José José se murió, se murió

por Carolina Herrera

 

José José, el Príncipe de la canción (y santo patrón de las borracheras), se integró al más allá este sábado, después de años de padecer cáncer de páncreas, y haber perdido la voz como resultado del alcoholismo. En el momento en que me enteré de su muerte, activé Spotify, encontré el playlist “Canciones para la peda”, saqué una cerveza del refrigerador y canté sus éxitos a capella. Acompañada de mi sobrina de 24 años —residente de la CDMX, quien seguía de cerca la reacción en redes sociales de sus amigos y diciendo cada vez que comenzaba una nueva canción “¡Ahora sí voy a llorar!”— pasamos un par de horas recordando a un artista que desde aquella presentación de “El Triste” en el Festival de la Canción Latina (que luego se convertiría en el OTI), donde dejó al público setentero con la boca abierta, se integró al consciente colectivo como el adalid del amor desesperado de generaciones mexicanas de parranderos, incluyendo a los post-millenials gracias a YouTube.

José Rómulo Sosa Ortiz, nacido en 1948, hijo de un tenor de opera y una pianista de conservatorio, recibió una educación musical clásica e incursionó en el canto en forma profesional a los 15 años. Poco después, consiguió grabar su primer sencillo bajo el nombre de Pepe Sosa. Sobra decir que no pegó y ¡qué bueno!, porque José José es el único artista latinoamericano cuyo nombre es resultado de una feliz repetición que no funciona con ningún otro nombre. ¿Se imaginan a un Julio Julio? ¿Juanga Juanga? ¿Chente Chente? Así como no es posible imaginar esto, tampoco es fácil decir “¡qué buena borrachera!” sin que, avanzada la fiesta, comiencen las notas de “La nave del olvido”, “Si me dejas ahora”, “Amar y querer”, etc. (si no hubo por lo menos una canción de José José, ¿fue buena la borrachera? Reflexionen.) Escucho los “Grandes Éxitos” y esto me lleva a pensar en los compositores de su época: Roberto Cantoral, Armando Manzanero, Rafael Pérez Botija, Manuel Alejandro y el propio Juan Gabriel, cuando se cantaba al amor, al desamor, a la infidelidad, y la metáfora era sutil, pero contundente. Me pregunto si en realidad la música que hoy se escucha en la radio (donde todo es obvio y vulgar), es una evolución natural de la balada que dominó el mercado latinoamericano hasta los noventa, o es el hijo tonto. El reguetón, donde todo es una referencia a los aparatos reproductores femeninos o masculinos, los glúteos y las glándulas mamarias, y las intenciones son burdas y directas, es el resultado de una sociedad que solo quiere gozar, y no sufrir. Una sociedad en una búsqueda constante de la gratificación sexual y sensorial inmediata, sin formar los lazos afectivos que producen el desasosiego y desamparo que hacían de José José, el gurú del amor desesperado y por eso lo invitábamos a la fiesta, para recordarnos, inteligentemente, que amar (sufrir) y querer (gozar) no es igual. Para acompañarnos a confesar lo que sobrios no podríamos hacer: te amo, te extraño, te sufro, me lastimaste, me arrepiento, soy rependeje (nótese lenguaje inclusivo), háblame, perdóname, perdóname, perdóname. José José, seguirá siendo para muchos, el compañero fundamental de la quinta ronda, cuando ya relajados y desinhibidos, los sentimientos nos tocan el alma y nos inundan los recuerdos, y con un poco de suerte cantamos sus canciones —con el corazón en el cogote— rodeados de amigos que nos acompañan y reafirman que no estamos solos (aunque también lo hagamos cuando nadie nos ve). José José, fundamental. Por eso me dio gusto escuchar a una muchachita de 24 años decir que sus amigos estaban llorando por su muerte. Eso quiere decir que los millenials también sufren y me queda la esperanza de que el reguetón efectivamente sea un defecto que se puede corregir, o una distracción pasajera. José José, transcendental.

Me lo imagino llegando al infierno con una botella de [insertar bebida favorita] y a San Pedro viendo desde arriba, bastante aburrido, tararaendo las notas de “He renunciado a ti”, pues ningún músico que haya alcanzado fama internacional se va derechito al cielo. El camino artístico está sembrado de tentaciones y José José sucumbió a todas. José José, continuará repitiéndose mientras haya alcohol y corazones rotos. José José, para siempre. ¡Salud! ¡Salud!

CAROLINA HERRERA (Monterrey, México) Licenciada en Ciencias Jurídicas, Universidad Regiomontana (1989), Master en Escritura Creativa, Universidad de Salamanca, (2019).  #Mujer que piensa (El BeiSMan Press, 2016) es su primera novela y obtuvo el primer lugar del International Latino Book Award en la categoría Mejor Primera Novela (Mariposa Award) y Mención Honorífica en la categoría Mejor Novela – Romance. Ha participado en las antologías Ni Bárbaras, ni Malinches (Ars Comunis Editorial, 2017), Palabras migrantes, 10 ensayistas mexican@s de Chicago (El BeiSMan Press, 2018) y Lujuria (serie Pecados Capitales, Editorial Abigarrados, 2019). Miembro del Consejo Editorial de El BeiSMan. Oradora TEDx. Vive en Naperville, Illinois. 

Memoria y olvido: la buena ‘Razón’ de Walter

por Humberto Gamboa

 

De los libros le queda lo que deja
La memoria, esa forma del olvido
—J.L. Borges

 

En 1985, yo trabajaba en la librería Europa de Chicago. Podía decir —parafraseando al gran Flaubert: “la librería soy yo”. Era un iluso. O más bien: era un Milusos. Hacía de todo: era el Gerente General, el Vendedor No. 1 y el Barrendero (mayúsculas, please). Gozaba mi independencia. Los dueños de la tienda, Hubert Mengin y David Chmielnicki, franceses ambos, confiaban en mi rectitud de hombre probo (a pesar del mísero salario que me asignaron) y en mi capacidad de librero, demostrada a lo largo de tres años.

Durante ese lapso había forjado lazos profundos con gentes admirables. Lo que me dijo Monsieur Hubert para persuadirme de aceptar un puesto tan mal remunerado (en lo económico) resultó cierto: gracias a la Europa llegué a conocer a intelectuales como Cedric Belfrage —el traductor de Eduardo Galeano— y mi añorado amigo Edward Sachs. También amisté con profesores universitarios, y con maestros de primaria y secundaria que me hicieron redescubrir textos escolares olvidados, y también algunos nuevos. Las librerías son panales de inteligencia y cultura; lástima que ya estén desapareciendo.

Eran los años de la Thatcher y Reagan, dúo desalmado y belicoso. Pobres de espíritu, hinchados de poder y de soberbia, causaron estragos en el continente. Las garras y colmillos de la “Dama de hierro” rasgaron las Malvinas. El “Gran comunicador” se cebó en Nicaragua; su calaña y vileza se confirmaría en 1986, con el Contragate. La derecha recibía las bendiciones de estos líderes de alma fría, yerta. En el Cono Sur, cinco países aún vivían bajo la bota militar; en Centroamérica, las luchas de liberación se reprimían a sangre y fuego. En la librería Europa, muchas mañanas escuchamos por la radio pública (NPR) relatos de hechos inauditos, condenables; por las noches, era frecuente mirar en TV programas como “Frontline” (PBS) con imágenes desoladoras de la barbarie.

Lo único memorable de la infamia fue que a muchos latinoamericanos nos hizo tomar conciencia de nuestras desgracias comunes. Nunca como en esa década conservadora aparecieron tantos grupos solidarios en Chicago. La cultura ayudó a mitigar el dolor y la desesperanza. Casa Nicaragua, El Centro Ruiz Belvis, OSGUA, Casa El Salvador, el Centro Cultural Pablo Neruda (por decir algunos) exhibieron la cara oculta, genuina y generosa de esta ciudad. En ese tiempo el exilio no era mal visto (como en esta desquiciante Era de Trump). Desde la librería Europa, yo mismo hice lo poquito que pude para ayudar a la causa: vendía entradas a los conciertos de grandes artistas como los Parra, Atahualpa Yupanqui, Inti-Illimani y Quilapayún, para reunir fondos y apoyar a los paisanos de allá.

Fue por esos días de 1985 que llegó a la Europa un señor que me pareció enorme (por su vientre abultado) y de porte distinguido (vestía de corbata y traje oscuro, cosa rara en aquel local tan escaso de lujos). Cargaba un pequeño maletín, lo que me hizo pensar que se trataba de algún médico del barrio (había varias clínicas por esa zona, conocida como Lakeview). Aquel hombre se paró ante las mesas de novedades y estuvo un buen rato hojeando los libros, Finalmente, me preguntó si yo había leído ya alguno de ellos.

Le dije que cómo no, y le mencioné dos o tres títulos que en mi opinión eran realmente notables. El hombre quiso saber mayores detalles, y yo comencé una larga y fastidiosa disertación sobre historia y literatura (los temas que abundaban en aquella mesa). Debo haberle parecido muy ridículo y pedante, porque capté ironía en su sonrisa. Luego me preguntó si conocía la literatura peruana. Le dije la verdad: casi nada. Fuera de algunos cuentos de Arguedas y Ciro Alegría, el único que me había entusiasmado de veras era Mario Vargas llosa. De él sí creía haber leído todo —o casi todo— lo que había publicado.

Quiso saber cuál era mi libro favorito de Vargas Llosa y yo, sin pensarlo mucho, le dije (casi gritando): ¡la maravillosa, inigualable Conversación en La Catedral! “¿Te gusta entonces la novela política?” —me dijo— “¿Por qué no me cuentas de otras que también hayas disfrutado?” Y allí estoy yo: perorando como loro desafinado, lanzando títulos a diestra y siniestra: Si te dicen que caí, de Juan Marsé; Los errores, de José Revueltas; La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán; Cuando quiero llorar no lloro, de Miguel Otero Silva; La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes; etc., etc. (¡Qué vergüenza!)

Entonces, muy formal, el caballero se presentó conmigo: “Mira muchacho” —me dijo—, “me llamo Walter Briceño. No sé si hayas oído hablar de mí. Fui director de un semanario, el periódico La Raza, por más de diez años. Yo tomé ese periodiquito cuando no era nada, y lo transformé en éso que ves hoy día: el periódico (en español) más reputado y leído de Chicago. Pero no hace mucho tuve que abandonarlo. He tenido diferencias con su nuevo dueño, un uruguayo arrogante que sabe mucho de publicidad y de la radio, pero nada de los medios impresos. Ya estoy hasta la madre de lidiar con esa clase de gente”.

Yo apenas conocía La Raza. Cada semana pasaba por la librería un joven trayendo unos ejemplares (para regalar a los clientes) pero yo apenas los hojeaba. Mi principal fuente de información eran Proceso (México) y The Nation (USA), dos semanarios a los que estaba subscrito. Elitista que era yo, veía a la pobre Raza como un periódico mediocre, muy por debajo de mis expectativas. Por supuesto que en ese momento callé. Alguien tan tolerante con mis impertinencias no se merecía el agravio de mi poco parecer.

Walter Briceño abrió su maletín, extrajo una revista de unas veinte páginas, de tamaño igual a La Raza y me siguió contando: “Mira… ¿Cómo te llamas?… ¿Humberto? … Bien Humberto, pues resulta que estoy a punto de lanzar mi propia revista. He conseguido reunir a un pequeño número de personas (casi todos médicos) que me apoyan y creen en mi proyecto. A diferencia del señor Luis Rossi y sus pupilos, yo sí soy un periodista profesional, de hechura. Soy del Perú, y en Lima llegué a publicar en Caretas, la revista más importante del país, donde por cierto también escribió tu admirado Vargas Llosa”.

Walter puso en mis manos el número cero de La Razón y me explicó: “ésto es sólo un machote (un borrador) de lo que va a ser la revista. Como puedes ver, el formato va a ser similar a La Raza, pero espero darle mejor presentación, más profundidad en los artículos, y un criterio editorial más independiente. Si lees la entrevista que aparece en sus páginas con el alcalde de Chicago, Harold Washington —yo mismo la redacté, como todo este número cero— te darás cuenta que no pienso hacerle ningún favor a ningún político. Ya basta de cojudeces. La Razón va a ser motivo de orgullo para los latinos”.

La revista lucía fotos espléndidas en blanco y negro. La más vistosa, que ocupaba la portada, exhibía el rostro sonriente del primer alcalde afroamericano electo en esta ciudad. Las preguntas, como pude observar rápidamente, no eran complacientes ni tendenciosas. Walter se miraba satisfecho.

—No te puedo regalar este único ejemplar, Humberto —me explicó— porque lo necesito como demostración del proyecto. Aunque tengo ya a esos médicos que te digo, no cuento más que con otros dos colaboradores. Figúrate: salir a vender mi propia revista, yo, su director… y para eso no cuento con ese talento enorme del pequeño Luis Rossi… a propósito Humberto… ¿tú escribes? Porque por la cantidad de títulos que mencionaste me doy cuenta que sabes de literatura…

Apenadísimo, le confesé a Walter que siempre había soñado con escribir. Que en mi adolescencia había incluso intentado ingresar a la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de Guadalajara (UdeG) la única universidad pública—aparte de la UNAM— que ofrecía ese tipo de cursos en México. Me había sido imposible, por ser nativo del estado de Durango (había que esperar mínimo 5 años para un examen de admisión). Le comenté que aquí en Chicago, en el Wright College, había escrito un par de artículos (en inglés) que habían causado alguna conmoción entre mis maestros y varios compañeros de clase, por su temática y mis puntos de vista: uno versaba sobre el juicio de Sacco y Vanzetti (los mártires del anarquismo), y el otro era un ensayo contra el militarismo.

Walter me escuchó con atención y enseguida me propuso: “¿Por qué no me escribes un par de notas breves, máximo tres cuartillas, sobre algún libro o autor que te interese? ¿Crees que podrías tenerme algo de aquí a pasado mañana? Tengo que volver a este barrio porque uno de mis socios médicos ejerce en una de las clínicas cercanas. Me gustaría leer algo tuyo, cualquier cosa, y si me agrada —y tú estás de acuerdo— la publico en el primer número de La Razón. ¿Qué te parece? Pero te advierto de una buena vez: plata no hay para los colaboradores… ni siquiera para el director. Da pena decirlo, pero mis bolsillos están vacíos. Lo único que podría ofrecerte sería mi amistad y mi revista”.

Para mí aquello era más que suficiente. Le agradecí con toda mi alma al pobre Walter la oportunidad que me brindaba de ver —¡por fin!— mi nombre impreso (la vanidad es un motor que funciona sin gasolina). Y allí me tienen, pues: en menos que cantan dos gallos (48 horas) ya tenía mis tres cuartillas tecleadas a máquina (ni siquiera eléctrica), con leves correcciones y tachaduras a mano. Me parece que escribí algo sobre Eduardo Galeano y sus Venas abiertas de América Latina. Cuando Walter Briceño se presentó de nuevo por la Europa, me puse nervioso: iba yo a ser juzgado —por vez primera— por todo un profesional de las letras (¡un redactor de Caretas, carajo!). Walter hundió su ancha humanidad en un escuálido sillón de la librería Europa, y leyó durante 10 larguísimos minutos mis textos. Desde allí me dijo: querido Humberto, bienvenido a La Razón.

Así fue como me convertí en uno de los tres infatigables “colaboradores oficiales” de la revista (los otros dos fueron Diana Eiranova y el Dr. Néstor Manjarrés). Como miembros del Staff aparecían Rocío Mariño y dos Alejandros (Serra y B. Pérez). Ellos escribían sólo de vez en cuando (seguro no por platita). Para añadir nombres a la raquítica redacción, Walter se las ingeniaba para escribir artículos con numerosos seudónimos. Tenía gran capacidad de trabajo y un entusiasmo contagioso. Casi siempre, cuando pasaba por la librería Europa para recoger mis textos (tres reseñitas que ocupaban una página entera sin anuncios) me invitaba a cenar en el restaurante El Jardín. Como buen periodista, Walter tenía muchas historias divertidas de gente conocida (políticos, sobre todo) y las narraba con gracia. Yo me daba por bien servido con tan sabrosa plática (y la comidita).

El 15 de de septiembre de 1985, apareció una Edición especial de la revista quincenal La Rázón. Era la número cinco, y tenía un costo al público de treinta centavos de dólar. La portada, a todo color, estaba muy lucidora: la foto de Pura Martínez, Reina de la S.C.M. (Sociedad Cívica Mexicana) 1985. La Srta. Martínez, de padre cubano y madre mexicana, de 19 años, nacida en el barrio Uptown de Chicago, fue entrevistada para la ocasión por Rocío Mariño. La belleza contaba de sus orígenes, sueños y aficiones: “Mi característica cubana es la alegría y también el carácter fuerte, ya que cuando me enojo… ¡cuidado! lo demuestro […] heredé de mi madre la importancia y el respeto que se le debe dar a la familia […] quiero obtener mi título en Ingeniería Civil […] me gusta ir a la playa, leer o ver alguna película […] también la música: cumbia, el merengue, la música moderna”.

Como siempre, la política fue donde trastabilló la joven Srta. Martínez. (Ignoro porqué es obligación hacer ese tipo de preguntas a una Reina de la Belleza). Pregunta de La R: ¿Cuál es tu opinión acerca del Presidente Reagan? Respuesta de Ms M : “Me gusta su agresividad y algunas de sus ideas [¿..?], lo que no me gusta es que gaste tanto dinero preparándose para un ataque nuclear en lugar de preocuparse por mejorar la economía del país…” Más delante la conversación volvía a su cauce normal, y terminaba con un mensaje a la juventud del país: “[..] hoy en día hay más oportunidades que nunca para superarse […] el campo de acción se cierra si no contamos con la educación adecuada”.

Por ser edición especial y querer enfatizar lo bello, La Razón incluía además a la Reina de la S.C.M. del año anterior: la Srta. Elizabeth Cárdenas, nacida en mi tierra querida, Durango. Su foto en blanco y negro mostraba a Chicago (y al mundo) la hermosura natural, común en la mujer de la Tierra de Villa y los Revueltas. Al pie de foto podía leerse: “Trabaja como Directora de Servicios Administrativos de una conocida Agencia Publicitaria […] estudia Computadoras y Administración de Negocios” (sic). En un texto firmado por la Srta. Cárdenas, leemos lo siguiente: “Me siento orgullosa de formar parte de la juventud mexicana en particular y de la hispana en general —y si se me acepta modestamente— de ser un ejemplo de la mujer de hoy, que lucha por destacar en este mundo diferente y que no sólo anhela encontrar su bienestar personal, sino que está interesada en contribuir al desarrollo y prosperidad de su comunidad”.

Otra de las mujeres que engalanan esa quinta edición de La Razón es Raquel Guerrero, una activista comunitaria. En 1973, con el respaldo de miles de padres de familia, ella, Rudy Lozano y otros líderes lograron persuadir a la Junta de Educación de la necesidad de construir una nueva secundaria en Pilsen, con énfasis en clases bilingües para los jóvenes migrantes. (La Benito Juárez, inaugurada en 1977). El artículo aparece sin firma, pero como la Sra. Guerrero declara que “En esta lucha jugó un papel importante el periódico La Raza, cuyo director Walter Briceño […]se involucró en la brega, antes de salir del país por orden de inmigracion…”, podemos inferir que la entrevista la hizo el propio Walter. Quizás por modestia o decoro profesional no quiso poner su nombre.

Diana Eiranova escribió un extenso artículo sobre el presidente argentino Raúl Alfonsín, a casi dos años de su gobierno. Es uno de los mejores reportajes de ese número. El país estaba aún convulsionado por las Malvinas y los años de dictadura militar (1976 – 1983). El saldo de desapariciones, tortura y ejecuciones descrito en el llamado Informe Sabato da náusea. Diana Eiranova describe el caos y el miedo que aún imperaba en Argentina, y la lucha titánica de Alfonsín por superarla. Triste es decirlo: pero hoy día el Nunca más (30,000 muertos) palidece ante la tragedia que vive México 2019 con la llamada Guerra del Narco (200,000 muertos). Lo peor es que el infierno de México parece no tener fin.

Allá por 1962, llegó a Chicago un peruano nacido en Pacasmayo. Serio y emprendedor, como suelen ser los migrantes, fue haciendo fortuna. Comenzó trabajando en las salas de cine como boletero hasta convertirse en productor. Para 1985 ya tenía tres películas en su haber, y estaba por exhibirse la cuarta, Tragedia en Arizona. Entrevistado por Alejandro Serra para La Razón. Orlando Mendoza opinaba sobre el rol que juegan los productores: “El problema es que no son creativos. Claro, también es culpa del público. Por ejemplo el caso de Lola la Trailera [con la actuación estelar de Carlos Monsiváis] que batió records de taquilla en Los Ángeles ¿Puede pretenderse un churro mayor?”

Una novedad de La Razón fue volver su mirada a la literatura. En la edición apareció el primer capítulo de una novela por entregas (estilo siglo XIX), de un tal Larry Monterrey. Su título: Las Aventuras de Ardencio Quimerez, ‘El Buscador’. Sin comentario, transcribo sus primeras líneas: “Ardencio estaba labrando con un hermano Filomeno, la tierra rocosa y mezquina de sus ancestros cuando llegó su hermana Angelina con una mala noticia: Su papá estaba por morir. Con gran rapidez todos corrieron a la casa para ver al padre y recibir la última bendición. Al entrar a la pobre choza que servía de techo a los cinco miembros de la familia, Ardencio vio a su mamá Dulce María, al Dr. Hernández y al Padre Ignacio, todos rodeando el lecho de muerte como si estuvieran tratando de bloquear la salida del espíritu de ese hombre tan reverenciado” (sic).

Walter Briceño conversó con César A. Dovalina, quien fuera el dueño de La Raza antes de Rossi. Cuidadosos en las formas, en la entrevista —firmada por Walter— no se tocó para nada el tema del semanario. La entrevista abordó, sobre todo, los orígenes del Sr. Dovalina y su exitosa carrera de empresario: fue fundador de Las Margaritas, una importante cadena de restaurantes. Aquel hombre nacido en Coahuila, México, llegó a Chicago a los 37 años y su primer trabajo fue en una fábrica de escaleras de madera; ganaba 45 centavos la hora. En sus establecimientos —le contaba a Walter— llegaron a cantar artistas como Celia Cruz y Los 3 Caballeros. Entre los personajes famosos que visitaron La Margarita (de la calle Wabash), Dovalina menciona al expresidente de México Adolfo López Mateos (aparece su foto), Zsa Zsa Gabor y Ricardo Montalbán.

La penúltima página estaba dedicada a los libros. Era mi página. Aparecían tres notas de libros (para probarlo, las anexo) cada quincena. La última era una columna quincenal del Managing Editor Walter Briceño: Sin pelos en la lengua. Era una columna donde Walter se permitía criticar con dureza a todos los funcionarios, empresarios, medios de comunicación, etc. Todo lo que tuviera que ver con el servicio y la función pública. Lo cual me parecía bien. Adiós a las cojudeces —me había anticipado mi editor. Ese día su columna se refirió a los maestros de Chicago y sus frecuentes huelgas; al Wall Street Journal por un artículo tendencioso sobre el presidente peruano Alan García (afirmaba que éste se había declarado marxista-leninista); a varios “lidercillos hispanos” por ser mal educados (no atienden llamadas telefónicas); y hasta a la Sociedad Cívica Mexicana (¡la de las Reinas!) por su cerrazón en rendir cuentas y en la organización de su desfile.

En esa columna, Walter arremetía también contra las agencias de publicidad (lo cual no me dio buena espina). Escribió: “Una pregunta que no me ha sido respondida hasta hoy es: ¿Existen verdaderamente Agencias Publicitarias Hispanas? Es decir compañías que tengan la facultad de manejar un presupuesto asignado por el cliente, para que la Agencia lo maneje de acuerdo a su experiencia y conocimientos del mercado. ¿O son simples ‘mamparas’ con oficinas elegantes y bien situadas pero sin poder de decisión? Lo digo porque estoy investigando algunas que cuando se les habla de publicidad en términos profesionales no saben qué responder […] A propósito, hay una que concibe que hacer publicidad es invertir en pachangas y fiestas. Y en eso se le va el presupuesto. Lo peor es que además de no colaborar al desarrollo de la gente mexicana, la trata despectivamente […] ¿Quieren saber quiénes son? Pronto se los diré”.

Esto añadía leña al fuego abrasador del Editorial que, aunque estaba dedicado a las Fiestas Patrias, incluía un párrafo revelador: “LA RAZÓN, pese a su corto tiempo en circulación, a las dificultades derivadas de esta situación y —por qué no decirlo— a la indolencia y falta de apoyo de algunas agencias de publicidad, para quienes la culturización y el progreso educativo de la comunidad vale menos que una lata de cerveza, se siente orgullosa como empresa de brindar con esta primera Edición Especial, prueba de que por encima de los intereses mezquinos y las simpatías políticas, hay el afán de hacer llegar al pueblo un órgano de expresión al servicio de las mayorías”.

Sudé frío. Comprendí que estábamos todos a punto de perder la chamba. Y ni modo de ofrecerle al jefe reducir mi salario. Soplaban vientos malos —lo supe enseguida— pero no pregunté nada a Walter. Conversábamos de todo pero no de finanzas. Eso era algo que concernía sólo a él. Como discreto director, no hablaba de conflictos que —como en toda empresa— seguro no faltaban. Yo ni siquiera sabía quiénes eran esos médicos, los socios de que hablaba en los comienzos. Habían transcurrido apenas unos meses y La Razón (razón de mi vida) que yo creía fuerte y estable, lucía enclenque. En aquellos años (el siglo XX) todo era papel, y costaba mucho esfuerzo (y más plata) mantener a flote una revista. Por eso es que las agencias publicitarias jugaban un rol esencial.

La Razón sobrevivió algunos números más (no recuerdo cuántos), pero los últimos ya no fueron quincenales sino mensuales. El barco se hundía irremediablemente. A la librería Europa llegaba un Walter cada vez más taciturno, y con desgano mencionaba —sólo de paso— problemas de los socios —no con él, aclaraba, sino entre ellos— sin dar mayores detalles. Caminábamos al Jardín a cenar (seguía invitándome) pero ya la conversación decaía. El periodista (al que yo empezaba a ver como un Quijote) estaba pasando por una severa crisis. Yo (como un fiel escudero) lo escuchaba en silencio. Vivía el pequeño drama de La Razón (la ilusión) muriendo. Un día Walter se apareció más temprano. “Mi querido Humberto —me dijo— creo que ya se jodió La Razón. Por lo pronto no me queda más remedio que pararla un tiempo. Si acaso hay algo, te aviso”. Y me dio un abrazo.

Hace unos días, buscando un libro extraviado, bajé al sótano de mi casa. Hurgando los papeles de mi Baúl de tesoros olvidados (cajas arrumbadas en un rincón) me topé de pronto con un ejemplar de La Razón, esa Edición Especial del 15 de septiembre de 1985. Al ver la fecha, sentí un gusto enorme (me encantan las coincidencias alegres): ¡faltaba sólo una semana para su 34 aniversario! Al hojearla y leer unas cuantas líneas me pasó lo que a Proust con sus madeleines mojadas en el té: los recuerdos vinieron de golpe. Esa noche, releyendo La Razón, hice mi pequeña búsqueda del tiempo perdido. Vi a la librería Europa tal como la veía entonces, cuando la sentía mía; la fui llenando de rostros de amigos queridos, algunos ya vagando por el infinito. Vi esos viejos estantes llenos de libros, donde descubrí autores y títulos que son ya parte de mi entraña. Y vi a un elegante Walter Briceño abriendo presuroso aquella deslucida puerta de la librería. Me dieron unas ganas enormes de correr a abrazarlos a todos, sobre todo a mi querido primer Editor. ¿Dónde andará Walter? Ojalá que muy feliz en algún lugar sobre la Tierra, buscando nuevos escuderos. Para traerlo de nuevo a Chicago quise contar esta historia.

(Chicago, 15 de septiembre de 2019)

Humberto Gamboa visto desde Adentro. La Razon, 1985

 

Tres notitas de libros

 

Humberto Gamboa. Nació en Durango, en la navidad de 1954, en un pueblito llamado La Purísima, localizado a 50 kilómetros de Santiago Papasquiaro, la cuna de los Revueltas. La primera vez que oí de esa familia debe haber sido en 1962, durante una de mis frecuentes vistas a Santiago, donde mi hermano Fidel estudiaba su secundaria. Caminando un día por esas calles con mi madre, descubrí, incrustada en la pared de una casa que lucía pobre y abandonada, una vieja plaquita donde aún podía leerse: “Aquí nacieron los Revueltas, orgullo de México y del Mundo”. En agosto de 1968, cuando me fui a estudiar a la Ciudad de Durango fue cuando realmente caí en cuenta de la enorme importancia de José Revueltas. El Movimiento Estudiantil había llegado a la provincia y Durango estaba, como el resto del país, convulsionado. Su nombre estaba en boca de los manifestantes y en los diarios. Después de Tlatelolco, muchos jóvenes comenzamos a leer con fervor a José Revueltas. Durante 33 años, Gamboa fue librero (6 en la librería Europa y 27 en Tres Américas) y, al mismo tiempo, durante 10 años se dedicó a escribir reseñas de libros y entrevistas en la revista Tres Américas y en el semanario ¡Éxito!

 

Tres notitas de libros

La razón, septiembre de 1985

 

Desde principios del siglo XX ha habido publicaciones en español en Chicago. Algunas han sido efímeras como los sueños de muchos inmigrantes, otras duraron algunos años. Históricamente se puede citar la Revista Vida Latina, en la cual don Luis Leal llegó a publicar sus primeros artículos. A mediados de la década de 1980, se publicó La Razón, donde el librero Humberto Gamboa colaboró escribiendo artículos y reseñas de libros. Años más tarde Gamboa sería, además de librero, editor de la revista Tres Américas, precursora del movimiento de las letras en español de Chicago. A continuación, El BeiSMan vuelve a publicar tres reseñas que Gamboa publicó en La razón de septiembre de 1985 y que siguen manteniendo vigencia como entonces.

por Humberto Gamboa

 

Víctor Jara. Un canto truncado

Cuenta Joan Jara que en aquella primera época de la infancia de Víctor, éste solía acompañar a su madre a otras casas del pueblo cuando moría un niño pequeño. Allí, con su madre que tenía la voz dulce y fuerte, la gente le cantaría al angelito hasta el amanecer. Tales serían los inicios del aprendizaje musical de Víctor.

Cuenta Joan que la familia Jara, originaria de una pequeña población llamada Lonquén, era inmensamente pobre. A los seis años de edad, Víctor acompañaba a su padre a trabajar en el campo. Su primer recuerdo —diría más tarde— era de cuando por la noche se tendía en el suelo y contemplaba las estrellas, mientras veía a su madre sentada sobre una pila de maíz cantando y tocando la guitarra. Él se quedaba dormido al son de su canto.

Cuenta que al marcharse de aquel pueblo a Santiago, fueron a establecerse en una miserable choza en un barrio gris y deprimente. Para escapar de aquel ambiente sórdido que lo rodeaba, Víctor comenzó a frecuentar un centro cultural organizado por la Iglesia Católica. Ahí, pleno de idealismo y misticismo, Víctor ingresó al seminario y hasta soñó con convertirse algún día en sacerdote. Quizá ésto explique el origen de su hermosa canción “Plegaria de un Labrador”.

Cuenta que para Víctor, que siempre se había distinguido en sus estudios por su inteligencia y dedicación, la parte más positiva de aquella experiencia fue la música sacra y los elementos teatrales de la misa. Después abandonaría el seminario, al darse cuenta que no tenía una verdadera vocación religiosa.

Cuenta que en 1957, siendo estudiante de una escuela de teatro, Víctor conoció a Violeta Parra, mujer genial, dueña de un talento creador extraordinario y recopiladora del folclore nacional. Ese mismo año, Víctor grabaría su primer disco —una canción de amor— con el conjunto Cuncumén. Violeta diría más tarde a sus hijos: “Víctor es el cantante número uno de Chile”. Algunos años después, Víctor pasaría a ser el director musical de un grupo que llenaría toda una época en Chile: Quilapayún.

Cuenta cómo a fines de aquella década de los sesenta, con un proceso electoral radicalizado, Víctor y muchos otros artistas (entre ellos Inti- Illimani y los Parra) tomaron partido y contribuyeron al triunfo de la Unidad Popular. Por primera vez en la historia de América Latina un candidato socialista resultaba electo. La noche del triunfo, junto con miles de simpatizantes, Víctor acompañó a Salvador Allende en las celebraciones.

Cuenta que algunos días después de aquel fatídico 11 de septiembre [1973], Víctor fue a la Universidad tratando de averiguar acerca de algunos compañeros, y fue arrestado. En el estadio convertido en cárcel donde estuvo preso, Víctor todavía tuvo alma para escribir una canción que sus compañeros se encargarían de conservar para siempre.

Todo esto cuenta Joan Jara de su muy amado esposo en su muy hermoso libro: Víctor Jara. Un canto truncado.

 

 

Persona non grata

En la medianoche del domingo 21 de marzo de 1971, tuvo lugar una singular entrevista entre un representante del gobierno chileno y el jefe del Estado cubano. El diplomático se llamaba Jorge Edwards y el Jefe de Estado Fidel Castro. Todo lo que hablaron aquella noche quedaría registrado más tarde en el libro que el primero escribió de su experiencia en Cuba. El título del libro: Persona non grata.

También por esas fechas, en París, estaba por aparecer una nueva revista que se pronosticaba sería formidable. Iba a agrupar a los principales escritores latinoamericanos, entre ellos Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. La revista se llamaría Libre y tendría una vida muy corta.

Aquella noche el dirigente cubano acusó a Edwards de ser una persona hostil a la Revolución Cubana, de haberse rodeado de elementos contrarrevolucionarios y lo declaró persona non grata. Además le confesó que —por lo mismo— desde el primer día de su estancia en Cuba había sido puesto bajo vigilancia, siguiendo en detalle cada uno de sus movimientos, de sus encuentros y conversaciones.

Tal acusación no sorprendió lo más mínimo a Edwards. Por sus amigos, los escritores cubanos que conocía de años atrás (había sido miembro del jurado de Casa de las Américas) y por propia experiencia, se había dado cuenta que todos sus movimientos eran espiados. Los últimos tres meses había estado viviendo en una atmósfera enrarecida, digna de Kafka.

Sabía que su expulsión de Cuba era muy posible. Su amistad con escritores que mantenían una actitud crítica de la Revolución, como Heberto Padilla y José Norberto Fuentes, era muy mal vista por el gobierno cubano. Pero él —intelectual antes que diplomático— había decidido mantener los lazos de amistad y se reunía periódicamente con ellos.

Sobre todo, a Castro le irritaba su relación con el poeta Heberto Padilla, un individuo un tanto excéntrico que mantenía una actitud sarcástica ante la Revolución, cosa que molestaba sobremanera a muchos funcionarios cubanos.

En aquella reunión, que se prolongó por varias horas, Edwards logró persuadir a Castro de que su intención nunca había sido mala y hasta acabaron despidiéndose amigablemente. De Cuba Edwards partió a Europa, para reunirse con Pablo Neruda en la embajada chilena de Francia; pero antes visitó a Vargas Llosa en España, para informarle del arresto de Padilla.

Este caso dividiría profundamente a los escritores latinoamericanos. La revista Libre, que era esperada con ansiedad, estuvo a punto de interrumpirse aún antes de salir a la calle, ya que entre sus miembros hubo grandes diferencias de opiniones.

Después, Edwards tendría muchos reparos y escrúpulos para publicar su libro. Intelectual de izquierda desde su juventud, se impuso mucha autocensura desde el principio. Hoy ha decidido publicar la versión original, completa. Celebremos que lo haya hecho. Es una pieza de un valor documental extraordinario.

 

El rediezcubrimiento de México

Entre los actuales humoristas mexicanos —de humor blanco, por supuesto— cabe destacar la figura de Marco Almazán. Dotado de ingenio, sabe hacer brotar la risa de cualquier situación. Gran lector además, Almazán ha escrito libros donde satiriza todo lo solemne de la vida: la historia, la filosofía, la literatura y sobre todo nosotros mismos.

Al igual que todos los humoristas notables, Almazán tiene la virtud de hacernos reflexionar mientras sonreímos con sus comentarios. Sus cuentitos son pequeñas fábulas que despiertan la imaginación. Entre sus obras más conocidas figuran Cien años de humedad, Episodios nacionales en salsa verde, y el libro que hoy nos ocupa: El rediezcubrimiento de México.

Este pequeño librito puede muy bien servir de contrapeso al solemne ensayo de Octavio Paz sobre el mexicano, El laberinto de la soledad. Nos muestra algunas características del pueblo mexicano, de lo pintoresco, y nos da graciosas explicaciones del porqué somos como somos. Pero bueno, vayamos a la trama del libro:

El rediezcubrimiento… narra las aventuras y desventuras de un español que viene a México en plan de hacer fortuna, como lo hicieran tantos antepasados suyos desde la Conquista. El protagonista se presenta a sí mismo: “Ceferino Díaz Fernández, para servir a Dios y a ustedes. Yo nací en una ribera del Somiedo atronador. Soy hermano de la sidra, soy hermano de las fabes, soy pariente del tocino y del sol”.

La llegada de don Ceferino coincide con uno de los periodos críticos de México; la Guerra de los Cristeros está en su apogeo y aquellos pobres españoles no saben ni cuál partido es cuál. Una noche, deambulando por el puerto de Veracruz, tienen un singular encuentro con un borrachito. Pero (con permiso del autor) dejemos que don Ceferino mismo nos lo cuente:

—¡Viva México, jijos de la guayaba!

—Que viva…—repusimos nosotros.

—¡Que viva el señor cura Hidalgo! —volvió a gritar el borracho.

—¡Atiza! —le dije en voz baja a uno de mis paisanos— este ha de ser uno de los “cristeros”, más vale que le sigamos la corriente.

—¡Que viva! —gritamos a coro los tres, a pesar de que no teníamos la menor idea de quién era el cura Hidalgo.

—¡Mueran los gachupines! —vociferó el ebrio.

—¡Que mueran! —coreamos con entusiasmo.

—¡Empezando por ustedes, jijos de la tiznada!

El borrachito tiró el sombrero al suelo y nos amenazó con la botella.

—Un momento, señor —explicó conciliatorio uno de los nuestros—. Nosotros no pertenecemos a ningún partido político. Somos extranjeros.

—Pos por eso lo digo. ¡Mueran los gachupines!

—Nosotros no somos gachupines.

El borracho levantó una ceja y se nos quedó mirando entre asombrado y agresivo, mientras oscilaba botella en mano.

—¿Entonces qué son, pues?

—Somos españoles. De Asturias.

—A mí no me vacilan, cabrestos…

En estos días de festividades patrióticas, cuando hasta el alcalde Harold Washington se viste de charro, recomendamos al público que redescubra El rediezcubrimiento de México.

 

Humberto Gamboa. Nació en Durango, en la navidad de 1954, en un pueblito llamado La Purísima, localizado a 50 kilómetros de Santiago Papasquiaro, la cuna de los Revueltas. La primera vez que oí de esa familia debe haber sido en 1962, durante una de mis frecuentes vistas a Santiago, donde mi hermano Fidel estudiaba su secundaria. Caminando un día por esas calles con mi madre, descubrí, incrustada en la pared de una casa que lucía pobre y abandonada, una vieja plaquita donde aún podía leerse: “Aquí nacieron los Revueltas, orgullo de México y del Mundo”. En agosto de 1968, cuando me fui a estudiar a la Ciudad de Durango fue cuando realmente caí en cuenta de la enorme importancia de José Revueltas. El Movimiento Estudiantil había llegado a la provincia y Durango estaba, como el resto del país, convulsionado. Su nombre estaba en boca de los manifestantes y en los diarios. Después de Tlatelolco, muchos jóvenes comenzamos a leer con fervor a José Revueltas. Durante 33 años, Gamboa fue librero (6 en la librería Europa y 27 en Tres Américas) y, al mismo tiempo, durante 10 años se dedicó a escribir reseñas de libros y entrevistas en la revista Tres Américas y en el semanario ¡Éxito!