. Profesora de Literatura Latinoamericana en la Universidad San Vicente DePaul en Chicago. Es autora de los poemarios Nosotros los otros (1996) Between the Heart and the Land/Entre el corazón y la tierra (2001), y Mar en los huesos (2018), entre otros.

76: Funny Time of the Year

Chicago en enero de 2005

por José Ángel Navejas

 

Si bien gran parte del invierno en Chicago es sumamente frío, no es siempre intolerable. De hecho, en los últimos diez años, la percepción sobre el invierno en la ciudad se ha transformado. Ahora Chicago en invierno es una ciudad con un gran atractivo turístico, tanto que incluso durante los días más fríos se puede ver a la gente disfrutando un paseo, admirando la imponente arquitectura cubierta de hielo, los ubicuos adornos y luces navideñas que contrastan alegremente con los cielos grises; se puede ver a los turistas admirando el río congelado, patinado en la pista de hielo y tomándose fotos junto al enorme árbol de Millenium Park mientras un grupo de niños canta villancicos en el fondo. Chicago se ha convertido, en breve, en un verdadero wonderland invernal.

 

Muy distinta es la imagen que yo retengo de hace aproximadamente unos quince años, cuando la ciudad apenas comenzaba a reimaginarse y aspiraba a convertirse en el imán turístico que ahora es. En ese entonces, durante los fines de semana, pocas eran las personas recorriendo alegremente la Avenida Michigan los días de frío más intenso. Era difícil andar calle tras calle sin un lugar dónde refugiarse del viento que castigaba y laceraba el rostro como un endemoniado ejército de navajas; era difícil ver a alguien cruzando el puente que se tiende sobre el río, atravesándolo como alguien que atraviesa una extensa tundra, con la esperanza de encontrar una remota cabaña y ser invitado a sentarse en torno al fuego; era difícil ver a alguien, en un heroico acto de supervivencia, desafiar los elementos y recorrer trabajosamente las solitarias calles, calles que ahora están llenas de cafés atestados de turistas.

6 de marzo de 2018

José Ángel Navejas. Llegó a Chicago en 1993, donde ha vivido desde entonces. Su libro autobiográfico Illegal: Reflections of an Undocumented Immigrant (University of Illinois, 2014), aparecerá en traducción al español en 2019. En la actualidad es candidato a doctorado en literatura latinoamericana por la Universidad de Illinois en Chicago.

En el exilio

 

Tu vida en un sofá los viernes

por las noches apesta.

Despide un olor que sangra

la nariz e hincha el vientre.

 

Tú vida en un sofá en el quinto

día de la semana da lástima,

da risa y euforia que desemboca

en un ridículo que nadie menciona.

 

Tú vida nocturna en un sofá pudre

el relleno de ese asqueroso sofá

que huele a culos trasnochados

y hartos a copas derramadas

accidentalmente sobre sus cojines

transpirados.

 

Tú pobre vida en un sofá deja

un matiz más desgastado, interrogante,

desagradable, como cuando

mi perra depresión se cansa

y se tumba ahí nomas…

 

Alma Cervantes, “La Cervantes”, es escritora, promotora y provocadora textual… Ha participado en diversas actividades culturales y tiene un par de libros inéditos.

Las voces del corazón y de los vientos

Huberto Batis

por Humberto Gamboa

A mediados de 1960, dos jóvenes mexicanos, Huberto Batis y Carlos Valdés, se lanzaron a una empresa descabellada: la creación de una revista literaria. Lo hacían, dijeron, obligados por las circunstancias: por las dificultades de ver publicados sus propios trabajos. Era rarísimo, en aquella época, encontrar en México alguna revista o un suplemento cultural de algún diario que mostrara interés en promover a los nuevos valores. La literatura no era un tema de interés general, y quedaba relegada a una o dos paginitas, máximo. Además, las escasas publicaciones existentes no apostaban a lo inseguro, a los escritores en cierne. Huberto Batis y Carlos Valdés, sin recursos ni subsidios de ninguna especie, con una inexperiencia casi total de lo que era producir una revista, armados sólo de su entusiasmo, se dieron a tan ardua tarea. Para fines de ese año, 1960, circulaban ya los primeros 1000 ejemplares del número inicial de Cuadernos del Viento. Las letras volaban, impulsadas por el aliento de dos jóvenes.

La revista sobrevivió, casi milagrosamente, por espacio de siete años. Los ingenuos editores, que habían anunciado su propósito de —eventualmente— asignar un pago a sus colaboradores, nunca pudieron cumplirlo. La revista estuvo en crisis económica permanente. Todo era difícil: primero intentaron conseguir suscriptores y los únicos que aceptaban pagar la cuota anual de 50 pesos eran unos cuantos familiares, amigos y profesores. Consiguieron alguna publicidad (mil pesos por página) con instituciones de gobierno como Bellas Artes y la UNAM y algunas editoriales como ERA, Joaquín Mortiz y el Fondo de Cultura, y eso les ayudó a cimentar la parte económica de la revista. Recuerda Batis: “Vender una revista en las librerías es una ilusión. Nadie compraba revistas en las librerías. Para estar en puestos de periódicos debíamos tirar más de mil ejemplares y la Unión de Voceadores pedía un número gratis que ellos iban a vender sin pagarte nada”. Sin embargo, Carlos Valdés y Huberto Batis no desmayaban.

Huberto cuenta del propósito y nombre de la revista: “Publicamos poesía desde el primer número, pero lo que nos llamaba más la atención era la narrativa. Seguimos como modelo unir gente de todas las creencias, partidos, estéticas y rumbos, que no hubiera predilección de ninguna especie. Optamos por hacer una revista de jóvenes, abierta a todo. En Cuadernos del Viento empezamos incluso a publicar novelas por entregas, como se había usado en el siglo XIX… Nuestra revista se llamó Cuadernos del Viento. Debió haber sido Cuadernos al Viento porque queríamos decir: ‘que el viento nos lleve a todas partes’. Pensábamos ponerle Ehécatl, como se dice ‘viento’ en náhuatl, que hubiera sido peor todavía. Por suerte se impuso la cordura. Con todo este aprendizaje nos organizábamos en la imprenta de Manuel Marcué Pardiñas, donde se hacía Política, una revista muy crítica al presidente Díaz Ordaz”.

Aunque en términos económicos Cuadernos del Viento fue un desastre —cosa por demás inevitable, cuando el criterio que la regía estaba tan alejado de lo comercial— en el mejor sentido, en el único que debe prevalecer en la literatura —el artístico— fue y sigue siendo absolutamente admirable. Por Cuadernos del Viento desfilaron, además de los autores primerizos, incipientes, una gama de escritores importantes, algunos ya míticos como Julio Cortázar, Álvaro Mutis y Luis Cernuda. La Generación del 68, donde debemos incluir a Gustavo Sáinz, José Agustín y Parménides García Saldaña, tan luchadora y desprejuiciada, se formó en revistas como Cuadernos del Viento. Basta mencionar los tres títulos iniciadores en la carrera de estos tres autores para resaltar el buen ojo de los editores de Cuadernos: Gazapo (1965), De perfil (1966) y Pasto verde (1968). Los “chicos malos” de La Onda irrumpieron con sus voces relajientas y despertaron a las apolilladas conciencias. Juan Villoro ha declarado en varias ocasiones que el libro que lo hizo lector voraz (imprescindible para el que pretenda ser escritor) fue De perfil.

También las voces de la llamada Generación del Medio Siglo —que agrupaba, entre otros, a Rosario Castellanos, Emmanuel Carballo, Inés Arredondo, Carlos Fuentes, Sergio Pitol, Jaime Sabines y Vicente Leñero—, tan crucial para la cultura mexicana, pasó por las páginas ventoleras. Aquí cabe mencionar un detalle extraordinario y conmovedor que contaba Huberto Batis: ninguno quiso cobrar nunca nada por sus escritos, a pesar de algunas serias diferencias con varios de sus miembros. A Carlos y Huberto podía escasearles el dinero, pero les sobraban amigos. Quede esto como testimonio de que en este gremio tan dado a las envidias, rencillas, ninguneos y mezquindades, también puede haber demostraciones de solidaridad y desprendimiento.

Pero en algo sí que de plano se equivocaron los jóvenes editores: el ínfimo porcentaje de lectores con que comenzaron no aumentó mayormente en todo ese tiempo. La revista se leía, pero en círculos cerrados, más que nada universitarios. La utopía ya insinuada en el mismo título de la revista, de crear lectores a través de manuscritos que se llevaría el viento, nunca pasó de ser sólo eso: un deseo, una ilusión. Al final, la revista tuvo que cerrar sus puertas (o sus papeles volantes). La edición número 60, distribuida en los primeros meses de 1967, fue un epílogo de lujo de la gran aventura: apareció con colaboraciones de —entre otros— Juan García Ponce, José Carlos Becerra, Vicente Melo y José Emilio Pacheco, “los grandes cuates”, como los llamaba Huberto.

En 1984, Huberto Batis publicó su libro Lo que Cuadernos del Viento nos dejó (Editorial Diógenes), su memoria de aquellos años. Allí hace un recuento y un análisis somero de las experiencias alegres (y unas pocas tristes) vividas con sus amigos y colegas de la revista. Habla con desenfadado humor y nostalgia —nunca con amargura— de los que habían estado con él desde el comienzo, y de aquellos que se fueron sumando con el correr del tiempo. También de los que lo abandonaron, como su cuate Carlos Valdés.

En su libro, Huberto narra la salida de Valdés de esta manera: “Cuando terminó el primer año apareció una crítica de Juan Vicente Melo en la Revista Mexicana de Literatura que tituló irónicamente ‘Lo que el viento se llevó’. O sea, los Cuadernos se perdieron en la nada, el viento se los llevó, arrasó con todo. Decía que para qué hacíamos una revista de mil ejemplares cuando estábamos diciendo que el viento nos llevara. Melo pertenecía a ese grupo de la Revista Mexicana de Literatura, que para entonces dirigía García Ponce. Nos criticó ferozmente, pero desde el punto de vista elitista por publicar a artistas desconocidos y plebeyos (José Agustín y compañía). No es que fuéramos democráticos pero estábamos en contra de los grupos cerrados.”

Afligido por la burla de Melo, Carlos Valdés abandonó la revista —dice Batis—. Valdés trabajaba también en la Revista… y era muy sensible. No pudo soportar las risas de sus otros colegas. Eso ocurrió durante el segundo año de Cuadernos. Todavía dolido por la salida de su cuate del alma, Huberto decidió continuar. “Sentí mucha tristeza que no apareciera el nombre de mi compañero de aventura y lo mantuve un tiempo”. Con ayuda de Esther Seligson, la dirigió otros cinco años. Cuenta Batis: “Seguí haciendo Cuadernos del Viento y después me invitaron a la Revista Mexicana de Literatura, la que nos había criticado. Ahí éramos los exquisitos y nos permitíamos rechazar textos de escritores valiosísimos de todo el mundo. A mí me publicaban colaboraciones y traducciones”.

Durante una temporada, los dos fundadores de Cuadernos compartieron una vivienda. En su libro, Huberto cuenta algunas anécdotas muy divertidas con su amigo Carlos, como esto que sigue: “Al igual que yo, Valdés era un iluso. También muy fantasioso. Cuando vivíamos juntos abría la ventana y gritaba hacia la noche: ‘¡Te amo, te amo!’ ‘¡Mira, han contestado por ahí!’, decía. Pero lo que le contestaban era: ‘¡Chinga a tu madre, cabrón! ¡No estés chingando!’. Y en una ocasión me dijo: ‘Tocan la puerta. Debe ser La Inesperada. ¡Ah, Inesperada! Adelante, pase usted’. Y entró un fantasma y cerró la puerta. Y dijo: ‘Mira, ha llegado La Inesperada’. Y así un día llegó una mujer con la que se casó. Pero yo lo hice antes, y él se tuvo que cambiar al otro piso”.

Huberto Batis falleció hace apenas cuatro meses, el 22 de agosto de 2018, en Ciudad de México. Tenía 83 años de edad. Su hermano Carlos Valdés se le había adelantado en 1991, a los 63 años. Ambos eran originarios de Guadalajara, y se conocieron en una reunión en El Colegio de México, cuando los dos eran becarios de don Alfonso Reyes.

Los dos fundadores de Cuadernos del Viento tuvieron vidas buenas, largas y fecundas. Ambos fueron cuentistas. Carlos escribía también novela, y Huberto poesía y ensayo. El primer libro de Carlos Valdés, Ausencias (1955), lo publicó Juan José Arreola en su colección Los Presentes; su último, La Catedral abandonada ( CNCA, 1992) fue póstumo; hubo otros en ese lapso; trabajó por años en Revista de la Universidad, de la UNAM.

Durante 57 años, hasta 2015, Huberto Batis dio clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Además de la academia, Batis fue incansable difusor cultural. De 1984 a 2000 dirigió Sábado, el suplemento cultural de Unomásuno. En reconocimiento, en 2001 recibió el Premio Periodismo Cultural Fernando Benítez que otorga la Feria Internacional del Libro (FIL) en Guadalajara. Escribió trece libros aparte de Lo que Cuadernos del Viento nos dejó. Vale mencionar dos títulos: Estética de lo obsceno y otras exploraciones pornotópicas (1983) y Amor por Amor. Leopold y Wanda Sacher-Masoch (2003), que revelan el espíritu lúdico y travieso de Huberto Batis y que seguro espantarán a los gazmoños. Huberto nunca me perdonaría olvidarme de estos libros.

(Ciudad de los Vientos, Navidad 2018)  

 

Las ‘Voces en el viento’ de John Barry

Posdata: Edward Sachs y John Barry en la memoria

(A un año de la muerte de John)

No recuerdo la fecha exacta, pero debe haber sido en 1982 cuando conocí a John Barry. Ese día, yo estaba en la ya desaparecida Librería Europa conversando con mi amigo Edward Sachs, cuando vimos entrar a un hombre de ojos claros y sonrientes que nos saludó muy afable. Edwards era todo un personaje, un gran viejo que había visto mucho mundo. Cultísimo, se desempeñaba entonces como agente literario de un centenar de escritores. Judío liberal, en su juventud (la década de los 50) había sufrido la persecución macartista, por su forma de pensar, y mantenía un saludable escepticismo hacia la política de su país, Estados Unidos.

Eran los años reaganianos, y a Edward Sachs le indignaba y le enardecía el apoyo que este país continuaba brindando a las dictaduras de Centro y Sud- América. En 1967 había viajado a Cuba y, en calidad de periodista, había logrado entrevistar a Hilda Gadea, la viuda del Che Guevara. Edward lamentaba la ignorancia y desdén de su país por la historia y las literaturas de América Latina, y me contaba de un discurso que Carlos Fuentes había pronunciado por aquellos días en defensa del pueblo de Nicaragua. De eso hablábamos Edward Sachs y yo, aquella tarde soleada de verano, mientras John Barry curioseaba por las mesas y estantes de la librería Europa.

—Perdonen que los interrumpa —nos dijo John en algún momento— pero no pude evitar escuchar la conversación, que me parece muy interesante. Me llamo John Barry y enseño en una universidad. A mí también me preocupa mucho la situación actual (todo Centroamérica estaba en llamas), que parece no tener fin. Y en lo que respecta a la literatura, también estoy de acuerdo en que hay una gran ignorancia sobre el tema. Acostumbro utilizar textos de Julio Cortázar, del mismo Fuentes y de otros grandes escritores en mis clases y observo que por lo regular mis estudiantes, a pesar de que son de posgrado, apenas los están descubriendo.

Era de una enorme simpatía el profesor Barry. Recuerdo bien aquella tarde porque Edward Sachs, casi siempre huraño, irónico y reacio a entablar nuevas amistades, quedó encantado. Se soltaron hablando de literatura y política con fervor inusitado. Se habló de poetas vinculados a las luchas de sus pueblos, de las muertes trágicas de Roque Dalton y García Lorca, y de un Neruda agonizante en aquel otro Septiembre negro. Los nombres de García Márquez y de Borges, tan caros a los ojos de ambos, salieron a relucir. John sostenía, emocionado, que la mejor literatura de esos años se estaba escribiendo en español. “Ni siquiera en Europa —decía— se podía haber concebido una obra como Cien años de soledad”. Edward hablaba de Borges y de su traducción de los poemas de Hojas de Hierba de Walt Whitman. Para mí, espectador sólamente, fue una tarde espléndida. Tenía ante mí a dos apasionados de la vida y la lectura.

Ahora, veintidós años después, recuerdo ese casual encuentro con nostalgia y un profundo agradecimiento. Fue el inicio de otra gran amistad (John), que me colmó de orgullo y que me trajo enormes satisfacciones. Haber conocido a dos seres tan luminosos y buenos como John Barry y Edward Sachs, y haberme granjeado sus simpatías, lo considero uno de esos privilegios que da la vida. A veces los dioses se distraen, y sin querer nos regalan sus mejores ángeles.

En 1986, desgarrado por la muerte de su compañera, falleció Edward Sachs. De esa mujer dulce y sensible que fue Elizabeth Newton-Sachs, que escribía delicada poesía a ocultas, por las noches, Edward llegó a afirmar que era “la más grande poeta que nadie conoce”. Y juraba que aquella certeza no provenía de su profundo amor por ella, sino de su olfato de buen crítico literario que nunca lo abandonaba. Yo rescaté del olvido, y aún conservo, algunos de aquellos poemas. Contaré hoy cómo llegaron a mis manos: una de aquellas noches, ya por concluir la jornada y cerrar la librería, se apareció Elizabeth. Parecía algo nerviosa, y vi que traía un sobre grande, amarillo, entre sus manos. Con una sonrisa y un apresurado saludo, venciendo su proverbial timidez, me alargó aquello y me dijo: “Lee esto que escribí para ti y tu mujer, por ese cariño que nos dan a mí y a Edward. Quieren ser un homenaje a Neruda”. Y salió volando. Ni siquiera alcancé a darle las gracias. Abrí el sobre. Contenía un delgado fólder amarillo con varias hojas escritas a máquina. En el fólder podía leerse, escrito a mano y en pésimo español, algo que debía ser un título: “Veinte Poemas y Uno Bicioso” (Elizabeth quiso decir Veinte poemas y un gruñido. Como no hablaba español, debe haber consultado un diccionario malón para traducir “snarl”. Gajes del oficio). Con su gran sentido de humor, Elizabeth convirtió a la nerudiana “canción desesperada” en un simple gruñido. Aquella noche leí repetidas veces el puñado de poemas, descubriendo toda la gracia, la ternura y la sabiduría que escondía tan bien aquella frágil mujer. No exageraba el buen Edward: su compañera era Poeta con mayúscula.

Con John tuve la suerte de convivir mucho más tiempo. Con tan buenos comienzos, nuestra amistad no pudo más que crecer. Como el excelente profesor de literatura que fue toda su vida, a John le gustaba pasar seguido por la librería, buscando novedades literarias que ofrecer a sus alumnos. Muy pronto, conversando, descubrimos que teníamos dos amigos en común: un chileno, Alejandro Ferrer, y el colombiano Alfonso Díaz; un par de locos geniales, mentirosos irredentos. Con estos granujas formamos una hermandad como la de los Mosqueteros, con John en el rol de D’Artagnan (el bueno). Cómplices en andanzas, sosteníamos conversaciones maratónicas divertidísimas. Cuando en 1988 le dije adiós a la librería Europa (en Chicago) para fundar con los dos Carlos (Cabrera y Heredia) la librería Tres Américas, estos tres alegres compadres fueron los primeros en manifestar su entusiasmo con un proyecto tan desquiciante y utópico como abrir una tienda de libros en español.

En 1990, a raíz de una improvisada convocatoria que hicimos en la librería, dirigida sobre todo a la comunidad latina de Chicago, para participar en una lectura en voz alta de poemas y cuentos en español, que fueran de su propia autoría, surgió otra idea todavía más alocada: crear una revista cultural que fuera totalmente escrita en español. Auspiciada en buena parte por la librería Tres Américas, una docena de entusiastas, aglutinados sólo por los afectos, con escasos o nulos conocimientos de lo que era la edición, se propuso lanzar una publicación que incluyera la poesía, el cuento, el ensayo, la entrevista, la reseña de libros y, en menor medida, las artes plásticas. Para ir formando lectores (tan escasos siempre) aquellos atrevidos decidieron crear hasta un “suplemento para niños”. John Barry, como siempre, abrazó el proyecto con ganas. En todos los números de tres américas, revista cultural aparece su nombre. En sus páginas se leen notables ensayos suyos, como el referente a Changó el gran Putas, del escritor colombiano Manuel Zapata Olivella, uno de los primerísimos textos publicados sobre la cultura negrista en América Latina; y el dedicado a la compleja novela de José Emilio Pacheco, Morirás lejos.

La tarea que John Barry se impuso como difusor cultural en Chicago no tiene parangón. Fue el primero en creer en el valor artístico de lo que se venía publicando en tres américas y en otras revistas locales, como Fe de erratas. En base a ello elaboró su libro Voces en el Viento. Nuevas Ficciones desde Chicago, publicado por Ediciones Esperante en 1999. Aquí cabe resaltar una característica de John que lo hizo entrañable a sus amigos, pero blanco de ataque de algunos soberbios: su generosidad. A veces suavizaba tanto su crítica, por no herir demasiado a los incipientes escritores, que era malinterpretado como débil de carácter. Quizás no todos los textos incluidos en Voces en el Viento valgan una segunda lectura, pero ¿cual antología es perfecta? Lo triste es que algunas de las críticas más duras brotaron de los mismos incluidos.

Pero espíritus quijotescos como el de John no tiemblan ante posibles naufragios ni conocen la amargura. Después de ese libro comenzó otro, con la misma convicción de que en Chicago se está escribiendo buena prosa en español. En este empeño lo sorprendió la muerte. Hace un año exacto, a escasos días por nacer su hija Carla. Que los dioses pueden ser a veces crueles, ya lo sabíamos. Pero dolió hasta el alma oír la voz del amigo perdiéndose en el viento. Para mitigar nuestro desconsuelo Verónica Esteban, su esposa, con estoicismo admirable, ha rescatado el eco de esa voz de nuestro querido John. Hoy (22 de sept. de 2004) nos presenta la obra que ocupara los últimos días de John: En el Ojo del Viento: Ficción Latina del Heartland. Tenemos que agradecerle a Verónica su devoción por John, y su esfuerzo sobrehumano por concluir su último proyecto. Es un bello epílogo a una vida tan colmada de lo bueno como la de John Barry.

 

(Texto leído el 22 de septiembre de 2004 en Roosevelt University)

Humberto Gamboa. Nació en Durango, en la navidad de 1954, en un pueblito llamado La Purísima, localizado a 50 kilómetros de Santiago Papasquiaro, la cuna de los Revueltas. La primera vez que oí de esa familia debe haber sido en 1962, durante una de mis frecuentes vistas a Santiago, donde mi hermano Fidel estudiaba su secundaria. Caminando un día por esas calles con mi madre, descubrí, incrustada en la pared de una casa que lucía pobre y abandonada, una vieja plaquita donde aún podía leerse: “Aquí nacieron los Revueltas, orgullo de México y del Mundo”. En agosto de 1968, cuando me fui a estudiar a la Ciudad de Durango fue cuando realmente caí en cuenta de la enorme importancia de José Revueltas. El Movimiento Estudiantil había llegado a la provincia y Durango estaba, como el resto del país, convulsionado. Su nombre estaba en boca de los manifestantes y en los diarios. Después de Tlatelolco, muchos jóvenes comenzamos a leer con fervor a José Revueltas. Durante 33 años, Gamboa fue librero (6 en la librería Europa y 27 en Tres Américas) y, al mismo tiempo, durante 10 años se dedicó a escribir reseñas de libros y entrevistas en la revista Tres Américas y en el semanario ¡Éxito!

The flowering of writer Marc Zimmerman and his border stories

 

Marc Zimmerman presenting The Short of it All in California. Foto Courtesy

by Antonio Zavala

Writer and professor emeritus Marc Zimmerman has led a life that could easily be the envy of many. He has travelled widely in Europe, Mexico and Central America, has had a successful career as a professor and critic and now, in his sunset years, he has bloomed into a prolific author who has penned and published five books in the span of three years, an amazing feat by any standard when you consider most authors write a book every two or three years.

So what drives Zimmerman? Mostly time. He is 79 years-old and feels he still has a lot to say and has stories to tell based on experiences accumulated during a lifetime.

His latest book is Sandino on the Border, published this year by Floricanto Press, and it consists of a collection of stories that crisscross the borders between the United States, Mexico and Nicaragua.

The new book tells the story of Ben, Helena, their son David and Helena’s son by a former marriage, Dino. The action is a tug of war between the characters who try to hold on to a semblance of family life despite the many challenges they encounter.

For example, Helena tries to rescue her son Dino, who is taken to Nicaragua by his father and ex-husband Rolando. And in the meantime, Helena and Ben are at odds with each other as she decides to pursue her education at a university rather than become an average housewife as Ben pursues his career.

The stories are told in different voices, not by a single narrator, so we learn from and empathize with each character as they, in their own voice, tell us their stories.

One story that is in the category of the best that literature can offer is called “Mela”. This story, as written, rises to the category of art.

Mela, short for Carmela, is Helena’s sister, she is the black sheep of the family, she lives in Nicaragua. And has a son, Raimundo, out of wedlock. She eventually goes to live first in Mexico City, then to Ensenada, Baja California, and later on to Los Angeles.

Raimundo, now grown, goes from job to job barely surviving. Soon his wife leaves him and it is up to Mela to work, sacrifice herself and take care of her grandchildren. I won’t spoil the ending for you but this story shows Zimmerman has an eye for the tragic and dramatic also.

The book is illustrated by Carlos Berberena de la Rocha, a Nicaraguan artist based in Chicago.

Zimmerman’s prior book, which Floricanto Press published this year also, is called The Short of It All: Dreams and Scenes of Memoir Fiction.

This book is a retelling in the form of short stories of the writer’s fears, dreams and memories from his childhood to his adult life. It goes through the complexity of relationships, fears that haunt him and dreams that keep recurring in his life.

Before that, the hard-working author published in 2017 The Italian Daze, both in an English and in an Italian version.

This book deals with scenes, memories and situations from a first marriage to an Italian woman. It recounts travels through Europe and through Mexico.

In 2017 the writer also published, with Floricanto Press, Lines on the Border, a book about working, living and loving life in the San Diego-Tijuana border area. The protagonist is a Jewish American who pursues his academic career.

The main character works and studies on the American side but eventually goes on to explore how life is lived on the other side. He eventually marries a Nicaraguan woman.

In 2016, the writer published, through his company La Casa Books, a collection of short stories titled Martin and Marvin. This book was reviewed here in El BeiSMan when it first came out so I won’t go into detail about this book.

Suffice to say that some of the stories take place in Chicago and as well as in other places, including Italy.

For the record Zimmerman is best known as professor emeritus of Latin American and Latino Studies at the University of Illinois at Chicago (UIC) as well as a former professor of Spanish and World Cultures at the Department of Modern and Classical Languages at the University of Houston, in Texas.

He is also a former coordinator of the Rafael Cintron Latino Cultural Center at the University of Illinois at Chicago (UIC) and is well known in academic and Latino literary circles across the country after teaching and lecturing in several universities.

Above else he has been a constant supporter of Latino and Chicano Literature with published articles in many venues.

In 2004 he returned to what he loves best, writing, and published in that year The Store of Stories, his first book.

During an online interview I took the opportunity to ask the writer some questions in order to learn more about him and his work.

Where were you born?

Newark, New Jersey, Beth Israel Hospital, like Philip Roth and I believe Amir Baraka (LeRoy Jones). You can’t keep my New Jersey/NY Jewish roots out of anything I write, Buti left that world behind at l9, moving to California and living more and more in relation to the Italian American, Afro-American and above all the Mexican and Latin American/ Chicano and Latino worlds around me.

What is memoir fiction? And is this the genre you work best in?

Memoir fiction is fiction based on memories but pulled in the direction of fiction by the force of fictional, thematic and aesthetic concerns. Memoirs are fictions really. Who can remember exactly what happened? Memoir fiction is more honest—we inevitably vary from what happened even as we try to portray “the real.” Of course, I also record what I dream and then twist the dreams into fiction as well, as in the case of one of my best stories, “The Sculpture”, which appears first in Martin and Marvin, and then again as one of the several dream-based fictions in The Short of it All: Dreams and Scenes of Memoir Fiction. In a sense my goal has been similar to that of Karl Ove Knausgård who has detailed his life in six dense volumes. But unlike Knausgard, I feel the need to shape things into stories, to find closure and give them form. Harder for me to write a novel, but I try to write novel-like fiction/memoir collections that achieve the kind of overall unity and are almost, if not quite, novels.

Why did you wait until a few years ago to start your writing career in earnest?

Well, I never stopped writing fiction completely. I hold a B.A. and M.A. in creative writing, mainly playwriting. But the complications of my life made it hard for me to write. And my first published collection, Stores of Winter, features the six best stories of my first 60-plus years. But when I wrote the final story, The Uninvited, I knew that even late in life I still had the juice to write, even though I knew I’d have to put in long hours to retool my work. I knew I had only so many years, and I decided to try to leave as complete a fictional record of my experience as time allowed.

I actually stopped last year, deciding to edit what I’d written and try to get it out before it was too late. I dread the thought that I’ll leave so much of my life on my computer without getting out. But I want to emphasize that this is not a fully narcissistic project. I always try to project events bigger than me, often focused on others who are not me—incredible wonderful people I’ve met and have become close with too, as well as people who have hurt me and others. Of course, the biggest part of my life has been my movement from my Jewish-American background, to a concern with African American and then, above all, Latin American and Latino experience. I have so much more to edit and so much more to get out (including my 30 plus years of Puerto Rican experience, but also including my Italian/Italian American and Mexican experience, so primary in what I’m living now. Among my yet to appear volumes are ones about my Jewish childhood and adolescence, the complete stories of my three marriages, a collection and probably two of stories about my academic life.

Did you postpone writing your stories in lieu of holding a 9 to 5 job/career and now that you have more free time you are finally writing your stories and books?

OF course, the fact that I retired as professor has given me considerable time but there are also the psychological problems that kept me blocked for years. I still have all kinds of psychological. family and personal problems, but I’ve finally had the time and focus to put my work into literary form without experiencing so much pain and trauma.

What is your writing routine like? Where do you write and during what time of the day or night?

I write best now in the morning when I have more energy and more silence in the house. At a certain point, life takes over and the day slips away. If I fail to write in the morning, I suffer during the day and try to compensate later. But as time advances, I need more time to do less, and I’m usually too tired at night to write well.

What advice would you give young writers? To not waste time and write each day?

Start early and refuse to give it up, be ready to sacrifice much without knowing if any one will ever recognize your work. Read all you can of past and contemporary fiction. But don’t just read fiction as many writers do. Keep one more foot or more in the world but try to look at them in depth. Try to link the personal with the general, the local with the national and international. Get an agent and editor as soon as you can. if you wait as I did, it’s hard. No agent wants to take up the work of an old man who may die before producing the one book that might bring interest in all he’s written before.

Antonio Zavala is a journalist and a writer and the author of Pale Yellow Moon, a fiction collection of 15 short stories. He has an upcoming book in Spanish titled Memorias de Pilsen which is a non-fiction narrative of the struggles in Pilsen in the 70s and 80s.

Cuando las señales de peligro no producen alarma

Volcán Acatenango, Guatemala.

Crónica de una catástrofe

por Carolina Alvarado

El 3 de junio del presente año, en Guatemala sucedió lo inimaginable, el Volcán de Fuego, un volcán que realizaba de 15 a 17 erupciones al año, sorprendió a la población con una emisión que dejó 2,900 víctimas entre muertas y desaparecidas. La tragedia es producto de una falta de alarma, de un saber y no comunicar, quizá de una indolencia social, así como del asimilar el peligro como parte de una cotidianidad. Pienso en las acciones de la gente al mando al saber que el volcán haría erupción, en la reacción de los pobladores ante la misma, y al hacerlo, me parece ver a un dragón al que se creía inofensivo porque escupía fuego solo de vez en cuando y, además, lo hacía con mesura.

Pobres y ricos habían encontrado una forma de relacionarse con el volcán, los primeros habían asentado sus hogares en las faldas del coloso, trabajaban la tierra que era fértil; los segundos tuvieron una visión, no una celestial, poco habría servido una revelación de este tipo a quien pasa su día contando intereses, deducibles, ingresos, capitales; no, esta visión era más tangible, se podía cobrar por ver al dragón.

Ahí estaba el ejemplo de los italianos, particularmente de los napolitanos, quienes habían diseñado paquetes para llevar turistas al cráter del Vesubio y luego visitar Pompeya o Herculano, ciudades soterradas por el volcán. Los turistas no debían olvidar las tiendas de souvenirs en la cima. Sin embargo, la última erupción del Vesubio fue en 1944, mientras la actividad del de Fuego no ha cesado, lo que sin duda cambia las circunstancias implícitas entre una visita a la cima napolitana y una al volcán centroamericano.

Lo cierto es que la visión trajo dinero, no de un volcán sino de 37, que son los que reconoce la Federación Nacional de Andinismo. Entre ellos, cuatro activos: el Santiaguito, el Tacaná, el Pacaya y el de Fuego. Para los cuatro se han diseñado tours que permiten a los turistas ver al volcán en erupción, ya sea a un kilómetro de distancia o desde el mismo cráter. La lava, los gases, el fuego, hacen de la bestia un ser sobrenatural que, aunque infunde miedo, cautiva a cuantos le ven.

En Guatemala, el gobierno decidió que si le designaba el nombre de parque a todos aquellos terrenos donde existiesen dragones somnolientos, bien se podría cobrar la entrada a todo aquel que les quisiese ver. Con el parque se generaron trabajos, no por parte del gobierno sino porque a la gente no le falta ingenio, producto de la necesidad.

Vaya que era buena idea crear paquetes cuyo atractivo principal fuese la bestia enfurecida, porque si algo he descubierto subiendo volcanes, es que la gente prefiere subir aquellos que prometan un espectáculo, aquellos en que el dragón muestra desde su boca sus incandescentes entrañas.

Según Antonio Muñoz, fundador del Comité Local de Turismo de San Vicente-Pacaya, en el 2006, cuando este volcán intensificó su actividad, empezaron a recibir entre 200 y 300 turistas extranjeros al día, y 1,500 turistas locales los fines de semana y los días feriados. El turismo no cesó ni siquiera después de que empezaron a producirse accidentes. El 18 de abril del 2010, Mariela Coronado, una venezolana que escalaba el Pacaya en compañía de otros turistas, fue golpeada por unas rocas que se desprendieron de la cima; Rafael Pineda, el guía a cargo de la excursión, fue en su ayuda, pero en ese momento se produjo un derrumbe que los dejó sepultados a ambos. Un mes después, el 27 de mayo, una erupción ocasionó daños en la comunidad Los Pocitos, a partir de este acontecimiento las autoridades vedaron el acceso, sin embargo, fue la misma comunidad dañada, que hasta ese día no había explotado el turismo, la que se organizó para improvisar guías locales, guías que por 10 quetzales por persona les conducían hasta donde se encontraban los ríos de lava. Según Lourdes Barillas, la encargada de recoger los fondos para la reconstrucción de las viviendas destruidas, en un fin de semana se llegaron a juntar más de 2,000 personas en torno a los afluentes de magma.

Si bien aún no he visitado el Santiaguito ni el Tacaná, puedo decir que al subir el Pacaya, antes de llegar al cráter, el calor es tanto que puedes asar bombones o sándwiches en las fumarolas, y que si te paras en el lugar equivocado, puede ocurrirte lo que a mí, que tus tenis se derritan y que tu guía, un viejito de setenta años, tenga que utilizar un palo para despegar de ellos las rocas hirvientes. Y aunque no venden calzado de repuesto, sí ofertan aretes de roca volcánica para que recuerdes dónde se te quemaron los pies. Puede ocurrir, también, que te estremezca la belleza de la cima, que no te importe quedarte ahí respirando gases y vapores en los que se mezcla el cloruro de sodio, el potasio, el anhídrido sulfuroso y carbónico, mientras observes las llamaradas que resguarda una de las cavernas del volcán o el agua hirviendo que escupe el cráter, y finalmente, que disfrutes ver los ríos de lava que corren cerca de tus pies; porque lo cierto es que quienes pensaron que se podía cobrar por mostrar a la bestia, no andaban errados.

Somos muchos los dispuestos a pagar por verla, por oler su aliento, incluso con la advertencia de no salir de ahí. Hoy, parte del recorrido del Pacaya incluye una visita al sitio donde la noche del 27 de mayo del 2010 murió el periodista Aníbal Archila, un joven que con cámara en mano se obstinó en grabar la erupción del volcán y fue sorprendido por una gran roca que le cayó en la cabeza, según cuenta el guía que te muestra el sitio.

Si bien el montañista no puede ascender a la cumbre del Volcán de Fuego (3,763 metros sobre el nivel del mar), sí puede observar su actividad desde la cima del Acatenango, porque éstos se encuentran unidos por medio de un camellón al que se conoce como La Horqueta. Escalar el Acatenango implica un esfuerzo físico mucho mayor que en el caso del Pacaya, pues éste es el tercero más alto de Centroamérica (3,976 metros sobre el nivel del mar). Los paquetes que ofrecen las agencias van desde lo más básico: transporte, guía local y pago de la entrada, hasta lo más exclusivo, que incluye: los servicios básicos, tres comidas, ropa de abrigo, equipo de escalada, tiendas de campaña, colchoneta, sleeping, guía bilingüe, así como “brindar con una copa de vino en la cima del volcán mientras el sol se hunde debajo de las nubes”[1].

Al frente de estas excursiones suele ir un guía, generalmente caucásico para tranquilidad del turismo europeo y norteamericano; al menos cuatro o cinco cargadores, que son jóvenes de los pueblos aledaños con una condición física extraordinaria que les permite subir y bajar el volcán cargando fardos pesados y de grandes dimensiones; un cocinero al que también le toca acarrear bultos; dos mulas que transportan el tanque de gas, el tambo de agua, la parrilla, entre otros utensilios; y detrás de ellos, sudando la gota gorda, suele ir un grupo de turistas pudientes que generalmente no hablan español, entre los que puede haber más de uno que se ofenda si detienes a su guía para preguntarle por el camino correcto, de lo que te enterarás si sabes hablar otros idiomas.

La expedición tiene sus riesgos, la tierra está más suelta que en las laderas de otros volcanes, lo que hace más grande el esfuerzo que se hace por subir y facilita las caídas; sin embargo, si eso pasa y alguien se llega a lastimar, abajo, entre la gente del pueblo, existen rescatistas, que muy a su pesar aceptan subir con una mula o un caballo para bajar al torpe que se ha caído, y lo dicen así, porque les molesta que la gente que no está preparada intente escalar el volcán y, muchas veces, los haga poner su vida en peligro.

Si bien los riesgos que implican estos volcanes no se comparan con los que supondría escalar el Everest, estos no dejan de existir. En enero del 2017 murieron seis excursionistas que subieron la cumbre del Acatenango; no estaban solos, junto a ellos había alrededor de 300 turistas acampando en el cráter del volcán. Cuenta Roberto Berganza, sobreviviente de la tragedia, que la temperatura descendió a -15 ºC, llovía, hacía mucho viento; cerca de las tres de la madrugada se escucharon voces, a un grupo se le había destrozado la casa de campaña; Berganza quiso marcharse y al salir alcanzó a ver que un grupo de personas corrían desesperadas llevando consigo lo que podían, pero al darse cuenta de que afuera no sentía ni las manos ni los pies ingresó de nuevo en su refugio. Seis de las personas que huyeron del frío murieron mientras intentaban descender el volcán, tres de hipotermia, Joselyn Roldán de 21 años, Lucía Sánchez de 19 y Francisco Velásquez de 33; dos por golpes en la cabeza, Jennifer Marroquín de 20 años y Bani Marroquín de 34; uno por un edema pulmonar, Áxel Carranza, médico de 47 años.

Por su parte, el caso del Volcán de Fuego ha venido a tirar la teoría de que perro que ladra no muerde. El 3 de junio del presente año, el Instituto Nacional de Vulcanología de Guatemala alertó desde las 6:OO am sobre el riesgo de una posible erupción acompañada de flujos piroclásticos; tras recibir la alerta, la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (CONRED) decidió que el riesgo era menor y decretó la misma alerta que se utiliza para las lluvias; para cuando el volcán produjo su erupción más fuerte, a la 13:00 pm, las personas que vivían cerca del volcán estaban en su casa, quitadas de la pena, sobre todo porque era domingo y la mayoría descansaba. Ni siquiera entonces se alertó a la población, la Coordinadora compartió la información 40 minutos más tarde, y la orden de evacuar se dio hasta las 15:00 pm, cuando el volcán ya había soterrado las aldeas El Rodeo, La Reina, La Libertad y San Miguel Los Lotes [2].

Las reacciones ante esta erupción fueron distintas, algunos pobladores, acostumbrados a los rugidos del volcán, creyeron que era un día como cualquiera, y al no ser alarmados no alcanzaron a salir de su casa. El Hotel La Reunión, situado a veinte minutos de La Antigua, quedó totalmente sepultado, pero quienes se hospedaban ahí no murieron: la gerente del hotel había recibido el boletín del Instituto de Vulcanología, estaba al pendiente desde las seis de la mañana y al ver que las explosiones eran continuas decidió evacuar, salvando así la vida de trescientas personas. Por otro lado, están los jóvenes que en vez de huir corrieron al puente Las Lajas para grabar con el celular cómo el barro, la ceniza y el azufre descendían por la ladera, y fueron sepultados por el flujo piroclástico.

A cinco meses de la erupción sabemos que son al menos 2,900 personas, entre desaparecidas y muertas, el dato lo ha generado la ONG Antigua al Rescate que ha recabado información con los sobrevivientes de San Miguel los Lotes, por ellos sabemos que no fueron 186 las casas soterradas, como dicen las autoridades guatemaltecas, sino 360, en las que vivían familias de entre 10 y 14 miembros; a estos se suman las personas que estaban de visita o habían ido a las fiestas y a las iglesias. Es claro que la tragedia se pudo haber evitado, y que el error que se cometió tiene un costo terrible para la población.

Antes hablábamos de Pompeya y la alusión no sólo tiene cabida como ejemplo del comercio turístico. Una violenta erupción del Vesubio sepultó esta ciudad el 14 de agosto del 79 d. C., muchos de sus habitantes no pudieron huir y sus cuerpos fueron encontrados tras el redescubrimiento de la ciudad en 1748. Hoy, veinte siglos después, podemos ver a sus víctimas convertidas en roca, acomodadas en el suelo, protegidas por aparadores de vidrio o colocadas sobre estantes junto a piezas de cerámica.

¿Qué dirán en mil años de los pueblos soterrados por el Volcán de Fuego? Mucho me temo que nadie dispondrá formar un sitio arqueológico, ni habrá una sola señal que recuerde que hay cuatro aldeas enterradas, porque ponerlas al descubierto daría testimonio de un gobierno que abandonó a su pueblo, que lo obligó a vivir en la miseria y, que ante ese poco respeto que tuvo por la vida, lo condenó a morir.

 

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[1] http://www.oxexpeditions.com/AcatenangoOvernight.php

[2] Lioman Lima, Volcán de Fuego de Guatemala: ¿era evitable la tragedia causada por la erupción BBC News Mundo, enviado especial a Guatemala, 6 junio 2018

 

Guiselle Carolina Alvarado López (México, 7 de diciembre de 1986), poeta, documentalista y docente. Es directora de los documentales: La vida rota (2008), El clavel rojo (2008), Las mujeres dicen sí a la ciencia (2014), producidos por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Actualmente estudia el posgrado en Literatura mexicana contemporánea en la Universidad Autónoma Metropolitana y es profesora de asignatura de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, donde se tituló como licenciada en Creación Literaria. Estudió el Diplomado “Miradas sobre el cine”, en la UNAM, el Diplomado en Producción de Televisión, en la USAC (Guatemala), y el Bachillerato en Artes Plásticas en La Escuela Nacional de Artes Plásticas Rafael Rodríguez Padilla (Guatemala). 

Ha publicado los poemarios Exilio de Sirenas (2012) y Amando un cielo libre (2006). Sus textos se encuentran en 25 antologías de poesía, cuento y ensayo, en México, Guatemala, Argentina, Estados Unidos y España; así como en algunas revistas y periódicos entre ellos El BeiSMan, de Chicago, Rúbrica, de Radio UNAM y el periódico La Cuerda, de Guatemala. Sus poemas han sido traducidos al inglés en varias ocasiones. 

Ha participado en distintos encuentros internacionales entre ellos Horas de Junio, de Hermosillo, Sonora y el Encuentro Internacional de Poetas, de Zamora, Michoacán. Recibió: una Mención Honorifica en el 3er. Boyng Literario, de la UACM, (2012); el Primer y el Segundo lugar en poesía en el certamen, Mujeres accionando desde el arte, del Instituto de Estudios de la Literatura Nacional, (2007) y el Segundo lugar en el Certamen “Poetizando”, Museo Miraflores, (2004).

Poemas de Alma Cervantes

Pintura de Lino Lago

Verdad vertiginosa 

—¿Quieres la verdad?
Me voy a enamorar de ti,
Te dije.
Y tú no supiste la hecatombe
que se te avecinaba.
No tendrás paz
en la oscuridad,
porque no apagaré
las luces,
seré esa voz que empuñará
el bolígrafo
y te lo lanzaré a los ojos
para que veas,
me veas…

 

 

Ave palpitante

Me gustaba ponerte dentro de mí,
Parecías un pájaro aleteando
palpitando, asfixiándote.

Entre mis manos, entre mis piernas,
cerca de mi boca, ahogándote
en mi saliva, en mi poesía.

Ave rígida que quiere volar,
tan bullicioso sobre mí,
niño investigando dentro,
creciéndome dentro,
olor antiguo mío.

Me gustaba ensalivarte y guardarte
un rato en mi corazón aburrido
y después tirarte como quien tira
una goma de mascar ya sin sabor.

 

 

Agonía

A veces el sexo de los
hombres es un racimo
de uvas dulces,
me endulza
para no ser piedra
que rueda
golpeando todo,
para seguir amando
la palabra y la gestión
de la carne…

A veces la luna es una
agonía en mayúsculas
que no sana,
una burla,
el ano dilatado
de un dios luminiscente
cagándose sobre mí,
ensuciándolo todo
con su resplandor
que duele.

A veces llorar ya no
es una buena alternativa.

A veces la palabra
no mata,
machaca la herida,
enceguece,
crea acuerdos difíciles
de realizar,
se levanta la poesía
en un altillo,
pájaro que escupe
conciencias,
serpiente que muerde
la teta cerca al corazón,
pero no mata,
nos crea una soga en el cuello
pero nadie se anima
a patear la silla
para quedar pendiendo,
como badajo de campana
en domingo,
se vuelve inútil la palabra
entonces…

A veces, solo a veces
hay que simular
que uno no existe,
acercarse a la tierra
tumbarse en ella,
hacerse el muerto,
y esperar nacer
nuevamente.

Alma Cervantes. Escritora, promotora y provocadora textual… Ha participado en diversas actividades culturales y tiene un par de libros inéditos.