¿Para qué sirve la Real Academia Española?

por Humberto Gamboa

Ya que la semana pasada (del 19 al 22 de mayo, 1999) tuvimos en Chicago lo que se llamó las Primeras Jornadas de la Lengua Española, con la participación de intelectuales mexicanos como Carlos Fuentes, Ángeles Mastretta y Raúl Trejo Delarbre, y un sinfín de personalidades locales (entre otros: la escritora Ana Castillo, el profesor de la Universidad Roosevelt John Barry, y el director del semanario ¡Éxito! Alejandro Escalona), convendría echar un vistazo a la obra de un personaje muy poco conocido fuera de México, pero que en España llegó a hacer temblar a los mayores académicos de la lengua. Al igual que aquel Caballero Andante, Don Quijote de la Mancha, tampoco éste se arredró nunca ante la presencia de ningún gigante.

Se llamaba Raúl Prieto, y nació el 21 de noviembre de 1918 en Ciudad de México. Periodista desde muy joven, Raúl Prieto llegó a escribir artículos de toda índole: crónicas, reportajes, editoriales, etc. en publicaciones como La Prensa, Siempre!, El Tiempo y Novedades. Fue, además, miembro destacado del grupo legendario que en 1976 fundó la revista Proceso.

En 1949 apareció en Excélsior su columna Perlas japonesas, que alcanzaría gran popularidad. En ella, Prieto mostraba ya dos de sus principales características: un gran sentido del humor, sarcástico y venenoso, y una vasta erudición. Desde sus Perlas japonesas Prieto lanzaba saetas a los transgresores de la lengua, firmando ya con su famoso apodo: Nikito Nipongo.

Por ese entonces, Prieto comenzó su guerra con la Real Academia Española (RAE). Una guerra que se prolongó durante años, en la que Prieto jamás pidió ni dio tregua, y donde los académicos salieron los peor librados. Ya a finales de 1986, el autor de las Perlas japonesas podía exhibir al mundo su máximo trofeo: una Real Academia bastante desprestigiada.

En septiembre de 1958 aparece El Diccionario, el primer ataque de Prieto, ya en forma de libro, a la Real Academia Española. Es una crítica acerba y concienzuda al Diccionario de la Lengua Española en su edición de 1956, la XVIII. Al aparecer la XIX, en 1970, Prieto descubre que es tan mala —o aún peor— que la anterior, y ataca de nuevo: publica Madre Academia, crítica sicalíptico-lexicográfica en prosa (“¡Un libro cojonudo y sin censura!”, nos advierte, dibujado en la portada, un viejecito desdentado que viste la clásica toga del académico).

Este vocablo, sicalíptico, definido por la Real Academia Española como “pornográfico, obsceno”, tiene otras acepciones que, como siempre, fingen ignorar los académicos. El escritor José de la Colina, recordando su niñez madrileña (llegó a México exiliado), nos dice que también significa “cachondo”; y que le parece más que bien “que el autor prodigue a lo largo de su discurso contra la Academia un chisporroteo de sicalipsis en respuesta a la pacatería y la ridícula gazmoñería del Diccionario de la Lengua, sin coño y otras gollerías”.

De la Colina anotaba la inmensa aportación de Raúl Prieto con su libro: “Madre Academia es la más exhaustiva recopilación de los errores, barbaridades y omisiones del Diccionario de la Lengua. Errores por pésima información científica o meramente lexicográfica; barbaridades por una visión anacrónica, localista, reaccionaria del mundo; omisiones por lo anterior, y por la ridícula pacatería y la obsoleta censura de las malas palabras” —concluía en un largo ensayo.

Madre Academia fue un latigazo dirigido no solamente a los académicos de la Madre Patria; también lanzaba estocadas sin piedad alguna a las Academias de la Lengua de América Latina, equivalentes de aquélla y tan dadas, también, a dormirse en sus laureles. En especial criticó duramente a la de México (que en 1975 cumplía un siglo de haber sido creada) por su muy escasa —por no decir nula— participación en la elaboración del Diccionario de la Lengua.

Que en la lista de los miembros de la Academia Mexicana de la Lengua figuraran nombres tan ilustres como los de Juan Rulfo, Agustín Yáñez y Martín Luis Guzmán —afirmaba Raúl Prieto— no quería decir absolutamente nada. Otros estaban de acuerdo: el escritor Gustavo Sáinz escribió: “La Academia Mexicana cumple cien años, y aunque la metáfora es torpe, se me ocurre compararla con una tortuga”. De la Academia Argentina de la Lengua el poeta Jorge Luis Borges opinaba lo mismo, y eso que él era uno de sus miembros más destacados.

En 1984, al aparecer la edición XX del Diccionario de la Lengua, Prieto decidió darle otra vuelta de tuerca al asunto: publicó ¡Vuelve la Real Madre Academia! (1986), un ensayo de 400 páginas donde demostraba, sin lugar a dudas, que los académicos no tienen remedio. Tampoco —concluía desalentado— sus ingenuos y fieles seguidores. Así se lamentaba Prieto:

Desgraciadamente, le dan importancia al almodrote (el Diccionario RAE ) en España y en Hispanoamérica, tanto sus hordas burocráticas como muchas instituciones que en esas partes del Tercer Mundo intentan ser respetables. En la Universidad Nacional Autónoma de México, por ejemplo, más de un profesor de español, de literatura, de periodismo recomienda a sus alumnos que acudan al diccionario de la Real Madre —aunque no para reírse de sus burradas, sino para venerarlo como fuente de sabiduría y para tomarlo como autoridad lingüística.

En 1992, a las celebraciones en todo el mundo por el Quinto Centenario del descubrimiento de América, el llamado Encuentro de dos mundos (El Encontronazo, para sus detractores), quiso sumarse la Real Academia Española. Apareció la muy pregonada edición XXI, que había creado tantas expectativas. Esta vez, se suponía, su Diccionario de la lengua sí que iba a tomar en cuenta los cientos o miles de vocablos —hasta entonces ignorados— de las que fueran las antiguas colonias españolas. En el prólogo de esa edición, la RAE se daba baños de gloria:

La Real Academia Española ha querido contribuir a la celebración del V Centenario del descubrimiento de América publicando una nueva edición, la vigésima primera, de su diccionario usual. Lo hace para cooperar al mantenimiento de la unidad lingüística de los más de trescientos millones de seres humanos que, a un lado y otro del Atlántico, hablan el idioma nacido hace más de mil años en el solar castellano y se valen de él como instrumento expresivo y conformador de una misma visión del mundo y de la vida.

Con furia y fuego arremetió Nikito Nipongo: “Lenguaje amerengado y tramposo, influido por una concepción imperialista que, aunque anacrónica, respalda las labores de la Real Academia Española. Por lo mismo lanza la citada edición, no por cooperar al mantenimiento de la tal unidad lingüística que, claro, sólo la concibe aquella institución con el cordón umbilical amarrado a Madrid, la antigua metrópoli del imperio. Sí, el idioma que hablamos nació como dialecto del latín en Castilla la Vieja. Vuelto comunicador oficial de España, por imposición de los feroces Reyes Católicos, alcanzó la calidad de lengua española —discriminando al catalán, al valenciano, al bable, al gallego y, con mayor rencor, al vasco—.

Añadía: “Pero expandido a América tal idioma desde hace medio milenio, hoy, en rigor, no es castellano ni español, sino hispanoamericano: ente que de ninguna manera aprueba la cerrada Real Academia Española, según lo demuestra con su diccionario que es, en verdad, un diccionario madrileño. Para la vieja, sólo el habla de Madrid vale; fuera de Madrid, todo es Carabanchel. En el preámbulo se desparraman lisonjas esperando que el consultante las trague sin regüeldos disidentes, absteniéndose de estudiar a fondo el resto de la obra. Si le da por leerla y reflexionar sobre lo leído, verá que dichos elogios son groseramente falsos”.

El 25 de mayo de 1997, Nikito daba ya por muerta a la Real Academia. Publicó en La Jornada Semanal un artículo, Autopsia a doña Real Academia, que comenzaba con la disección de sus yerros: “El principal fin que tuvo la Real Academia Española para su formación —nos dice el prólogo de su primer diccionario (el cual empieza a imprimirse en Madrid en 1726)— fue hacer un diccionario copioso y exacto. Pero 266 años después [en junio de1992, XXI edición] ese diccionario copioso y exacto sigue siendo una mera ilusión. Estamos, más bien, no ante un diccionario, pues se trata de un mamotreto mango y rengo muy ajeno a las modernas técnicas lexicográficas, que ni remotamente tiene trazas de copioso ni menos aún de exacto”.

En su vituperio, se burlaba con descaro de los académicos contando anécdotas atroces: “Al recibir a un nuevo miembro de la Real Academia Española, por ejemplo: el español Mario Vargas Llosa, reconciliado con Fujimori tras de la matanza de guerrilleros en la embajada nipona en Lima, un buen número de rucos se visten de etiqueta colgándose un collar con el escudo de su sociedad. A la ceremonia se ve obligado a asistir el rey de España, quien hace heroicos esfuerzos para no adormecerse mientras el recipiendario babea un discurso inane. Los fotógrafos de diarios y revistas y los camarógrafos de televisión se encargan de tomar las vistas que habrá de ver la gente. Algo es algo”. Y Nikito terminaba su feroz diatriba así:

A los académicos madrileños no se les invitó a soltar rollos de vacuidades en el Congreso Internacional de la Lengua Española, pachanga celebrada en Zacatecas [en 1997] y presidida por el citado rey de España y el [presidente] de México, cual si fueran autoridades en la materia. El desaire les ardió a los dichosos señorones, moviéndolos a vaciar su resentimiento calificando, junto con otros chupapitos, de disparate a la única propuesta respetable de esa reunión: la de reformas a la ortografía, que bosquejó Gabriel García Márquez con tino.

Tampoco los devotos del Diccionario RAE estuvieron nunca a salvo de los fuetazos de Nikito: a un periodista mexicano, corresponsal de Excélsior en Madrid, que fue a entrevistar al director de la Academia, lo trató con desprecio cuando leyó su texto, plagado de zalamerías: “Don J. Jaime Hernández, por su comportamiento revela el ánimo que alienta a sus admiradores: llega ante la presencia [del director] como si cegado por la emoción entrara de rodillas al sanctasanctórum de una divinidad. Acompáñenme a escuchar al extasiado don J. Jaime:

Don Fernando Lázaro Carreter me recibe en su despacho. Un bedel de avanzada edad me ha servido de guía entre las columnas que preside, con ese aire de gloriosa autosuficiencia, Miguel de Cervantes Saavedra, el “Manco de Lepanto”. Bajo su pétrea mirada llego al fin hasta esa habitación de aire espartano que Lázaro Carreter ha ocupado en los últimos cinco años.

“Nada tiene que hacer don Miguel de Cervantes en la Real Academia Española —dice tajante Nikito—. Murió 97 años antes de que a ésta la fundara Felipe V, rey de España importado de Francia porque el retrasado mental Carlos II, monarca anterior, murió agusanado sin dejar descendencia. Además, la Real Academia Española hubiera rechazado a Cervantes, por iconoclasta, de haber sido su contemporáneo. No hay que olvidar que la misma institución se negó a admitir en su seno tenebroso a la lexicógrafa María Moliner, poniendo de pretexto sus antecedentes antifranquistas. Pero sigo con J. Jaime Hernández:

Sentado ahí (Fernando Lázaro Carreter), emboscado en un mar de papeles que tapizan su escritorio, el presidente [sic] de la Real Academia Española parece, o quizá simula, estar muy concentrado en la lectura de algo que, aparentemente, le resulta impostergable. Su insigne figura, recortada por un haz de luz que desciende de un vitral lateral, parece resguardada por los retratos de cámara que penden de las cuatro paredes color granate.

“¡Qué dirá de la tal insigne figura el filólogo Manuel Alvar! —gruñe Nikito. Fue director de la Real Academia Española (1988–91) y, por haber tratado de modernizarla, cayó tras de meterle zancadilla Lázaro Carreter, su sucesor, distinguido por su calidad de grillo pomposo. Largo es el palique en el cual se enredan Carreter y su entrevistador. Me limito a dar cuenta del anuncio que hace, casi al final del cotorreo, don Fernando Lázaro Carreter:

Espero que con la ayuda de las Academias (de América) podremos completar nuestra labor de registro para poder lanzar en el año 2000 el que será el gran diccionario de la Real Academia Española, con un acervo mucho más completo del español que se habla en América y España.

“¿Podrá ocurrir milagro tan fabuloso, y con la ayuda de los cenáculos de inutilazos que son las mencionadas Academias del Nuevo Mundo?” —se preguntaba Raúl Prieto. Le respondió su alter ego, el extraordinario Nikito Nipongo: “Se requeriría dinamitar a la Real Academia Española, acabando con los académicos españoles: con su prepotencia hueca, su abulia, su negligencia, su pésima forma de expresarse, sus usos caducos, su conservadurismo esterilizante… El gran diccionario prometido tendría que ser radicalmente distinto al lexicón acostumbrado, y no otra obra de momias torpes, sino de lingüistas y lexicógrafos capaces y trabajadores, ajenos por completo a la Academia Real” —concluía el más grande polemista de la lengua española.

(1999)

 

POSDATA: Nikito y Poniatowska

Su nombre completo era Raúl Prieto Río de la Loza, y en sus escritos llegó a utilizar varios seudónimos como El doctor Keniké, Don Hechounperro y El abogado Patalarga, sin contar el más famoso, Nikito Nipongo, que usó en su columna Perlas japonesas iniciada en 1949 y continuada por casi 50 años. Sus padres fueron Sotero Prieto Rodríguez e Isabel Río de la Loza Salazar. Su primo segundo Carlos Prieto de Castro, profesor de la UNAM, contó de su pariente: “Como hijo del gran matemático, maestro de muchas generaciones, que fue Sotero Prieto Rodríguez, Raúl heredó su espíritu analítico y mordaz y sobre todo su rigor. Exacto en sus comentarios, Raúl Prieto nos hacía reír a todos. Su ingenio cortaba mucho más que los cuchillos de su casa”.

La escritora Elena Poniatowka contaba una anécdota similar. En la década de los 50 del siglo pasado, cuando ambos colaboraban en el diario Novedades, iniciaron una estrecha amistad. Cuenta Poniatowska: “Nikito Nipongo, o sea Raúl Prieto, me invitó a comer y en su casa de Teocelo numero 17 probé por vez primera la sopa de ajo que preparaba con maestría Angélica Insunza [su esposa]. Me encantó Angélica, quien también escribía en varias revistas y me pareció bella y de mucho carácter. Escuchar a la familia, sentada en torno de su mesa, era una experiencia estimulante porque todos, hasta Patito [su niño] opinaban de la sopa, del guisado y del postre con lucidez y vehemencia. Claro, el más sarcástico, sobre todo cuando se refería a la política, era Raúl Prieto”.

Continúa Poniatowska: “Me atreví a pedirle, varios años más tarde, que corrigiera un libro de cuentos (De noche vienes) y pensé que lo haría picadillo. No fue así, sólo me señaló unos cuantos galicismos y me recompensó con un gran abrazo. Años más tarde tambíen Guillermo Haro y yo habríamos de escuchar a la hora de alguna comida en mi casa sus comentarios sardónicos sobre la corrupción y la traición a la patria de los políticos mexicanos”. Luego Poniatowska dice algo inesperado que me encanta: “El 14 de julio de 1978 le hice una larguísima entrevista dividida en cuatro partes para Novedades, en cuyas fotos él ríe a mandíbula batiente quizá porque se acuerda de que dibujó en calzoncillos a Agustín Yáñez (que era muy solemne) para su libro Madre Academia. También pintó a otros funcionarios en situaciones grotescas”.

Su comentario me sorprende porque yo —ignorante que soy— desconocía que Nikito Nipongo fue también dibujante, y que sus caricaturas fueron muy celebradas. Y me dio risa enterarme que aquel dibujito en la portada del libro Madre Academia (de un viejito gritando “¡Un libro cojonudo y sin censura!” al que se le ven los calzones porque tiene la toga levantada) correspondía al escritor y académico mexicano Agustín Yáñez. En aquellos años (1970), Yáñez estaba a cargo de la Secretaría de Educación Pública en México (era el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz) y se comportó sumiso y callado ante su muy sanguinario jefe. En 1999, cuando yo escribí una notita para el semanario ¡Éxito!, mencioné de paso ese curioso dibujito, pero ignoraba que Nikito mismo lo hubiera hecho. Gracias a Poniatowska vine a saber de éso y muchas otras cosas.

“Su columna [Perlas japonesas] —escribió Elena Poniatowska en La Jornada (25 de sept. 2005)— podría ser un antecedente de Por mi madre, bohemios, de Carlos Monsiváis. Escogía lo mal dicho dentro de los discursos [de los funcionarios públicos], que era casi todo y —totalmente despiadado— señalaba pifias, contradicciones, falsedades o simples burradas. Diputado o senador que hablaba mal, diputado o senador que Nikito guillotinaba entre sonoras carcajadas. Todos le temían porque no dejaba títere con cabeza. Los abusos de poder, las chicanas, las transas lo sacaban de quicio y las denunciaba un día sí y otro también”. Poniatowska informa que, además de ensayos, Nikito escribió cuentos y novelas, y que llegó a publicar más de una docena de libros.

Raúl Prieto cultivó el aforismo (o el febrónimo, como decimos algunos en Chicago) y llegó a escribir dos libros sobre esa literatura breve: La Lotería (1960) y Nueva Lotería (1984). Poniatowska incluye algunos de ellos en su remembranza de Nikito Nipongo: “Vivir es el oficio más antiguo del mundo”, “El miedo a la verdad desnuda es el pudor”, “Soñó que soñaba un sueño que jamás soñaría”, “La gente es más cretina por afición que por naturaleza”, “El hombre feliz no tenía camisa, pero se la ponían al sacarlo de su celda en el manicomio”. También hay uno que le gusta mucho a mi hermano Enrique: “La gente inteligente habla de ideas, la gente común habla de cosas, la gente mediocre habla de gente”. Y este otro que muy bien podría haber subscrito José Alfredo Jiménez o mi buen amigo Zatarain: “Si la vida no vale nada ¿por qué nos la cobran tan caro?”

El 20 de septiembre de 2003, en Ciudad de México, falleció Raúl Prieto, el gran Nikito Nipongo. Su amiga Elena Poniatowska lo recordó así en el segundo aniversario de su muerte: “En su libro Si ya estás muerto, qué te importa, lanzado en 2003, poco antes de su muerte, Nikito se burla de las funerarias, de los cadáveres, de los familiares que chillan a moco tendido, de la farsa que es exaltar a quienes no tienen méritos, de los intelectuales cercanos al poder, de los periodistas ineptos y de muchas cosas más. Su crítica siempre resultó descarnada. El legado de Nikito Nipongo es: ‘Somos lo que hablamos’. Creyó en el equilibrio y la permanencia del idioma que hace del hombre un ser de carne y hueso que puede comunicarse con sus semejantes y discurrir sobre cualquier tema. Decía que los científicos (y su padre fue uno de ellos) no tenían porqué ser oscuros e incomprensibles. Al igual que Julio Scherer García, se resistía a los homenajes y lo que más lo atemorizaba era que algún político o funcionario le pusiera su nombre a alguna calle. Le pregunté qué pasaría si él mismo quisiera ser académico de la lengua y le entró un ataque de hilaridad que por poco lo lleva a la apoplejía”.

(2019)

Humberto Gamboa. Nació en Durango, en la navidad de 1954, en un pueblito llamado La Purísima, localizado a 50 kilómetros de Santiago Papasquiaro, la cuna de los Revueltas. La primera vez que oí de esa familia debe haber sido en 1962, durante una de mis frecuentes vistas a Santiago, donde mi hermano Fidel estudiaba su secundaria. Caminando un día por esas calles con mi madre, descubrí, incrustada en la pared de una casa que lucía pobre y abandonada, una vieja plaquita donde aún podía leerse: “Aquí nacieron los Revueltas, orgullo de México y del Mundo”. En agosto de 1968, cuando me fui a estudiar a la Ciudad de Durango fue cuando realmente caí en cuenta de la enorme importancia de José Revueltas. El Movimiento Estudiantil había llegado a la provincia y Durango estaba, como el resto del país, convulsionado. Su nombre estaba en boca de los manifestantes y en los diarios. Después de Tlatelolco, muchos jóvenes comenzamos a leer con fervor a José Revueltas. Durante 33 años, Gamboa fue librero (6 en la librería Europa y 27 en Tres Américas) y, al mismo tiempo, durante 10 años se dedicó a escribir reseñas de libros y entrevistas en la revista Tres Américas y en el semanario ¡Éxito!

La Traviata

La Traviata en el Lyric Opera de Chicago. Foto: Cortesía

por Carolina Herrera

Las románticas notas del preludio al primer acto de La Traviata de Giuseppe Verdi, comienzan a flotar sobre un hermoso telón de encaje celeste que sirve de filtro para mirar dentro de la recámara de Violetta, una cortesana (las escorts del XIX), quien, ayudada por su empleada Anina, se viste para una fiesta que ha organizado en su casa, tras recuperarse de una enfermedad.

El telón se levanta y se transforma rápidamente en el área donde se desarrolla la fiesta y ahora observamos una mesa que se desborda de pasteles y confites sobre una pared blanca. Los invitados llegan luciendo vestidos de colores, pelucas estrambóticas y algunos hasta máscaras, sirviendo no solo de reparto sino de adornos de alto impacto visual. Sus sombras se proyectan contra la enorme pared blanca dándole a la escena un aire fellinesco y es aquí donde comienza el conflicto de la historia. Alfredo Germont (el tenor italiano Giorgio Berucci), un joven aristócrata, se ha enamorado de Violetta (encarnada por la coloratura soprano rusa Albina Shagimuratova) y ésta se debate entre las declaraciones de amor de Alfredo y la vida de placer que hasta entonces ha llevado. Violetta, decide aceptar el amor de Alfredo y la hermosa voz de Shagimuratova se alza en el escenario al cantar la primer aria de la noche.

Giuseppe Verdi se basó en La dama de las Camelias del francés Alejandro Dumas hijo, para escribir una tragedia de amor clásica, donde los enamorados no pueden estar juntos y justo cuando parece que todo se va a resolver, ella muere. La producción del Lyric Opera es una explosión de color, luz y sombras que solo puedo describir con una palabra que no tiene traducción en español: whimsical, que es algo entre lo fantástico y lo caprichoso, lo colorido y lo novedoso. En el segundo acto, tras la intervención del padre de Alfredo (el tenor Zeljko Lucic) quien ha convencido a Violetta de dejarlo para preservar el honor de la familia, los enamorados asisten a una fiesta por separado. El tapiz rojo y negro de la pared que encuadra el escenario da una sensación de exceso y decadencia que se acentúa con el vestuario del ensemble, los toros danzantes y los magos, en un desfile de luces y sombras que podría compararse con los altibajos del amor.

La tragedia de La Traviata —la mujer caída— es un drama del siglo XIX que resuena en el XXI pues aunque las formas han cambiado y supuestamente nos hemos “liberado”, una mujer independiente todavía es vista con cierta sospecha y a veces hasta lástima. Y mejor aquí le paro porque ya me estoy enojando… La Traviata en el Lyric es una puesta visual y musicalmente impactante que no deja de asaltar y sorprender de principio a fin.

 

La Traviata se presenta en el Lyric Opera de Chicago hasta el 22 de marzo.

Carolina Herrera. Su primera novela, #Mujer que piensa (El BeiSMan PrESs, 2016), recibió primer lugar en la categoría Mejor Primer Libro-Novela del International Latino Book Award. Es parte de Ni Bárbaras, ni Malinches: antología de escritoras latinoamericanas en Estados Unidos (Ars Comunis Editorial, 2017). Su historia forma parte del volumen IV de la serie Today’s Inspired Latina, Life Stories of Success in the Face of Adversity (2018). Es miembro del consejo editorial de El BeiSMan y contribuye a la revista con regularidad. Oradora TEDx. Vive en Naperville, Illinois.

Elektra en el Lyric Opera de Chicago

Lyric Opera of Chicago presenta una de las obras más distintivas del canon operístico, Elektra. A principios del siglo XX, Hugo von Hofmannsthal escribió el libretto y Richard Strauss escribió la partitura musical en Dresde. La violencia y la brutalidad musical es contundente, la cual marcha en harmonía con la poesía lírica a lo largo de la trama. La ópera dura aproximadamente 100 minutos ininterrumpidos, compuesta por cuatro escenas mayores cada una incluye su respectiva conclusión climática. Elektra está inspirada en la mitología griega, particularmente en la tragedia Electra de Sófocles, pero la adaptación operística sigue los estilos expresionista y modernista.

La trama toma lugar en el palacio de Agamemnon donde Elektra (Nina Stemme) deambula sufriendo la muerte trágica de su padre mientras trama su venganza contra los malhechores que usurpan la corona, Klytämnestra (Michaela Martens) y Aegisth (Robert Brubaker). Elektra vive los retos y las miserias de la condición humana, analizando los horrores y castigos que rigen su existencia a manos de una familia disfuncional. La joven anti-heroína atesora el hacha que mató a su padre, en su delirio confabula un complot con sus hermanos Chrysothemis (Elza Van Den Heever) y Orest (Iain Paterson) para vengar al rey. Elektra exhibe homicidios, destierros, pecaminosidad y venganza dentro de una aristocracia venida a menos.

El trabajo actoral es excepcional, altamente catártico y transciende a una elegancia inolvidable dentro de un ámbito en tinieblas con sombras peligrosas en cada esquina. Hay belleza dentro de los aspectos más mórbidos de la existencia. La victoria de Elektra surge en su dualidad dramática y musical, es prudente destacar dos participes de alto renombre: El director de orquesta, Donald Runnicles y la actriz Nina Stemme debutan en Lyric Opera of Chicago con esta presentación engrandeciendo sus ya impresionantes trayectorias. Runnicles fue nominado al Grammy por su labor Janáček’s Jenůfa en 2015 y se ha especializado en la obra de Richard Wagner y Richard Strauss. El papel protagónico de Elektra lo interpreta la actriz Nina Stemme, galardonada con el premio Birgit Nilsson. La actriz Stemme, ha sido considerada un tesoro nacional su tierra natal, Suecia.

La escenografía consiste de la fachada del palacio de Agamemnon, un lugar gris, lleno de escombros, un sitio donde las sombras son personajes y accesorios estéticos, elementos excelentes para contrastar la sangre que inunda el escenario. El manejo de luces es impecable. La obra es un maratón de canto que mantiene un nivel pasional constante de principio a fin. Los efectos especiales aunque son limitados logran promulgar los impactos sensoriales que aterran y deslumbran al público. Esta puesta en escena es formidable y la recomiendo, es toda una experiencia. Los vestuarios, la orquesta, la coreografía todo es mesurado y presentado de una manara nítida y sofisticada.

Elektra concluirá su temporada el 22 de febrero, 2019. Para mayor información visite www.lyricopera.org.

Antonio E. del Toro nació en Guadalajara. Trabaja como intérprete y traductor en Chicago. Gracias a un interés en tecnología y literatura, ha encontrado el teatro y su complejo proceso de producción. Otros intereses incluyen cine y técnica mixta.

 

Russian Doll o las muchas muertes de Nadia

 

*SPOILER ALERT*: Antes de leer la siguiente reseña recomiendo que vean la serie (ocho capítulos de 25 minutos), pero si son de los que no ven nada si no se los recomiendan, entonces por medio de la presente me libero de toda responsabilidad si les echo a perder la historia. Procedamos.

Nadia (Natasha Lyonne), una programadora de videojuegos, se mira en el espejo del baño de su amiga Maxine (Greta Lee en un papel robaescenas), quien le ha organizado una fiesta por su cumpleaños. Al salir del baño, el guateque está en su apogeo y Nadia se mueve entre los invitados hasta llegar a la cocina donde se encuentra Maxine. Ésta la felicita con brazos abiertos, le pasa un churro y le pregunta si se está divirtiendo. Tras darle el toque, Nadia, con el sarcasmo que la caracteriza, le contesta que a los 36 ya se está “asomando al precipicio de su mortalidad y eso es ¡mucho más divertido!” Max le espeta que se calme pues le está cocinando un “fucking chicken!” Este intercambio se repetirá una y otra vez, en diferentes versiones, y ahí observaremos la transformación interna de Nadia. Nadia, con su enorme y rizada cabellera roja, su fuerte acento neoyorquino y su adicción al cigarro, es una mujer soltera, aficionada al alcohol, a las drogas recreativas e incapaz de sostener una relación duradera. Está muy preocupada porque Oatmeal, el gato que vive con ella part-time (divide su tiempo entre su casa y la tiendita del barrio), no aparece desde hace tres días. Esa noche, después de tener sexo con uno de los invitados de la fiesta, sale a comprar cigarros, alcanza a ver a Oatmeal del otro lado de la calle, corre por él, la atropella un taxi y muere.

Corte a:

Nadia, una programadora de videojuegos, se mira en el espejo del baño de su amiga Maxine… y aunque la premisa es reminiscente de Groundhog Day (donde el nefasto Phil Connors debe revivir el mismo día y transformarse para poder lograr que la chica se enamore de él), Nadia no solo debe reevaluar su vida, sino descubrir qué está pasando, es decir, resolver el problema del “reinicio de secuencia”. La primera vez que “reinicia” piensa que todo ha sido una alucinación producida por el churro de Maxine (“Tiene cocaína, al estilo israelita”), pero muy pronto se da cuenta de que, no importa lo que haga, la muerte la acecha ese día, y al alcanzarla, despierta frente al mismo espejo y sale a la misma fiesta y Maxine acaba haciendo una referencia al pollo. En esta versión, los acordes de I’ve Got You Babe, han sido reemplazados por Gotta Get Up, una cancioncita pegajosa de Harry Nilson (1971) que hace las veces de disparo de salida.

El nombre Russian Doll alude a la tradicional Matrioshka, una muñeca de madera hueca, que a su vez alberga a otra, y ésta a otra, hasta llegar a la última, la más pequeña. Es el mismo concepto de lo que en literatura conocemos como caja china y así es como se desarrolla la trama de la serie. En cada reinicio, la historia comienza en el baño y en cada reinicio Nadia descubre algo nuevo que la lleva en otra dirección. Al principio Nadia busca la respuesta en elementos externos o sobrenaturales, pero hasta que se topa con Alan (Charlie Barnett), un muchacho que padece de su misma condición, comienza a ver hacia adentro, y es entonces cuando la historia comienza a abordar las grandes preguntas. ¿Quién soy? ¿Por qué estamos aquí? ¿En qué consiste ser un buen amigo? ¿Qué le debemos a nuestros seres queridos? ¿Qué nos hace humanos? ¿Porqué, a pesar de estar tan conectados a todo, estamos tan desconectados de los demás? Es un indigente, Horse, que se le aparece a Nadia en la calle todas las noches, el único con la lucidez suficiente para sugerirle que le permita cortarle el cabello. Un cabello rizado y rojizo que heredó de su madre, un cabello que su madre admiraba.

Nadia y Alan deben reiniciar una y otra vez hasta encontrar el glitch proverbial en su programa de vida y hacer los ajustes necesarios para que corra bien. Deberán hacer equipo y confiar en el otro para luchar contra los fantasmas del pasado que los acechan y que no les permiten vivir el presente. Russian Doll es una comedia que aborda la naturaleza de los traumas que nos impiden amarnos a nosotros mismos y que con frecuencia conducen a los excesos o a la depresión y los trata como lo que son, una parte de nosotros, algo con lo que todos lidiamos tarde o temprano. Natasha Lyonne, con su voz aguardientosa, e increíble capacidad para la comedia física, más que una brisa fresca, es un huracán histriónico. Producida por la propia Lyonne, Amy Poehler y Leslye Headland, Russian Doll es una serie escrita por mujeres, realizada por mujeres, y no se si es por eso que me ha gustado tanto, pues captan la feminidad de tantas maneras… todas reales, todas maravillosas, algunas trágicas. Pero es esa primera imagen de Lyonne en el espejo, la imagen con la que reinicia una y otra vez, mirándose a sí misma, con el delineador a todo lo que da, y esos ojos entre hartos y retadores, esa es una imagen que he visto miles de veces en el espejo. Es el look universal femenino de “¿Y ahora qué?” Russian Doll… imperdible.

Carolina Herrera. Su primera novela, #Mujer que piensa (El BeiSMan PrESs, 2016), recibió primer lugar en la categoría Mejor Primer Libro-Novela del International Latino Book Award. Es parte de Ni Bárbaras, ni Malinches: antología de escritoras latinoamericanas en Estados Unidos (Ars Comunis Editorial, 2017). Su historia forma parte del volumen IV de la serie Today’s Inspired Latina, Life Stories of Success in the Face of Adversity (2018). Es miembro del consejo editorial de El BeiSMan y contribuye a la revista con regularidad. Oradora TEDx. Vive en Naperville, Illinois.

Poemas de Silvia Goldman

 

llegar

 

las almohadas estaban correctas en la cama de su hijo corría el aire y las palabras la echaban de su boca el sueño perdía sus lamentos eran sudores bajando hasta el ombligo doblándole las ganas a quien no sabe qué es menos cuando se tapa la cara la levanta y el pañuelo en que se sienta ya no puede ni entornarle la boca naufraga dentro de sus sábanas unas gotitas caen desde el techo de estrellas luminosas son ojos rodando por el cuarto son peces esparcidos por la tierra de cuando en cuando entra a un largo pasillo y llega a las palabras

 

 ◊

 

dos poéticas

 

-debes quedarte observando el objeto llana y ferozmente

por ejemplo

observar la cebolla hasta la cutícula de su catáfila

hasta ese perro donde ya no se ladra

y esperar

a que pase un hombre y no le falte a otro hombre

y anticipar

que se besarán los hombros estos hombres

y despedirán

desde la prisa de su árbol

un ladrido en la piel que los enrama

y cuando tus ojos comiencen a buscarlos

y si una piedra los mueve todavía

empezar a comer sus oraciones

un cuchillo como una inclinación

un ángulo que disperse la raíz  

como lo hace la soledad sobre las formas

una forma de estar inclinado es un abismo

por ejemplo la parte de la noche es su pesadilla

por ejemplo las tardes son un ejemplo de lo que no

se debe decir en un poema sobre la tarde

-yo digo que no hay lenguaje en soledad

que las palabras no están en tu boca

hay que sacarlas de otros y esperar

sujetarse al cuello por donde pasa su hermosura

y en el medio de una sílaba sentarse y olvidar

la palabra

el cuello

el país natal

esto no suena bien decirse

sentado en la línea que cruza la lengua

olvidar la lengua

sentado en la lengua que surca la línea

arar la línea

escuchar lo partido en cada sílaba

echarse en esa herida

¿quién se parece

a tu palabra cuando la lame su mitad?

entre sílaba y sílaba

entre lo asido y lo dejado

un pájaro

un pico que comienza

a no poder hablar

un olvidar a medias

un alzarse porque hay que caminar

un alzarse si hay que caminar

 

Reseña del poemario De los peces la sed de Silvia Goldman.

Silvia Goldman, uruguaya, radicada en Estados Unidos desde hace quince años. Poemas y artículos académicos suyos han sido publicados en revistas literarias de Latinoamérica, Estados Unidos y Europa. En el 2008 publicó su primer libro de poemas titulado Cinco movimientos del llanto(Ediciones de Hermes Criollo, Montevideo). En el 2016, la editorial Cardboardhouse Press publicó No-one Rises Indifferent to Sorrow, una selección de los poemas contenidos en la primera sección de dicho libro y traducidos al inglés por Charlotte Whittle. Su poemario más reciente es De los peces la sed (Pandora/Lobo estepario, 2018). Es doctora en Estudios hispánicos por la Universidad de Brown y docente universitaria.

Para restarse

por Leonardo Gil Gómez

 

Para restarse de Iván Pérez-Zayas
Disonante, 2018, 51 páginas, $9.95, ISBN 978-1-64131-081-9

Uno se asoma a un álbum fotográfico y se ve en imágenes de momentos que quedaron quietos para siempre. Cada imagen es apenas el trazo de un recuerdo, una situación pasada de la que, si acaso se recobra el sentido, es por vía del lenguaje: aquí estoy yo y aquí estás tú, y estábamos en… Pero a veces sucede que uno no se reconoce en sus propias fotografías, que hay un vínculo roto entre la imagen del pasado y la experiencia, el sentido de lo vivido. Como esos sueños en los que era yo, pero no era yo; o eras tú, pero no eras tú. Esta sensación aparece y se multiplica en las imágenes que se dibujan en la cabeza de quien lee los poemas que componen Para restarse.

Como en el caso de quien mira el álbum, Pérez-Zayas trata de reconstruir el sentido roto por la vía del lenguaje. Se fija en la ruptura misma, en las múltiples distancias geográficas, afectivas, que una llamada no es capaz de salvar en el poema “La llamará para dar /(de qué hablar)” (11), o escarba en el recuerdo de dos actores que están a punto de salir a escena: “hay un espacio de tiempo que se encuentra /entre    aquí            y                      allá /en ese lugar estabas /de veras” (“En la espera”, 16). Estas distancias entre los personajes que pueblan los poemas, entre ellos y la voz poética que los retrata, expresa un problema contemporáneo: la ruptura cotidiana entre el sujeto y los otros, entre el sujeto y el mundo. Un problema cuyas manifestaciones suelen ser más evidentes (la diáspora, el desarraigo material, la paranoia, el sentirse fuera lugar y de sí mismo) y que también habitan los poemas de Para restarse: “Después de cruzar la frontera, /tuve que acostumbrarme a guiar en el extranjero, /pero navegar a Tijuana es fácil cuando el primer destino /es el estacionamiento de un Costco cualquiera” (“Latrocinio” (40).

Pero si esta poesía apela al lenguaje para dotar de sentido la experiencia del mundo, no lo hace como si aquel fuera un lugar sagrado, una tabla de salvación o el origen olvidado. Los poemas de Pérez-Zayas son conscientes de su provisionalidad, de que el mundo interior está poblado de “aves que hilvanan /una carnada diseñada para capturar dioses /(viejos y nuevos, da igual) /en cajas /con palabras /(viejas y nuevas, da igual)” (17). Los dioses de este mundo simbólico son tan arbitrarios como las palabras-trampa que los atrapan. Esta relación con el lenguaje le permite a Pérez-Zayas moverse por una multiplicidad de registros, que van de la reflexión poética, como en el caso del pasaje citado, a la crítica social: “hay que enseñarle a la gente silla que no se le dejen sentar /encima /que no sean silla /por favor /se los ruego /dejen de ser silla” (“Diente” 27), o a situaciones concretas descritas con una expresión humorística y coloquial: “acabo de ver un tipo /con un gorra de beisbol (…) /con el pinche Pokémon /por debajo sonriendo como un cabrón /suspendido en el vacío fondo negro /y con las manitas esas que flotan /como para decir /¡cuidao que te agarro por el mango de abajo! /Que bonito es el mundo” (“Tren, 23). Con esa misma familiaridad, Para restarse habla spanglish, va y viene entre el español, inglés y, en ocasiones el portugués. El poemario abunda en referentes de la cultura popular, y el arte contemporáneo, señala múltiples cruces mediante los cuales la cultura articula inquietudes políticas de nuestros días como el género, el lugar de la academia, la diáspora, la identidad, la lengua, entre muchos otros.

Iván Pérez-Zayas, puertorriqueño, amante del cómic, candidato a PhD y residente en la ciudad de Chicago (por ahora, insiste), captura con su lenguaje las fisuras por las cuales se cuela el sentido en el vértigo de los días. Entre las fisuras, se alcanza a ver su epitafio: “sus palabras favoritas /fueron «dale» /y / «¡wepa!»”. Desde el extrañamiento de lo cotidiano y la celebración del lenguaje, este poeta ofrece mucha poesía en los 23 textos que componen su primer poemario.

Leonardo Gil Gómez. Bogotá, 1985. Licenciado en Humanidades y Magister en Escrituras Creativas. Autor de la novela Celebraciones (Himpar editores, 2018). Cuentos, poemas y artículos suyos han figurado en revistas y antologías de Colombia, México y Brasil. Actualmente adelanta estudios de doctorado en literatura y cultura latinoamericanas en Northwestern University.

 

María Moliner: un mundo de palabras

María Moliner

por Humberto Gamboa

 

Muchos años después, ya hecho todo un hombre de letras, Gabriel García Márquez había de recordar la tarde en que su abuelo, el coronel Nicolás Ricardo Márquez, le enseñó lo que era un diccionario. “Este libro —le dijo al niño de cinco años— no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca”. Aquel voluminoso tomo, ya casi deshojado, el único que ocupaba el estante en aquella habitación de Aracataca, tenía dibujado un Atlas. El viejo le explicó: “Esto quiere decir que los diccionarios tienen que sostener el mundo”.

El coronel no andaba tan errado: desde que el hombre pudo erguirse en dos pies sobre la tierra sintió la necesidad de nombrar lo que lo rodeaba. En 1445, cuando Juan Gutenberg estaba por fin logrando la creación del primer libro utilizando caracteres movibles (41 ejemplares de La Biblia), ya existían los diccionarios. Las copias eran hechas a mano sobre un pergamino muy fino, y en la Edad Media se les llamó de varias maneras: Liber memorialis, Nomenclator y Comprehensorium. El primero al que se le atribuye haber usado la voz Dictionnarius es a John de Garland, en el siglo XIII.

Junto con la lengua nacieron los lingüistas. El 3 de octubre de 1714, al crearse en España —por orden de Felipe V— la Real Academia Española, sus ocho miembros originales se impusieron como objetivo el preservar la “pureza” del idioma castellano. Su lema (“Limpia, fija y da esplendor”) así lo pregonaba. Lo primero que hicieron estos señores fue publicar, en seis tomos, el Diccionario de Autoridades. La obra, de la cual se han hecho ya 23 ediciones, con todo y su peso académico no ha dejado de recibir críticas. Una queja frecuente ha sido la lentitud con que la Real Academia ha ido incorporando las voces nuevas al léxico oficial.

Escribir un diccionario es una labor costosa y muy laboriosa. Generalmente es una labor de equipo, de profesionales especializados en diversas áreas. Luis Fernando Lara, un miembro de El Colegio de México que estuvo durante años trabajando en uno de esos proyectos, dijo en una entrevista incluida en un librito de lexicografía: “Lo peculiar de los diccionarios es que son depósitos del consenso social; la gente requiere diccionarios porque lo que le ofrecen es el conjunto de palabras que le permiten entenderse con los demás. La responsabilidad de los lingüistas es encontrar cuáles son esos datos que crean el consenso”.

Para ilustrar la importancia de los diccionarios, reproduzco una anécdota que contaba Lara: “Una vez le preguntaron a Claude Lévi-Strauss (antropólogo, etnólogo y sociólogo francés, famoso por su teoría del estructuralismo, autor de Tristes Trópicos y la serie Mitologías) qué le gustaría que se conservara de alguna cultura en caso de que, por alguna circunstancia —por ejemplo un terremoto— se fueran a perder todos sus documentos, y él dijo sin vacilar: sus diccionarios”. Lévi-Strauss parecía coincidir con el dictamen del coronel Nicolás Márquez.

En la edición del 19 de enero de 2019 de la revista mexicana Proceso, la dramaturga y crítica de teatro Estela Leñero Franco publicó un artículo sobre un personaje al que, fuera de ciertos círculos, poco se le conoce. En un mundo como el actual, obsesionado por las frivolidades y las pequeñas famas tuiteras, pareciera que el nombre de María Moliner estuviera condenado a pasar inadvertido. Y sin embargo, esta mujer casi anónima es la creadora de uno de los diccionarios más importantes de la lengua española, equiparable o incluso muy superior —en opinión de muchos especialistas— al que produce la Real Academia Española (RAE).

Gabriel García Márquez llegó a expresarse así del Diccionario de uso del español (conocido justamente como el Diccionario de María Moliner): “Moliner hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”. Lástima que el Nobel no se haya acordado en ese momento de aquel dibujito que vio en la portada del libro de su abuelo. Hubiera podido añadir, con su característico humor, que su hazaña —verdaderamente titánica— la hacía candidata ideal para reemplazar a la atormentada figura del hijo de Zeus.

El texto de Estela Leñero en Proceso es una nota crítica sobre una obra de teatro escrita por Manuel Calzada Pérez, un dramaturgo español, que obtuvo en 2014 el Premio Nacional a la Literatura Dramática en España. Su título es precisamente El Diccionario y narra la vida de María Moliner, interpretada en escena por Luisa Huertas y dirigida, en el montaje mexicano, por Enrique Singer. El entusiasmo de la crítica se manifiesta en el párrafo que reproduzco:

El Diccionario aborda el universo de María Moliner desde varias perspectivas. La biográfica, a través de la cual conocemos sus relaciones sentimentales, su entrega profesional y sus problemas de salud; la histórica, que nos ubica durante el triunfo del franquismo y sus implicaciones; y el plano lingüístico, donde ella reflexiona sobre el sentido de las palabras, los matices de expresión y el lenguaje como llave de la igualdad. Un diccionario para todos. Propone, por ejemplo, definiciones diferentes de matrimonio, dictadura y libertad, siendo esta última con la que se abre y cierra la obra”. Concluye Estela Leñero su nota diciendo: “Es una obra que el espectador se lleva en el pensamiento y el corazón, para soñarla otra vez”.

La historia de María Moliner y su diccionario es de veras extraordinaria. Puede leerse como uno de esos cantos heroicos que lucen inverosímiles: una mujer sola escribiendo en la mesa del comedor de su casa, después de las faenas diarias, luego de regresar de su trabajo de bibliotecaria en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid, y de atender a cuatro hijos y un marido; en una época (1953) en que se desconoce la computadora y en que una dictadura (Francisco Franco) es enemiga declarada de la palabra; y en esos años en que era impensable que una mujer participara de lleno en labores intelectuales. Todo esto habla de la pasión y la fuerza de carácter de esta espléndida mujer. Con sus puras manos y 15 años robándole horas al sueño, en 1967 aparecía la primera edición del Diccionario de uso del español (Gredos).

María Moliner nació con el siglo XX, el 30 de marzo de 1900, en el pueblo de Paniza (provincia de Zaragoza) perteneciente a la Comunidad Autónoma de Aragón, España. Nació a escasos días de haber visto la luz otro famoso aragonés: Luis Buñuel. En su biografía de Moliner, El exilio interior (Turner, 2011), Inmaculada de la Fuente narra: “María Moliner formaba parte de una generación de pioneras que a raíz del decreto de 1910 había llegado a la Universidad haciéndose un sitio en un mundo de hombres”. En Madrid ingresó a la Institución Libre de Enseñanza, donde tuvo profesores notables como Américo Castro. Cuando apenas iniciaba su bachillerato, su padre, un médico muy irresponsable, huyó a la Argentina dejando a la familia sumida en la miseria. Moliner, todavía adolescente, se marchó a Aragón donde terminó sus estudios, al tiempo que daba clases particulares para ayudar a la manutención del hogar.

Cuenta Inmaculada de Fuente: “Los comienzos de su trayectoria profesional tampoco fueron fáciles. Tras licenciarse en Historia por la Universidad de Zaragoza, en 1922 ingresó por oposición, y con el número 7, en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Era la sexta mujer que accedía al Cuerpo, pero a pesar de contar con tan brillante currículo, sus primeros destinos no fueron los que deseaba”. Moliner se instaló en Murcia, debido a la salud de su madre, pero acariciaba la idea de regresar a Madrid. “Quería hacer el doctorado, alojarse en la Residencia de Señoritas que dirigía María de Maeztu y respirar el aire de superación intelectual que representaba la capital” —nos dice De la Fuente.

Las circunstancias anclaron a Moliner en Murcia, donde conoció a un catedrático de Física, Fernando Ramón y Ferrando, con quien se casó en 1925. Cuando se mudaron a Valencia, Moliner comenzó a trabajar en el Archivo de Hacienda. Este puesto administrativo nunca fue de su agrado, y años después, cuando supo de un puesto vacante en la Biblioteca pidió su traslado. Escribió una carta que su biógrafa reproduce en su libro para ilustrar el machismo imperante en la época: “Para un hombre resulta más fácil, una vez cumplidas las obligaciones de su cargo oficial, y, si éstas no responden a su vocación, dar empleo a su capacidad sobrante en otras actividades más de su gusto. Pero, para una mujer ya es bastante que pueda sustraer a las atenciones familiares, sobre todo en el periodo en que las obligaciones de la maternidad son más absorbentes, las horas que ha de dedicar a su cargo oficial y, por tanto, es más sensible que éste sea tan árido y falto de espiritualidad, cuando ella tiene capacidad de entusiasmo por su labor y una vocación demostrada en la práctica de una determinada preparación”. El director, educado y reseco, le respondió que su petición era denegada.

Pero, por esas fechas (1931 – 1935), algo vino a salvar del tedio burocrático a María Moliner: la Segunda República había creado lo que se conoció como las “Misiones Pedagógicas”, cuya labor consistía en llevar libros a pueblos y aldeas. Moliner se sumó con entusiasmo, y en el área de Valencia estableció una red de 105 bibliotecas rurales. “Se trataba —nos dice De la Fuente— de saciar el hambre de cultura de los que no tenían a su alcance suficientes libros y a la vez paliar el analfabetismo y la ignorancia de los que sospechaban todavía que el saber era un privilegio”. Esta experiencia directa con un pueblo empobrecido, ávido de cultura —nos dice la autora de El exilio interior— la transmitió Moliner durante el llamado Segundo Congreso Internacional de Bibliotecas y Bibliografía que se celebró en Madrid (1935).

“Su entrega a las bibliotecas de Misiones —nos dice De la Fuente— marcó un antes y un después en su trayectoria. Moliner adquirió un peso específico en la política bibliotecaria de la Segunda República. Al desencadenarse el golpe militar de 1936 y la Guerra Civil, el rector José Puche la puso al frente de la dirección de la Biblioteca Universitaria de Valencia y la dirección de la Oficina de Adquisición de Libros y Cambio Internacional. Desde estos puestos capitales, Moliner, gestora tenaz, diseñó el Plan para una Organización de las Bibliotecas del Estado. Conocido como el Plan María Moliner, esta reforma sólo se aplicó en parte a causa de la guerra, y quedó abandonada en un cajón tras la victoria franquista”.

La caída de la República, tras los cruentos años de guerra civil (1936 – 1939) significó para el país un retorno al oscurantismo, y para María Moliner una vuelta a la grisura de su trabajo en el Archivo de Hacienda. Mientras que muchas compañeras suyas (María Zambrano y Rosa Chacel entre otras) buscando refugio marchaban al exilio en el exterior, Moliner decidió quedarse en España y sufrir las consecuencias. De ahí el título del libro de Inmaculada de la Fuente, El exilio interior. Vivió en Valencia otros 7 años, hasta que en 1946 volvió a Madrid para dirigir la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales. “La supina ignorancia y la consiguiente simplificación de la época favorecieron que la denominaran La Roja, siendo como era de ideas liberales en un sentido progresista” —nos dice De la Fuente. En esos años de barbarie y silencio comienza a forjarse la más grande recopiladora de palabras.

La primera edición del Diccionario de María Moliner (1967), en dos tomos y casi 3000 páginas, bordaba las 80,000 entradas. Pero no era sólo su volumen colosal lo que llamó la atención desde el primer momento, sino su fina hechura. La obra de Moliner se alejaba del aquel español anticuado y en desuso de los diccionarios de la época, y abundaba en información sobre el uso de los términos o sobre las relaciones entre ellos. Era en verdad un diccionario que enseñaba la manera de usar las palabras, como señalaron los afamados lingüistas Rafael Lapesa y Dámaso Alonso. Fue este último, por cierto, el que recomendó a la editorial Gredos la publicación del María Moliner, después de leer algunas fichas que ella venía preparando.

Ya para fines de 1971, el Diccionario de uso del español se había convertido en causa célebre. Era el diccionario que los escritores decían preferir, aún por encima del De la Real Academia Española, que muchos encontraban obsoleto y farragoso. El lexicógrafo Manuel Seco afirmaba que el de María Moliner era “el intento renovador más ambicioso que se ha producido en nuestro siglo”. Hasta la Real Academia terminó utilizando innovaciones que había introducido Moliner, como por ejemplo el no identificar los dígrafos “ch” y “ll” como letras independientes, algo que los académicos habían contemplado ya pero no se habían atrevido a hacer con su diccionario. Por eso resulta bastante patético y ridículo que cuando, en 1972, el gran poeta y filólogo español Dámaso Alonso propuso a Moliner para ocupar un asiento vacante en la Real Academia Española, su petición fuera negada. Y eso que Dámaso Alonso era su director desde 1968. Lástima: María Moliner hubiera sido la primera mujer en ingresar a ese recinto centenario. Hubiera sido una coronación digna de sus esfuerzos.

¿Qué había motivado a aquellos graves académicos a no aceptar en sus filas a María Moliner? Lo de siempre: el machismo y la misoginia. Recordemos que ésto ocurría en 1972. En sus casi trescientos años de haber sido fundadada, la Real Academia Española había considerado sólo a otras dos mujeres para ocupar un puesto: las escritoras Gertrudis Gómez de Avellaneda y Emilia Pardo Bazán. Ambas fueron rechazadas con una escueta carta que afirmaba que no había “plazas para mujeres”. Así de simple. Esta vez la reacción llegó con fuerza. Hubo voces que se alzaron: “Un asco de misoginia y putrefacción” —exclamó la escritora Carmen Conde (quien curiosamente sería la primera mujer en ser admitida en 1978). Laura Freixas escribió: “Que una sola persona, que ni siquiera era filóloga, hiciese un diccionario mejor que el pergeñado por los cuarenta académicos de la RAE tiene bastante gracia. Pero todavía la tiene más el hecho de que los caballeros en cuestión no se dignaran aceptarla en sus filas”.

La única que guardó silencio, con su proverbial modestia, fue la propia María Moliner. Pero al año siguiente, en 1973, cuando la Real Academia Española —quizá tratando de enmendar un poco su garrafal error— quiso otorgarle a Moliner el premio “Lorenzo Nieto López” por sus trabajos en favor de la lengua española, ésta lo rechazó. Una hermosa lección de dignidad.

Inmaculada de la Fuente, su biógrafa, escribió: “Una injusticia [el rechazo de los académicos], teniendo en cuenta que había dedicado parte de su vida a modernizar muchas de las entradas del diccionario de la RAE. María Moliner lo asumió con elegancia pero se negó a intentarlo de nuevo”. Y luego reveló la cruel ironía, el tamaño de la tragedia: “No había mucho tiempo, además. En 1974 se manifestaron los primeros síntomas de su enfermedad. Avanzaba el alzhéimer, una cruel paradoja para quien había organizado el mundo con palabras y había dejado escritas para siempre miles de acepciones. Murió el 21 de enero de 1981. Tras su muerte, la fama de su Diccionario, ‘el Moliner’, no ha parado de crecer. Y es ya incalculable el número de institutos, bibliotecas y premios a la lectura que llevan su nombre”.

Manuel Calzada Pérez, su dramaturgo, escribió: “María Moliner es una de las personalidades más impresionantes y desconocidas que dio el siglo XX en España. Al estudiar su biografía descubrí no a un ama de casa inquieta sino a una intelectual empeñada en hacer de éste un mundo mejor. Un día empezó a escribir un diccionario y terminó haciendo un monumento tan impresionante y rompedor que su autora debería ser tomada por loca. A través de este diccionario, María habló alto y claro. El silencio encontró la forma de escapar de la censura para expresar lo que puede llegar a alcanzar el ser humano. Durante sus últimos años sufrió una forma de demencia que le hizo perder, una a una, todas las palabras, hasta quedarse vacía. La mujer que fue capaz de escribir un diccionario pudo hacerlo tras tomar la más difícil de las decisiones: había elegido ser libre”.

Johannes Gutenberg

Humberto Gamboa. Nació en Durango, en la navidad de 1954, en un pueblito llamado La Purísima, localizado a 50 kilómetros de Santiago Papasquiaro, la cuna de los Revueltas. La primera vez que oí de esa familia debe haber sido en 1962, durante una de mis frecuentes vistas a Santiago, donde mi hermano Fidel estudiaba su secundaria. Caminando un día por esas calles con mi madre, descubrí, incrustada en la pared de una casa que lucía pobre y abandonada, una vieja plaquita donde aún podía leerse: “Aquí nacieron los Revueltas, orgullo de México y del Mundo”. En agosto de 1968, cuando me fui a estudiar a la Ciudad de Durango fue cuando realmente caí en cuenta de la enorme importancia de José Revueltas. El Movimiento Estudiantil había llegado a la provincia y Durango estaba, como el resto del país, convulsionado. Su nombre estaba en boca de los manifestantes y en los diarios. Después de Tlatelolco, muchos jóvenes comenzamos a leer con fervor a José Revueltas. Durante 33 años, Gamboa fue librero (6 en la librería Europa y 27 en Tres Américas) y, al mismo tiempo, durante 10 años se dedicó a escribir reseñas de libros y entrevistas en la revista Tres Américas y en el semanario ¡Éxito!

De los peces la sed

Silvia Goldman. Foto: Rafael Ortiz

 

por Juana Iris Goergen

De los peces la sed de Silvia Goldman
Chicago/Oaxaca: Pandora/Lobo estepario, 2018, 80 páginas, $10.00, ISBN 978-1940856353

La niña en la foto de portada que acompaña De los peces la sed, ha tiempo que no está. La niña en la ‘foto’ hecha de palabras que emerge en este poemario, ha tiempo que ha crecido, pero la esencia de estos procesos —el nacer, el desaparecer, el crecer— sólo es posible transmitirla o compartirla en toda su hondura y con un sentido pleno en la poesía contundente de este poemario que Sarli Mercado en su prólogo, denomina “río”.

Ciertamente como dijo el poeta, “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir….” Sin embargo, la voz lírica en este poemario enfoca no el proceso del pez que se mueve o se desliza nadando, sino la sed que en las primeras dos partes del poemario convive con lecturas: como en el poema “death does not do exchanges (Eli dixit)” (me decís que en los ojos vivos de Orfeo//quedaron atrapados los ojos muertos de Eurídice//y que en los ojos muertos de Eurídice todavía corre Orfeo vivo); con estados de ánimo: ejemplificado en poemas como “en una piel una niña” (la niña hecha nunca tomará la flor si no conoce a la niña//que se deshace en su piel sólo para conocerla) y en el poema “por qué me he vuelto fanática de las series de televisión” (porque algo le pasa al recuerdo con las series//se lo puede tocar con muchas palabras//menos con los ecos espinosos de su palabra origen); y con  sombras del pasado: en poemas contundentes como “madre” (se la unta sobre el brazo del herido//se la prende con el cuerpo que entra al mar//…se la pone en cajón// se guardan sus huidas); “manual de instrucciones para ser mama” (lo primero que tenés que saber es que no sirve de nada este manual// …lo más esencial de este manual//es que vas a tener que buscar la manera//de poder decir y escuchar tu nombre particular//repetírtelo una y otra vez), y el poderosísimo poema “lo que soy” (papá dice que soy una yegua). Tómense estos versos como muestra de un estilo depurado y conciso, de una escritura tan aguda como cristalina, que prescinde de adherencias innecesarias usando sólo el lirismo necesario para seguir leyendo con la sensación de estar siempre instalado en el corazón de lo que nos regala el Poema. No hay escapatoria sensorial y por eso estas dos partes hay que leerlas despacito, de a pasitos, tomando descansos entre un poema y otro. No es función de la literatura dar respuestas sino hacer preguntas y en De los peces la sed,  (I-yo me tomo tu sed  y II-miedo a decir agua sin peces) necesitamos tiempo para poder degustar a plenitud la sensación de que al cuestionarse a sí misma, la voz lírica nos cuestiona y nos deja en un proceso indagador de nuestras memorias más íntimas en un viaje cómplice a lo íntimo del ser.

La tercera parte del poemario III-eran pájaros como es indicado desde el título, va a levantar vuelo hasta mostrar la culminación de una estética entre el realismo y la meditación, dibujando los límites de la mirada de un sujeto lírico tamizado por la ternura: hacia un mundo que se levanta —de amantes, peces alados que en realidad son pájaros— (qué es lo que nuestras alas levantan//…si hoy no somos más que pájaros//y hacemos viento en la piel// para que los dedos sepan cuándo correr); por el amor: hacia un mundo nítido, de salidas profundas y superficie sólida —el amado, sujeto alado que aparece cargado de pájaros— (por eso los quiero cerca//tus pájaros//visitando el rumor// de mi mirada); y por la compasión: hacia sí mismo —el sujeto lírico vuelve la mirada compasiva hacia sí— (y me abro en las puertas// y hago varios recorridos hasta llegar a vos//…son la quietud y el movimiento// del agua en la única flor// erecta en la mesa.)

Así la fuerza catártica de la palabra alcanza a iluminar lo vivido, la huella del pasado contrasta con la tersura del presente, con lo tangible y lo incorpóreo del amor y la maternidad. En De los peces la sed, el liricismo que comienza desde el diseño de portada —hermosamente concebida por la poeta venezolana Oriette D’Angelo— nos recuerda el movimiento de las olas del mar, las ves venir y retirarse cargadas de espuma, una representación del mundo donde siempre esperamos ver los peces o los pájaros pero quedamos atrapados en los ojos de la niña que aprieta un perrito entre sus manos. De los peces la sed nos reclama, nos atrapa porque venimos de allí de ese ayer y ese ahora. La maestría poética de Silvia Goldman, es hacernos sentir prisioneros de un vaivén hipnótico, primigenio para luego permitirnos alzar vuelo. Como por arte de magia los peces encuentran su contrapartida en los pájaros. ¡Gracias Silvia Goldman por la creación de un espacio salvador posible!

 

Dos poemas de Silvia Goldman.

Juana Iris Goergen, DePaul University, (Puerto Rico). Poeta. Profesora de Literatura Latinoamericana en la Universidad San Vicente DePaul en Chicago. Es autora de los poemarios Nosotros los otros (1996) Between the Heart and the Land/Entre el corazón y la tierra (2001), y Mar en los huesos (2018), entre otros.