EDITORIAL

Editor Invitado: Yecid Calderón o Pinina Flandes Publicado 2015-06-02 05:52:15


Foto: Yecid Calderon en un restaurante en Acapulco.

 

El BeiSMan como rizoma de la disidencia contra el heteropatriarcado, la heteronormatividad y la homonormatividad

 

En las artes de la rebeldía allanar caminos nuevos y descubrir nuevas formas de intervención es todo un prodigio. Yo nunca he rechazado, de ninguna manera, la oportunidad de experimentar y de usar mecanismos que me permitan mantener visible mi lucha, mi digna rabia, mi deliberado ataque al heteropatriarcado. Para quienes leen por primera vez esta palabra, su sentido es bien complejo porque indica, no sólo una serie de formas mediante las cuales se producen nuestras subjetividades, nuestros cuerpos, se conducen nuestras sexualidades y establecemos formas de jerarquía donde hay poderes hegemónicos de unxs sobre otrxs, sino que está suturada, pegada, cocida, a formatos de la producción económica que determinan —no siendo los únicos factores—, la sensibilidad (estética), el pensamiento (ideas) y las maneras de obrar (ética y política).

El heteropatriarcado nos enseña una moral, es decir, lo bueno y lo malo; nos brinda una forma específica de apreciar lo bello y lo feo, lo políticamente correcto y lo que no; nos enseña a pensar el mundo, a dotarlo de sentido y de valores, a enjuiciarlo; el heteropatriarcado nos instala los prejuicios que tenemos respecto de las cosas y, además, establece en nuestra psiqué mecanismos de control. El heteropatriarcado, podría decirse, es una cosmovisión, una manera de apreciar la vida y de pensarla para actuar conforme a esas creencias, siendo, a la vez, una forma de control y dominio, una forma de biopoder. El heteropatriarcado adolece, padece, tiene, una serie de performatividades, o sea, actuaciones, formas de comportarnos, hábitos cotidianos conscientes e inconscientes que nos hacen mucho daño porque destruyen la autoestima, las redes de afecto, aíslan a las personas, excluyen, discriminan, rechazan, jerarquizan todas las relaciones, establece privilegios y abandonos, determina quiénes pueden y quiénes no pueden entrar en las exigencias de derechos y ser un sujeto/cuerpo digno de vivir una vida bien vivida.

El heteropatriarcado es una red compleja de heterarquías, o sea, varias jerarquías que se combinan entre sí para reproducir, aún en los oprimidos, los mismos mecanismos de opresión de los cuales son objeto; los dispositivos psíquicos de poder del heteropatriarcado están sutilmente e imperceptiblemente instalados en nuestros hábitos, convirtiéndonos en dóciles sujetos que seguimos a pie juntillas las normas de su máquina de opresión, reproduciendo sus violencias. Su otra cara se llama capitalismo (aunque tiene más aristas que por ahora no tematizo como la colonialidad del poder y del saber, del sentir y del resistir, entre otras complejidades) modo bastante nocivo de producción ya que privilegia a unos pocos y condena a cientos y miles a una vida mal vivida y de nociva existencia; nociva en tanto que vulnera el gozo de existir porque merma la autoestima de las personas, resquebraja los lazos de solidaridad, destruye la comunidad e individualiza las cosas humanas, cuya base siempre es lo común y no lo individual y privado. El capitalismo despoja de valor las experiencias de relación consigo mismo y con los otros, para sustituirlas por experiencias de consumo ya que el consumo es el motor que le da permanencia como sistema opresor y dominante.

Para que el consumo tenga éxito es preciso mermar la autoestima de los individuos y hacerlos sentir faltos y carentes de afecto, de fuerza, de amor; se trata de debilitar la búsqueda de la persona y de orientarla hacia la ausencia de algo que debe conseguir, hacia la búsqueda de cosas para llenar vacíos, hacia el anhelo siempre insatisfecho de poseer y tener, de dominar sobre las cosas y las personas, de enseñorearse sobre ellas. Noten que dominar viene del latín dominus, que quiere decir señor, amo, dueño, aludiendo siempre a un hombre varón, heterosexual, blanco (europeo), adulto, sano, vigoroso y guerrero (competente), dueño de su propiedad y de su dominio (otra vez su señorío en latín).

El eje de esta ideología establece una clara escisión de los cuerpos mediante el género, que es una clasificación en la que se polarizan y separan los factores femeninos y masculinos, hegemonizando, o sea, haciendo como única y absoluta, una forma de feminidad para las mujeres y una forma de masculinidad para los hombres; determina un modo de ser mujer y de ser hombre sin que la feminidad pueda ser de un hombre o la masculinidad de una mujer; establece una feminidad reducida y una masculinidad reducida que operan siempre bajo el modelo de poder y control del amo, del señor, del dominus, del dueño, del hombre varón, heterosexual, blanco (europeo), adulto, sano, vigoroso y guerrero (en competencia constante con los demás).

Esta ideología identifica género con sexualidad, haciendo del hombre el poseedor exclusivo de un tipo de masculinidad que se presenta como toda la masculinidad posible y de la mujer la poseedora exclusiva de un tipo de feminidad presentada como la única feminidad posible, articuladas, en la práctica, con la jerarquía que pone al varón por encima de la mujer. El eje básico de las fobias hacia lo sexual diverso, es decir, prácticas sexuales distintas de lo heterosexuado —y que se pueden establecer entre dos o más personas que han deliberado y elegido, por un asentimiento común, otro modo de sexualidad— se basa en la jerarquía de subordinación de la mujer al hombre, siendo así que, desde una apuesta crítica a esta ideología, le damos el nombre a este eje básico de dominación, jerarquía heteropatriarcal y heteronormal. Esta jerarquía establece una única forma de ser hombre masculino y mujer femenina, instituyéndola como lo normado, lo regulado, lo que se debe seguir, implicando, a su vez, una subordinación de lo femenino a lo masculino dominante.

Esta ideología identifica la hegemonía de género con las prácticas sexuales heterosexuadas, normativizando las conductas sexuales de las personas y censurando la diversidad sexual, por ejemplo, la homosexualidad, el lesbianismo, la bisexualidad, las prácticas entre grupos transexuales y otras personas no transexuales, las cuales suelen ser ricas en mezcla y variedad (por mencionar algo: mujeres trans lesbianas, o sea, chicos que se hacen chicas y que gusta de mujeres o, chicas que se hacen chicos y que le gustan las chicas y los chicos, a la vez, en una especie de trans-bisexualismo, etc.), al punto que las establece como las únicas formas posibles de las relaciones sexuales entre las personas. Señala que los hombres, superiores en jerarquía, deben tener relaciones exclusivamente con mujeres, inferiores en la jerarquía; asigna a cada uno roles específicos, modos de comportamiento, estereotipos del cuerpo o de las actitudes y vestidos particulares.

Estos modos hegemónicos, totales, excluyentes de lo que no sea de ese único modo, sólo se transforma cuando es conveniente a su sistema de producción de capital, es decir, cuando genera consumo y activa mercados. Así, por ejemplo, permitió la educación y el voto para la mujer y fomentó la liberación femenina, entendiendo éstos fenómenos sólo como modos de asimilar la fuerza productiva de la mujer al engranaje propio del sistema del señor dominador, del dominio del hombre, varón, heterosexual, blanco (europeo), adulto, sano, vigoroso, guerrero (en competencia constante); así se produjeron mujeres que actúan con la misma rudeza y soberbia, competitividad, control y dominio del hombre al que, en apariencia, reemplazaron; en realidad sólo mudó el cuerpo pero el rol hegemónico de macho totalizador, controlador, dominador, pervivió en la mujer liberal.

Algo parecido ocurrió con la lucha reivindicativa de los derechos de las personas con una sexualidad diversa a la heteronormada, cansados como se estaba en una época de las persecuciones policiales, la prisión, la exclusión social y el señalamiento público. Ahora esta lucha está tergiversada e instituida, articulada al Estado heteropatriarcal y al mal gobierno que se rige en aras del capital y que olvidó la función básica de una República que es el bienestar común. Fagocitada, o sea, asimilada, devorada e incorporada, la lucha por la diversidad sexual se convirtió en bandera del consumo, agencia de colonización, reproductor de los más opresivos valores de discriminación por raza, clase y sexualidades. Decimos, en lenguaje técnico, que la lucha por la diversidad sexual se convirtió en homonormatividad por calcar los modelos de la heteronormatividad y aliarse con el capitalismo rampante; así, la población gay, al tiempo que reivindica una cosa como el matrimonio igualitario, discrimina por raza (no indios, no negros, no mestizos), por clase (no pobres, no nacos), por género (misoginia, denosta o subvalora a la mujer), por edad (se discrimina a los mayores, gerontofobia), por rol (pasivofobia, asumir rol pasivo en una relación orientada por los roles de género del heteropatriarcado) por proximidad a lo femenino (transfobia, afemonofobia, misoginia) o por disidencia del consumo y del capitalismo (pauperfobia o miedo a vivir fuera de los modos burgueses de constituir espacios habitados y zonas de habitación en la ciudad), entre otras cosas.

Cuando fui invitado a realizar la curaduría de este número que tenemos este mes de junio en El BeiSMan, no dudé un minuto en aceptar tamaño reto y trabajo. No dudé porque considero que las alianzas con las personas que están planteando disidencias contra el heteropatriarcado y en particular, contra el heteropatriarcado asumido por el movimiento gay que es una forma de homonormatividad, son muy necesarias, toda vez que son muchas las personas que están abriendo brechas para una lucha contra los males del heteropatriarcado y la homonormatividad desde distintos flancos y que estas personas necesitamos visibilizarnos, crear redes y, además, difundir nuestra crítica y nuestra disidencia, porque como buenos feministas decimos: “lo personal es político”.

Estas personas disidentes dan luces para que consideremos, al menos en el horizonte de la crítica, la posibilidad de armar-desarmar, crear-recrear, una sociedad bajo unos patrones, quizás no radicalmente distintos del heteropatriarcado, pero sí, por lo menos, un tanto diferentes, de tal manera que no se hegemonice, totalice, se cierre esa cosmovisión sobre otras que podrían ser menos nocivas, en la medida en que no socavan ni comprometen tanto el gozo y el bienestar de la mayoría de las personas como pasa con el heteropatriarcado, su heteronormatividad y su alianza con el capitalismo.

Hablo de aliarnos y visibilizarnos, construir redes de acción y de afecto, de interacción y de encuentro, con personas que desde un activismo político vivo y apelando muchas veces al performance art, a los formatos más revolucionarios de las técnicas del arte, a las plataformas de resistencia y disidencia, ponen en tensión los modos estatuidos e instituidos del heteropatriarcado, con su dos grandes flagelos: la heteronormatividad y la homonormatividad. Este número cumple con tres tareas importantes: divulga, teje redes y contagia, porque reúne a personas que con su trabajo muestran las fallas de éste sistema de opresión, alertan las consciencias sobre los terribles ejercicios de su poder, sobre sus soterradas y solapadas formas de violencias. Incluso pienso que cumple con una cuarta función: inocular rebeldía en las personas que disiente de la heteronormatividad y la homonormatividad.

Reune este número a artivistas que invitan a la crítica y promueven la construcción de espacios o de prácticas sexuales en las que se jaquean los hábitos hegemónicos que todxs llevamos dentro y que se erigen sobre el eje jerárquico de la superioridad del hombre sobre la mujer. La mayoría de los aquí reunidos atacamos las convenciones hegemónicas de la masculinidad y la feminidad, invitando a no confundir género con sexualidad, o sea, a difuminar las fronteras del género y a no reducir la sexualidad (en sí misma es plástica) ya que se configura de distinto modos en sus prácticas concretas dependiendo de los contextos. Quienes estamos presente en este número somos personas que con nuestra lucha invitamos a no establecer un tipo de masculinidad o de feminidad como factor propio y determinante de cuerpos a partir de la genitalidad, a no inventar identidades que en el fondo resguardan y reproducen songo-sorongo (poquito a poco y disimuladamente) —como decimos en Colombia— esas formas totalizantes y hegemónicas del heteropatriarcado.

Para poder dar un cierto horizonte de encuentro a las distintas publicaciones que se encuentran en este número de El BeiSMan, para poder generar una interfaz que nos sirviera de trampolín común en la visibilidad de nuestra lucha y de nuestra crítica, opté por establecer un gran eje articulador y unas líneas generales que no funcionan como camisas de fuerza, ni ejes temáticos inconmovibles; más bien las propuse como las líneas que nos orientarían para darle una cierta forma (forma que se puede desbordar y deformar) y conexión a los textos, crear el rizoma, de tal manera que se tuviera una orientación media en la construcción de las narrativa, así como tener un claro perfil de los invitados a escribir en este número, dedicado a las diversidades sexuales. Este fue el esquema provisional y flexible que propuse:

Eje temático general: Pensar más y de otra manera las prácticas de las sexualidades diversas

Subtemas:

  • Lo LGTBI hoy (una evaluación crítica para una democracia radical)
  • Más allá de lo gay la crisis de la categoría identitaria gay (se nos agotó el rainbow)
  • Cultura dragqueen, dragking y dragqueer
  • Prácticas sexuales bizarras y BDSM Leather

Les autorxs que forman este pléyade de disidentes y revolucionarias, incluyéndome, hemos aceptado, amablemente y en aras de la transversalidad de nuestra particular lucha, participar con cuerpo y corazón en este número con el ánimo de fomentar la rebelión sexual y poder generar una crítica radical al heteropatriarcado, más allá de las coordenadas de subordinación y de opresión que se gestan como revolucionarias pero que reproducen, en el fondo, las mismas estructuras que pretende socavar (homonormatividad). Aspiro a que estos testimonios, narrativas, textualidades, o sea, este rizoma que es este mes El BeiSMan, nos sirvan para mantener encendida la llama de la digna rabia (como dicen los zapatistas); para crear lazos comunicantes, redes de afecto y apoyo; para atizar consciencias, sobre todo en las nuevas generaciones; para plurificar el movimiento de la disidencia en su heterogeneidad; para usar nuestra sexualidad diversa como un arma de “deconstrucción masiva” (citando a Bubulina Moreno, una de nuestras autoras, activista con funcionalidad y sexualidad diversa a la normal). Espero que este BeiSMan acreciente la consciencia crítica y convoque a más personas a la lucha contra los modos de discriminación y violencia, especialmente, hacia los cuerpos y personas con prácticas sexuales diversas, cuerpos diferentes, rostros diversos y visiones particulares que difieren de lo establecido por el régimen heteropatriarcal y su capitalismo, así como de su formato gay mainstream homonormativo: racista, clasista, misógino, sexista, homofóbico, transfóbico, afeminofóbico y demás.

 

Ciudad de México, Junio 01 de 2015.

 ◊

Yecid Calderón o Pinina Flandes: doctorándose en la academia pero, cada vez más, fungiendo como un virus contaminante en las prácticas de exclusión allí operantes. Anti-académica, aunque tiene máster y especialidad, Pinina ha empezado a jaquear la filosofía y su falogocnetrismo; al arte moderno y sus exclusiones, naquizándolo y democratizándolo, a través del performance art y, finalmente, ejerciendo una labor crítica sobre la cultura gay del mainstream por sus sistemáticas formas de violencia y endodiscriminación. Activista, docente, investigadora, gestora cultural, curadora, loca pavorosa y amorosa, disidente, performancera, deformancera, hace cualquier cosa que le ayude a fomentar rebeldía y resistencia contra el heteropatriarcado y sus modos de exclusión. Actualmente vive entre Bogotá, Ciudad de México y Nueva York.

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