Celebraciones, una novela para no perder la memoria

Fotografía de Leonardo Gil por Rafael Ortiz Calderón

 

Celebraciones, de Leonardo Gil
Bogotá Colombia: Ministerio de Cultura, Himpar editores, 2018, 148 páginas, $10 dólares/$30.000 pesos colombianos, ISBN 978-958-58740-3-9

Los temas que genera la literatura no son al azar. Todo escritor se basa siempre al escribir en una conmoción interna, en una debacle intelectual que le empuja a decir algo. Pero ese sacudón emocional llega desde lo espiritual y no tanto desde lo sentimental. Siempre hay un hecho que marca no solo la visión personal, sino que afecta a toda una comunidad, a una nación, incluso a todo un continente. La novela Celebraciones, del autor colombiano Leonardo Gil Gómez, nos recrea una serie de eventos que han sacudido a Colombia por muchos años, pero sabemos que esos hechos se reflejan, lamentablemente, en cualquier zona de América latina.

Guillermo, el joven bogotano que es el protagonista de la novela, se gana la vida vendiendo películas, se entera que su hermano ha sido abatido por fuerzas del gobierno en un enfrentamiento con guerrilleros. Ni Guillermo ni Alicia, su madre, entienden la información que se les presenta de manera confusa, de mala gana, y con muchas sugerencias de “dejarlo ahí”. Guillermo, quien no cree lo que le dicen, emprende el viaje para recuperar el cuerpo de su hermano, guiado por un narrador en segunda persona que le habla muy de cerca, esa voz no es otra que la de su propio hermano muerto. El viaje se consuma no sin complicaciones ni desventuras, pero no deja de escucharse un dejo de tragedia a su paso, tal cual una guerra civil fratricida es.

Con una narrativa casi coloquial, Gil Gómez nos pasea por los llanos colombianos haciéndonos sentir el calor sofocante, los aromas de las cocinas de la calle, los sonidos de los vehículos y de los mosquitos, pero también las penurias de un pueblo que vive la muerte de manera cotidiana.

Toda América latina ha sufrido de dictaduras, de revoluciones, de guerras civiles o de terrorismo, y las secuelas se palpan aún después de varias décadas. Toda confrontación deja cicatrices, y es por eso que si queremos seguir viviendo y creciendo como comunidad, esas cicatrices deben ser expuestas para que la población aprenda de los errores y éstos no vuelvan a repetirse. Libros como Celebraciones, recrean esa memoria colectiva, nos la presentan sin contemplaciones para que podamos comprender en toda su dimensión la crueldad del ser humano, y lo que se necesita hacer para que el mundo cambie.

Celebraciones es una buena novela desde lo narrativo no solo porque es rica en su expresión, sino porque crea un ambiente propicio para que el lector viva el mismo entorno que el protagonista, sufra sus mismas angustias y para que celebre también esas pequeñas victorias que se pueden saborear dentro de un ambiente hostil, corrupto y despiadado. Pero también uno se da cuenta que la novela está trabajada desde el aspecto histórico y político, que es fiel a su contexto y porque invita a la reflexión. Y cuando tenemos un cóctel tan poderoso como este en una sola novela, no nos queda otra que sentarnos y empezar a leerla.

 

Fernando Olszanski, escritor y editor, su último libro se titula El orden natural de las cosas y otros cuentos. Es Director Editorial de Ars Communis. Reside en Chicago.

¿Para qué sirve la Real Academia Española?

por Humberto Gamboa

Ya que la semana pasada (del 19 al 22 de mayo, 1999) tuvimos en Chicago lo que se llamó las Primeras Jornadas de la Lengua Española, con la participación de intelectuales mexicanos como Carlos Fuentes, Ángeles Mastretta y Raúl Trejo Delarbre, y un sinfín de personalidades locales (entre otros: la escritora Ana Castillo, el profesor de la Universidad Roosevelt John Barry, y el director del semanario ¡Éxito! Alejandro Escalona), convendría echar un vistazo a la obra de un personaje muy poco conocido fuera de México, pero que en España llegó a hacer temblar a los mayores académicos de la lengua. Al igual que aquel Caballero Andante, Don Quijote de la Mancha, tampoco éste se arredró nunca ante la presencia de ningún gigante.

Se llamaba Raúl Prieto, y nació el 21 de noviembre de 1918 en Ciudad de México. Periodista desde muy joven, Raúl Prieto llegó a escribir artículos de toda índole: crónicas, reportajes, editoriales, etc. en publicaciones como La Prensa, Siempre!, El Tiempo y Novedades. Fue, además, miembro destacado del grupo legendario que en 1976 fundó la revista Proceso.

En 1949 apareció en Excélsior su columna Perlas japonesas, que alcanzaría gran popularidad. En ella, Prieto mostraba ya dos de sus principales características: un gran sentido del humor, sarcástico y venenoso, y una vasta erudición. Desde sus Perlas japonesas Prieto lanzaba saetas a los transgresores de la lengua, firmando ya con su famoso apodo: Nikito Nipongo.

Por ese entonces, Prieto comenzó su guerra con la Real Academia Española (RAE). Una guerra que se prolongó durante años, en la que Prieto jamás pidió ni dio tregua, y donde los académicos salieron los peor librados. Ya a finales de 1986, el autor de las Perlas japonesas podía exhibir al mundo su máximo trofeo: una Real Academia bastante desprestigiada.

En septiembre de 1958 aparece El Diccionario, el primer ataque de Prieto, ya en forma de libro, a la Real Academia Española. Es una crítica acerba y concienzuda al Diccionario de la Lengua Española en su edición de 1956, la XVIII. Al aparecer la XIX, en 1970, Prieto descubre que es tan mala —o aún peor— que la anterior, y ataca de nuevo: publica Madre Academia, crítica sicalíptico-lexicográfica en prosa (“¡Un libro cojonudo y sin censura!”, nos advierte, dibujado en la portada, un viejecito desdentado que viste la clásica toga del académico).

Este vocablo, sicalíptico, definido por la Real Academia Española como “pornográfico, obsceno”, tiene otras acepciones que, como siempre, fingen ignorar los académicos. El escritor José de la Colina, recordando su niñez madrileña (llegó a México exiliado), nos dice que también significa “cachondo”; y que le parece más que bien “que el autor prodigue a lo largo de su discurso contra la Academia un chisporroteo de sicalipsis en respuesta a la pacatería y la ridícula gazmoñería del Diccionario de la Lengua, sin coño y otras gollerías”.

De la Colina anotaba la inmensa aportación de Raúl Prieto con su libro: “Madre Academia es la más exhaustiva recopilación de los errores, barbaridades y omisiones del Diccionario de la Lengua. Errores por pésima información científica o meramente lexicográfica; barbaridades por una visión anacrónica, localista, reaccionaria del mundo; omisiones por lo anterior, y por la ridícula pacatería y la obsoleta censura de las malas palabras” —concluía en un largo ensayo.

Madre Academia fue un latigazo dirigido no solamente a los académicos de la Madre Patria; también lanzaba estocadas sin piedad alguna a las Academias de la Lengua de América Latina, equivalentes de aquélla y tan dadas, también, a dormirse en sus laureles. En especial criticó duramente a la de México (que en 1975 cumplía un siglo de haber sido creada) por su muy escasa —por no decir nula— participación en la elaboración del Diccionario de la Lengua.

Que en la lista de los miembros de la Academia Mexicana de la Lengua figuraran nombres tan ilustres como los de Juan Rulfo, Agustín Yáñez y Martín Luis Guzmán —afirmaba Raúl Prieto— no quería decir absolutamente nada. Otros estaban de acuerdo: el escritor Gustavo Sáinz escribió: “La Academia Mexicana cumple cien años, y aunque la metáfora es torpe, se me ocurre compararla con una tortuga”. De la Academia Argentina de la Lengua el poeta Jorge Luis Borges opinaba lo mismo, y eso que él era uno de sus miembros más destacados.

En 1984, al aparecer la edición XX del Diccionario de la Lengua, Prieto decidió darle otra vuelta de tuerca al asunto: publicó ¡Vuelve la Real Madre Academia! (1986), un ensayo de 400 páginas donde demostraba, sin lugar a dudas, que los académicos no tienen remedio. Tampoco —concluía desalentado— sus ingenuos y fieles seguidores. Así se lamentaba Prieto:

Desgraciadamente, le dan importancia al almodrote (el Diccionario RAE ) en España y en Hispanoamérica, tanto sus hordas burocráticas como muchas instituciones que en esas partes del Tercer Mundo intentan ser respetables. En la Universidad Nacional Autónoma de México, por ejemplo, más de un profesor de español, de literatura, de periodismo recomienda a sus alumnos que acudan al diccionario de la Real Madre —aunque no para reírse de sus burradas, sino para venerarlo como fuente de sabiduría y para tomarlo como autoridad lingüística.

En 1992, a las celebraciones en todo el mundo por el Quinto Centenario del descubrimiento de América, el llamado Encuentro de dos mundos (El Encontronazo, para sus detractores), quiso sumarse la Real Academia Española. Apareció la muy pregonada edición XXI, que había creado tantas expectativas. Esta vez, se suponía, su Diccionario de la lengua sí que iba a tomar en cuenta los cientos o miles de vocablos —hasta entonces ignorados— de las que fueran las antiguas colonias españolas. En el prólogo de esa edición, la RAE se daba baños de gloria:

La Real Academia Española ha querido contribuir a la celebración del V Centenario del descubrimiento de América publicando una nueva edición, la vigésima primera, de su diccionario usual. Lo hace para cooperar al mantenimiento de la unidad lingüística de los más de trescientos millones de seres humanos que, a un lado y otro del Atlántico, hablan el idioma nacido hace más de mil años en el solar castellano y se valen de él como instrumento expresivo y conformador de una misma visión del mundo y de la vida.

Con furia y fuego arremetió Nikito Nipongo: “Lenguaje amerengado y tramposo, influido por una concepción imperialista que, aunque anacrónica, respalda las labores de la Real Academia Española. Por lo mismo lanza la citada edición, no por cooperar al mantenimiento de la tal unidad lingüística que, claro, sólo la concibe aquella institución con el cordón umbilical amarrado a Madrid, la antigua metrópoli del imperio. Sí, el idioma que hablamos nació como dialecto del latín en Castilla la Vieja. Vuelto comunicador oficial de España, por imposición de los feroces Reyes Católicos, alcanzó la calidad de lengua española —discriminando al catalán, al valenciano, al bable, al gallego y, con mayor rencor, al vasco—.

Añadía: “Pero expandido a América tal idioma desde hace medio milenio, hoy, en rigor, no es castellano ni español, sino hispanoamericano: ente que de ninguna manera aprueba la cerrada Real Academia Española, según lo demuestra con su diccionario que es, en verdad, un diccionario madrileño. Para la vieja, sólo el habla de Madrid vale; fuera de Madrid, todo es Carabanchel. En el preámbulo se desparraman lisonjas esperando que el consultante las trague sin regüeldos disidentes, absteniéndose de estudiar a fondo el resto de la obra. Si le da por leerla y reflexionar sobre lo leído, verá que dichos elogios son groseramente falsos”.

El 25 de mayo de 1997, Nikito daba ya por muerta a la Real Academia. Publicó en La Jornada Semanal un artículo, Autopsia a doña Real Academia, que comenzaba con la disección de sus yerros: “El principal fin que tuvo la Real Academia Española para su formación —nos dice el prólogo de su primer diccionario (el cual empieza a imprimirse en Madrid en 1726)— fue hacer un diccionario copioso y exacto. Pero 266 años después [en junio de1992, XXI edición] ese diccionario copioso y exacto sigue siendo una mera ilusión. Estamos, más bien, no ante un diccionario, pues se trata de un mamotreto mango y rengo muy ajeno a las modernas técnicas lexicográficas, que ni remotamente tiene trazas de copioso ni menos aún de exacto”.

En su vituperio, se burlaba con descaro de los académicos contando anécdotas atroces: “Al recibir a un nuevo miembro de la Real Academia Española, por ejemplo: el español Mario Vargas Llosa, reconciliado con Fujimori tras de la matanza de guerrilleros en la embajada nipona en Lima, un buen número de rucos se visten de etiqueta colgándose un collar con el escudo de su sociedad. A la ceremonia se ve obligado a asistir el rey de España, quien hace heroicos esfuerzos para no adormecerse mientras el recipiendario babea un discurso inane. Los fotógrafos de diarios y revistas y los camarógrafos de televisión se encargan de tomar las vistas que habrá de ver la gente. Algo es algo”. Y Nikito terminaba su feroz diatriba así:

A los académicos madrileños no se les invitó a soltar rollos de vacuidades en el Congreso Internacional de la Lengua Española, pachanga celebrada en Zacatecas [en 1997] y presidida por el citado rey de España y el [presidente] de México, cual si fueran autoridades en la materia. El desaire les ardió a los dichosos señorones, moviéndolos a vaciar su resentimiento calificando, junto con otros chupapitos, de disparate a la única propuesta respetable de esa reunión: la de reformas a la ortografía, que bosquejó Gabriel García Márquez con tino.

Tampoco los devotos del Diccionario RAE estuvieron nunca a salvo de los fuetazos de Nikito: a un periodista mexicano, corresponsal de Excélsior en Madrid, que fue a entrevistar al director de la Academia, lo trató con desprecio cuando leyó su texto, plagado de zalamerías: “Don J. Jaime Hernández, por su comportamiento revela el ánimo que alienta a sus admiradores: llega ante la presencia [del director] como si cegado por la emoción entrara de rodillas al sanctasanctórum de una divinidad. Acompáñenme a escuchar al extasiado don J. Jaime:

Don Fernando Lázaro Carreter me recibe en su despacho. Un bedel de avanzada edad me ha servido de guía entre las columnas que preside, con ese aire de gloriosa autosuficiencia, Miguel de Cervantes Saavedra, el “Manco de Lepanto”. Bajo su pétrea mirada llego al fin hasta esa habitación de aire espartano que Lázaro Carreter ha ocupado en los últimos cinco años.

“Nada tiene que hacer don Miguel de Cervantes en la Real Academia Española —dice tajante Nikito—. Murió 97 años antes de que a ésta la fundara Felipe V, rey de España importado de Francia porque el retrasado mental Carlos II, monarca anterior, murió agusanado sin dejar descendencia. Además, la Real Academia Española hubiera rechazado a Cervantes, por iconoclasta, de haber sido su contemporáneo. No hay que olvidar que la misma institución se negó a admitir en su seno tenebroso a la lexicógrafa María Moliner, poniendo de pretexto sus antecedentes antifranquistas. Pero sigo con J. Jaime Hernández:

Sentado ahí (Fernando Lázaro Carreter), emboscado en un mar de papeles que tapizan su escritorio, el presidente [sic] de la Real Academia Española parece, o quizá simula, estar muy concentrado en la lectura de algo que, aparentemente, le resulta impostergable. Su insigne figura, recortada por un haz de luz que desciende de un vitral lateral, parece resguardada por los retratos de cámara que penden de las cuatro paredes color granate.

“¡Qué dirá de la tal insigne figura el filólogo Manuel Alvar! —gruñe Nikito. Fue director de la Real Academia Española (1988–91) y, por haber tratado de modernizarla, cayó tras de meterle zancadilla Lázaro Carreter, su sucesor, distinguido por su calidad de grillo pomposo. Largo es el palique en el cual se enredan Carreter y su entrevistador. Me limito a dar cuenta del anuncio que hace, casi al final del cotorreo, don Fernando Lázaro Carreter:

Espero que con la ayuda de las Academias (de América) podremos completar nuestra labor de registro para poder lanzar en el año 2000 el que será el gran diccionario de la Real Academia Española, con un acervo mucho más completo del español que se habla en América y España.

“¿Podrá ocurrir milagro tan fabuloso, y con la ayuda de los cenáculos de inutilazos que son las mencionadas Academias del Nuevo Mundo?” —se preguntaba Raúl Prieto. Le respondió su alter ego, el extraordinario Nikito Nipongo: “Se requeriría dinamitar a la Real Academia Española, acabando con los académicos españoles: con su prepotencia hueca, su abulia, su negligencia, su pésima forma de expresarse, sus usos caducos, su conservadurismo esterilizante… El gran diccionario prometido tendría que ser radicalmente distinto al lexicón acostumbrado, y no otra obra de momias torpes, sino de lingüistas y lexicógrafos capaces y trabajadores, ajenos por completo a la Academia Real” —concluía el más grande polemista de la lengua española.

(1999)

 

POSDATA: Nikito y Poniatowska

Su nombre completo era Raúl Prieto Río de la Loza, y en sus escritos llegó a utilizar varios seudónimos como El doctor Keniké, Don Hechounperro y El abogado Patalarga, sin contar el más famoso, Nikito Nipongo, que usó en su columna Perlas japonesas iniciada en 1949 y continuada por casi 50 años. Sus padres fueron Sotero Prieto Rodríguez e Isabel Río de la Loza Salazar. Su primo segundo Carlos Prieto de Castro, profesor de la UNAM, contó de su pariente: “Como hijo del gran matemático, maestro de muchas generaciones, que fue Sotero Prieto Rodríguez, Raúl heredó su espíritu analítico y mordaz y sobre todo su rigor. Exacto en sus comentarios, Raúl Prieto nos hacía reír a todos. Su ingenio cortaba mucho más que los cuchillos de su casa”.

La escritora Elena Poniatowka contaba una anécdota similar. En la década de los 50 del siglo pasado, cuando ambos colaboraban en el diario Novedades, iniciaron una estrecha amistad. Cuenta Poniatowska: “Nikito Nipongo, o sea Raúl Prieto, me invitó a comer y en su casa de Teocelo numero 17 probé por vez primera la sopa de ajo que preparaba con maestría Angélica Insunza [su esposa]. Me encantó Angélica, quien también escribía en varias revistas y me pareció bella y de mucho carácter. Escuchar a la familia, sentada en torno de su mesa, era una experiencia estimulante porque todos, hasta Patito [su niño] opinaban de la sopa, del guisado y del postre con lucidez y vehemencia. Claro, el más sarcástico, sobre todo cuando se refería a la política, era Raúl Prieto”.

Continúa Poniatowska: “Me atreví a pedirle, varios años más tarde, que corrigiera un libro de cuentos (De noche vienes) y pensé que lo haría picadillo. No fue así, sólo me señaló unos cuantos galicismos y me recompensó con un gran abrazo. Años más tarde tambíen Guillermo Haro y yo habríamos de escuchar a la hora de alguna comida en mi casa sus comentarios sardónicos sobre la corrupción y la traición a la patria de los políticos mexicanos”. Luego Poniatowska dice algo inesperado que me encanta: “El 14 de julio de 1978 le hice una larguísima entrevista dividida en cuatro partes para Novedades, en cuyas fotos él ríe a mandíbula batiente quizá porque se acuerda de que dibujó en calzoncillos a Agustín Yáñez (que era muy solemne) para su libro Madre Academia. También pintó a otros funcionarios en situaciones grotescas”.

Su comentario me sorprende porque yo —ignorante que soy— desconocía que Nikito Nipongo fue también dibujante, y que sus caricaturas fueron muy celebradas. Y me dio risa enterarme que aquel dibujito en la portada del libro Madre Academia (de un viejito gritando “¡Un libro cojonudo y sin censura!” al que se le ven los calzones porque tiene la toga levantada) correspondía al escritor y académico mexicano Agustín Yáñez. En aquellos años (1970), Yáñez estaba a cargo de la Secretaría de Educación Pública en México (era el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz) y se comportó sumiso y callado ante su muy sanguinario jefe. En 1999, cuando yo escribí una notita para el semanario ¡Éxito!, mencioné de paso ese curioso dibujito, pero ignoraba que Nikito mismo lo hubiera hecho. Gracias a Poniatowska vine a saber de éso y muchas otras cosas.

“Su columna [Perlas japonesas] —escribió Elena Poniatowska en La Jornada (25 de sept. 2005)— podría ser un antecedente de Por mi madre, bohemios, de Carlos Monsiváis. Escogía lo mal dicho dentro de los discursos [de los funcionarios públicos], que era casi todo y —totalmente despiadado— señalaba pifias, contradicciones, falsedades o simples burradas. Diputado o senador que hablaba mal, diputado o senador que Nikito guillotinaba entre sonoras carcajadas. Todos le temían porque no dejaba títere con cabeza. Los abusos de poder, las chicanas, las transas lo sacaban de quicio y las denunciaba un día sí y otro también”. Poniatowska informa que, además de ensayos, Nikito escribió cuentos y novelas, y que llegó a publicar más de una docena de libros.

Raúl Prieto cultivó el aforismo (o el febrónimo, como decimos algunos en Chicago) y llegó a escribir dos libros sobre esa literatura breve: La Lotería (1960) y Nueva Lotería (1984). Poniatowska incluye algunos de ellos en su remembranza de Nikito Nipongo: “Vivir es el oficio más antiguo del mundo”, “El miedo a la verdad desnuda es el pudor”, “Soñó que soñaba un sueño que jamás soñaría”, “La gente es más cretina por afición que por naturaleza”, “El hombre feliz no tenía camisa, pero se la ponían al sacarlo de su celda en el manicomio”. También hay uno que le gusta mucho a mi hermano Enrique: “La gente inteligente habla de ideas, la gente común habla de cosas, la gente mediocre habla de gente”. Y este otro que muy bien podría haber subscrito José Alfredo Jiménez o mi buen amigo Zatarain: “Si la vida no vale nada ¿por qué nos la cobran tan caro?”

El 20 de septiembre de 2003, en Ciudad de México, falleció Raúl Prieto, el gran Nikito Nipongo. Su amiga Elena Poniatowska lo recordó así en el segundo aniversario de su muerte: “En su libro Si ya estás muerto, qué te importa, lanzado en 2003, poco antes de su muerte, Nikito se burla de las funerarias, de los cadáveres, de los familiares que chillan a moco tendido, de la farsa que es exaltar a quienes no tienen méritos, de los intelectuales cercanos al poder, de los periodistas ineptos y de muchas cosas más. Su crítica siempre resultó descarnada. El legado de Nikito Nipongo es: ‘Somos lo que hablamos’. Creyó en el equilibrio y la permanencia del idioma que hace del hombre un ser de carne y hueso que puede comunicarse con sus semejantes y discurrir sobre cualquier tema. Decía que los científicos (y su padre fue uno de ellos) no tenían porqué ser oscuros e incomprensibles. Al igual que Julio Scherer García, se resistía a los homenajes y lo que más lo atemorizaba era que algún político o funcionario le pusiera su nombre a alguna calle. Le pregunté qué pasaría si él mismo quisiera ser académico de la lengua y le entró un ataque de hilaridad que por poco lo lleva a la apoplejía”.

(2019)

Humberto Gamboa. Nació en Durango, en la navidad de 1954, en un pueblito llamado La Purísima, localizado a 50 kilómetros de Santiago Papasquiaro, la cuna de los Revueltas. La primera vez que oí de esa familia debe haber sido en 1962, durante una de mis frecuentes vistas a Santiago, donde mi hermano Fidel estudiaba su secundaria. Caminando un día por esas calles con mi madre, descubrí, incrustada en la pared de una casa que lucía pobre y abandonada, una vieja plaquita donde aún podía leerse: “Aquí nacieron los Revueltas, orgullo de México y del Mundo”. En agosto de 1968, cuando me fui a estudiar a la Ciudad de Durango fue cuando realmente caí en cuenta de la enorme importancia de José Revueltas. El Movimiento Estudiantil había llegado a la provincia y Durango estaba, como el resto del país, convulsionado. Su nombre estaba en boca de los manifestantes y en los diarios. Después de Tlatelolco, muchos jóvenes comenzamos a leer con fervor a José Revueltas. Durante 33 años, Gamboa fue librero (6 en la librería Europa y 27 en Tres Américas) y, al mismo tiempo, durante 10 años se dedicó a escribir reseñas de libros y entrevistas en la revista Tres Américas y en el semanario ¡Éxito!

Para restarse

por Leonardo Gil Gómez

 

Para restarse de Iván Pérez-Zayas
Disonante, 2018, 51 páginas, $9.95, ISBN 978-1-64131-081-9

Uno se asoma a un álbum fotográfico y se ve en imágenes de momentos que quedaron quietos para siempre. Cada imagen es apenas el trazo de un recuerdo, una situación pasada de la que, si acaso se recobra el sentido, es por vía del lenguaje: aquí estoy yo y aquí estás tú, y estábamos en… Pero a veces sucede que uno no se reconoce en sus propias fotografías, que hay un vínculo roto entre la imagen del pasado y la experiencia, el sentido de lo vivido. Como esos sueños en los que era yo, pero no era yo; o eras tú, pero no eras tú. Esta sensación aparece y se multiplica en las imágenes que se dibujan en la cabeza de quien lee los poemas que componen Para restarse.

Como en el caso de quien mira el álbum, Pérez-Zayas trata de reconstruir el sentido roto por la vía del lenguaje. Se fija en la ruptura misma, en las múltiples distancias geográficas, afectivas, que una llamada no es capaz de salvar en el poema “La llamará para dar /(de qué hablar)” (11), o escarba en el recuerdo de dos actores que están a punto de salir a escena: “hay un espacio de tiempo que se encuentra /entre    aquí            y                      allá /en ese lugar estabas /de veras” (“En la espera”, 16). Estas distancias entre los personajes que pueblan los poemas, entre ellos y la voz poética que los retrata, expresa un problema contemporáneo: la ruptura cotidiana entre el sujeto y los otros, entre el sujeto y el mundo. Un problema cuyas manifestaciones suelen ser más evidentes (la diáspora, el desarraigo material, la paranoia, el sentirse fuera lugar y de sí mismo) y que también habitan los poemas de Para restarse: “Después de cruzar la frontera, /tuve que acostumbrarme a guiar en el extranjero, /pero navegar a Tijuana es fácil cuando el primer destino /es el estacionamiento de un Costco cualquiera” (“Latrocinio” (40).

Pero si esta poesía apela al lenguaje para dotar de sentido la experiencia del mundo, no lo hace como si aquel fuera un lugar sagrado, una tabla de salvación o el origen olvidado. Los poemas de Pérez-Zayas son conscientes de su provisionalidad, de que el mundo interior está poblado de “aves que hilvanan /una carnada diseñada para capturar dioses /(viejos y nuevos, da igual) /en cajas /con palabras /(viejas y nuevas, da igual)” (17). Los dioses de este mundo simbólico son tan arbitrarios como las palabras-trampa que los atrapan. Esta relación con el lenguaje le permite a Pérez-Zayas moverse por una multiplicidad de registros, que van de la reflexión poética, como en el caso del pasaje citado, a la crítica social: “hay que enseñarle a la gente silla que no se le dejen sentar /encima /que no sean silla /por favor /se los ruego /dejen de ser silla” (“Diente” 27), o a situaciones concretas descritas con una expresión humorística y coloquial: “acabo de ver un tipo /con un gorra de beisbol (…) /con el pinche Pokémon /por debajo sonriendo como un cabrón /suspendido en el vacío fondo negro /y con las manitas esas que flotan /como para decir /¡cuidao que te agarro por el mango de abajo! /Que bonito es el mundo” (“Tren, 23). Con esa misma familiaridad, Para restarse habla spanglish, va y viene entre el español, inglés y, en ocasiones el portugués. El poemario abunda en referentes de la cultura popular, y el arte contemporáneo, señala múltiples cruces mediante los cuales la cultura articula inquietudes políticas de nuestros días como el género, el lugar de la academia, la diáspora, la identidad, la lengua, entre muchos otros.

Iván Pérez-Zayas, puertorriqueño, amante del cómic, candidato a PhD y residente en la ciudad de Chicago (por ahora, insiste), captura con su lenguaje las fisuras por las cuales se cuela el sentido en el vértigo de los días. Entre las fisuras, se alcanza a ver su epitafio: “sus palabras favoritas /fueron «dale» /y / «¡wepa!»”. Desde el extrañamiento de lo cotidiano y la celebración del lenguaje, este poeta ofrece mucha poesía en los 23 textos que componen su primer poemario.

Leonardo Gil Gómez. Bogotá, 1985. Licenciado en Humanidades y Magister en Escrituras Creativas. Autor de la novela Celebraciones (Himpar editores, 2018). Cuentos, poemas y artículos suyos han figurado en revistas y antologías de Colombia, México y Brasil. Actualmente adelanta estudios de doctorado en literatura y cultura latinoamericanas en Northwestern University.

 

María Moliner: un mundo de palabras

María Moliner

por Humberto Gamboa

 

Muchos años después, ya hecho todo un hombre de letras, Gabriel García Márquez había de recordar la tarde en que su abuelo, el coronel Nicolás Ricardo Márquez, le enseñó lo que era un diccionario. “Este libro —le dijo al niño de cinco años— no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca”. Aquel voluminoso tomo, ya casi deshojado, el único que ocupaba el estante en aquella habitación de Aracataca, tenía dibujado un Atlas. El viejo le explicó: “Esto quiere decir que los diccionarios tienen que sostener el mundo”.

El coronel no andaba tan errado: desde que el hombre pudo erguirse en dos pies sobre la tierra sintió la necesidad de nombrar lo que lo rodeaba. En 1445, cuando Juan Gutenberg estaba por fin logrando la creación del primer libro utilizando caracteres movibles (41 ejemplares de La Biblia), ya existían los diccionarios. Las copias eran hechas a mano sobre un pergamino muy fino, y en la Edad Media se les llamó de varias maneras: Liber memorialis, Nomenclator y Comprehensorium. El primero al que se le atribuye haber usado la voz Dictionnarius es a John de Garland, en el siglo XIII.

Junto con la lengua nacieron los lingüistas. El 3 de octubre de 1714, al crearse en España —por orden de Felipe V— la Real Academia Española, sus ocho miembros originales se impusieron como objetivo el preservar la “pureza” del idioma castellano. Su lema (“Limpia, fija y da esplendor”) así lo pregonaba. Lo primero que hicieron estos señores fue publicar, en seis tomos, el Diccionario de Autoridades. La obra, de la cual se han hecho ya 23 ediciones, con todo y su peso académico no ha dejado de recibir críticas. Una queja frecuente ha sido la lentitud con que la Real Academia ha ido incorporando las voces nuevas al léxico oficial.

Escribir un diccionario es una labor costosa y muy laboriosa. Generalmente es una labor de equipo, de profesionales especializados en diversas áreas. Luis Fernando Lara, un miembro de El Colegio de México que estuvo durante años trabajando en uno de esos proyectos, dijo en una entrevista incluida en un librito de lexicografía: “Lo peculiar de los diccionarios es que son depósitos del consenso social; la gente requiere diccionarios porque lo que le ofrecen es el conjunto de palabras que le permiten entenderse con los demás. La responsabilidad de los lingüistas es encontrar cuáles son esos datos que crean el consenso”.

Para ilustrar la importancia de los diccionarios, reproduzco una anécdota que contaba Lara: “Una vez le preguntaron a Claude Lévi-Strauss (antropólogo, etnólogo y sociólogo francés, famoso por su teoría del estructuralismo, autor de Tristes Trópicos y la serie Mitologías) qué le gustaría que se conservara de alguna cultura en caso de que, por alguna circunstancia —por ejemplo un terremoto— se fueran a perder todos sus documentos, y él dijo sin vacilar: sus diccionarios”. Lévi-Strauss parecía coincidir con el dictamen del coronel Nicolás Márquez.

En la edición del 19 de enero de 2019 de la revista mexicana Proceso, la dramaturga y crítica de teatro Estela Leñero Franco publicó un artículo sobre un personaje al que, fuera de ciertos círculos, poco se le conoce. En un mundo como el actual, obsesionado por las frivolidades y las pequeñas famas tuiteras, pareciera que el nombre de María Moliner estuviera condenado a pasar inadvertido. Y sin embargo, esta mujer casi anónima es la creadora de uno de los diccionarios más importantes de la lengua española, equiparable o incluso muy superior —en opinión de muchos especialistas— al que produce la Real Academia Española (RAE).

Gabriel García Márquez llegó a expresarse así del Diccionario de uso del español (conocido justamente como el Diccionario de María Moliner): “Moliner hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”. Lástima que el Nobel no se haya acordado en ese momento de aquel dibujito que vio en la portada del libro de su abuelo. Hubiera podido añadir, con su característico humor, que su hazaña —verdaderamente titánica— la hacía candidata ideal para reemplazar a la atormentada figura del hijo de Zeus.

El texto de Estela Leñero en Proceso es una nota crítica sobre una obra de teatro escrita por Manuel Calzada Pérez, un dramaturgo español, que obtuvo en 2014 el Premio Nacional a la Literatura Dramática en España. Su título es precisamente El Diccionario y narra la vida de María Moliner, interpretada en escena por Luisa Huertas y dirigida, en el montaje mexicano, por Enrique Singer. El entusiasmo de la crítica se manifiesta en el párrafo que reproduzco:

El Diccionario aborda el universo de María Moliner desde varias perspectivas. La biográfica, a través de la cual conocemos sus relaciones sentimentales, su entrega profesional y sus problemas de salud; la histórica, que nos ubica durante el triunfo del franquismo y sus implicaciones; y el plano lingüístico, donde ella reflexiona sobre el sentido de las palabras, los matices de expresión y el lenguaje como llave de la igualdad. Un diccionario para todos. Propone, por ejemplo, definiciones diferentes de matrimonio, dictadura y libertad, siendo esta última con la que se abre y cierra la obra”. Concluye Estela Leñero su nota diciendo: “Es una obra que el espectador se lleva en el pensamiento y el corazón, para soñarla otra vez”.

La historia de María Moliner y su diccionario es de veras extraordinaria. Puede leerse como uno de esos cantos heroicos que lucen inverosímiles: una mujer sola escribiendo en la mesa del comedor de su casa, después de las faenas diarias, luego de regresar de su trabajo de bibliotecaria en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid, y de atender a cuatro hijos y un marido; en una época (1953) en que se desconoce la computadora y en que una dictadura (Francisco Franco) es enemiga declarada de la palabra; y en esos años en que era impensable que una mujer participara de lleno en labores intelectuales. Todo esto habla de la pasión y la fuerza de carácter de esta espléndida mujer. Con sus puras manos y 15 años robándole horas al sueño, en 1967 aparecía la primera edición del Diccionario de uso del español (Gredos).

María Moliner nació con el siglo XX, el 30 de marzo de 1900, en el pueblo de Paniza (provincia de Zaragoza) perteneciente a la Comunidad Autónoma de Aragón, España. Nació a escasos días de haber visto la luz otro famoso aragonés: Luis Buñuel. En su biografía de Moliner, El exilio interior (Turner, 2011), Inmaculada de la Fuente narra: “María Moliner formaba parte de una generación de pioneras que a raíz del decreto de 1910 había llegado a la Universidad haciéndose un sitio en un mundo de hombres”. En Madrid ingresó a la Institución Libre de Enseñanza, donde tuvo profesores notables como Américo Castro. Cuando apenas iniciaba su bachillerato, su padre, un médico muy irresponsable, huyó a la Argentina dejando a la familia sumida en la miseria. Moliner, todavía adolescente, se marchó a Aragón donde terminó sus estudios, al tiempo que daba clases particulares para ayudar a la manutención del hogar.

Cuenta Inmaculada de Fuente: “Los comienzos de su trayectoria profesional tampoco fueron fáciles. Tras licenciarse en Historia por la Universidad de Zaragoza, en 1922 ingresó por oposición, y con el número 7, en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Era la sexta mujer que accedía al Cuerpo, pero a pesar de contar con tan brillante currículo, sus primeros destinos no fueron los que deseaba”. Moliner se instaló en Murcia, debido a la salud de su madre, pero acariciaba la idea de regresar a Madrid. “Quería hacer el doctorado, alojarse en la Residencia de Señoritas que dirigía María de Maeztu y respirar el aire de superación intelectual que representaba la capital” —nos dice De la Fuente.

Las circunstancias anclaron a Moliner en Murcia, donde conoció a un catedrático de Física, Fernando Ramón y Ferrando, con quien se casó en 1925. Cuando se mudaron a Valencia, Moliner comenzó a trabajar en el Archivo de Hacienda. Este puesto administrativo nunca fue de su agrado, y años después, cuando supo de un puesto vacante en la Biblioteca pidió su traslado. Escribió una carta que su biógrafa reproduce en su libro para ilustrar el machismo imperante en la época: “Para un hombre resulta más fácil, una vez cumplidas las obligaciones de su cargo oficial, y, si éstas no responden a su vocación, dar empleo a su capacidad sobrante en otras actividades más de su gusto. Pero, para una mujer ya es bastante que pueda sustraer a las atenciones familiares, sobre todo en el periodo en que las obligaciones de la maternidad son más absorbentes, las horas que ha de dedicar a su cargo oficial y, por tanto, es más sensible que éste sea tan árido y falto de espiritualidad, cuando ella tiene capacidad de entusiasmo por su labor y una vocación demostrada en la práctica de una determinada preparación”. El director, educado y reseco, le respondió que su petición era denegada.

Pero, por esas fechas (1931 – 1935), algo vino a salvar del tedio burocrático a María Moliner: la Segunda República había creado lo que se conoció como las “Misiones Pedagógicas”, cuya labor consistía en llevar libros a pueblos y aldeas. Moliner se sumó con entusiasmo, y en el área de Valencia estableció una red de 105 bibliotecas rurales. “Se trataba —nos dice De la Fuente— de saciar el hambre de cultura de los que no tenían a su alcance suficientes libros y a la vez paliar el analfabetismo y la ignorancia de los que sospechaban todavía que el saber era un privilegio”. Esta experiencia directa con un pueblo empobrecido, ávido de cultura —nos dice la autora de El exilio interior— la transmitió Moliner durante el llamado Segundo Congreso Internacional de Bibliotecas y Bibliografía que se celebró en Madrid (1935).

“Su entrega a las bibliotecas de Misiones —nos dice De la Fuente— marcó un antes y un después en su trayectoria. Moliner adquirió un peso específico en la política bibliotecaria de la Segunda República. Al desencadenarse el golpe militar de 1936 y la Guerra Civil, el rector José Puche la puso al frente de la dirección de la Biblioteca Universitaria de Valencia y la dirección de la Oficina de Adquisición de Libros y Cambio Internacional. Desde estos puestos capitales, Moliner, gestora tenaz, diseñó el Plan para una Organización de las Bibliotecas del Estado. Conocido como el Plan María Moliner, esta reforma sólo se aplicó en parte a causa de la guerra, y quedó abandonada en un cajón tras la victoria franquista”.

La caída de la República, tras los cruentos años de guerra civil (1936 – 1939) significó para el país un retorno al oscurantismo, y para María Moliner una vuelta a la grisura de su trabajo en el Archivo de Hacienda. Mientras que muchas compañeras suyas (María Zambrano y Rosa Chacel entre otras) buscando refugio marchaban al exilio en el exterior, Moliner decidió quedarse en España y sufrir las consecuencias. De ahí el título del libro de Inmaculada de la Fuente, El exilio interior. Vivió en Valencia otros 7 años, hasta que en 1946 volvió a Madrid para dirigir la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales. “La supina ignorancia y la consiguiente simplificación de la época favorecieron que la denominaran La Roja, siendo como era de ideas liberales en un sentido progresista” —nos dice De la Fuente. En esos años de barbarie y silencio comienza a forjarse la más grande recopiladora de palabras.

La primera edición del Diccionario de María Moliner (1967), en dos tomos y casi 3000 páginas, bordaba las 80,000 entradas. Pero no era sólo su volumen colosal lo que llamó la atención desde el primer momento, sino su fina hechura. La obra de Moliner se alejaba del aquel español anticuado y en desuso de los diccionarios de la época, y abundaba en información sobre el uso de los términos o sobre las relaciones entre ellos. Era en verdad un diccionario que enseñaba la manera de usar las palabras, como señalaron los afamados lingüistas Rafael Lapesa y Dámaso Alonso. Fue este último, por cierto, el que recomendó a la editorial Gredos la publicación del María Moliner, después de leer algunas fichas que ella venía preparando.

Ya para fines de 1971, el Diccionario de uso del español se había convertido en causa célebre. Era el diccionario que los escritores decían preferir, aún por encima del De la Real Academia Española, que muchos encontraban obsoleto y farragoso. El lexicógrafo Manuel Seco afirmaba que el de María Moliner era “el intento renovador más ambicioso que se ha producido en nuestro siglo”. Hasta la Real Academia terminó utilizando innovaciones que había introducido Moliner, como por ejemplo el no identificar los dígrafos “ch” y “ll” como letras independientes, algo que los académicos habían contemplado ya pero no se habían atrevido a hacer con su diccionario. Por eso resulta bastante patético y ridículo que cuando, en 1972, el gran poeta y filólogo español Dámaso Alonso propuso a Moliner para ocupar un asiento vacante en la Real Academia Española, su petición fuera negada. Y eso que Dámaso Alonso era su director desde 1968. Lástima: María Moliner hubiera sido la primera mujer en ingresar a ese recinto centenario. Hubiera sido una coronación digna de sus esfuerzos.

¿Qué había motivado a aquellos graves académicos a no aceptar en sus filas a María Moliner? Lo de siempre: el machismo y la misoginia. Recordemos que ésto ocurría en 1972. En sus casi trescientos años de haber sido fundadada, la Real Academia Española había considerado sólo a otras dos mujeres para ocupar un puesto: las escritoras Gertrudis Gómez de Avellaneda y Emilia Pardo Bazán. Ambas fueron rechazadas con una escueta carta que afirmaba que no había “plazas para mujeres”. Así de simple. Esta vez la reacción llegó con fuerza. Hubo voces que se alzaron: “Un asco de misoginia y putrefacción” —exclamó la escritora Carmen Conde (quien curiosamente sería la primera mujer en ser admitida en 1978). Laura Freixas escribió: “Que una sola persona, que ni siquiera era filóloga, hiciese un diccionario mejor que el pergeñado por los cuarenta académicos de la RAE tiene bastante gracia. Pero todavía la tiene más el hecho de que los caballeros en cuestión no se dignaran aceptarla en sus filas”.

La única que guardó silencio, con su proverbial modestia, fue la propia María Moliner. Pero al año siguiente, en 1973, cuando la Real Academia Española —quizá tratando de enmendar un poco su garrafal error— quiso otorgarle a Moliner el premio “Lorenzo Nieto López” por sus trabajos en favor de la lengua española, ésta lo rechazó. Una hermosa lección de dignidad.

Inmaculada de la Fuente, su biógrafa, escribió: “Una injusticia [el rechazo de los académicos], teniendo en cuenta que había dedicado parte de su vida a modernizar muchas de las entradas del diccionario de la RAE. María Moliner lo asumió con elegancia pero se negó a intentarlo de nuevo”. Y luego reveló la cruel ironía, el tamaño de la tragedia: “No había mucho tiempo, además. En 1974 se manifestaron los primeros síntomas de su enfermedad. Avanzaba el alzhéimer, una cruel paradoja para quien había organizado el mundo con palabras y había dejado escritas para siempre miles de acepciones. Murió el 21 de enero de 1981. Tras su muerte, la fama de su Diccionario, ‘el Moliner’, no ha parado de crecer. Y es ya incalculable el número de institutos, bibliotecas y premios a la lectura que llevan su nombre”.

Manuel Calzada Pérez, su dramaturgo, escribió: “María Moliner es una de las personalidades más impresionantes y desconocidas que dio el siglo XX en España. Al estudiar su biografía descubrí no a un ama de casa inquieta sino a una intelectual empeñada en hacer de éste un mundo mejor. Un día empezó a escribir un diccionario y terminó haciendo un monumento tan impresionante y rompedor que su autora debería ser tomada por loca. A través de este diccionario, María habló alto y claro. El silencio encontró la forma de escapar de la censura para expresar lo que puede llegar a alcanzar el ser humano. Durante sus últimos años sufrió una forma de demencia que le hizo perder, una a una, todas las palabras, hasta quedarse vacía. La mujer que fue capaz de escribir un diccionario pudo hacerlo tras tomar la más difícil de las decisiones: había elegido ser libre”.

Johannes Gutenberg

Humberto Gamboa. Nació en Durango, en la navidad de 1954, en un pueblito llamado La Purísima, localizado a 50 kilómetros de Santiago Papasquiaro, la cuna de los Revueltas. La primera vez que oí de esa familia debe haber sido en 1962, durante una de mis frecuentes vistas a Santiago, donde mi hermano Fidel estudiaba su secundaria. Caminando un día por esas calles con mi madre, descubrí, incrustada en la pared de una casa que lucía pobre y abandonada, una vieja plaquita donde aún podía leerse: “Aquí nacieron los Revueltas, orgullo de México y del Mundo”. En agosto de 1968, cuando me fui a estudiar a la Ciudad de Durango fue cuando realmente caí en cuenta de la enorme importancia de José Revueltas. El Movimiento Estudiantil había llegado a la provincia y Durango estaba, como el resto del país, convulsionado. Su nombre estaba en boca de los manifestantes y en los diarios. Después de Tlatelolco, muchos jóvenes comenzamos a leer con fervor a José Revueltas. Durante 33 años, Gamboa fue librero (6 en la librería Europa y 27 en Tres Américas) y, al mismo tiempo, durante 10 años se dedicó a escribir reseñas de libros y entrevistas en la revista Tres Américas y en el semanario ¡Éxito!

Palabras migrantes: testimonio del espíritu en tránsito

 

El 10 de noviembre se presentó el libro Palabras migrantes en LaLuz Gallery de Pilsen, en Chicago. El compilador, José Ángel Navejas, leyó las siguientes palabras a manera de presentación.

 

Palabras migrantes es un tomo que reúne los escritos de diez autores mexicanos y mexicanas que tienen ya varias décadas viviendo en Chicago. Por lo tanto, es una obra que refleja la experiencia particular de cada uno de los autores en esta ciudad. Ahora bien, si Palabras migrantes es una manera de narrar e imaginar nuestra vida en esta urbe, es también una manera de partir. Este tomo es testimonio de un rompimiento, una señal de madurez e independencia intelectual. En el pasado, algunos de los que formamos parte del fenómeno literario en español que se ha venido dando en Chicago durante las últimas décadas nos hemos engañado. Hemos pensado que nuestra obra podría adquirir valía sólo una vez que fuera legitimada por los sacerdotes literarios de nuestros países de origen, sin darnos cuenta de que la vida y la experiencia no necesitan validación alguna. No obstante, por mejor intencionadas que fueran, las opiniones de las figuras canónicas de nuestras letras no podían dejar de ser eso: opiniones emitidas desde centros culturales y ceremoniales distantes y ajenos a una realidad que sólo a nosotros nos atañe. Eso explica, hasta cierto, punto la sensación de extrañeza que uno siente al recorrer las páginas que se escriben en lugares remotos y que disertan sobre nuestra comunidad, la comunidad que estamos construyendo en este país y, más al caso, en esta ciudad. Al adolecer de experiencia concreta, las obras que se han escrito sobre nuestra comunidad tienden a ser de naturaleza abstracta, y son en ocasiones imágenes distorsionadas, esperpénticas de lo que somos. Lo cual no es ninguna sorpresa, ya que mucho se ha dicho y escrito sobre el inmigrante mexicano, pero sólo en raras ocasiones se le ha escuchado o leído.

Yo creo, quizá ingenuamente, que la publicación de obras como Palabras migrantes marca un cambio de paradigma en la manera que el inmigrante mexicano imagina su relación con las letras y entiende su sitio en el mundo, en esta complicada encrucijada en la que nos encontramos y desde la cual nos pronunciamos. Después de todo, escribir en español en Chicago es, de cierta forma, escribir desde los márgenes de la sociedad. No obstante, es una tarea que asumimos con la convicción de que acudimos y somos parte de una importante transformación sociocultural cuyos resultados todavía no podemos prever pero que podemos ya sentir. Y, así, Palabras migrantes se ofrece como testimonio del espíritu en tránsito. La pregunta ahora es, ¿hacia dónde?

Presione el enlace para leer un adelanto de la crónica de Julio Rangel publicada en Palabras migrantes: “Red Line Blues”.

José Ángel Navejas. Llegó a Chicago en 1993, donde ha vivido desde entonces. Su libro autobiográfico Illegal: Reflections of an Undocumented Immigrant (University of Illinois, 2014), aparecerá en traducción al español en 2019. En la actualidad es candidato a doctorado en literatura latinoamericana por la Universidad de Illinois en Chicago.

Red Line Blues

Recientemente se publicó la antología Palabras Migrantes: 10 ensayistas mexican@s de Chicago. Esta colección, la primera en su clase —ciertamente en Chicago y probablemente en todo Estados Unidos— reúne a un grupo de mexican@s radicad@s ya de manera permanente y por varias décadas en una de las principales urbes estadounidenses. Como tal, representa también el esfuerzo conjunto de un grupo de autores ante una encrucijada sociopolítica. Son actores todos de un importante devenir, autores de su propia narrativa, agentes culturales en un momento de transición histórico, conscientes todos de sus circunstancias y su papel en el desarrollo y la evolución de una nueva cultura en Estados Unidos, un país donde, a pesar del hostil clima político actual, el idioma español se sigue afianzando, aunque no sin tensiones. Por lo tanto, una de las principales inquietantes que emanan de esta antología se plantea como una paradoja: ¿cómo ser mexicano y chicagoense al mismo tiempo? A manera de adelanto, El BeiSMan ofrece un fragmento de la crónica de Julio Rangel.

 

Foto del Chicago Subway de Harold Allen

El tren urbano, el metro de Chicago, es el lugar donde la gente puede coexistir al margen de su posición social, en un espacio neutro de convergencia y civilidad que evita en lo posible el contacto durante los minutos que dura el trayecto. Pero es también un termómetro social donde se materializa lo que existe como abstracción en el ciclo de noticias; donde los headlines que barremos del teléfono con el dedo índice encarnan testarudos. Donde las políticas de austeridad se visibilizan. El cierre de cinco centros de atención a la salud mental en 2015, que afectó a diez mil pacientes de bajos recursos en Chicago y la propuesta del gobernador Bruce Rauner de cortar 82 millones de dólares en programas de atención a la salud mental, los recortes en servicios sociales como albergues para la gente sin techo, el cierre de centros comunitarios de asistencia, todo eso en algún momento se hará presente en tu trayecto cotidiano.

Ves esa persona que duerme en la hilera transversal, ocupando cuatro asientos, el rostro cubierto con una lustrosa chamarra. De pie, a su alrededor, pasajeros jóvenes, yuppies que huelen a recién salidos de la ducha, miran distraídamente sus teléfonos, cumpliendo el pacto silencioso de no meterse en donde no los llaman. Ellos saben que hay una historia detrás de ese hombre, pero su mera presencia allí, durmiendo profundamente en hora pico, tiene un elemento desafiante que rebasa el impulso aparente de empatía. En ocasiones, el olor fétido que irradia un indigente crea un círculo vacío a su alrededor que aglutina a los pasajeros en la otra mitad del vagón.

 

 

El tren de Chicago es un espacio público, pero no es obviamente el ágora, ese lugar donde el pueblo debate asuntos sociales. Los cuerpos han sido reunidos por un flujo aleatorio de asuntos o por la agenda fija del trayecto diario. El tiempo y el espacio que dichos cuerpos comparten es un trámite requerido, un enlace entre los puntos A y B, un paréntesis forzoso que habrá de ser llenado con el impulso de la productividad (laptops desplegadas, libros de texto abiertos, las llamadas de negocios que ocasionalmente se imponen por sobre los amortiguados patrones rítmicos que escapan de los audífonos) o con el gratificante aturdimiento del ocio (los juegos en el teléfono, la mirada distraída a los periódicos).

Este es un ejemplo de lo que Marc Augé llama los ‘No lugares’, espacios transitorios marcados con un propósito utilitario, pero sin valor significativo.

Pero, a pesar de esos pactos de civilidad que lo convierten en un lugar de todos y de nadie, el transporte público es también un espacio de confrontación, donde un inesperado intruso perforará la burbuja protectora de tus audífonos o el monitor de tu laptop con el recordatorio de la precariedad, allí está la mendicidad que increpa tu privilegio con dramatismo o que susurra en una letanía sus carencias.

Es también el territorio del predicador, la persona que decide que este es el lugar perfecto para propagar el evangelio, dado que el público está indefenso y cautivo. Y por supuesto, necesitado de salvación.

 

 

Por la línea naranja hacia el sureste, bajo en Kedzie y avanzo hacia el sur por los bordes difusos entre Gage Park y Back of the Yards. Caminar por la retícula interminable de casas o andar por Kedzie, en ese tramo polvoso y congestionado bordeado de comercios, es la disyuntiva.

La mañana soleada se antoja tranquila entre las casas; gente mayor asoma cada tanto, algunos saludan. Es esa calma de los vecindarios durante el horario laboral, cuando sus moradores han salido a alimentar el dínamo del comercio cotidiano, a ofrecer sus servicios, a vender sus destrezas. El contraste al volver a la avenida es drástico: taquerías, talleres mecánicos, franquicias de comida rápida.

Fue precisamente el desarrollo de los ferrocarriles en la segunda mitad del siglo XIX y el perfeccionamiento del vagón frigorífico lo que llevó al florecimiento de las plantas procesadoras de carne en esta zona. A finales del siglo XIX y principios del XX el vecindario estaba habitado por diestros carniceros, pero más que un paraíso industrial, el periodo quedó fijado como una estampa dantesca: la imagen que Upton Sinclair creó en su novela The Jungle, que denunciaba las formas inhumanas de explotación a que eran sometidos los obreros. La ciudad era entonces un semillero de activismo socialista y anarquista que veía en Chicago un terreno promisorio de utopías. Primero habitado por alemanes e irlandeses, posteriormente por checos, eslovacos, lituanos, hoy son mayormente mexicanos quienes pueblan el barrio.

La situación en 2017 no se ve ideal tampoco para los trabajadores. Martín Atilano ha vivido en el área desde que llegó a la ciudad en 1987, procedente de su natal San Juan de los Lagos, Jalisco. Hoy trabaja como director de educación religiosa en la parroquia de San Gall, un populoso centro de convergencia comunitaria en el sureste de Chicago. Hace treinta años que llegó al vecindario, sus hijas nacieron aquí, conoce las dramáticas transformaciones de este barrio obrero.

—Aquí tenemos cerca la Nabisco, que de 1,200 empleos se deshizo de 600 para llevarlos a México, y pagar más barato sin ofrecer beneficios.

Menciona también la planta de pollos Tyson, en la esquina de avenida 43 y Ashland, en Las Empacadoras. Dice que allí se perdieron posiblemente más de cuatrocientos trabajos.

—Si sumas eso estamos hablando de mil familias de la comunidad que se quedaron sin empleo en los últimos dos años.

La conversación con Atilano fue sostenida en 2016, ocho años después de la crisis hipotecaria en Estados Unidos que repercutió en los mercados financieros de todo el mundo.

—Este es el barrio de todo el Medio Oeste donde más se sufrió. En los mapas se señalaba con un punto rojo las casas que se perdieron, y esta área se veía todo rojo.

Aunque el territorio del suroeste de la ciudad parece vasto y sobrepoblado, Atilano sabe de familias que se han ido a Texas, a Colorado, a la Florida a buscar trabajo.

—La comunidad tiene que organizarse para dar respuesta a los problemas de desempleo, de falta de vivienda.

Yo vuelvo a remontar las calles de regreso a la línea naranja. El tramo de Kedzie, bordeado por un strip mall al oeste y los amplios espacios de carga de Central Steel and Wire, la distribuidora de acero al este, enmarca la perspectiva que corta perpendicular el puente del tren. Como un fantasma deslavado viene a mi memoria la consigna aquella que profiere un activista obrero al final de The Jungle: “Chicago will be ours!” La frase desaparece como un eco melancólico entre los camiones de carga.

Presione el enlace para leer la presentación de José Ángel Navejas: “Palabras Migrantes: testimonio del espíritu en tránsito”.

Julio Rangel. Escritor mexicano residente en Chicago. Fue incluido en La densidad del aire, antología de cinco poetas publicada por la UNAM en su colección El ala del tigre. Publicó el ensayo “El arte objeto de Marcos Raya” en el libro Marcos Raya, y el ensayo “Certezas e intuiciones” en el libro René Arceo: Between the Intuitive and the Rational. Es cofundador de la revista contratiempo en Chicago.

Samir Amin: cambiando la geografía de la razón

Samir Amin

 

Lewis R. Gordon

Traducido por Alejandro de Oto

 

Samir Amin fue ganador de este año del Premio “Frantz Fanon Lifetime Achievement” de la Asociación Filosófica del Caribe. La ceremonia en la que recibió su placa se llevó a cabo en la Universidad Cheikh Anta Diop en Dakar, Senegal, en junio.

Al recibir su premio, Amin ofreció una emocionante reflexión sobre los desafíos políticos globales de hoy con un recordatorio de que la revolución no es un evento logrado de la noche a la mañana. Requiere una lucha comprometida a largo plazo.

Era apropiado que Amin fuera honrado de esta manera en una universidad que lleva el nombre de uno de los grandes revolucionarios africanos del siglo XX. También fue conmovedor porque a pesar de ser un africano de ascendencia egipcia y francesa, su corazón también se encontraba en Senegal, donde dedicó buena parte de su vida al Foro del Tercer Mundo que cofundó allí.

Que el lema de la Asociación Filosófica del Caribe sea “Cambiando la geografía de la razón” es también un testimonio de la influencia de Amir.

Su crítica del eurocentrismo inspiró a muchos intelectuales en todo el Sur Global. La Asociación Filosófica del Caribe no fue fundada como un espejo de las prácticas intelectuales en el Norte Imperial. Sus objetivos no fueron sólo valorar las ideas del Sur Global, o el lado de abajo de cierta euromodernidad, sino también para estimar el hecho de ser valorado por ese mundo.

Samir Amin estimaba ser valorado por un mundo cuyos objetivos trascendían la euromodernidad. Compartió el escenario esa noche con el famoso filósofo senegalés Souleymane Bachir Diagne, el economista y músico senegalés Felwine Sarr y el novelista y ensayista brasileño Conceição Evaristo.

No había forma de que ninguno de nosotros supiera que estábamos compartiendo un momento preciado en el último mes y medio de la vida de este gran intelectual. Samir Amin falleció el 12 de agosto, para consternación de tantos en todo el mundo.

Muchos obituarios se refieren a él como egipcio y marxista, pero como vimos en nuestro breve tiempo con él, también era un africano cuyas casas eran Egipto, Francia y Senegal, y, como intelectual, el mundo. Él era muy querido.

En su presentación de la conferencia de la Asociación Filosófica del Caribe “Samir Amin y el Futuro de la Filosofía del Caribe”, el sociólogo, filósofo y economista político de Antigua, Paget Henry, expresó, en nombre de todos nosotros, su aprecio por el trabajo pionero de Amin sobre la importancia del Tercer Mundo, ahora el Sur Global, los pueblos que se hacen cargo del camino de la historia.

La necesidad histórica no debe ser, como el filósofo alemán G.W.F. Hegel y muchos pensadores eurocéntricos confesaron, europea.

Amin entendió, en una larga tradición de pensadores africanos, la centralidad de lo contingente y lo incierto.

A diferencia de otros pensadores orientados al marxismo, muchos de los cuales esperaban una dialéctica de desarrollo lineal de los acontecimientos mundiales, Amin entendió, en una larga tradición de pensadores africanos, la centralidad de lo contingente y lo incierto.

No se pronostica que la única forma de transformar el futuro y producir condiciones de libertad es convertirse en personas de color con máscaras blancas.

La articulación de Amin de la dinámica de la dependencia, no solo en los arreglos económicos del colonialismo y el neocolonialismo, sino también en sus fundamentos culturales fue nada menos que una demanda para que las generaciones futuras construyan alternativas creativas para un futuro viable.

La placa que Amin recibió extendió esta observación de la siguiente manera:

L’ASSOCIATION CARIBÉENNE DE PHILOSOPHIE

décerne le 2018 Frantz Fanon Lifetime Achievement Award

à

SAMIR AMIN

pour votre excellent travail en économie politique

et en théorie pour être un chercheur de premier plan mondial, un constructeur d’institutions et un penseur radical engagé envers la dignité humaine, la liberté et la transformation révolutionnaire du savoir

En español: “A Samir Amin por su excelente trabajo en teoría política y economía política como investigador líder en el mundo, creador institucional y pensador radical comprometido con la dignidad humana, la libertad y la transformación revolucionaria del conocimiento”.

Samir Amin nació el 3 de septiembre de 1931 en El Cairo, Egipto. Sus padres eran médicos que, sin duda, le inculcaron un compromiso inquebrantable para sanar el mundo o, al menos, facilitar uno más sano.

Continuó su formación de posgrado en ciencias políticas, estadística y economía en París, Francia. Fue un militante a lo largo de sus años de estudio, durante los cuales se convirtió en miembro del Partido Comunista Francés.

Inauguró una influyente línea de estudios críticos del “subdesarrollo”.

Su tesis doctoral, con elementos que más tarde expandió y desarrolló, inauguró una influyente línea de estudios críticos del “subdesarrollo”, en la que se unieron posteriormente luminarias como Almícar Cabral, Frantz Fanon, Sekou Touré, Steve Bantu Biko, Walter Rodney, Thomas Sanakara, Aníbal Quijano, Enrique Dussel, Sylvia Wynter y Angela Y. Davis. La gente no es subdesarrollada, todos están de acuerdo; se ve forzada a aparecer así.

A pesar de lograr su doctorado en economía en 1957, Amin no tomó al principio la ruta académica. Trabajó como investigador y asesor económico en Egipto y Mali antes de enseñar en Senegal y Francia desde 1963 hasta 1970, cuando se convirtió en el director del Instituto Africano de Desarrollo Económico y de Planificación en Dakar, Senegal, cargo que ocupó hasta 1980 cuando se convirtió en Director del Foro del Tercer Mundo en la misma ciudad.

Las contribuciones de Amin son sobre todo sus ideas. Sus libros y artículos son demasiado numerosos para mencionarlos en esta breve conmemoración. Las bibliografías de sus escritos están disponibles en varios sitios web, incluidos los Foros del Tercer Mundo. En su tributo, Vijay Prashad declara acertadamente:

En su libro más importante, La Acumulación a Escala Mundial: Crítica de la Teoría del Subdesarrollo (1974), que lo impulsó a la vanguardia de la teoría de la dependencia, Amin mostró cómo fluían los recursos de los países de la periferia para enriquecer a los países del núcleo a través de un proceso que llamó “renta imperialista”.

Muchas de las personas que usan el término “eurocentrismo” hoy en día no saben que fue acuñado por Amin en su libro que lleva ese nombre: L’eurocentrisme (1988).

En ese trabajo se centró en el capitalismo como un sistema cultural en lugar de un conjunto de expectativas algorítmicas basadas en el beneficio y la eficiencia, tal como lo propusieron sus defensores en microeconomía.

Hoy el término se usa a menudo sin una comprensión de las condiciones materiales del capital cultural, que revela la importancia continua de leer y volver a leer el pensamiento de Amin sobre el tema.

Que la expresión se despliegue en todo el mundo es un testimonio de lo que elucida y la presciencia de la visión de Amin.

Jeremy Glick, miembro del Comité de Premios de la Asociación Filosófica del Caribe, dijo esto, que se incluyó en la carta que Amin recibió el 1 de enero de 2018:

Samir Amin es para mí una figura como Gramsci o Fanon o The Beatles, alguien de quien he estado aprendiendo toda mi vida. De hecho, no puedo imaginar mi vida intelectual y política sin las intervenciones de Amin.

Muchos estarán de acuerdo. La ex presidenta de la Asociación Filosófica del Caribe Jane Anna Gordon y yo nos reunimos con Samir en su oficina en el centro de Dakar el pasado mes de junio justo antes de la conferencia en la que se lo honraba.

La oficina estaba debajo de su departamento en el Tercer Foro Mundial. Pasamos una tarde maravillosa discutiendo sus recuerdos de conversaciones y colaboraciones con grandes revolucionarios a quienes todos admirábamos, como Cabral, Fanon y Touré, cada uno de los cuales conoció personalmente, y luego pasamos a la situación global contemporánea.

Samir comentó sobre la situación contemporánea de las relaciones entre Rusia y Estados Unidos, los desafíos a la Unión Europea y la complejidad de lo que China está haciendo como líder mundial en este momento negativo de renovación de la acumulación primitiva. Hablamos sobre la anemia de muchos grupos izquierdistas nacidos de su alergia al poder.

Reflexionamos sobre el impacto de la posmodernidad en la vida política contemporánea, donde incluso hay fascistas posmodernos que reivindican el antiesencialismo y se unen en contra de su supuesta victimización.

Nos burlábamos de la tontería de enfrentarnos a la clase, el género y la raza, en lugar de pensar, como lo hizo Thomas Sankara, en su interconexión y múltiples formas de producción bajo el capitalismo global. Y hablamos sobre la importancia de entender la libertad y el florecimiento de la vida como objetivos políticos.

A Jane y a mí nos conmovió el regalo de un momento íntimo con un intelectual que simplemente es quien es y dice lo que piensa. Aunque hay muchos estudios y retratos que se han escrito sobre Samir Amin, y sin duda habrá muchos más por venir, lo que presenciamos fue una pasión central por la dignidad y el respeto a la vida marcada por la madurez y el coraje.

La Asociación Filosófica del Caribe y la Sociedad Filosófica de Senegal organizaron una celebración maravillosa después de que Samir y otros recibieron su premio.

La banda senegalesa Nakodjé cantó y tocó música en movimiento con una variedad de instrumentos tradicionales que atrajeron a todos a la pista de baile.

Se formó un círculo en el que saltaron muchos, incluidos Bachir y Conceição, para expresar su alegría y presentar su caso, en la danza, para la celebración continua de la vida.

Entre ellos estaba Samir, cuyo rostro revelaba la alegría y la luz de un corazón abrumado.

Aunque muchos de nosotros continuaremos leyendo sus palabras, aquellos de nosotros que tuvimos la buena fortuna de estar allí esa noche lo recordaremos en ese momento de una metáfora perfecta acerca de todo, que es la danza de la vida con la humildad y el compromiso con una causa que es mayor que nosotros y que siempre vale la pena luchar por ella.

 

Este breve video, ofrecido aquí con el permiso de Mireille Mendes-France, quien realizó la grabación, habla por sí mismo:

Este artículo se publica con la autorización de su autor.

Lewis Ricardo Gordon is Chairperson of the Awards Committee of the Caribbean Philosophical Association. He is Professor of Philosophy and Africana Studies, with affiliations in Caribbean, Latina/o, and Latin American Studies and Judaic Studies at the University of Connecticut at Storrs; Europhilosophy Visiting Professor at Toulouse University, France; and Nelson Mandela Visiting Professor of Political and International Studies at Rhodes University, South Africa. He is the founding President of the Caribbean Philosophical Association (2003–2008).