Otras dimensiones deseantes

Omar Feliciano @tipographo Publicado 2015-06-01 04:02:10

 

Pliegues Peludos, Cuartos Oscuros y Muñecas de Látex

Hace un año tenía una conversación de Whatsapp con un joven que me preguntaba sobre lo queer y si él se incluía en esa categoría, pues gusta de una estética chola y hip hop que lo aleja del estereotipo de gay amante del pop. Algunas personas a su alrededor le habían dicho que encajaba en este concepto ya que lo que muchos gays en la Ciudad de México entiende por queer es sinónimo de alternativo o fuera de lo común. Quise evitar cualquier larga explicación sobre el concepto y me limité a formularle tres preguntas: 

1. ¿Consideras que tu sexualidad/afectos son una expresión política?

2. ¿Piensas que tu sexualidad es una obra de arte?

3. ¿Te enfocas con frecuencia en prácticas sexuales que no se limitan a la penetración con preponderancia del final orgásmico?

De estas preguntas elaboré un pequeño texto parte de la obra que realizo a través de Franka Polari, un personaje performático a través del que realizo una labor de escritura digital y crítica sobre diversidad sexual, el deseo y las identidades. Este texto lo llamé “El test lapolárico de confirmación de la queeridad”. Para quien no entiende sobre el concepto de queer es necesario explicarlo de la manera más simple, como una estrategia y no como una identidad fija. Tras la visita de Judith a Butler y los debates recientes en torno a la fiesta Bomba, que exploré en mi texto Bomba o la Muerte de lo queer, es preciso insistir en que la Q de queer no es asimilable dentro de las siglas LGBT.

Tras la visita de Judith Butler, donde aclaró a la crema y nata de la academia y la disidencia sexual, que el término queer no puede ser usado como tal ya que al pasar de una lengua a otra pierde su efecto. Ya Hija de Perra, la performista chilena, nos había señalado los tintes colonialistas del concepto anglo impuesto en la lengua española y en las subjetividades disidentes sexuales de América Latina: 

“Soy una nueva mestiza latina del cono sur que nunca pretendió ser identificada taxonómicamente como Queer y que ahora según los nuevos conocimientos, estudios y reflexiones que provienen desde el norte, encajo perfecto, para los teóricos de género en esa clasificación que me propone aquel nombre botánico para mi estrafalaria especie bullada como minoritaria”. 

La frase “Soy queer para las becas” que se escuchó en las mesas de diálogo norte-sur nunca fue más acertado. Queer como estrategia de fondeo, queer como estrategia de relaciones públicas, queer como cazabobos para asegurar una plaza en la academia. Alguna vez un profesor me confesó que se vendió como teórico queer ya que hablar de género implicaba entrar en conflicto con las feministas de su área y jamás lograr una plaza. Sin embargo, cuestionar el término no significa renunciar al campo y la comprensión del mundo que se inauguró con él.

En este punto quiero volver a la tercera pregunta: ¿Te enfocas con frecuencia en prácticas sexuales que no se limitan a las penetración con preponderancia del final orgásmico? Esta pregunta tiene relación con las prácticas que desafían las nociones tradicionales de la sexología, donde se plantea un modelo ideal que finaliza en el orgasmo. Este tipo de subjetividades, calificadas como perversas por el psicoanálisis freudiano por ser incapaces de enfocar sus pulsiones en un objeto total, son justamente mi interés en este texto. A través de la obra de tres artistas busco ilustrar la conexión entre tres tipos de subjetividades que desafían las convenciones y por sus prácticas sexuales cuestionan la completud del acto sexual o del objeto de afecto, sea este del mismo o de diferente sexo biológico. Estos artistas son Sean M. Johnson, Omar Gámez y Raul de los Santos, en la obra de Sean M. Johnson se retrata la adoración al vello facial y corporal; Omar Gámez ha retratado en su serie “Dark Room” las actividades sexuales llevadas a cabo a oscuras en una instalación clandestina de la Ciudad de México; y Raul de los Santos a través de su personaje Yolanda, incorpora elementos del clown y la danza moderna a una drag Queen que sus primeras caracterizaciones hacía uso del Zentai, un ropaje de cuerpo completo. 

Lo gay se ha normalizado a partir de presentarse dentro de un modelo integrado a los mismos ciclos familiares que los heterosexuales, esto gracias al reconocimiento de las uniones civiles, el triunfo cultural del matrimonio gay, la aceptación de la adopción por parejas del mismo sexo y al avance y popularización de las técnicas de reproducción asistida. Este modelo concentra las experiencias de amor, sexo y reproducción en una unidad tal como lo hace una pareja heterosexual monogámica. Ahora comparten la misma moral sexual, por eso no es de extrañar que en Chelsea, Nueva York sean los padres gays quienes buscan cerrar los negocios sexuales homosexuales por el bienestar de sus hijos e hijas. 

Desde la ética del desvío de la que habla Sara Ahmed en su fenomenología queer, me ha interesado la experiencia de incomodidad, inconformidad e imposibilidad que surge de la experiencia queer desde la construcción de un sistema de objetos parciales orientado a una sexualidad catártica. Identifico un rango de subjetividades dentro de esta experiencia queer donde lo visual, por ende lo bello visualmente, pierde relevancia y emergen una serie de sensación que apuntalan una sexualidad que no finaliza con un orgasmo sino con una catarsis, en su más puro sentido clásico: “purificación de las pasiones del ánimo mediante las emociones que provoca la contemplación de una situación”.

La sinestesia se refiere a la serie de sensaciones que tiene una persona sobre su propio cuerpo, el movimiento, el equilibrio, las sensaciones de la piel y del interior del cuerpo, tales como las “mariposas en el estómago”. El énfasis de esta dimensión sensorial es lo que une las tras prácticas sexuales no normativas que identifico a través de estos tres artistas. Las prácticas sexuales de los osos gays, la experiencia en los cuartos oscuros y la fetichización de uno mismo a través de la muñequificación (dollification) los uno a través de la preponderancia de la dimensión sinestésica en la organización sexual de estas subjetividades.

La obra de Sean M. Johnson gira alrededor de la subcultura gay de los osos, hombres fornidos, velludos, barbones que si bien cultivan y aprecian la conformidad con el género masculino, por sus prácticas sexuales no genitales deben de ser considerados en su dimensión queer. Sean M. Johnson retrata en sus fotos e ilustra en sus videos la adoración al vello corporal y facial y a la sensación que esta produce, particularmente en un cuerpo grande, fornido y con pliegues de obesidad. Estas prácticas sexuales han sido identificadas a través de trabajo de campo realizado entre estos hombres identificados como osos, donde el cuchareo, las caricias, los restregones y los abrazos sustituyen a las succiones y penetraciones de la sexualidad homonormada. El cuerpo del oso, forrado de vello, se pliega y se despliega en mil mesetas de placer táctil. 

 

 

Omar Gamez realizó de manera anónima una serie de fotos en una instalación de la Ciudad de México donde por una suma de dinero se podía ingresar para tener sexo en las sombras con otros clientes. Omar Gámez logró atisbar en un ambiente construido por una sexualidad donde la condición para existir es que la mirada debe estar limitada o anulada totalmente, para entonces depender de sentidos como el tacto. 

Ahí, en las sombras los cuerpos forman nudos mongoles para el disfrute de quienes pasean entre texturas. Sí, sin duda puede haber uno o varios orgasmos relacionados con una o varias prácticas penetrativas, pero no hay que perder de vista el ambiente donde esto sucede y que al final estos orgasmos están en el contexto de una experiencia intensa que hace devenir al sujeto a través de una serie de estados que culminan con una catarsis. 

Raul de los Santos es un bailarín y performista que ha desarrollado un personaje llamado Yolanda, que se dio a conocer en la calle de República de Cuba del Centro Histórico, zona que ha visto una gentrificación de la mano de la cultura gay/queer/drag que ha hecho de este espacio un laboratorio de intensidades, en el Salón Marrakech se han grabado cortos, se han realizado performances y han cantado divas como Astrid Haddad. En la Purísima, el bar donde se dio a conocer Yolanda, entre murales de varios artistas, la drag que busca ser todas las mujeres que ninguna quiere ser, demostró sus estrambóticos movimientos. Esta Drag Clown ha inspirado un libro, fotos, videos, ilustraciones y un corto documental.

Las primeras iteraciones de Yolanda fueron realizadas en un traje completo, que no mostraba el rostro y que hacía innecesario el uso de maquillaje. También usó máscaras inspiradas en los facekinis chinos, usado por las mujeres asiáticas para evitar que el sol avejente su piel. Esta versión temprana de Yolanda incorporaba elementos del zentai japones y apunta a un tipo de fetichismo donde el sujeto se vuelve su propia muñeca a través de usar un traje completo que le permita ocultar el color de su piel, sus facciones y su género. Esta experiencia de muñeficación (del inglés dollification) tiene como un elemento importante el avasallamiento de uno mismo en la cobertura y su sensación en la totalidad de la piel. El sujeto ha sido cubierto para y por su propio placer.

A mi parecer hay todo un rango de prácticas sexuales, entre personas del mismo o diferente sexo, que disienten de la normalidad y la completud. Estas subjetividades tienen un potencial político, tal como lo gay lo tuvo en algún momento del siglo XX: Ya sea prefiriendo un abrazo de oso como si de la vuelta al vientre materno se tratara, formando un nudo mongol de cuerpos sin color en las penumbras, o de un cuerpo poseído por la sensación de una envoltura que toma una identidad que avasalla al sujeto para su placer.

 

 

Omar Feliciano (México) aka Franka Polari, se graduó con honores de la Universidad Autónoma Xochimilco en Psicología Social con la tesis “deseo en las sombras” sobre cuartos oscuros, en 2006 realizó una estancia académica en Japón en la Universidad de Artes Liberales de Tokio donde trabajó temas de género y transculturalidad. Como activista ha participado en Telsida, La Manta de México, CODISEX y actualmente en GIRE. Ha trabajado también en la CNDH y la CDHDF en materia de derechos humanos.

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