Galeano, el último de los virginianos

Ruth Camargo Publicado 2015-04-22 09:37:01


Eduardo Galeano 1940 – 2015. Foto: Ruth Camargo

 

Esa noche iba a compartir cervezas, ideas, y formas de entender el mundo con artistas de países hermanos, lo que para mí es esencial y necesario desde que dejé mi querida Montevideo y mi querido Uruguay para estudiar en Chicago, en Yanquilandia.

Iba a celebrar la culminación de un ciclo: una maestría que certifica la creatividad del escritor con un estricto manual y con clases tan caras que por tres años me tuvieron contando granitos de arroz a la hora de calcular la cena.

“Hoy es el fin”, me dije a las seis de la mañana del 13 de abril cuando sonó el despertador.

Mi tesis final aguardaba su destino, escrita en Times New Roman tamaño 12 con doble espacio y margen 1.5 a la izquierda, solemnemente impresa en “archival paper” para perpetuar su color blanco por los siglos de los siglos. Esos requerimientos formales poco tenían que ver con las 150 páginas tecleadas a fuerza de determinación, nutridas de esfuerzo y con alma de nostalgia. Dudaba si alguien sabría que las 42.736 palabras contenidas allí eran más sobre “sufrir la América” y no tanto una emulación a la literatura americana. Algunos norteamericanos prestan tanta atención a la forma que a veces olvidan el contenido. Allí se veían tan pulcras, limpias e insípidas, pero esas 42.736 palabras tomaron incontables mates, masticaron insomnio y se salaron de lágrimas.

En un instante, el simbolismo del día cambió radicalmente.

Todos los titulares de la prensa uruguaya anunciaban su muerte. Quería que todos los diarios estuviesen equivocados. Miré al estante donde están mis maestros de la prosa uruguaya —Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Javier de Viana, Carlos Reyles, Felisberto Hernández y Mario Levrero, entre otros. ¿Vos también? Le recriminé a Eduardo Galeano. No me contuve la angustia.

Lo había conocido en mayo de 2013. Me habían invitado a participar en la difusión de la presentación de Los hijos de los días en Chicago, quizás porque había nacido en la misma ciudad aunque con 40 años de diferencia, y porque en esta ciudad, en Chicago, he dado mis primeros pasos en la creación literaria y la difusión de la cultura de mi país.

En un estado débil, Eduardo Galeano se disculpaba por su inglés cada vez que leía uno de esos días.

Por fin estaba bien cerca de ese padre medio veterano o ese abuelo medio joven para contarle que mi vida estaba marcada por sus libros. Le quería contar que El libro de los abrazos fue el primer libro que compré con mi propio sueldo, que a pesar del tiempo me seguía pareciendo su mejor libro por ser juguetón y serio, inocente y profundo, lleno de amor, y quizás el más sincero; que allí me había cedido suficiente espacio blanco para dibujar y escribir mis propios sueños.

Mundialmente conocido por Las venas abiertas de América Latina y en el mundo anglosajón actual gracias al regalito del difunto Chávez al presidente Obama, a mí me importaba más la sencillez prosaica de su Memoria del fuego. Quería decirle que había escrito una adaptación teatral del Derecho al delirio de Patas arriba. Escuela del mundo al revés. Quería mostrarle la banderita uruguaya pegada en mi copia de El fútbol a sol y sombra, santa biblia de la religión futbolera, y decirle que yo era hincha de Peñarol pero no enemiga de Nacional, y que me emocionaba ver al paisito unido, aunque sea unas semanas cada cuatro años, o lo que duramos en el mundial.

Quería confesarle las fantásticas charlas imaginarias del Cuarteto Virginiano, compuesto por Cortázar, Benedetti, él, y yo. Lo había formado porque hasta entonces no había encontrado mi grupo de pertenencia en esta tierra del norte, donde había llegado siendo solo uruguaya y ahora me había convertido en latinoamericana.

Me avergonzaba imaginar lo que pensaría Don Galeano al enterarse de que realizaba un Master of Fine Arts en “escritura creativa” donde aprendía más que nada sobre economía y finanzas, sobre desigualdad y discriminación, y sobre el latinoamericano invisible. Entonces preferí contárselo en alguna tertulia del cuarteto, en el que ya había superado la culpa de ser una uruguaya con título de escritora, y para peor, emitido por el país que a ellos poco les simpatizaba.

En el Cuarteto Virginiano analizaba por qué mis ideas nacían de lo que escuchaba o leía por ahí y no de una milagrosa y constante inspiración. Y entonces en aquel escenario del Chicago History Museum, Galeano contó que él no tenía mucha imaginación; de hecho, casi todas sus ideas provenían de los sueños de su esposa, Helena, que cada mañana le contaba sus increíbles aventuras oníricas mientras desayunaban. Así que dejé de sentir tanta culpa y vergüenza. Los virginianos somos gente de tierra. Centrados, reservados y analíticos, somos los más crueles autocríticos.

Debido a su salud aquella nochecita de mayo, no tuve oportunidad de decirle todas estas cosas.

Se había ido el último de los grandes virginianos y ya no podía modificar aquellas 150 páginas que pretenden ser una ficción latinoamericana escrita en inglés para dedicársela in memoriam a mi compatriota, el gran portavoz de América Latina.

Las palabras impresas no se borran y si de eso se trata la historia, entonces Galeano ha sido el gran historiador poético de nuestra era, el que evocó a cada pueblo olvidado en sus libros, el que dejó registro de cada una de las injusticias de nuestro continente.

Por eso en la noche del 13 de abril de 2015, los amigos y artistas guatemaltecos, colombianos, dominicanos, mexicanos y bolivianos alzaron sus vasos haciéndome sentir un gran orgullo de haber nacido en aquel perdido rinconcito del mundo de donde también nació aquel mago de la palabras sencillas. ¡Salud, maestro Galeano!

Se ha ido el último de los virginianos, pero las Bocas del tiempo quedan abiertas para siempre, y toda su obra nos estará esperando para reflexionar, reír, llorar, pero sobre todo, para no olvidar.

 

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Ruth Camargo es escritora y educadora bilingüe de Montevideo, Uruguay. Directora y productora del programa radial Cada musa con su acento. Más sobre Ruth Camargo

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