Rojo sobre blanco y la creación de leyendas

RDR Publicado 2016-01-05 01:00:27

 

Rojo sobre blanco, Fernando Olszanski
Ars Communis Editorial 2015, 112 páginas, $15.00, ISBN 978-1502562845

 

Fernando Olszanski acaba de publicar Rojo sobre blanco, que contiene tres cuentos y una novela corta.

El primer cuento se titula “Los mitos”. Un poeta argentino ha escrito un poema sobre Johnny Camacho, cacique urbano asesinado en una esquina del barrio y transformado en leyenda por las generaciones que lo conocieron solamente de oídas. Jonnhy frecuentaba la calle de los comerciantes y las oficinas de los concejales, los áticos en los que se juntaban los revolucionarios y los artistas, el sótano de los mundos prostibularios y los subsuelos de la droga.

¿Quién lo fusiló en ese alley que prestó uno de sus muros para que el poeta plasmara veinte líneas? ¿La policía? ¿Alguna pandilla? En realidad no importa tanto. Lo relevante de este cuento es que muestra la necesidad que tienen las comunidades —en este caso, la puertorriqueña— de elevar a un personaje al rango de leyenda. No saber quién mató a Johnny ofrece, aunque soslayadamente, el elemento sobrenatural. Su historia fascina y otorga identidad a los señores que juegan al dominó en el parque y a los que lavan su ropa en el laundry, a los jóvenes que comparten una cerveza o que practican el boxeo en un gimnasio. Acaso las siguientes generaciones continúen puliendo la historia de Johnny y se pase un día de la leyenda al mito.

Las leyendas son historias con elementos naturales y sobrenaturales que perviven en el imaginario, como las de “La llorona” o “La ciguapa”, pero no explican un azulejo de nuestro ser. El mito, en cambio, va tejiendo su trama para explicar nuestro origen en el cosmos, la identidad en esta Tierra, la existencia del mal, el viaje que viene después del resuello final, etc. Johnny Camacho, a sus 30 años, es como un profeta bíblico que equilibra en su barrio lo que se halla fuera de balance. Un ejemplo: funda El Solar, un albergue en el que se rehabilitan los adictos que han pasado a la disfuncionalidad, hombres y mujeres que han consumido la droga que el mismo Johnny vende. Guardando las proporciones, ¿se trata de un moderno Abraham?

Cada leyenda o mito precisa de un rapsoda: pone en papel la historia que han elaborado muchos, y desde ese papel (o muro) se propaga más el fuego. Para los griegos el rapsoda fue Homero; para los cristianos, San Mateo. El narrador del cuento “Los mitos” no sabe que los puertorriqueños de Humboldt Park lo han vuelto rapsoda. Tan solo nos dice: “Ya me acostumbre a que me llamen poeta”.

El segundo cuento se llama “Guerra” y también toma lugar en el entorno de Humboldt Park. Rocco y su novia son baleados en un callejón del barrio; él se recupera, pero ella se halla al borde de la muerte en un hospital. Además, les han despojado de los 300 mil dólares que traían en la cajuela del coche. ¿Quiénes perpetraron el ataque? ¿La pandilla rival? ¿La policía? ¿Un hommie traidor? El hermano de la chica hospitalizada se llama Héctor y es el líder. Héctor ha sido golpeado por partida doble. Ahora sospecha de todos, incluso de Rocco.

Por su carisma y su habilidad en los negocios, Héctor se percibe como un desdoble de Johnny Camacho. Ambos se acercan a la tragedia. Ambos optan por mirar el mundo desde los márgenes. Ambos saben negociar con la policía.

De “Guerra” me intriga Chato, ese personaje oscuro que parece impacientarse porque Héctor no le ha ordenado activar su pistola nueve milímetros. Chato parece saber que su destino es matar mientras no reciba él mismo la bala definitiva. Mientras tanto se goza a sí mismo y se pasea por la oscuridad del alma. El mundo de Chato son las fronteras de su barrio y en ese mundo se mueve como pistolero de un Western.

De los tres personajes masculinos de “Guerra”, Héctor es el único que no tiene un sobrenombre. Porque, al igual que su homónimo troyano, Héctor es por definición un guerrero.

En el tercer relato, llamado “La cenizas de los abuelos”, Olszanski da un giro copernicano. Los personajes son ahora femeninos, una mujer en sus cincuenta y su hija adolescente, ambas de origen paraguayo y residentes de Chicago. La voz narrativa ahora corresponde a la hija. Madre e hija viajan al Chaco para “retornar” a los abuelos a la tierra natal. A diferencia de los primeros relatos, éste se muestra cubierto de una pátina de nostalgia. El paraíso inalcanzable. La saudade de lo no vivido en aquel lugar.

Desde Chicago, los relatos del Chaco era cuentos tomados como del Jardín del Edén. Una vez en tierras paraguayas, la madre y la hija se dan cuenta que han estado sublimando una parte de ese paraíso. Acaso las fábulas guaraníes mantengan su encanto, pero después de conversar brevemente con la tía Ana la biografía de los abuelos habrá de ser otra, de hecho se desmorona, como si el pasado se moviera por la información que se va goteando desde el presente.

“Las cenizas de los abuelos” encaja en lo que podríamos llamar “literatura inmigrante”. Lo novedoso de este cuento de Olszanski es que los abuelos han venido desde el Cono Sur y se han hermanado en temperamento a las familias mexicanas y centroamericanas. Su arraigo profundo sigue estando allá. Los abuelos paraguayos, como tantos inmigrantes, han escogido Chicago para establecer su vida pero no su muerte. Si la madre de Clara lleva las cenizas de los abuelos al Paraguay es porque la madre quiere lo mismo para sí misma.

La novela corta es la que da el título al libro. Nunca se menciona el lugar en donde ocurre la trama; pero por el registro del habla no es difícil pensar que acontece en Buenos Aires, ciudad de la que es oriundo el autor. En Rojo sobre blanco no solo está lograda la anécdota sino también la plasmación. A lo largo de 50 páginas seguimos la pesadez cotidiana del doctor Arreola, desde la hora en que el gallego Antonio lo cura de la resaca con una pócima preparada con whiskey y huevos hasta el momento en que se fuma su último cigarillo de la noche en la terraza del hospital. En el transcurso del día seduce a una enfermera, extrae una bala incrustada en el pulmón de un joven, mira morir a un paciente y pelea con el director del centro médico.

El doctor Arreola duerme, vive y come en el hospital. Cualquier camastro es bueno para reposar. Durante un año y medio esos corredores han sido su hogar. Es un personaje que llama la atención porque no conocemos su pasado. ¿Le importa su ingreso anual? ¿Tiene amigos? El lector se siente obligado a crearle un pasado al doctor Arreola. ¿Por qué no habita los otros espacios de Buenos Aires? ¿Por qué se conforma con tan poco? ¿Qué lo lleva al conformismo? Para Arreola lo único que hay es lo que sucede cada día en el hospital.

Por su apatía y desinterés, el personaje central de Rojo sobre blanco nos remite a Meursault, el protagonista de El extranjero, de Albert Camus. A Meursault le da pereza asistir al velorio de su madre; al doctor Arreola le aburre dejar el hospital. Acaso la diferencia consista en la actitud de ambos personajes ante la muerte: a Meursault poco le importa haber matado a un árabe porque le tapaba el sol; el doctor Arreola, en cambio, asume una actitud humanista al defender el derecho que tiene el paciente joven a seguir el tratamiento en el hospital y no en la clínica de una prisión. Ya no lo intimidan las amenazas de la policía ni del director. Vivir al día trae su dosis de libertad.

Rojo sobre blanco está narrada en tercera persona, con párrafos cortos y una crudeza tal. Se puede dudar que un doctor alcoholizado viva y trabaje por un año y medio en los límites de un hospital. La novela de Olszanski nos convence de lo contrario. Arreola existe.

 

RDR. Llegó a Chicago a finales de 1986. Desde 1992 se ha dedicado a la publicación de revistas culturales: Fe de erratas, Zorros y erizos, Tropel, Contratiempo El BeiSMan. En la actualidad es director del Colectivo El Pozo y es autor de la novela De zorros y erizos.  Ars Communis Editorial publicó su colección de cuentos Bidrioz. 

 

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