Bowie: Colorido Bicho Raro

om ulloa Publicado 2016-01-12 06:25:00

 

si algo nos hace sentir el peso de la viejitud que nos cae encima después de los 50, es la muerte de un padre y de nuestros ídolos musicales juveniles. 

acaba de morir David Bowie, personaje simbólico de varias generaciones. no soy gran fan de su música, salvo de algunas canciones clave que fueran fondo de momentos decisivos de mi vida, pero sí soy gran admiradora del personaje que creó, esa figura genial que abrió puertas a la auto-invención, creatividad y diversidad, proyectando gran impacto en muchos. Bowie fue puro siglo 20: industrial, superficial, espacial, comercial, sexual, genial... todo a la vez. 

de las ironías de la vida, Ziggy Bowie llegó a la mía de 11 años de la mano de mi hermano —hoy conservador republicano, entonces hippie-wanna-be amante del rock. vivíamos de paso en Madrid nuestra interrumpida adolescencia caribeña y alguien le prestó un tocadiscos, suceso singular. no había dinero y nuestra familia se mudaba de un apartamento pobretón y mal amueblado a otro, donde nunca había televisores ni tocadiscos... a veces ni calefacción. como consuelo, hallábamos maltratados radios y libros, clásicos e historietas amarillentas dejados atrás por estudiantes antifranquistas.

corría agosto del 69 del siglo de las luces intermitentes cuando un ser humano pisó la Luna, pero ya, apenas un mes antes Bowie se había autodeclarado colorido bicho raro espacial con su canción “Space Oddity”, empezando así a romper con el imperante machismo del movimiento rock sesentero y anunciando el glam/glitter/punk por venir, entre otras sacudidas y gozaderas musicales. mi hermano, quinceañero y fan de Hendrix, Janis, los Stones y Clapton, se apareció un día con ese single de Bowie junto con long plays del trío Los Panchos y Javier Solís, y varios 45rpm de los Beatles y los Stones junto con el tocadiscos prestado. 

hacía un mes habíamos ido a visitar un tío en Algeciras, al sur, que vivía casi enfrente de Gibraltar, y donde yo, hurgando entre sus discos, había descubierto a Nat King Cole en español, Pérez Prado, Los Panchos y Xavier Cugat a la vez que captaba estaciones radials británicas del Peñón, donde tocaban de todo, sin la parcial censura de España y antes en Cuba (sí, porque no se debe olvidar —ahora que todo cambia sin cambiar nada— que los Beatles, Stones, etc., estuvieron prohibidos, junto al pelo largo y facial para los hombres jóvenes, en la Cuba de los 60, aun siendo la supuesta “revolución de los barbudos” inspiración de aquellos músicos pelilargos, idealistas y foráneos... perennes rebels, rebels…). 

así, esos días extraordinarios en el sur andaluz me la pasaba escuchando rock en inglés en su magnífica estridencia, además del repertorio popular de la cadena SER y las estrellas pop hispanas, francesas e italianas del momento. luego, esa mezcla musical de radio, la revista musical Mundo Joven y los discos prestados que trajo mi hermano con el tocadiscos portátil se convirtieron en música de fondo de mis años en Madrid, ciudad encantada pero nunca mía, como todas las que estaban por venir. 

por eso, cuando escuchaba a Bowie (Here am I floating / round my tin can / Far above the Moon / Planet Earth is blue / And there’s nothing I can do) en aquel momento clave de mi vida, me iba con él… una y otra vez. yo también era otro colorido bicho raro espacial, mirándome desde afuera, impotente dentro de mi rodante lata vacía del planeta Tierra.

 

 

om ulloa. Cuba. escribana porque le da la gana. amante de las vocales: a e i o u el burro nunca sabe más que el tabú. admiradora de las consonantes túrgidas. y de la música cursi, sin complejo. autora del blog la sonora matancera.

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