La gran aventura

Adrián Filpio Arroyo del Puente Publicado 2015-08-01 08:19:44

 

Bidrioz, Raúl Dorantes
Ars Communis Editorial (Colección Riolago), 2015, 146 páginas, $15.00, ISBN-10: 0692457496, ISBN-13: 978-0692457498

 

En el libro de relatos Crónicas marcianas, aparecido en el año de 1950, el autor Ray Bradbury, nacido en Waukegan, Illinois, nos cuenta, con una visión angustiada, crítica, casi profética, llena de poesía por donde se mire (como a lo largo del tiempo se ha definido al libro), cómo los hombres se lanzan al espacio dentro de cohetes para llegar al planeta Marte y colonizarlo. Entre el planeta Tierra y el planeta Marte, entre los marcianos y los terrestres que pueblan el libro, se va develando más de una similitud. Las ambiciones y contradicciones, los sentimientos profundos de los humanos y de los marcianos, se asemejan tanto, que se confunden en sus propios contrastes. Conforme se avanza en la lectura, el planeta rojo parece una ciudad más de Estados Unidos, Waukegan o Chicago, por ejemplo. En los cuentos que conforman el libro Bidrioz, se narran también dos paisajes, dos países diferentes en apariencia, con idiomas y costumbres, idas y vueltas distintas que terminan mezclándose, chocando, si se quiere, entre sí; un enfrentamiento del que resulta, con sus bienes y sus males, una comunión que los vuelve un solo país y un solo paisaje. Al leer Bidrioz, descubro que al igual que hace Bradbury en sus Crónicas marcianas, los personajes cruzan fronteras, las borran haciéndolas patentes, y ya no importa si las historias que se cuentan ocurren en San Juan del Río o en Chicago, en un desierto de Marte o en Green Bluff, Illinois. Hay un escritor que como Bradbury, se inventa geografías, hace nacer paisajes tan parecidos a los que conocemos, que lo real se vuelve sospechoso y terminamos confiando más en la imaginación del autor. Su nombre es Raúl Dorantes.

En los cuentos de Raúl Dorantes, las palabras se descomponen o acaso se reinventan. Comenzando por el título de su libro, Bidrioz, la palabra se altera pero sin perder significado, al contrario, la palabra puede muchas veces recuperar fuerza, el vidrio se vuelve más vidrio, el cristal nos parece más frágil por un lado, pero más amenazante por el otro. Finalmente todos los alfabetos le pertenecen al escritor, y él y solo él, decidirá cómo los presenta, cómo los descompone o cómo los rescata para crear su literatura. Cada cuento está escrito en estos términos.

A lo largo de los quince cuentos reunidos en el libro de Dorantes, se va dibujando un viaje que por su condición individual, se vuelve universal; un viaje de estilo, de historia; Raúl Dorantes es como un viajero quieto que viaja las palabras y las cosas, sus temas y la manera que tiene de contarlos, sorprenden por su capacidad de volverse de condición oral, como si escucháramos al autor en conversación íntima o en animada tertulia, según sea el caso; diálogos que no parecen salidos de otro lugar que no sea el de la vivencia, el autor crea historias que, como Cornelio Ayala, el personaje principal de Informe sobre Ayala, parecen haber sido escritas entre notas, lecturas de varios pasajes de El astillero de Onetti, (otro inventor de geografías) con la vieja Olivetti, el bloc y el bolígrafo. Esta cualidad oral, es la que me hace pensar que entre cuento y cuento no existe el punto final.

De los cuentos que más sorprenden de la colección, destaco por ejemplo, el mencionado Informe sobre Ayala, donde el protagonista, un hombre recluido en una clínica, tiene como único interés dejar escrito un cuento; personaje que me recuerda a Wakefield de Nathaniel Hawthorn, por esa condición de volverse fantasmas, y un aparente desencanto que los sume a los dos en actividades concretas, irrelevantes, de estricta rutina. También subrayo el cuento del que toma su título el libro, Bidrioz, que por su versatilidad se antoja como un ejercicio del grupo Oulipo, y el cuento Un tráiler de Marlboro, muchachos, que más allá de ser una crónica de fronteras, un retrato con un aire crudo y violento de uno de los tantos tipos de “mojado”, es un cuento de donde escapan frases que parecen recogidas de la propia vida del autor. Raúl Dorantes llegó de Querétaro a Chicago en el año de 1986. Recojo aquí unas palabras del mencionado cuento:

Simplemente crucé el río, como lo cruzan todos, y después seguí como lo hacen todos, a salto de mata en las horas de la madrugada.

Bidrioz tiene la virtud de poder ser leído precisamente como si lo hiciéramos a través de un cristal, el vidrio de un camión que se dirige al norte o el vidrio que altera el color y la forma de las letras. Las historias llenas de esa tensión que nace del paso de lo bucólico a las grandes urbes, en un plano que se asemeja a los propios cuentos de John Cheever, la mezcla de expresiones entre los dos idiomas que nos recuerda qué tan delgada pero feroz es la línea que divide los países y las formas que tienen los hombres para darse a entender. Escrito, efectivamente, a salto de mata en las horas de madrugada.

Por ésta y otras virtudes, el libro de Raúl Dorantes se lee como una aventura, como un compendio de experiencias acumuladas y diferentes entre sí, pero con la tentativa de volverse una sola, varias vidas distintas que contienen a una. Lo que se lee en la tumba del escritor Sherwood Anderson, nos ayuda a entender mejor Bidrioz: «La vida, no la muerte, es la gran aventura.»

 

Adrián Filpio Arroyo del Puente. Cineasta y crítico literario. Vive en la Ciudad de México.

 

Comentarios



De interés

Blogs

Cool2ra

Ruido Fest 2018, A Series of Impressions: the Good, the Bad, and the Sexist

Esmirna García - 2018-06-27

Anthony Bourdain (1956-2018), An Appreciation

Juan Mora-Torres - 2018-06-12

Files

Find Us On Facebook