De nacer mujer a devenir lesbiana

@Itzeltal Publicado 2015-03-06 05:06:34



(No seremos heterosexuales nunca más)

 

El día en el que comienzo a escribir esto es un martes 13 de enero de 2015, día de las lesbianas conversas del Abya Yala. Hablar de lesbianismo suele generar, en algunes, ciertos choques, muecas, indiferencias y demás, para mí no, me gusta y lo disfruto tanto como mi propio devenir lesbiana.

Este es un mes en el que mucho se habla de mujeres, de derechos humanos de las mujeres, de mujeres emprendedoras, pensadoras, notables, de la mujer cotidiana que es luchona y entrona y a la que hay que celebrar y felicitar. Los demás meses se usa a las mujeres en la tv como cuerpos, en la radio como un entretenimiento, en el periódico como una muerte (nunca se lee la palabra feminicidio), en la cotidianidad como objetos. Tanto una situación como la otra son increíblemente detestables, misóginas y heterocentradas. Primero porque lo que se celebra en marzo es la opresión (en muchas de sus formas) que vivimos desde que nos nombran mujeres; te felicitan porque has alcanzado derechos (esos con los que hoy arrastramos para todo y todos los días, de los que se llenan la boca algunes, esos que no fueron pensados para ninguna mujer, mucho menos para una mujer empobrecida, negra, lesbiana, indígena, migrante, trans, etcétera), te felicitan por ser luchona (porque en un estatus histórico que te imponen, en el que vives esa opresión, te es mucho más difícil existir), te felicitan por ser notable, pensadora, emprendedora (porque para el sistema heterocapitalista el v-a-l-o-r de un cuerpo depende de ciertos parámetros masculinos de competencia y servilismo), por ser una súpermujer (porque además de cumplir los mandatos heterosexuales familiares, también hay que cumplir con la explotación de clase). Como siempre sucede, el heteromundo se come todo, lo abarca todo, lo succiona y lo utiliza, así pasa con el famoso 8 de marzo del que poca gente sabe cómo y cuándo empezó y del que menos gente reivindica dentro de luchas antimachistas, antifeminicidas, antiheterosexuales, antipatriarcales, etc. El resto del año continúa la violencia en cualquier matiz, que va desde el hombre que no quiere tener una hija porque “para qué quiero que un día llegue otro cabrón y se la lleve” hasta en promedio 6.4 feminicidios al día en México.

Sin entrar en cuestiones ontológicas, nacemos siendo un cuerpo que es en sí histórico, social, cultural. Un cuerpo que es deseado, leído, interpretado y nombrado desde el sexo-género binario, además de otras categorías que nos atraviesan como raza, clase, ubicación geográfica, etcétera. Un cuerpo que, inserto en una historia, sociedad y cultura patriarcal, está ya en el juego binario que de fondo opera desde la heterosexualidad obligatoria (valga la redundancia), misma de la que se alimenta el sistema capitalista. Así vamos significando nuestra existencia, nosotras, las mujeres, las otras, las que en Grecia fuimos hombres imperfectos, en la edad media impuras, herejes y brujas, en las revoluciones burguesas no éramos racionales ni humanas y en la modernidad éramos y somos menos libres que los hombres. Así se va sofisticando la opresión, con justificaciones nuevas según la medida de lo humano, según la ideología en turno, pero siempre bajo la necesidad imperantemente masculina de violentar nuestras existencias. Ejemplos sobran a lo largo de las historias, en nuestros días, en nuestras cuerpas, pero de lo que más quiero dejar letras, al menos hoy, es del feminismo y sobre todo del lesbofeminismo para vivir, gozar y resistir.

 

Arriba decía que el sistema se alimenta de la estrategia binaria de heterosexualización de los cuerpos, en donde uno oprime a la otra. La otra. La otra. La otra. Como eco para que retumbe en nuestros silencios, cuando alguien nos pregunte por qué “inventamos palabras” como heterocapitalismo, cuando nos digan feminazis, cuando exijan explicaciones del por qué la lesbiandad en sí misma es una resistencia al sistema. Que no se nos olvide que la androcéntrica historia nos ha colocado como la otra, desde la literatura, la ciencia, la religión y otros dispositivos, unos más visibles que otros. Que no se nos pierda de vista con ningún tipo de comodidad teórico-política, porque es necesaria para dejar de ser para EL otrO.

Esa OTRA es entonces heterosexualizada por el sistema económico-político-social que la sujeta desde nacimiento. No entiendo ni concibo a la heterosexualidad como una mera práctica de cama, como un gusto, una atracción “natural” hacia “el otro sexo” ni mucho menos a la genitalidad. La heterosexualidad es un régimen político complejo y mutante que se manifiesta todo el tiempo de maneras concretas, sensibles, también imperceptibles, engañosas, sofisticadas. Va mucho más allá de las interpretaciones simplistas esencialistas y cientificistas que la nombran sólo a partir de su supuesta antítesis, la homosexualidad. Porque no vemos estudios científicos arduos del gen heterosexual, de por qué se nace heterosexual, de la naturaleza de la heterosexualidad, y en cambio han abundado, desde que la ciencia es ley, las justificaciones de la anormalidad, desviación, atipicidad de la homosexualidad, que más tarde se convirtieron en otra estrategia de heterosexualización en los propios debates internos de la medicina, la ciencia, la ley y el mercado, que le han dado poco a poco un estatus normalizado siempre y cuando se cumplan las propias normas de género. Con todas las reservas que de lo anterior se sustraigan, porque finalmente en los manuales diagnósticos de enfermedades mentales las palabras van cambiando pero el sujeto señalado como enfermo siempre es el que va en contra del binario heterosexual.

Pero a ver… Pienso ahora en que las lesbianas somos tan invisibles y/o indeseables para todas estas cuestiones, que ni siquiera se nos nombra, y no es que yo pida que nos incluyan en manuales, leyes o formalidades heterosexuales, pero es curioso que haya tanta masa manejándose desde los discursos legales-médico-científicos que finalmente siempre son culturales, y que en su interpretación convenientemente heteropatriarcal siempre somos una cosa ajena. Concretamente me refiero a que las lesbianas no cabemos en ningún manual diagnóstico, ni siquiera nos ven porque escapamos de sus coordenadas, de sus indicadores, de sus ítems y demás esencialismos estadísticos. A lo mucho somos incluidas, desde sus lecturas, en la comunidad gay, y mucho hemos aprovechado esto para deslindarnos del LGBT que ha sido complaciente con el mundo heterosexual, a tal punto que podemos fácilmente hablar de heterolesbianas, transbinarios, bisexuales o gais del mercado rosa. Y lo hemos aprovechado porque llevamos mucho tiempo sabiendo que el binarismo nos está matando, que la heterosexualidad nos está matando, que los hombres nos están matando. 

Esto podría sonar ya contradictorio “¿estás en contra del binarismo y aun así hablas de heterosexualidad y hombres?” Sí. Que las lesbianas notáramos lo peligroso del binarismo no quita el hecho de que los cuerpos sigan siendo leídos y tratados desde ahí, porque, y de esto ha hablado ya Selene Romero [1], por mucho que yo diga que soy mujer, hombre o ninguna o ambas o tercer género o trans o lesbiana, en la calle se me coloca un cuerpo sexuado según los códigos de género, un signo de interrogación que intenta ser descifrado por quien mira, un insulto, una golpiza, un feminicidio. El binarismo violenta mi cuerpo, por eso no lo puedo negar. Así, reconocemos su existencia y su impacto en nosotras, así también, al menos yo y otras lesbofeministas como Nadia Rosso, nos seguimos apropiando estratégicamente de la categoría política “mujer”. En un texto breve y muy contundente que se llama “De dejar de hablar de géneros y otras innovaciones patriarcales” [2] de Nadia, señala claramente: “porque una cosa es renunciar al género en el poder, al opresor: al masculino, lo cual me parece un acto ético que cualquiera consciente de la violencia que emana de esa identidad dotada de poder, deberían hacer. Pero renunciar al género oprimido, que sigue hoy en día siendo oprimido, sería una huida” que conlleva a dos problemas, el de huir con toda herramienta y posibilidad de hacerlo dejando a otras con sus problemas y el de que aunque se quisiera y decidiera, no se puede huir “porque los custodios del heteropatriarcado dicotómico están en todos lados”.

Sabiendo esto [las sofisticaciones, las invisibilizaciones, las trampas del patriarcado heterosexual(izante)], decidimos tomar esa categoría estratégicamente para desde ahí resistir, para desde ahí reconocer, recordar, analizar y criticar nuestras opresiones y nombrar a quienes nos oprimen; esa otra categoría llamada hombre. Esa otra categoría que a toda costa y a cualquier precio busca permanecer no nos engaña, vaya. Sabemos que está presente en las nuevas masculinidades, en los queers, en el LGBT, en los heterofeminismos, en los hombres feministas, en el posfeminismo, en el posgénero, en los estudios de género, en esa pretensión de neutralización, de humanización. Está en todas partes.

Yo misma he estado en esas garras, desde que nací y me nombraron, incluso aun cuando hace tiempo tuve la invitación de colaborar en este mismo espacio, pues lo hice desde una postura completamente distinta en cuanto al binario. Estaba estudiando muy fuerte la teoría queer, el posfeminismo y demás, dirigía mi tesis hacía los sujetos periféricos que se desidentifican de los género hombre y mujer y estaba más o menos cómoda con esa idea. Cuando algunas gentes, concretamente hombres y específicamente conocidos y familiares, me preguntaban sobre lo que escribía, daba una descripción general del texto, la crítica que hacía y las posturas queer, a lo que respondían “ah, tú lo que quieres es que no existan hombres o mujeres sino humanos, así nada más”. Me quedaba con una mueca en la cara sabiendo que no era precisamente lo que buscaba. Pero ahí residió mucho de mi abandono al posfeminismo, posgénero y teoría queer como apuesta central para mi existencia. Si lo que los hombres entendían y veían era la destrucción del binario para hablar de lo h-u-m-a-n-o entonces estábamos cayendo en una falsa neutralidad, una sofisticación de lo masculino. Sí, porque lo humano es lo masculino. Porque los derechos humanos son heterocéntricos, porque lo humano no es nunca neutral. No, no pude quedarme mucho tiempo ahí y aunque ya me asumía lesbiana desde hace años y aunque después de eso me posicioné como agénero o cuir o género fluido (todas categorías muy complacientes con el patriarcado), pues no, no me hallaba. Volví al lesbianismo, no de la manera en que llegué ahí hace años, no como una práctica simplista, sino como una resistencia; la destrucción del género ha estado desde hace mucho en las lesbianas.

 

Ahora no temo mirar esa postura de hace tiempo, ni reconocer mis contradicciones, porque ese temor cimentado en la tierra heteropatriarcal me ha hecho callar demasiado. Y porque pensar-me desde el lesbofeminismo me ha cortado algunas raíces, me ha hecho devenir una (no otra) lesbiana feminista. Pero sigamos con la idea anterior sobre el género y las lesbianas. Algunas tendrán bien presente la frase “Las lesbianas no somos mujeres”. Vamos desenmarañando poquito las aparentes ambigüedades de esto, porque primero estamos en que las lesbianas asumimos la categoría mujer pero ahora vemos que las lesbianas no somos mujeres. Parentéticamente les hago saber que me encantan estos enredos, esta suerte de angustia que genera el no tener una idea clara, porque finalmente ¿qué tipo de conocimiento es aquel que se maneja empírica, metodológica, sistemática, científica, lógica (etcétera)mente? Pues sí, aquel hegemónico que se erige sobre cualquier otro, así que si buscamos pregunta-respuesta, negación-afirmación, deductivo-inductivo y otras generosas herramientas deterministas y masculinas en nuestros procederes, pues creo que al menos acá no los vamos a encontrar. Por eso me gusta, porque antes buscaba desesperadamente LA respuesta, y ahora nado con todo y confusiones, ambigüedades, contradicciones y demás, me río.

Las lesbianas no somos mujeres dijo Monique Wittig y más específicamente decía que “sería impropio decir que las lesbianas viven, se asocian, hacen el amor con mujeres porque la-mujer no tiene sentido más que en los sistemas heterosexuales de pensamiento y en los sistemas económicos heterosexuales” [3]. Sospechaba desde el siglo pasado de las trampas heterosexuales, puso la mirada en el que piensa, mira y nombra todo lo que es “diverso”, “diferente”, “anormal”, estudió el pensamiento heterosexual, el régimen heterosexual que coloca a las mujeres en una posición, como ya vimos, de opresión. Lo que el feminismo de la igualdad no nombró fue que la heterosexualidad (con todo el paquete) es una forma de opresión, algo que sí comenzaron a hacer las lesbianas. Ya que desde el poder masculino se nombra prácticamente todo, las mujeres, como ya hemos visto, vamos incluidas en ello bajo las exigencias heterosexuales de ser para el hombre, así, cualquiera que resista a esta esclavitud está negando el rol que se le ha asignado, el de servir, complacer, atender, obedecer, cuidar, amar a los hombres, ser violentada por el hombre, ser censurada por el hombre, ser para el hombre —repito. Las lesbianas, al desobedecer los mandatos heterosexuales, no somos mujeres.

Para el binario heteropatriarcal somos mujeres-para-ellos, para nosotras no somos mujeres-para-ellos, somos lesbianas feministas que asumimos una categoría de manera ética y estratégica y decidimos luchar desde ahí porque desde ahí somos leídas, porque desde aquí nos apropiamos de la categoría para destruir el binario con nuestra posición como lesbofeministas. Y ojo, aquí algo importantísimo de reconocer es la necesidad del feminismo. Porque es el lesbofeminismo el que nos ha hecho vislumbrar esto, el que tomamos como herramienta para analizar-nos, el que nos deja distinguir entre heterolesbianas y lesbianas feministas, el que nos da oportunidad de compartir-nos con compañeras de luchar. Es una herramienta que vamos también construyendo con nuestro propio devenir, porque también sabemos que no está acabada, dicha, determinada de una vez y para siempre como tanto le gusta a la epistemología heterocientífica, pues no, sabemos que la vamos de-construyendo con nuestras propias prácticas, las diarias, las de pensamiento, acción, vínculos, las de análisis e interminable etcétera. Y es justo ese etcétera el que todas construimos, transformamos y nombramos, para seguir reconociendo al opresor (al Hombre, al Sistema, al Patriarcado, a la Heterosexualidad), analizándolo, criticándolo y resistiéndolo. Todo con todos los placeres que da el devenir lesbiana. Porque, y aquí es recién donde viene la lesbiandad conversa, el asumirse lesbiana, además de todo lo que ya vimos, genera placeres que no son de cuna, ni de sangre, ni de naturaleza, justamente porque es un DEVENIR puede llegar a tocar muchas cuerpas, cuerpas que ni siquiera lo saben o están conscientes de ello, cuerpas que han vivido bajo el mandato heterosexual todos los días y han sufrido las violencias machistas en tooooooooodas sus formas, cuerpas que, en pocas palabras, han sido heterosexualizadas de nacimiento, pero que pueden devenir lesbianas feministas; crear redes con otras lesbianas, aplicar el autoanálisis, la autocrítica, resistir en la calle y en la cama, pensar-se políticamente, alejarse de lo (hetero)políticamente correcto, vivir la autogestión, los placeres de la cuerpa, de la destrucción del binario día a día, de la destrucción del capitalismo día a día, de la deconstrucción diaria del lesbofeminismo… Es decir, posicionarse como lesbiana y feminista es subversivo política, social, cultural, económicamente.

 

Y una excelente noticia es que, como no creemos en el gen lesbiano, podemos convertirnos en lesbianas todos los días, como una serie de procesos de resistencia y liberación.

Luisa Velázquez ya ha trabajado el tema desde su propia experiencia de conversión, lo que de hecho se puede ver en El BeiSMan como Narraciones de una lesbiana conversa. Además en sus aproximaciones informales señala lo siguiente:

“Como decía, la lesbiandad es un lugar desde donde se puede subvertir este sistema heteropatriarcal y vivir en una burbuja de placer que recomiendo ampliamente. La primera noticia es que todas podemos llegar a tal y la segunda, es que podemos llegar más rápido a través de la lesbiandad conversa. La feminista lesboterrorista Selene Flores acuñó el término “lesbiana conversa”, se refiere a las mujeres que fuimos educadas heterosexuales (todas), pero que un buen día nos dimos cuenta que era muy lógico que nos asumiéramos heterosexuales si desde nacer nos habían normado así, entonces dijimos no desde el feminismo y asumimos que no hay destino inevitable, que no tenemos que servir a ningún machirrín, deconstruímos nuestros deseos, nuestros afectos y ¡bam! somos lesbianas ahora, después de vivir en la heterosexualidad decidimos convertimos en lesbianas, somos lesbianas conversas” [4].

Al respecto la misma Nadia Rosso ha escrito que “la construcción de la heterosexualidad como un mandato ineludible que además se rige por parámetros sexistas y misóginos normativos y coartadores, NOS MATA” y en específico “a las mujeres nos coercionan, desde que somos pequeñas, para ser heterosexuales”. Y continúa diciendo “como tal muchas mujeres hemos optado por dejar de relacionarnos con hombres, porque hemos entendido que no necesitamos de los hombres para ser felices. Y en tanto no los necesitamos, nos relacionamos en cambio con nuestras pares, con las mujeres. Y nos relacionamos entre nosotras mediante la conciencia crítica del feminismo: deconstruyendo, reflexionando, construyendo y transformando juntas. Porque sabemos que podemos eludir el mandato de heterosexualidad obligatoria y así subvertir un sistema que nos orilla al sitio más vulnerable para nuestras vidas: la heteronormatividad patriarcal feminicida. La heterosexualidad nos está matando y mientras así sea, no seremos heterosexuales nunca más” [5].

Las lesbofeministas cuestionamos el orden heterosexual, el sistema de producción, las relaciones binarias, la política patriarcal. Hablamos de todo menos de preferencias sexuales. Criticamos la heterosexualización del LGBT. Nos apropiamos estratégicamente de la categoría “mujer”. Miramos y señalamos la violencia masculina. Decimos claramente que los hombres nos están matando, que la heterosexualidad nos mata. Decimos la palabra FEMINICIDIO. Deconstruimos nuestras existencias. Gozamos los placeres de nuestras cuerpas, nos relacionamos con otras compañeras de lucha. Pensamos nuestras existencias como históricas y las reconstruimos para deconstruirlas. Nos vengamos del sistema heteropatriarcal siendo felices. Destruimos el amor para convertirlo en noamor. No nos censuramos. Decidimos liberarnos e invitamos a otras a hacerlo. Todo esto suena a terrorismo. Atacar un sistema tan omnipresente, destruirlo, buscar la autogestión, la deconstrucción grupal y horizontal, los afectos sin esas violencias patriarcales. Aterroriza a la dictadura heterosexual. Es lesboterrorista.

____________________________ 

[1] Rompeviento.tv (2015) Lesboterroristas en Luchadoras. https://www.youtube.com/watch?v=Xp1Wqgm6Yos

[2] Rosso, Nadia (2013). De dejar de hablar de géneros y otras innovaciones patriarcales http://djovenes.org/archivo/?p=9328

[3] Wittig, Monique (1992). El pensamiento heterosexual y otros ensayos. P. 57

[4] Velázquez, Luisa (2014). Lesbianas conversas: aproximaciones informales. http://djovenes.org/archivo/?p=9674

[5] Rosso, Nadia (2013). La heterosexualidad nos mata. http://djovenes.org/archivo/?p=9362

 

ItzelTal es un devenir lesbofeminista que habla desde sus privilegios lésbicos, feministas, mestizos y lesboterroristas, abraza sus contradicciones y le gusta formar redes con feministas críticas de la heterosexualidad y otras formas de opresión.

 

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