Citizen Illegal: masculinidad cisgénero en un bildungsroman contemporáneo de poesía.

Foto de José Olivares por Marcos Vásquez

Julio Enríquez-Orneleas

 

Olivarez, José. Citizen Illegal: Poems. Haymarket Books, 2018.

 

En el lanzamiento del más reciente libro de Sandra Cisneros, Puro amor en el Museo Nacional de Arte Mexicana en Pilsen, fue cuando oí por primera vez el nombre de José Olivarez. Ese día la icónica escritora enunció una serie de jóvenes escritores quien, como ella, imaginaban un Chicago como el que ella narró en La casa en Mango Street. José Olivarez es un poeta quien a tan poca edad se destaca a nivel internacional por su poesía. El poemario Citizen Illegal de José Oilvarez se publica el 2018. En la colección sobresale la influencia del género musical de Hip-Hop y el estilo de poesía conocido como Spoken-Word. En sí, la temática de cada poema es en torno a la experiencia de un joven estadounidense que crece en un barrio en el área de Chicago; quien después asiste a la universidad, y vuelve a casa, distinto. Bien podría decirse que Citizen Illegal es un poemario entorno a la idea del bildungsroman pero en forma de poesía. Cabe mencionar que algunos poemas se presentan como micro-ficciones. El poemario del autor está compuesto por cinco secciones y contiene un total de cuarenta y siete poemas. A veces los poemas aparecen como breves párrafos con cierta tonalidad melódica y todo lo escribe en minúsculas. Los poemas exploran ideas universales como el amor, la salud mental, la familia, y la comunidad. José Olivarez problematiza esto al entrelazarlas con cuestiones de raza, etnia, genero, clase social y estatus migratorio.

Como ejemplo de eso, en el poema “My Therapists Says Make Friends with Your Monsters” el yo poético va con una terapista para aprender a cómo no huir de los monstruos, sino a conocerlos a pesar de que le llaman gordito o “husky”. Para la voz poética hay un interés en lo siguiente, “my therapists says i can’t / make the monsters disappear / no matter how much i pay her” (8). Es ahí donde el lector descubre que la meta no es hacer desaparecer a los monstruos, al contrario, quiere aprender, “their names, so i can see / clearly their toothless mouths, / their empty hands, they pleading eyes” (8). En el poema se indica claramente que uno de los monstruos es la relación del yo con el cuerpo. La transgresión poética reside en cómo el poema explora la imagen corporal de un hombre cisgénero y su salud mental, algo que comúnmente no se visibiliza en poesía latinx cuando se poetiza la experiencia cisgénero masculina. Como así lo indica el célebre escritor Carlos Andrés Gómez en su libro Man Up, al hombre latinx de cisgénero se le enseña a esconder sus sentimientos, y por eso ronda por el mundo como un niño asustado que aparenta ser lo que él cree que debe ser y hacer como un hombre. Debido a eso el hombre latinx de cisgénero, a veces, desconoce su sentir y no sabe quién es o cómo se siente porque se le ha enseñado únicamente a ser fuerte o a aguantar sus emociones en toda ocasión.

Ese hilo temático de la masculinidad cisgénero se ve en el poema, “Boy & The Belt” el cual viene después de “My Therapists Says Make Friends with Your Monsters”. En ese poema se explora el tema de la disciplina de un menor por parte de un padre que la lleva a cabo por medio de la violencia física a través de un cinturón. Desde un inicio la voz poética indica, “the belt is an extension of dad & dad is an extension of god” (9). Esto establece un orden de poder. En el poema predominan una serie de oraciones breves en donde se repite padre, niño, y cinto. Esta repetición de palabras es lo que le da melodía al poema. En sí, el poema cierra con lo siguiente, “when the belt meets the boy, the belt kisses the boy & leaves / purple lipstick. dad understands this as an act of love. the belt doesn’t know / about love. the belt knows it completed its job. & the boy hears love” (9). Es por medio de este poema, donde el yo poético también le está dando visibilidad a la violencia que algunos niños viven por parte de su padre cuando éste les muestra disciplina con un cinto. La voz poética equipara esta violencia infantil con actos de amor, y esto quizá lo hace de manera irónica, pero para el lector eso no queda claro. Cabe mencionar que este poema viene después del poema “My Therapists Says Make Friends with Your Monsters”, hace que se vinculen los dos literalmente dentro del poemario, pero también temáticamente, así como causa y efecto. Por la violencia vivida de niño el joven ahora como adulto está en proceso de conciliación con sus monstruos.

Este mismo tema de violencia por parte de un padre a un hijo se destaca en el poema, “Poem to Take the Belt Out of My Dad’s Hands”. En este poema la voz poética toma acción contra dicho acto de amor de su padre ya que afirma, “i snatch it & bury it” (57). Como indica el título del poema, con la falta del cinto el padre usa la mano. El poema cierra con lo siguiente, “the belt is buried. he reaches for my head and rubs it. soft. He says it’s okay. / in this story, there is no but. this story ends here. my dad. me. still under / his hands. still crying.” (57). En estos poemas se destaca el estado emocional de un niño quien sufre abuso físico por parte de su padre. En el poema vemos como hay un intento de resolver dicho abuso, pero al final el yo poético termina llorando y bajo el dominio de su padre, indicando que no hay una irresolución del abuso. Es importante destacar que en el poemario se siguen otros hilos entre la relación de padre e hijo, y no únicamente se presenta como una dinámica en donde el padre golpea al hijo. Parece ser que el yo poético explora sus relaciones familiares de diversos puntos de vista.

José Olivarez en Citizen Illegal problematiza la idea de la familia al incluir cuestiones de la masculinidad cisgénero, ya que vemos por medio del yo poético un afán de no seguir con las mismas formas de disciplina de su padre. Como resultado, el poemario se destaca por su deseo de darle visibilidad a dicha experiencia, la cual muchos jóvenes latinx viven. Aunque no sea amplía en esta lectura, cabe mencionar que en el poemario se explora la relación entre el yo poético con su madre y consigo mismo. Es decir que en el poemario de José Olivarez lo que sobresale es la sincera exploración de los diversos matices que forman un núcleo familiar. La maravilla y originalidad de la colección de poemas de José Olivarez surge por su habilidad coloquial de dar a conocer los diversos temas que forman parte de las experiencias latinx. Es esa accesibilidad y profundidad del lenguaje lo que causa que el texto se perciba como una colección imprescindible contemporánea ya que elocuentemente en el poemario se afirman verdades sobre lo que significa ser un joven en el siglo veintiuno.

Julio Enríquez-Ornelas es escritor y crítico literario. Nace en Zamora, Michoacán y crece en Salinas, California. Estudia literatura en inglés y español en Wabash College. En la Universidad de California, Riverside obtiene un doctorado en Literatura Latinoamericana con un enfoque en novelas mexicanas de fin de siglo. Al graduarse es nombrado Postdoctoral Fellow de literatura y cultura latinoamericana en la Universidad de Tennessee, Knoxville. Actualmente radica en Decatur, Illinois donde ejerce su carrera como profesor universitario de Español en Millikin University. Recientemente fue nombrado Coleman Faculty Fellow y James Millikin Professor de Educación. Su trabajo crítico y creativo ha aparecido en Hispania, Journal of Midwest Modern Language Association, Textos Híbridos, Alchemy: Journal of Translation, El BeisMan, “La carta abierta” de Ediciones Patito y Paloma Revista.

LA POESÍA Y UNAS MUERTES ANUNCIADAS

por Humberto Gamboa

 

En 1964, Pablo Neruda escribió su única obra dramática: Fulgor y muerte de Joaquín Murieta. Tres años más tarde sería puesta en escena, musicalizada en forma de Cantata por Sergio Ortega. Algunos fragmentos sobrevivieron como canciones independientes interpretadas por grupos de la Nueva Canción Chilena. Uno de los poemas, sobre todo, se volvería emblemático en las voces poderosas de Willy Oddó y los Quilapayún: Premonición a la muerte de Joaquín Murieta. Dice así:

Escucha la arena/ que mueve el desierto/ escucha el reloj/ que entierra a los muertos./ Atrás bandolero/ la muerte te aguarda,/ llegaron los galgos/ murió una guitarra,/ tu sangre invisible/ será derramada./ ¿Oíste, Murieta?

Ya no montarás/ ya no correrás/ ya no vengarás/ ya no vivirás.

La tierra te advierte/ se cumple el destino,/ los galgos te acechan,/ termina tu suerte,/ te siguen las huellas,/ no traigas la rosa,/ el llanto en la luna/ la lluvia prepara/ se acerca la muerte/ te aguarda la fosa./ ¡Murieta, detente!

El bandido/ héroe no escucha advertencias y se apresta a cumplir con su destino: muere en los campos de California, en los años de la llamada Fiebre del oro, a manos de los rangers. Sin embargo, la leyenda de Joaquín Murieta (algunos lo escriben Murrieta) sobrevive en el imaginario popular. Sus orígenes son oscuros: ¿mexicano de Sonora o chileno de Valparaíso? Existen corridos mexicanos y cuecas chilenas que relatan supuestos episodios de su vida. Neruda lo consideró chileno, y su Premonicion, con la música y los arreglos espléndidos de Eduardo Carrasco, gana fácilmente adeptos a su causa. Aquí lo que quisiera resaltar es esa alusión al final trágico de Murieta, encarnada en la peculiar figura de un presagio de poeta.

El 16 de septiembre de 1973, en Santiago de Chile, muere asesinado por la dictadura militar de Augusto Pinochet el poeta, cantante, director de teatro y profesor universitario Víctor Jara. El que había sido también director del Quilapayún en los primeros tres años del grupo había escrito un puñado de textos poéticos musicalizados que resultaron dolorosamente proféticos. Como muestra, escuchemos solamente un par de estrofas de Con el alma llena de banderas:

A tus pies heridos llegarán/ las manos del humilde,/ llegarán/ sembrando./ Tu muerte muchas vidas traerá/ y hacia donde tú ibas/ marcharán/ cantando.

Ahí donde se oculta el criminal/ tu nombre brinda al rico/ muchos nombres./ El que quemó tus alas al volar/ no apagará el fuego/ de los pobres.

Todavía más desconcertante es La canción del soldado, donde Víctor mira su propia muerte:

Soldado, no me dispares/ soldado./ Yo sé que tu mano tiembla/ soldado, no me dispares.

¿Quién te puso las medallas?/ ¿Cuántas vidas te han costado?/ Dime si es justo soldado/ con tanta sangre ¿Quién gana?/ Si tan injusto es matar,/ ¿por qué matar a tu hermano?

Tenemos aquí esa extraña aparición de la poesía anticipando la tragedia. En el caso real de Víctor Jara, el poeta se nos presenta como un visionario, un ser con una sensibilidad especial para detectar el trasfondo del cataclismo que se avecina, pero imposibilitado para evitarlo. Podemos aducir que se trata de coincidencias desafortunadas, que las metáforas lanzadas al calor de la inspiración poética dieron por mera casualidad en el blanco. Pero no deja de ser inquietante.

El 11 de agosto de 1986, en el número 510 de la revista mexicana Proceso, José Emilio Pacheco publicó en su columna Inventario uno de los casos más fascinantes que recuerdo haber leído de esa relación fortuita entre la poesía y un presentimiento de muerte. En este hecho real que parece ficción, ampliamente documentado, ocurrido en la década de los años treinta del siglo XX, los sueños ocupan un plano central. La acción transcurre en dos países (México y España) y se vieron involucrados no uno sino dos poetas, ambos en la plenitud de sus vidas y de su fama: Federico García Lorca y Bernardo Ortiz de Montellano. Por esas fechas (1986) habían muerto dos mexicanos ilustres, Renato Leduc y el Indio Fernández, y Pacheco le dedicó gran parte de su columna al poeta Leduc. La otra mitad del Inventario se enfocó en aquel extraño poema/ sueño de Montellano que hubiera muy bien podido llamarse Premonición a la muerte de García Lorca.

Para todos los que no tuvieron la dicha de leer la mejor columna cultural habida en México y quizá —por qué no— del mundo (desde 1973 hasta 2014) reproduzco (con perdón de JEP) la parte que corresponde a Ortiz de Montellano y su prodigioso sueño. Forma parte de las 353 columnas incluidas en los tres tomos (2075 páginas) de su Inventario publicado por Ediciones ERA en su primera edición (2017). Ojalá que un día se reimpriman los otros 706 Inventarios.

 

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Humberto Gamboa. Nació en Durango, en la navidad de 1954, en un pueblito llamado La Purísima, localizado a 50 kilómetros de Santiago Papasquiaro, la cuna de los Revueltas. La primera vez que oí de esa familia debe haber sido en 1962, durante una de mis frecuentes vistas a Santiago, donde mi hermano Fidel estudiaba su secundaria. Caminando un día por esas calles con mi madre, descubrí, incrustada en la pared de una casa que lucía pobre y abandonada, una vieja plaquita donde aún podía leerse: “Aquí nacieron los Revueltas, orgullo de México y del Mundo”. En agosto de 1968, cuando me fui a estudiar a la Ciudad de Durango fue cuando realmente caí en cuenta de la enorme importancia de José Revueltas. El Movimiento Estudiantil había llegado a la provincia y Durango estaba, como el resto del país, convulsionado. Su nombre estaba en boca de los manifestantes y en los diarios. Después de Tlatelolco, muchos jóvenes comenzamos a leer con fervor a José Revueltas. Durante 33 años, Gamboa fue librero (6 en la librería Europa y 27 en Tres Américas) y, al mismo tiempo, durante 10 años se dedicó a escribir reseñas de libros y entrevistas en la revista Tres Américas y en el semanario ¡Éxito!

EL SUEÑO DEL CONSULADO

por José Emilio Pacheco

 

1.- Seis años antes [de 1936] Bernardo Ortiz de Montellano soñó el asesinato de Federico García Lorca. Animado quizá por la traducción de Freud que publicó la Revista de Occidente, Montellano empezó a anotar sus sueños con fines poéticos, y no psicoanalíticos y proféticos. En 1930 escribió un poema al que tituló “Primero sueño” en homenaje a Sor Juana. Fue incluido en el número 35 de [la revista] Contemporáneos (abril – junio de 1931). Se puede leer en la edición facsimilar del Fondo de Cultura Económica (t. X-XI, pp. 1-2), como prueba infalsificable, y también en Sueño y poesía, la obra poética de Montellano, recogida por su discípulo Wilberto Cantón (UNAM, 1952 y 1971).

Habían nacido con pocos meses de diferencia. Lorca en Granada, el 5 de junio de 1898; Montellano en México, el 3 de enero de 1899. Ambos forman parte de la gran generación poética del idioma que en España es el “grupo del 27” y entre nosotros [los mexicanos] los llamados “Contemporáneos”. Lorca murió asesinado por los fascistas el 18 de agosto de 1936. Montellano dejó de existir el 13 de abril de 1949. Hoy el primero es un poeta universal; el segundo ha tenido la desgracia de no gustar a las personas que han hecho la opinión poética de México. El último golpe acaba de asestárselo Guillermo Sheridan en su excelente libro Los Contemporáneos ayer.

Aunque tuvieron dos amigos en común, Salvador Novo y Jaime Torres Bodet, no se encontraron jamás: Lorca estaba invitado a México en el verano de 1936. A última hora decidió permanecer en su ciudad natal y allí fue a encontrarlo la muerte. Es probable que haya leído el poema en 1931. Lorca era muy supersticioso y nunca se refirió al “Primero sueño” en que, por lo demás, no aparece su nombre. No puede haber sido indiferente a su autor pues en el número 4 de Contemporáneos (septiembre – diciembre de 1928), [Montellano] reseñó el Romancero gitano que acababa de aparecer en Madrid.

 

2.- El río del Consulado se llamó así porque lo abrieron con trabajo esclavo los miembros del Consulado, la agrupación española que antes de las reformas borbónicas monopolizaba el comercio novohispano. Igual que el río de La Piedad, su objeto fue llevar al lago de Texcoco las aguas que bajan de las serranías del poniente [de Cd. de México]. A su orilla se tendió la calzada de la Verónica, uno de los dos accesos a Chapultepec antes de que Maximiliano abriera lo que hoy es la [avenida] Reforma.

Al introducirse el alcantarillado los ríos de la ciudad se convirtieron en desagües, asesinaron el lago de Texcoco y transformaron para siempre la ecología de la cuenca. Poco a poco se fue preparando el desastre de 1985 y no deja de ser significativo que los mayores estragos del terremoto aparezcan precisamente en el triángulo que forman los ríos del Consulado y La Piedad. Ahora fluyen invisibles pero, como tantas otras cosas en este país, siguen allí bajo tierra.

Antes de ser entubado para hacer la calzada Melchor Ocampo y después sumergido para construir el Circuito Interior, el río fecal marcaba el límite de la ciudad por el poniente y la línea divisoria entre la “decencia” de San Rafael y la miseria de Santa Julia. Montellano sueña y escribe que van con “el poeta andaluz”, entre nubes de polvo, por la orilla del

Canal de aguas obscenas, desconsolado río,/ lava sucia que rinde la jornada,/ agua amarilla, verde lavadero,/ lodazal de niños, gritos y pedradas.

Se detienen al descubrir en un jacal un velorio indígena. Tres niñas giran en derredor de otra niña muerta y cantan coplas alusivas a la flor de romero. Suena en la canción el nombre de [el poeta] López Velarde, desaparecido nueve años atrás. Al tocarla Montellano la niña revive y crece como una flor o una ciudad. Después vuelve a quedar dormida.

Siguen caminando. “El poeta andaluz” repite entre malas palabras un estribillo musical que sirve para encargar la fabricación de una guitarra. Aparece un grupo de indios. De tres en tres cargan guitarras largas como remos. Cada una está compuesta de tres guitarras más pequeñas en forma de ataúd:

Remos altos,/ monótonos laúdes:/ tres guitarras unidas/ como tres ataúdes.

Llega otro grupo de indios congregantes, surianos por el traje y armados con fusiles. Van con ellos tres o cuatro generales montados en enormes caballos de madera. El río parece convertirse súbitamente en estos personajes:

Canal de aguas obscenas,/ ojos de la carabina,/ amarillas cananas entre dientes/ —lava sucia que rinde la jornada—/ en caballos de Troya, relucientes,/ máscaras serpentinas,/ las estatuas ecuestres.

Polvo de los bolsillos de la tierra,/ polvo de siglos descalzos/ por escalar pirámides/ y abrir el corazón a los magueyes./ Acompañan la voz de los jinetes/ oraciones con letras de retablo,/ densas nubes de polvo, que los siguen/ como la sombra de los fusilados.

Con gesto duro de máscara uno de los generales da la orden de fuego a los soldados. En ese instante Bernardo Ortiz de Montellano despierta.

 

3.- Cuando se publicó en Contemporáneos era un poema onírico en que nadie podía ver anticipación alguna. Los “cuatro generales” del sueño no eran aún los “cuatro generales” que en 1936 se levantaron contra la República española. La única relación militar con el río del Consulado era que en su orilla estableció Porfirio Díaz su línea de asedio a la capital en 1867 (y libró su última batalla contra Leonardo Márquez en el puente de Insurgentes sobre el río de La Piedad). En el recuerdo infantil de Montellano pudo haber quedado la costumbre de Díaz de pasar revista a su ejército en los llanos de la Verónica.

Diecisiete años más tarde Montellano se entera, al leer a Pío Baroja en La feria de los discretos, que es costumbre andaluza el que los hacedores de ataúdes saquen un trozo para una guitarra de la misma madera en que elaboran una caja de muerto. Y recuerda que su abuelo era andaluz del Puerto de Santa María, y cerca de Sevilla hay un pueblo llamado Montellano.

Pero mucho antes, el 27 de septiembre de 1936, anota:

En estos días apareció en los diarios la noticia de la muerte del poeta andaluz Federico García Lorca, fusilado en Granada. No se conocen otros datos, pero nadie puede explicarse el destino final del poeta, alejado de la política y ajeno a la milicia en el conflicto español.

Al releer “Primero sueño” dice:

Siempre pensé que el poeta andaluz que me acompañaba en la jornada era García Lorca… La angustia del sueño —lo recuerdo— era la del fusilamiento ordenado con la voz ¡fuego! contra el grupo donde nos encontrábamos el poeta andaluz y yo […]. Cinco años después de escribir el “Sueño” ha muerto, fusilado por la inconciencia y la maldad, el poeta García Lorca, y una vez más confirmo que en los sueños como en la poesía —estados psíquicos afines, imágenes de una realidad esencial— pueden anticiparse sucesos por venir.   (JEP)

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“Me canso ganso”: Las máximas de AMLO

El Fifí y AMLO

por Antonio Zavala

 

La premisa del presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO) es que la época neoliberal consistió de años de rapiña dejando a México desbastado en corrupción, impunidad, violencia y pobreza. El nuevo presidente se ha asignado la tarea de limpiar a México de la corrupción y de la impunidad. Obrador apuesta a un México autosuficiente en todo lo que consume y busca crear trabajos, promover el bienestar social, no reprimir al pueblo y fomentar la libre expresión de los ciudadanos y la prensa, aunque él califique a la prensa conservadora como “Prensa Fifí”.

El nuevo presidente también busca impulsar el campo agrícola, la cual acusa de abandono por las administraciones anteriores. Además busca convertir en delitos mayores el manipular las elecciones, comprar votos e intimidar a los votantes.

Por los últimos cuatro meses, AMLO ha ofrecido una conferencia de prensa, llamada la mañanera, en donde presenta sus iniciativas y contesta preguntas de la prensa de lunes a viernes. Ahí destapa los escándalos previos, da nombres y números, y toma el tiempo, como él dice, para concientizar a los mexicanos sobre historia y los valores requeridos para la Cuarta Transformación de México.

Mas que todo, AMLO asegura que busca ser un buen presidente a la altura histórica de los presidentes Benito Juárez y Lázaro Cárdenas.

Las siguientes citas son un ejemplo de las expresiones que AMLO ha dicho para enfocar la atención a la Cuarta Transformación de México. Las fuentes son los medios ADN Político, México Desconocido, Milenio, Revista Proceso y mis propias anotaciones de sus conferencias mañaneras.

En las citas se pueden ver las reglas por las que el presidente se rige; su llamado a la honestidad, su apego a erradicar la corrupción, los elementos de la transformación y un llamado a que los mexicanos transformen su mentalidad para crear un México nuevo.

¿Vale preguntar si AMLO logrará lo que se ha propuesto? Es muy pronto para saberlo. Lo que sí se puede asegurar es que Andrés Manuel López Obrador es diferente a los últimos presidentes que México ha tenido. He aquí algunas de las máximas (lecciones) del presidente.

“No puede haber gobierno rico con pueblo pobre”.

“Al margen de la ley, nada; por encima de la ley, nadie”.

“No vamos a ocultar nada, no vamos a ser tapadera de nadie”.

“Como decía Juárez nada por la fuerza, todo por la razón y principios”.

“No es un cambio de gobierno, es un cambio de régimen”.

“Yo necesito tener la comunicación con la gente, es más quiero saber siempre lo que la gente está pensando. Siempre voy a recoger los sentimientos de la gente porque ahí es donde me entero de lo que está pasando. Si nada más me dedico a leer el periódico, con todo respeto, quizás no vaya a saber lo que realmente está sucediendo”.

“Si robaban arriba, pues cómo no iban a robar abajo”.

“Antes no había Estado de derecho, era un estado de chueco”.

“Decían si no tranzas, no avanzas. Ahora si tranzas, avanzas y tambo”.

“No solo de pan vive el hombre”.

“No hay paz sin justicia, la paz es fruto de la justicia”.

“Cuando un funcionario acepta recibir hasta 600,000 pesos mensuales, eso es corrupción”.

“Se va a hacer más con menos, porque se acaba la corrupción”.

“Lo mejor es la honestidad, la integridad. La honestidad vale todo”.

“Que la cuarta transformación signifique justicia”.

“Cuando cambia la mentalidad de un pueblo, cambia todo”.

“Tenemos que moralizar la vida pública de México”.

“Todos a portarnos bien, todos. La felicidad no es el dinero. Y solo siendo buenos podemos ser felices”.

“El presupuesto es de todos. Es de los mexicanos, es del pueblo”.

“El neoliberalismo es sinónimo de corrupción”.

“La felicidad es estar bien con uno mismo, con nuestra consciencia y el prójimo”.

“Por el bien de todos, primero los pobres”.

“Deseo que el pueblo siempre tenga las riendas del poder en sus manos. El pueblo pone y el pueblo quita y es el único soberano al que le debo sumisión y obediencia”.

“Nuestro pueblo no es flojo, por el contrario, es de las sociedades más trabajadoras del mundo”.

“El pueblo de México es heredero de grandes civilizaciones y, por ende, es inteligente, honrado y trabajador”.

“La violencia se desató en el país porque no ha habido crecimiento económico en el país desde hace 30 años”.

“No se puede enfrentar la violencia con la violencia, no se puede apagar el fuego con el fuego”.

“Si esto es ser populista, que me apunten en la lista”.

“Cero tolerancia a la corrupción, no nos vamos a cansar, somos muy perseverantes, somos muy tercos. Ya dijimos, se va a desterrar a la corrupción y lo vamos a lograr. Esto que se sepa, no es discurso, no es retórica, mucho menos demagogia, es una convicción, es un principio. Que no estén pensando que va a ser un asunto pasajero. No. Es la principal tarea del gobierno de la república: acabar con la corrupción. No le hace que nos lleve tiempo, pero vamos acabar con la corrupción, se va a limpiar a la corrupción y que nos ayuden todos los ciudadanos”.

“El mercado no sustituye al Estado”.

“El Pacto por México, era un Pacto contra México”.

“El vasallaje colonial de obedecer y callar se acabó, ya somos libres”.

“El pueblo no es tonto. Tonto es el que piensa que el pueblo es tonto”.

“No les fallaré. Quiero seguir el ejemplo de Benito Juárez y de Lázaro Cárdenas”.

“Estamos a punto de lograr la cuarta transformación en la historia de México”.

“Nunca más un régimen autoritario que persiga e investigue a los luchadores sociales por sus ideales, sus convicciones, sus principios”.

“Nada ha dañado a México como la deshonestidad de sus gobernantes”.

Sobre aviso no hay engaño: sea quien sea (corrupto) será castigado. Incluyo a compañeros de lucha, funcionarios, amigos y familiares. Un buen juez, por la casa empieza”.

“En el campo hay una forma de vida buena, sana”.

“El gobernar, obedeciendo”.

“Ya saben que la suerte se reparte muy temprano”.

“Me canso ganso”.

Antonio Zavala. Periodista y escritor mexicano de Chicago. Zavala trabaja y colabora con varios medios incluyendo La Raza, el servicio de noticias EFE, la revista Contratiempo y la revista en línea El BeiSMan. Como autor tiene dos libros publicados: Pale Yellow Moon, colección de cuentos en inglés; y Memorias de Pilsen, colección de crónicas en español sobre las batallas del activismo Chicano en Pilsen, Chicago, en las décadas de 1970 y 1980. Actualmente Zavala trabaja en otro libro de cuentos en inglés.

 

Las sociedades modernas y la bestia del poder

LEVIATÁN: escena del filme del cineasta ruso Andrey Zvyagintsev.

por Febronio Zatarain

 

El pensador inglés Thomas Hobbes nos hace pensar que los verdaderos actos de bondad tienen un carácter sobrehumano. Que por naturaleza somos cien por ciento egoístas; que el objeto de estudio de la Ética es artificial, pues los valores se han establecido para poner riendas a los egoísmos y así poder desarrollar la Civilización. Lo natural, por ejemplo, es que los hombres seamos machos porque en términos de fuerza física podemos dominar a las mujeres. La mujer luchó y sigue luchando para lograr que se le trate como igual y que el hombre no abuse de su fuerza física.

Y esta lógica se reproduce en toda diferencia, en toda confrontación. Mientras más disposición muestran los grupos que se enfrentan a concertar, a ceder y a conceder mayor desarrollo en términos de civilización se manifestará al interior de una comunidad, de un país o del mundo entero.

En la primera mitad del siglo XX estas grandes Bestias del Poder que Hobbes bautizó con el nombre de Leviatán, se desbocaron y generaron dos guerras. Los triunfadores de la Segunda Guerra Mundial tuvieron que concertar, conceder y ceder. El mundo se dividió en dos bloques y cada uno construyó una ética con la cual regirse. Estos dos Leviatanes tuvieron sus confrontaciones de manera indirecta (lo que se llamó la Guerra Fría) a lo largo de cuatro décadas, hasta que el bloque “socialista” aceptó su fracaso. Al derrumbarse el Muro de Berlín se derrumbaron por completo las éticas que sustentaban al Uno con el Otro. Los leviatanes se desbocaron de nuevo. Los países de Europa Occidental, para poderse proteger de los embates de Estados Unidos, de Rusia y de China formaron la Unión Europea.

Debido al alto gran desarrollo de bienestar social que se había alcanzado en la gran mayoría de los países de la Unión Europea hacia el año 1989, las propuestas de respetar lo que no soy, lo que pertenece al terreno de la Otredad vienen fundamentalmente de ellos. Estados Unidos, Rusia y China se han mantenido en la misma sintonía; sus pleitos, cínicamente, son por el control de territorios. Entre ellos los debates sobre los valores no existen… “Si puedo, te jodo”.

Al llamado Tercer Mundo, los tres Grandes Leviatanes han agarrado a los países que lo conforman como trampeadores y han aplicado un capitalismo bárbaro y descarnado. Si algunos de estos países han tenido en su interior movimientos sociales que han logrado tomar el poder, estos movimientos han tendido a crear un “Estado de Bienestar” muy débil que se ha manipulado al antojo de un Caudillo, priorizando siempre mantener y acrecentar el Poder valiéndose, si es necesario, de prácticas demagógicas y populistas. En la actualidad la esperanza, más que los jóvenes, son los adolescentes; y los liderazgos es muy probable que salgan de la Unión Europea, de Estados Unidos y de los demás países del llamado Primer Mundo; esto porque sus programas educativos preponderan el respeto no sólo a los demás, sino a los animales y a la naturaleza. La herramienta fundamental de los adolescentes y posiblemente de los niños para organizarse en todo el Orbe será el Internet; y también el Internet será su arma de ataque.

Los adolescentes y los niños del mundo nos darán una lección de Civilidad en la próxima década.

Febronio Zatarain. Emigró a Chicago en 1989 donde se ha dedicado a la promoción cultural. Ha publicado En Guadalajara fue (novela), Veinte canciones en desamor y un poema sosegado. En 2015 ganó el Premio Latinoamericano de Poesía Transgresora con el poemario El ojo de Bacon.

 

 

Celebraciones, una novela para no perder la memoria

Fotografía de Leonardo Gil por Rafael Ortiz Calderón

 

Celebraciones, de Leonardo Gil
Bogotá Colombia: Ministerio de Cultura, Himpar editores, 2018, 148 páginas, $10 dólares/$30.000 pesos colombianos, ISBN 978-958-58740-3-9

Los temas que genera la literatura no son al azar. Todo escritor se basa siempre al escribir en una conmoción interna, en una debacle intelectual que le empuja a decir algo. Pero ese sacudón emocional llega desde lo espiritual y no tanto desde lo sentimental. Siempre hay un hecho que marca no solo la visión personal, sino que afecta a toda una comunidad, a una nación, incluso a todo un continente. La novela Celebraciones, del autor colombiano Leonardo Gil Gómez, nos recrea una serie de eventos que han sacudido a Colombia por muchos años, pero sabemos que esos hechos se reflejan, lamentablemente, en cualquier zona de América latina.

Guillermo, el joven bogotano que es el protagonista de la novela, se gana la vida vendiendo películas, se entera que su hermano ha sido abatido por fuerzas del gobierno en un enfrentamiento con guerrilleros. Ni Guillermo ni Alicia, su madre, entienden la información que se les presenta de manera confusa, de mala gana, y con muchas sugerencias de “dejarlo ahí”. Guillermo, quien no cree lo que le dicen, emprende el viaje para recuperar el cuerpo de su hermano, guiado por un narrador en segunda persona que le habla muy de cerca, esa voz no es otra que la de su propio hermano muerto. El viaje se consuma no sin complicaciones ni desventuras, pero no deja de escucharse un dejo de tragedia a su paso, tal cual una guerra civil fratricida es.

Con una narrativa casi coloquial, Gil Gómez nos pasea por los llanos colombianos haciéndonos sentir el calor sofocante, los aromas de las cocinas de la calle, los sonidos de los vehículos y de los mosquitos, pero también las penurias de un pueblo que vive la muerte de manera cotidiana.

Toda América latina ha sufrido de dictaduras, de revoluciones, de guerras civiles o de terrorismo, y las secuelas se palpan aún después de varias décadas. Toda confrontación deja cicatrices, y es por eso que si queremos seguir viviendo y creciendo como comunidad, esas cicatrices deben ser expuestas para que la población aprenda de los errores y éstos no vuelvan a repetirse. Libros como Celebraciones, recrean esa memoria colectiva, nos la presentan sin contemplaciones para que podamos comprender en toda su dimensión la crueldad del ser humano, y lo que se necesita hacer para que el mundo cambie.

Celebraciones es una buena novela desde lo narrativo no solo porque es rica en su expresión, sino porque crea un ambiente propicio para que el lector viva el mismo entorno que el protagonista, sufra sus mismas angustias y para que celebre también esas pequeñas victorias que se pueden saborear dentro de un ambiente hostil, corrupto y despiadado. Pero también uno se da cuenta que la novela está trabajada desde el aspecto histórico y político, que es fiel a su contexto y porque invita a la reflexión. Y cuando tenemos un cóctel tan poderoso como este en una sola novela, no nos queda otra que sentarnos y empezar a leerla.

 

Fernando Olszanski, escritor y editor, su último libro se titula El orden natural de las cosas y otros cuentos. Es Director Editorial de Ars Communis. Reside en Chicago.

¿Para qué sirve la Real Academia Española?

por Humberto Gamboa

Ya que la semana pasada (del 19 al 22 de mayo, 1999) tuvimos en Chicago lo que se llamó las Primeras Jornadas de la Lengua Española, con la participación de intelectuales mexicanos como Carlos Fuentes, Ángeles Mastretta y Raúl Trejo Delarbre, y un sinfín de personalidades locales (entre otros: la escritora Ana Castillo, el profesor de la Universidad Roosevelt John Barry, y el director del semanario ¡Éxito! Alejandro Escalona), convendría echar un vistazo a la obra de un personaje muy poco conocido fuera de México, pero que en España llegó a hacer temblar a los mayores académicos de la lengua. Al igual que aquel Caballero Andante, Don Quijote de la Mancha, tampoco éste se arredró nunca ante la presencia de ningún gigante.

Se llamaba Raúl Prieto, y nació el 21 de noviembre de 1918 en Ciudad de México. Periodista desde muy joven, Raúl Prieto llegó a escribir artículos de toda índole: crónicas, reportajes, editoriales, etc. en publicaciones como La Prensa, Siempre!, El Tiempo y Novedades. Fue, además, miembro destacado del grupo legendario que en 1976 fundó la revista Proceso.

En 1949 apareció en Excélsior su columna Perlas japonesas, que alcanzaría gran popularidad. En ella, Prieto mostraba ya dos de sus principales características: un gran sentido del humor, sarcástico y venenoso, y una vasta erudición. Desde sus Perlas japonesas Prieto lanzaba saetas a los transgresores de la lengua, firmando ya con su famoso apodo: Nikito Nipongo.

Por ese entonces, Prieto comenzó su guerra con la Real Academia Española (RAE). Una guerra que se prolongó durante años, en la que Prieto jamás pidió ni dio tregua, y donde los académicos salieron los peor librados. Ya a finales de 1986, el autor de las Perlas japonesas podía exhibir al mundo su máximo trofeo: una Real Academia bastante desprestigiada.

En septiembre de 1958 aparece El Diccionario, el primer ataque de Prieto, ya en forma de libro, a la Real Academia Española. Es una crítica acerba y concienzuda al Diccionario de la Lengua Española en su edición de 1956, la XVIII. Al aparecer la XIX, en 1970, Prieto descubre que es tan mala —o aún peor— que la anterior, y ataca de nuevo: publica Madre Academia, crítica sicalíptico-lexicográfica en prosa (“¡Un libro cojonudo y sin censura!”, nos advierte, dibujado en la portada, un viejecito desdentado que viste la clásica toga del académico).

Este vocablo, sicalíptico, definido por la Real Academia Española como “pornográfico, obsceno”, tiene otras acepciones que, como siempre, fingen ignorar los académicos. El escritor José de la Colina, recordando su niñez madrileña (llegó a México exiliado), nos dice que también significa “cachondo”; y que le parece más que bien “que el autor prodigue a lo largo de su discurso contra la Academia un chisporroteo de sicalipsis en respuesta a la pacatería y la ridícula gazmoñería del Diccionario de la Lengua, sin coño y otras gollerías”.

De la Colina anotaba la inmensa aportación de Raúl Prieto con su libro: “Madre Academia es la más exhaustiva recopilación de los errores, barbaridades y omisiones del Diccionario de la Lengua. Errores por pésima información científica o meramente lexicográfica; barbaridades por una visión anacrónica, localista, reaccionaria del mundo; omisiones por lo anterior, y por la ridícula pacatería y la obsoleta censura de las malas palabras” —concluía en un largo ensayo.

Madre Academia fue un latigazo dirigido no solamente a los académicos de la Madre Patria; también lanzaba estocadas sin piedad alguna a las Academias de la Lengua de América Latina, equivalentes de aquélla y tan dadas, también, a dormirse en sus laureles. En especial criticó duramente a la de México (que en 1975 cumplía un siglo de haber sido creada) por su muy escasa —por no decir nula— participación en la elaboración del Diccionario de la Lengua.

Que en la lista de los miembros de la Academia Mexicana de la Lengua figuraran nombres tan ilustres como los de Juan Rulfo, Agustín Yáñez y Martín Luis Guzmán —afirmaba Raúl Prieto— no quería decir absolutamente nada. Otros estaban de acuerdo: el escritor Gustavo Sáinz escribió: “La Academia Mexicana cumple cien años, y aunque la metáfora es torpe, se me ocurre compararla con una tortuga”. De la Academia Argentina de la Lengua el poeta Jorge Luis Borges opinaba lo mismo, y eso que él era uno de sus miembros más destacados.

En 1984, al aparecer la edición XX del Diccionario de la Lengua, Prieto decidió darle otra vuelta de tuerca al asunto: publicó ¡Vuelve la Real Madre Academia! (1986), un ensayo de 400 páginas donde demostraba, sin lugar a dudas, que los académicos no tienen remedio. Tampoco —concluía desalentado— sus ingenuos y fieles seguidores. Así se lamentaba Prieto:

Desgraciadamente, le dan importancia al almodrote (el Diccionario RAE ) en España y en Hispanoamérica, tanto sus hordas burocráticas como muchas instituciones que en esas partes del Tercer Mundo intentan ser respetables. En la Universidad Nacional Autónoma de México, por ejemplo, más de un profesor de español, de literatura, de periodismo recomienda a sus alumnos que acudan al diccionario de la Real Madre —aunque no para reírse de sus burradas, sino para venerarlo como fuente de sabiduría y para tomarlo como autoridad lingüística.

En 1992, a las celebraciones en todo el mundo por el Quinto Centenario del descubrimiento de América, el llamado Encuentro de dos mundos (El Encontronazo, para sus detractores), quiso sumarse la Real Academia Española. Apareció la muy pregonada edición XXI, que había creado tantas expectativas. Esta vez, se suponía, su Diccionario de la lengua sí que iba a tomar en cuenta los cientos o miles de vocablos —hasta entonces ignorados— de las que fueran las antiguas colonias españolas. En el prólogo de esa edición, la RAE se daba baños de gloria:

La Real Academia Española ha querido contribuir a la celebración del V Centenario del descubrimiento de América publicando una nueva edición, la vigésima primera, de su diccionario usual. Lo hace para cooperar al mantenimiento de la unidad lingüística de los más de trescientos millones de seres humanos que, a un lado y otro del Atlántico, hablan el idioma nacido hace más de mil años en el solar castellano y se valen de él como instrumento expresivo y conformador de una misma visión del mundo y de la vida.

Con furia y fuego arremetió Nikito Nipongo: “Lenguaje amerengado y tramposo, influido por una concepción imperialista que, aunque anacrónica, respalda las labores de la Real Academia Española. Por lo mismo lanza la citada edición, no por cooperar al mantenimiento de la tal unidad lingüística que, claro, sólo la concibe aquella institución con el cordón umbilical amarrado a Madrid, la antigua metrópoli del imperio. Sí, el idioma que hablamos nació como dialecto del latín en Castilla la Vieja. Vuelto comunicador oficial de España, por imposición de los feroces Reyes Católicos, alcanzó la calidad de lengua española —discriminando al catalán, al valenciano, al bable, al gallego y, con mayor rencor, al vasco—.

Añadía: “Pero expandido a América tal idioma desde hace medio milenio, hoy, en rigor, no es castellano ni español, sino hispanoamericano: ente que de ninguna manera aprueba la cerrada Real Academia Española, según lo demuestra con su diccionario que es, en verdad, un diccionario madrileño. Para la vieja, sólo el habla de Madrid vale; fuera de Madrid, todo es Carabanchel. En el preámbulo se desparraman lisonjas esperando que el consultante las trague sin regüeldos disidentes, absteniéndose de estudiar a fondo el resto de la obra. Si le da por leerla y reflexionar sobre lo leído, verá que dichos elogios son groseramente falsos”.

El 25 de mayo de 1997, Nikito daba ya por muerta a la Real Academia. Publicó en La Jornada Semanal un artículo, Autopsia a doña Real Academia, que comenzaba con la disección de sus yerros: “El principal fin que tuvo la Real Academia Española para su formación —nos dice el prólogo de su primer diccionario (el cual empieza a imprimirse en Madrid en 1726)— fue hacer un diccionario copioso y exacto. Pero 266 años después [en junio de1992, XXI edición] ese diccionario copioso y exacto sigue siendo una mera ilusión. Estamos, más bien, no ante un diccionario, pues se trata de un mamotreto mango y rengo muy ajeno a las modernas técnicas lexicográficas, que ni remotamente tiene trazas de copioso ni menos aún de exacto”.

En su vituperio, se burlaba con descaro de los académicos contando anécdotas atroces: “Al recibir a un nuevo miembro de la Real Academia Española, por ejemplo: el español Mario Vargas Llosa, reconciliado con Fujimori tras de la matanza de guerrilleros en la embajada nipona en Lima, un buen número de rucos se visten de etiqueta colgándose un collar con el escudo de su sociedad. A la ceremonia se ve obligado a asistir el rey de España, quien hace heroicos esfuerzos para no adormecerse mientras el recipiendario babea un discurso inane. Los fotógrafos de diarios y revistas y los camarógrafos de televisión se encargan de tomar las vistas que habrá de ver la gente. Algo es algo”. Y Nikito terminaba su feroz diatriba así:

A los académicos madrileños no se les invitó a soltar rollos de vacuidades en el Congreso Internacional de la Lengua Española, pachanga celebrada en Zacatecas [en 1997] y presidida por el citado rey de España y el [presidente] de México, cual si fueran autoridades en la materia. El desaire les ardió a los dichosos señorones, moviéndolos a vaciar su resentimiento calificando, junto con otros chupapitos, de disparate a la única propuesta respetable de esa reunión: la de reformas a la ortografía, que bosquejó Gabriel García Márquez con tino.

Tampoco los devotos del Diccionario RAE estuvieron nunca a salvo de los fuetazos de Nikito: a un periodista mexicano, corresponsal de Excélsior en Madrid, que fue a entrevistar al director de la Academia, lo trató con desprecio cuando leyó su texto, plagado de zalamerías: “Don J. Jaime Hernández, por su comportamiento revela el ánimo que alienta a sus admiradores: llega ante la presencia [del director] como si cegado por la emoción entrara de rodillas al sanctasanctórum de una divinidad. Acompáñenme a escuchar al extasiado don J. Jaime:

Don Fernando Lázaro Carreter me recibe en su despacho. Un bedel de avanzada edad me ha servido de guía entre las columnas que preside, con ese aire de gloriosa autosuficiencia, Miguel de Cervantes Saavedra, el “Manco de Lepanto”. Bajo su pétrea mirada llego al fin hasta esa habitación de aire espartano que Lázaro Carreter ha ocupado en los últimos cinco años.

“Nada tiene que hacer don Miguel de Cervantes en la Real Academia Española —dice tajante Nikito—. Murió 97 años antes de que a ésta la fundara Felipe V, rey de España importado de Francia porque el retrasado mental Carlos II, monarca anterior, murió agusanado sin dejar descendencia. Además, la Real Academia Española hubiera rechazado a Cervantes, por iconoclasta, de haber sido su contemporáneo. No hay que olvidar que la misma institución se negó a admitir en su seno tenebroso a la lexicógrafa María Moliner, poniendo de pretexto sus antecedentes antifranquistas. Pero sigo con J. Jaime Hernández:

Sentado ahí (Fernando Lázaro Carreter), emboscado en un mar de papeles que tapizan su escritorio, el presidente [sic] de la Real Academia Española parece, o quizá simula, estar muy concentrado en la lectura de algo que, aparentemente, le resulta impostergable. Su insigne figura, recortada por un haz de luz que desciende de un vitral lateral, parece resguardada por los retratos de cámara que penden de las cuatro paredes color granate.

“¡Qué dirá de la tal insigne figura el filólogo Manuel Alvar! —gruñe Nikito. Fue director de la Real Academia Española (1988–91) y, por haber tratado de modernizarla, cayó tras de meterle zancadilla Lázaro Carreter, su sucesor, distinguido por su calidad de grillo pomposo. Largo es el palique en el cual se enredan Carreter y su entrevistador. Me limito a dar cuenta del anuncio que hace, casi al final del cotorreo, don Fernando Lázaro Carreter:

Espero que con la ayuda de las Academias (de América) podremos completar nuestra labor de registro para poder lanzar en el año 2000 el que será el gran diccionario de la Real Academia Española, con un acervo mucho más completo del español que se habla en América y España.

“¿Podrá ocurrir milagro tan fabuloso, y con la ayuda de los cenáculos de inutilazos que son las mencionadas Academias del Nuevo Mundo?” —se preguntaba Raúl Prieto. Le respondió su alter ego, el extraordinario Nikito Nipongo: “Se requeriría dinamitar a la Real Academia Española, acabando con los académicos españoles: con su prepotencia hueca, su abulia, su negligencia, su pésima forma de expresarse, sus usos caducos, su conservadurismo esterilizante… El gran diccionario prometido tendría que ser radicalmente distinto al lexicón acostumbrado, y no otra obra de momias torpes, sino de lingüistas y lexicógrafos capaces y trabajadores, ajenos por completo a la Academia Real” —concluía el más grande polemista de la lengua española.

(1999)

 

POSDATA: Nikito y Poniatowska

Su nombre completo era Raúl Prieto Río de la Loza, y en sus escritos llegó a utilizar varios seudónimos como El doctor Keniké, Don Hechounperro y El abogado Patalarga, sin contar el más famoso, Nikito Nipongo, que usó en su columna Perlas japonesas iniciada en 1949 y continuada por casi 50 años. Sus padres fueron Sotero Prieto Rodríguez e Isabel Río de la Loza Salazar. Su primo segundo Carlos Prieto de Castro, profesor de la UNAM, contó de su pariente: “Como hijo del gran matemático, maestro de muchas generaciones, que fue Sotero Prieto Rodríguez, Raúl heredó su espíritu analítico y mordaz y sobre todo su rigor. Exacto en sus comentarios, Raúl Prieto nos hacía reír a todos. Su ingenio cortaba mucho más que los cuchillos de su casa”.

La escritora Elena Poniatowka contaba una anécdota similar. En la década de los 50 del siglo pasado, cuando ambos colaboraban en el diario Novedades, iniciaron una estrecha amistad. Cuenta Poniatowska: “Nikito Nipongo, o sea Raúl Prieto, me invitó a comer y en su casa de Teocelo numero 17 probé por vez primera la sopa de ajo que preparaba con maestría Angélica Insunza [su esposa]. Me encantó Angélica, quien también escribía en varias revistas y me pareció bella y de mucho carácter. Escuchar a la familia, sentada en torno de su mesa, era una experiencia estimulante porque todos, hasta Patito [su niño] opinaban de la sopa, del guisado y del postre con lucidez y vehemencia. Claro, el más sarcástico, sobre todo cuando se refería a la política, era Raúl Prieto”.

Continúa Poniatowska: “Me atreví a pedirle, varios años más tarde, que corrigiera un libro de cuentos (De noche vienes) y pensé que lo haría picadillo. No fue así, sólo me señaló unos cuantos galicismos y me recompensó con un gran abrazo. Años más tarde tambíen Guillermo Haro y yo habríamos de escuchar a la hora de alguna comida en mi casa sus comentarios sardónicos sobre la corrupción y la traición a la patria de los políticos mexicanos”. Luego Poniatowska dice algo inesperado que me encanta: “El 14 de julio de 1978 le hice una larguísima entrevista dividida en cuatro partes para Novedades, en cuyas fotos él ríe a mandíbula batiente quizá porque se acuerda de que dibujó en calzoncillos a Agustín Yáñez (que era muy solemne) para su libro Madre Academia. También pintó a otros funcionarios en situaciones grotescas”.

Su comentario me sorprende porque yo —ignorante que soy— desconocía que Nikito Nipongo fue también dibujante, y que sus caricaturas fueron muy celebradas. Y me dio risa enterarme que aquel dibujito en la portada del libro Madre Academia (de un viejito gritando “¡Un libro cojonudo y sin censura!” al que se le ven los calzones porque tiene la toga levantada) correspondía al escritor y académico mexicano Agustín Yáñez. En aquellos años (1970), Yáñez estaba a cargo de la Secretaría de Educación Pública en México (era el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz) y se comportó sumiso y callado ante su muy sanguinario jefe. En 1999, cuando yo escribí una notita para el semanario ¡Éxito!, mencioné de paso ese curioso dibujito, pero ignoraba que Nikito mismo lo hubiera hecho. Gracias a Poniatowska vine a saber de éso y muchas otras cosas.

“Su columna [Perlas japonesas] —escribió Elena Poniatowska en La Jornada (25 de sept. 2005)— podría ser un antecedente de Por mi madre, bohemios, de Carlos Monsiváis. Escogía lo mal dicho dentro de los discursos [de los funcionarios públicos], que era casi todo y —totalmente despiadado— señalaba pifias, contradicciones, falsedades o simples burradas. Diputado o senador que hablaba mal, diputado o senador que Nikito guillotinaba entre sonoras carcajadas. Todos le temían porque no dejaba títere con cabeza. Los abusos de poder, las chicanas, las transas lo sacaban de quicio y las denunciaba un día sí y otro también”. Poniatowska informa que, además de ensayos, Nikito escribió cuentos y novelas, y que llegó a publicar más de una docena de libros.

Raúl Prieto cultivó el aforismo (o el febrónimo, como decimos algunos en Chicago) y llegó a escribir dos libros sobre esa literatura breve: La Lotería (1960) y Nueva Lotería (1984). Poniatowska incluye algunos de ellos en su remembranza de Nikito Nipongo: “Vivir es el oficio más antiguo del mundo”, “El miedo a la verdad desnuda es el pudor”, “Soñó que soñaba un sueño que jamás soñaría”, “La gente es más cretina por afición que por naturaleza”, “El hombre feliz no tenía camisa, pero se la ponían al sacarlo de su celda en el manicomio”. También hay uno que le gusta mucho a mi hermano Enrique: “La gente inteligente habla de ideas, la gente común habla de cosas, la gente mediocre habla de gente”. Y este otro que muy bien podría haber subscrito José Alfredo Jiménez o mi buen amigo Zatarain: “Si la vida no vale nada ¿por qué nos la cobran tan caro?”

El 20 de septiembre de 2003, en Ciudad de México, falleció Raúl Prieto, el gran Nikito Nipongo. Su amiga Elena Poniatowska lo recordó así en el segundo aniversario de su muerte: “En su libro Si ya estás muerto, qué te importa, lanzado en 2003, poco antes de su muerte, Nikito se burla de las funerarias, de los cadáveres, de los familiares que chillan a moco tendido, de la farsa que es exaltar a quienes no tienen méritos, de los intelectuales cercanos al poder, de los periodistas ineptos y de muchas cosas más. Su crítica siempre resultó descarnada. El legado de Nikito Nipongo es: ‘Somos lo que hablamos’. Creyó en el equilibrio y la permanencia del idioma que hace del hombre un ser de carne y hueso que puede comunicarse con sus semejantes y discurrir sobre cualquier tema. Decía que los científicos (y su padre fue uno de ellos) no tenían porqué ser oscuros e incomprensibles. Al igual que Julio Scherer García, se resistía a los homenajes y lo que más lo atemorizaba era que algún político o funcionario le pusiera su nombre a alguna calle. Le pregunté qué pasaría si él mismo quisiera ser académico de la lengua y le entró un ataque de hilaridad que por poco lo lleva a la apoplejía”.

(2019)

Humberto Gamboa. Nació en Durango, en la navidad de 1954, en un pueblito llamado La Purísima, localizado a 50 kilómetros de Santiago Papasquiaro, la cuna de los Revueltas. La primera vez que oí de esa familia debe haber sido en 1962, durante una de mis frecuentes vistas a Santiago, donde mi hermano Fidel estudiaba su secundaria. Caminando un día por esas calles con mi madre, descubrí, incrustada en la pared de una casa que lucía pobre y abandonada, una vieja plaquita donde aún podía leerse: “Aquí nacieron los Revueltas, orgullo de México y del Mundo”. En agosto de 1968, cuando me fui a estudiar a la Ciudad de Durango fue cuando realmente caí en cuenta de la enorme importancia de José Revueltas. El Movimiento Estudiantil había llegado a la provincia y Durango estaba, como el resto del país, convulsionado. Su nombre estaba en boca de los manifestantes y en los diarios. Después de Tlatelolco, muchos jóvenes comenzamos a leer con fervor a José Revueltas. Durante 33 años, Gamboa fue librero (6 en la librería Europa y 27 en Tres Américas) y, al mismo tiempo, durante 10 años se dedicó a escribir reseñas de libros y entrevistas en la revista Tres Américas y en el semanario ¡Éxito!

Para restarse

por Leonardo Gil Gómez

 

Para restarse de Iván Pérez-Zayas
Disonante, 2018, 51 páginas, $9.95, ISBN 978-1-64131-081-9

Uno se asoma a un álbum fotográfico y se ve en imágenes de momentos que quedaron quietos para siempre. Cada imagen es apenas el trazo de un recuerdo, una situación pasada de la que, si acaso se recobra el sentido, es por vía del lenguaje: aquí estoy yo y aquí estás tú, y estábamos en… Pero a veces sucede que uno no se reconoce en sus propias fotografías, que hay un vínculo roto entre la imagen del pasado y la experiencia, el sentido de lo vivido. Como esos sueños en los que era yo, pero no era yo; o eras tú, pero no eras tú. Esta sensación aparece y se multiplica en las imágenes que se dibujan en la cabeza de quien lee los poemas que componen Para restarse.

Como en el caso de quien mira el álbum, Pérez-Zayas trata de reconstruir el sentido roto por la vía del lenguaje. Se fija en la ruptura misma, en las múltiples distancias geográficas, afectivas, que una llamada no es capaz de salvar en el poema “La llamará para dar /(de qué hablar)” (11), o escarba en el recuerdo de dos actores que están a punto de salir a escena: “hay un espacio de tiempo que se encuentra /entre    aquí            y                      allá /en ese lugar estabas /de veras” (“En la espera”, 16). Estas distancias entre los personajes que pueblan los poemas, entre ellos y la voz poética que los retrata, expresa un problema contemporáneo: la ruptura cotidiana entre el sujeto y los otros, entre el sujeto y el mundo. Un problema cuyas manifestaciones suelen ser más evidentes (la diáspora, el desarraigo material, la paranoia, el sentirse fuera lugar y de sí mismo) y que también habitan los poemas de Para restarse: “Después de cruzar la frontera, /tuve que acostumbrarme a guiar en el extranjero, /pero navegar a Tijuana es fácil cuando el primer destino /es el estacionamiento de un Costco cualquiera” (“Latrocinio” (40).

Pero si esta poesía apela al lenguaje para dotar de sentido la experiencia del mundo, no lo hace como si aquel fuera un lugar sagrado, una tabla de salvación o el origen olvidado. Los poemas de Pérez-Zayas son conscientes de su provisionalidad, de que el mundo interior está poblado de “aves que hilvanan /una carnada diseñada para capturar dioses /(viejos y nuevos, da igual) /en cajas /con palabras /(viejas y nuevas, da igual)” (17). Los dioses de este mundo simbólico son tan arbitrarios como las palabras-trampa que los atrapan. Esta relación con el lenguaje le permite a Pérez-Zayas moverse por una multiplicidad de registros, que van de la reflexión poética, como en el caso del pasaje citado, a la crítica social: “hay que enseñarle a la gente silla que no se le dejen sentar /encima /que no sean silla /por favor /se los ruego /dejen de ser silla” (“Diente” 27), o a situaciones concretas descritas con una expresión humorística y coloquial: “acabo de ver un tipo /con un gorra de beisbol (…) /con el pinche Pokémon /por debajo sonriendo como un cabrón /suspendido en el vacío fondo negro /y con las manitas esas que flotan /como para decir /¡cuidao que te agarro por el mango de abajo! /Que bonito es el mundo” (“Tren, 23). Con esa misma familiaridad, Para restarse habla spanglish, va y viene entre el español, inglés y, en ocasiones el portugués. El poemario abunda en referentes de la cultura popular, y el arte contemporáneo, señala múltiples cruces mediante los cuales la cultura articula inquietudes políticas de nuestros días como el género, el lugar de la academia, la diáspora, la identidad, la lengua, entre muchos otros.

Iván Pérez-Zayas, puertorriqueño, amante del cómic, candidato a PhD y residente en la ciudad de Chicago (por ahora, insiste), captura con su lenguaje las fisuras por las cuales se cuela el sentido en el vértigo de los días. Entre las fisuras, se alcanza a ver su epitafio: “sus palabras favoritas /fueron «dale» /y / «¡wepa!»”. Desde el extrañamiento de lo cotidiano y la celebración del lenguaje, este poeta ofrece mucha poesía en los 23 textos que componen su primer poemario.

Leonardo Gil Gómez. Bogotá, 1985. Licenciado en Humanidades y Magister en Escrituras Creativas. Autor de la novela Celebraciones (Himpar editores, 2018). Cuentos, poemas y artículos suyos han figurado en revistas y antologías de Colombia, México y Brasil. Actualmente adelanta estudios de doctorado en literatura y cultura latinoamericanas en Northwestern University.

 

María Moliner: un mundo de palabras

María Moliner

por Humberto Gamboa

 

Muchos años después, ya hecho todo un hombre de letras, Gabriel García Márquez había de recordar la tarde en que su abuelo, el coronel Nicolás Ricardo Márquez, le enseñó lo que era un diccionario. “Este libro —le dijo al niño de cinco años— no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca”. Aquel voluminoso tomo, ya casi deshojado, el único que ocupaba el estante en aquella habitación de Aracataca, tenía dibujado un Atlas. El viejo le explicó: “Esto quiere decir que los diccionarios tienen que sostener el mundo”.

El coronel no andaba tan errado: desde que el hombre pudo erguirse en dos pies sobre la tierra sintió la necesidad de nombrar lo que lo rodeaba. En 1445, cuando Juan Gutenberg estaba por fin logrando la creación del primer libro utilizando caracteres movibles (41 ejemplares de La Biblia), ya existían los diccionarios. Las copias eran hechas a mano sobre un pergamino muy fino, y en la Edad Media se les llamó de varias maneras: Liber memorialis, Nomenclator y Comprehensorium. El primero al que se le atribuye haber usado la voz Dictionnarius es a John de Garland, en el siglo XIII.

Junto con la lengua nacieron los lingüistas. El 3 de octubre de 1714, al crearse en España —por orden de Felipe V— la Real Academia Española, sus ocho miembros originales se impusieron como objetivo el preservar la “pureza” del idioma castellano. Su lema (“Limpia, fija y da esplendor”) así lo pregonaba. Lo primero que hicieron estos señores fue publicar, en seis tomos, el Diccionario de Autoridades. La obra, de la cual se han hecho ya 23 ediciones, con todo y su peso académico no ha dejado de recibir críticas. Una queja frecuente ha sido la lentitud con que la Real Academia ha ido incorporando las voces nuevas al léxico oficial.

Escribir un diccionario es una labor costosa y muy laboriosa. Generalmente es una labor de equipo, de profesionales especializados en diversas áreas. Luis Fernando Lara, un miembro de El Colegio de México que estuvo durante años trabajando en uno de esos proyectos, dijo en una entrevista incluida en un librito de lexicografía: “Lo peculiar de los diccionarios es que son depósitos del consenso social; la gente requiere diccionarios porque lo que le ofrecen es el conjunto de palabras que le permiten entenderse con los demás. La responsabilidad de los lingüistas es encontrar cuáles son esos datos que crean el consenso”.

Para ilustrar la importancia de los diccionarios, reproduzco una anécdota que contaba Lara: “Una vez le preguntaron a Claude Lévi-Strauss (antropólogo, etnólogo y sociólogo francés, famoso por su teoría del estructuralismo, autor de Tristes Trópicos y la serie Mitologías) qué le gustaría que se conservara de alguna cultura en caso de que, por alguna circunstancia —por ejemplo un terremoto— se fueran a perder todos sus documentos, y él dijo sin vacilar: sus diccionarios”. Lévi-Strauss parecía coincidir con el dictamen del coronel Nicolás Márquez.

En la edición del 19 de enero de 2019 de la revista mexicana Proceso, la dramaturga y crítica de teatro Estela Leñero Franco publicó un artículo sobre un personaje al que, fuera de ciertos círculos, poco se le conoce. En un mundo como el actual, obsesionado por las frivolidades y las pequeñas famas tuiteras, pareciera que el nombre de María Moliner estuviera condenado a pasar inadvertido. Y sin embargo, esta mujer casi anónima es la creadora de uno de los diccionarios más importantes de la lengua española, equiparable o incluso muy superior —en opinión de muchos especialistas— al que produce la Real Academia Española (RAE).

Gabriel García Márquez llegó a expresarse así del Diccionario de uso del español (conocido justamente como el Diccionario de María Moliner): “Moliner hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”. Lástima que el Nobel no se haya acordado en ese momento de aquel dibujito que vio en la portada del libro de su abuelo. Hubiera podido añadir, con su característico humor, que su hazaña —verdaderamente titánica— la hacía candidata ideal para reemplazar a la atormentada figura del hijo de Zeus.

El texto de Estela Leñero en Proceso es una nota crítica sobre una obra de teatro escrita por Manuel Calzada Pérez, un dramaturgo español, que obtuvo en 2014 el Premio Nacional a la Literatura Dramática en España. Su título es precisamente El Diccionario y narra la vida de María Moliner, interpretada en escena por Luisa Huertas y dirigida, en el montaje mexicano, por Enrique Singer. El entusiasmo de la crítica se manifiesta en el párrafo que reproduzco:

El Diccionario aborda el universo de María Moliner desde varias perspectivas. La biográfica, a través de la cual conocemos sus relaciones sentimentales, su entrega profesional y sus problemas de salud; la histórica, que nos ubica durante el triunfo del franquismo y sus implicaciones; y el plano lingüístico, donde ella reflexiona sobre el sentido de las palabras, los matices de expresión y el lenguaje como llave de la igualdad. Un diccionario para todos. Propone, por ejemplo, definiciones diferentes de matrimonio, dictadura y libertad, siendo esta última con la que se abre y cierra la obra”. Concluye Estela Leñero su nota diciendo: “Es una obra que el espectador se lleva en el pensamiento y el corazón, para soñarla otra vez”.

La historia de María Moliner y su diccionario es de veras extraordinaria. Puede leerse como uno de esos cantos heroicos que lucen inverosímiles: una mujer sola escribiendo en la mesa del comedor de su casa, después de las faenas diarias, luego de regresar de su trabajo de bibliotecaria en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid, y de atender a cuatro hijos y un marido; en una época (1953) en que se desconoce la computadora y en que una dictadura (Francisco Franco) es enemiga declarada de la palabra; y en esos años en que era impensable que una mujer participara de lleno en labores intelectuales. Todo esto habla de la pasión y la fuerza de carácter de esta espléndida mujer. Con sus puras manos y 15 años robándole horas al sueño, en 1967 aparecía la primera edición del Diccionario de uso del español (Gredos).

María Moliner nació con el siglo XX, el 30 de marzo de 1900, en el pueblo de Paniza (provincia de Zaragoza) perteneciente a la Comunidad Autónoma de Aragón, España. Nació a escasos días de haber visto la luz otro famoso aragonés: Luis Buñuel. En su biografía de Moliner, El exilio interior (Turner, 2011), Inmaculada de la Fuente narra: “María Moliner formaba parte de una generación de pioneras que a raíz del decreto de 1910 había llegado a la Universidad haciéndose un sitio en un mundo de hombres”. En Madrid ingresó a la Institución Libre de Enseñanza, donde tuvo profesores notables como Américo Castro. Cuando apenas iniciaba su bachillerato, su padre, un médico muy irresponsable, huyó a la Argentina dejando a la familia sumida en la miseria. Moliner, todavía adolescente, se marchó a Aragón donde terminó sus estudios, al tiempo que daba clases particulares para ayudar a la manutención del hogar.

Cuenta Inmaculada de Fuente: “Los comienzos de su trayectoria profesional tampoco fueron fáciles. Tras licenciarse en Historia por la Universidad de Zaragoza, en 1922 ingresó por oposición, y con el número 7, en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Era la sexta mujer que accedía al Cuerpo, pero a pesar de contar con tan brillante currículo, sus primeros destinos no fueron los que deseaba”. Moliner se instaló en Murcia, debido a la salud de su madre, pero acariciaba la idea de regresar a Madrid. “Quería hacer el doctorado, alojarse en la Residencia de Señoritas que dirigía María de Maeztu y respirar el aire de superación intelectual que representaba la capital” —nos dice De la Fuente.

Las circunstancias anclaron a Moliner en Murcia, donde conoció a un catedrático de Física, Fernando Ramón y Ferrando, con quien se casó en 1925. Cuando se mudaron a Valencia, Moliner comenzó a trabajar en el Archivo de Hacienda. Este puesto administrativo nunca fue de su agrado, y años después, cuando supo de un puesto vacante en la Biblioteca pidió su traslado. Escribió una carta que su biógrafa reproduce en su libro para ilustrar el machismo imperante en la época: “Para un hombre resulta más fácil, una vez cumplidas las obligaciones de su cargo oficial, y, si éstas no responden a su vocación, dar empleo a su capacidad sobrante en otras actividades más de su gusto. Pero, para una mujer ya es bastante que pueda sustraer a las atenciones familiares, sobre todo en el periodo en que las obligaciones de la maternidad son más absorbentes, las horas que ha de dedicar a su cargo oficial y, por tanto, es más sensible que éste sea tan árido y falto de espiritualidad, cuando ella tiene capacidad de entusiasmo por su labor y una vocación demostrada en la práctica de una determinada preparación”. El director, educado y reseco, le respondió que su petición era denegada.

Pero, por esas fechas (1931 – 1935), algo vino a salvar del tedio burocrático a María Moliner: la Segunda República había creado lo que se conoció como las “Misiones Pedagógicas”, cuya labor consistía en llevar libros a pueblos y aldeas. Moliner se sumó con entusiasmo, y en el área de Valencia estableció una red de 105 bibliotecas rurales. “Se trataba —nos dice De la Fuente— de saciar el hambre de cultura de los que no tenían a su alcance suficientes libros y a la vez paliar el analfabetismo y la ignorancia de los que sospechaban todavía que el saber era un privilegio”. Esta experiencia directa con un pueblo empobrecido, ávido de cultura —nos dice la autora de El exilio interior— la transmitió Moliner durante el llamado Segundo Congreso Internacional de Bibliotecas y Bibliografía que se celebró en Madrid (1935).

“Su entrega a las bibliotecas de Misiones —nos dice De la Fuente— marcó un antes y un después en su trayectoria. Moliner adquirió un peso específico en la política bibliotecaria de la Segunda República. Al desencadenarse el golpe militar de 1936 y la Guerra Civil, el rector José Puche la puso al frente de la dirección de la Biblioteca Universitaria de Valencia y la dirección de la Oficina de Adquisición de Libros y Cambio Internacional. Desde estos puestos capitales, Moliner, gestora tenaz, diseñó el Plan para una Organización de las Bibliotecas del Estado. Conocido como el Plan María Moliner, esta reforma sólo se aplicó en parte a causa de la guerra, y quedó abandonada en un cajón tras la victoria franquista”.

La caída de la República, tras los cruentos años de guerra civil (1936 – 1939) significó para el país un retorno al oscurantismo, y para María Moliner una vuelta a la grisura de su trabajo en el Archivo de Hacienda. Mientras que muchas compañeras suyas (María Zambrano y Rosa Chacel entre otras) buscando refugio marchaban al exilio en el exterior, Moliner decidió quedarse en España y sufrir las consecuencias. De ahí el título del libro de Inmaculada de la Fuente, El exilio interior. Vivió en Valencia otros 7 años, hasta que en 1946 volvió a Madrid para dirigir la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales. “La supina ignorancia y la consiguiente simplificación de la época favorecieron que la denominaran La Roja, siendo como era de ideas liberales en un sentido progresista” —nos dice De la Fuente. En esos años de barbarie y silencio comienza a forjarse la más grande recopiladora de palabras.

La primera edición del Diccionario de María Moliner (1967), en dos tomos y casi 3000 páginas, bordaba las 80,000 entradas. Pero no era sólo su volumen colosal lo que llamó la atención desde el primer momento, sino su fina hechura. La obra de Moliner se alejaba del aquel español anticuado y en desuso de los diccionarios de la época, y abundaba en información sobre el uso de los términos o sobre las relaciones entre ellos. Era en verdad un diccionario que enseñaba la manera de usar las palabras, como señalaron los afamados lingüistas Rafael Lapesa y Dámaso Alonso. Fue este último, por cierto, el que recomendó a la editorial Gredos la publicación del María Moliner, después de leer algunas fichas que ella venía preparando.

Ya para fines de 1971, el Diccionario de uso del español se había convertido en causa célebre. Era el diccionario que los escritores decían preferir, aún por encima del De la Real Academia Española, que muchos encontraban obsoleto y farragoso. El lexicógrafo Manuel Seco afirmaba que el de María Moliner era “el intento renovador más ambicioso que se ha producido en nuestro siglo”. Hasta la Real Academia terminó utilizando innovaciones que había introducido Moliner, como por ejemplo el no identificar los dígrafos “ch” y “ll” como letras independientes, algo que los académicos habían contemplado ya pero no se habían atrevido a hacer con su diccionario. Por eso resulta bastante patético y ridículo que cuando, en 1972, el gran poeta y filólogo español Dámaso Alonso propuso a Moliner para ocupar un asiento vacante en la Real Academia Española, su petición fuera negada. Y eso que Dámaso Alonso era su director desde 1968. Lástima: María Moliner hubiera sido la primera mujer en ingresar a ese recinto centenario. Hubiera sido una coronación digna de sus esfuerzos.

¿Qué había motivado a aquellos graves académicos a no aceptar en sus filas a María Moliner? Lo de siempre: el machismo y la misoginia. Recordemos que ésto ocurría en 1972. En sus casi trescientos años de haber sido fundadada, la Real Academia Española había considerado sólo a otras dos mujeres para ocupar un puesto: las escritoras Gertrudis Gómez de Avellaneda y Emilia Pardo Bazán. Ambas fueron rechazadas con una escueta carta que afirmaba que no había “plazas para mujeres”. Así de simple. Esta vez la reacción llegó con fuerza. Hubo voces que se alzaron: “Un asco de misoginia y putrefacción” —exclamó la escritora Carmen Conde (quien curiosamente sería la primera mujer en ser admitida en 1978). Laura Freixas escribió: “Que una sola persona, que ni siquiera era filóloga, hiciese un diccionario mejor que el pergeñado por los cuarenta académicos de la RAE tiene bastante gracia. Pero todavía la tiene más el hecho de que los caballeros en cuestión no se dignaran aceptarla en sus filas”.

La única que guardó silencio, con su proverbial modestia, fue la propia María Moliner. Pero al año siguiente, en 1973, cuando la Real Academia Española —quizá tratando de enmendar un poco su garrafal error— quiso otorgarle a Moliner el premio “Lorenzo Nieto López” por sus trabajos en favor de la lengua española, ésta lo rechazó. Una hermosa lección de dignidad.

Inmaculada de la Fuente, su biógrafa, escribió: “Una injusticia [el rechazo de los académicos], teniendo en cuenta que había dedicado parte de su vida a modernizar muchas de las entradas del diccionario de la RAE. María Moliner lo asumió con elegancia pero se negó a intentarlo de nuevo”. Y luego reveló la cruel ironía, el tamaño de la tragedia: “No había mucho tiempo, además. En 1974 se manifestaron los primeros síntomas de su enfermedad. Avanzaba el alzhéimer, una cruel paradoja para quien había organizado el mundo con palabras y había dejado escritas para siempre miles de acepciones. Murió el 21 de enero de 1981. Tras su muerte, la fama de su Diccionario, ‘el Moliner’, no ha parado de crecer. Y es ya incalculable el número de institutos, bibliotecas y premios a la lectura que llevan su nombre”.

Manuel Calzada Pérez, su dramaturgo, escribió: “María Moliner es una de las personalidades más impresionantes y desconocidas que dio el siglo XX en España. Al estudiar su biografía descubrí no a un ama de casa inquieta sino a una intelectual empeñada en hacer de éste un mundo mejor. Un día empezó a escribir un diccionario y terminó haciendo un monumento tan impresionante y rompedor que su autora debería ser tomada por loca. A través de este diccionario, María habló alto y claro. El silencio encontró la forma de escapar de la censura para expresar lo que puede llegar a alcanzar el ser humano. Durante sus últimos años sufrió una forma de demencia que le hizo perder, una a una, todas las palabras, hasta quedarse vacía. La mujer que fue capaz de escribir un diccionario pudo hacerlo tras tomar la más difícil de las decisiones: había elegido ser libre”.

Johannes Gutenberg

Humberto Gamboa. Nació en Durango, en la navidad de 1954, en un pueblito llamado La Purísima, localizado a 50 kilómetros de Santiago Papasquiaro, la cuna de los Revueltas. La primera vez que oí de esa familia debe haber sido en 1962, durante una de mis frecuentes vistas a Santiago, donde mi hermano Fidel estudiaba su secundaria. Caminando un día por esas calles con mi madre, descubrí, incrustada en la pared de una casa que lucía pobre y abandonada, una vieja plaquita donde aún podía leerse: “Aquí nacieron los Revueltas, orgullo de México y del Mundo”. En agosto de 1968, cuando me fui a estudiar a la Ciudad de Durango fue cuando realmente caí en cuenta de la enorme importancia de José Revueltas. El Movimiento Estudiantil había llegado a la provincia y Durango estaba, como el resto del país, convulsionado. Su nombre estaba en boca de los manifestantes y en los diarios. Después de Tlatelolco, muchos jóvenes comenzamos a leer con fervor a José Revueltas. Durante 33 años, Gamboa fue librero (6 en la librería Europa y 27 en Tres Américas) y, al mismo tiempo, durante 10 años se dedicó a escribir reseñas de libros y entrevistas en la revista Tres Américas y en el semanario ¡Éxito!

Palabras migrantes: testimonio del espíritu en tránsito

 

El 10 de noviembre se presentó el libro Palabras migrantes en LaLuz Gallery de Pilsen, en Chicago. El compilador, José Ángel Navejas, leyó las siguientes palabras a manera de presentación.

 

Palabras migrantes es un tomo que reúne los escritos de diez autores mexicanos y mexicanas que tienen ya varias décadas viviendo en Chicago. Por lo tanto, es una obra que refleja la experiencia particular de cada uno de los autores en esta ciudad. Ahora bien, si Palabras migrantes es una manera de narrar e imaginar nuestra vida en esta urbe, es también una manera de partir. Este tomo es testimonio de un rompimiento, una señal de madurez e independencia intelectual. En el pasado, algunos de los que formamos parte del fenómeno literario en español que se ha venido dando en Chicago durante las últimas décadas nos hemos engañado. Hemos pensado que nuestra obra podría adquirir valía sólo una vez que fuera legitimada por los sacerdotes literarios de nuestros países de origen, sin darnos cuenta de que la vida y la experiencia no necesitan validación alguna. No obstante, por mejor intencionadas que fueran, las opiniones de las figuras canónicas de nuestras letras no podían dejar de ser eso: opiniones emitidas desde centros culturales y ceremoniales distantes y ajenos a una realidad que sólo a nosotros nos atañe. Eso explica, hasta cierto, punto la sensación de extrañeza que uno siente al recorrer las páginas que se escriben en lugares remotos y que disertan sobre nuestra comunidad, la comunidad que estamos construyendo en este país y, más al caso, en esta ciudad. Al adolecer de experiencia concreta, las obras que se han escrito sobre nuestra comunidad tienden a ser de naturaleza abstracta, y son en ocasiones imágenes distorsionadas, esperpénticas de lo que somos. Lo cual no es ninguna sorpresa, ya que mucho se ha dicho y escrito sobre el inmigrante mexicano, pero sólo en raras ocasiones se le ha escuchado o leído.

Yo creo, quizá ingenuamente, que la publicación de obras como Palabras migrantes marca un cambio de paradigma en la manera que el inmigrante mexicano imagina su relación con las letras y entiende su sitio en el mundo, en esta complicada encrucijada en la que nos encontramos y desde la cual nos pronunciamos. Después de todo, escribir en español en Chicago es, de cierta forma, escribir desde los márgenes de la sociedad. No obstante, es una tarea que asumimos con la convicción de que acudimos y somos parte de una importante transformación sociocultural cuyos resultados todavía no podemos prever pero que podemos ya sentir. Y, así, Palabras migrantes se ofrece como testimonio del espíritu en tránsito. La pregunta ahora es, ¿hacia dónde?

Presione el enlace para leer un adelanto de la crónica de Julio Rangel publicada en Palabras migrantes: “Red Line Blues”.

José Ángel Navejas. Llegó a Chicago en 1993, donde ha vivido desde entonces. Su libro autobiográfico Illegal: Reflections of an Undocumented Immigrant (University of Illinois, 2014), aparecerá en traducción al español en 2019. En la actualidad es candidato a doctorado en literatura latinoamericana por la Universidad de Illinois en Chicago.