Bob Dylan: el mítico y el legendario

Raúl Caballero García Publicado 2015-02-05 05:15:40


(AP)

 

Bob Dylan culmina Tempest con una pieza rapsódica que honra a John Lennon y al hacerlo lo incluye en su glorieta de personajes legendarios.

Voy a referir esa extraña elegía que trae Tempest, el “penúltimo” álbum de Dylan —puesto que ha lanzado en estos días un disco cantando a Frank Sinatra—, y si bien ya han pasado meses y meses de la publicación de Tempest su vigencia es costumbre. Precisamente ésa es una cualidad de las creaciones de Dylan: se vuelven entrañables a la primera vuelta, y así permanecen frescas aun cuando hayan adquirido cierta longevidad: es un clásico.

Es uno de los poetas del rock cuyo lirismo se torna íntimo apenas se escucha. Se ha dicho que con Tempest retorna a sus orígenes pero la frase se torna cliché tan pronto se pronuncia, puesto que su obra es la de siempre o dicho de otra manera sus orígenes están presentes en toda su trayectoria.

Intemporal, la poesía de Dylan es transgresora. La letra de sus canciones se dilata cuando los instrumentos de su banda la siguen. La convergencia de sus composiciones literarias con sus creaciones musicales modificaron el horizonte que se venía trazando con la evolución de los géneros. Del movimiento gradual del blues y del folk en los primeros años de la década de 1960 Dylan hizo su revolución. En sus inicios campea lo folk —emanado de su maestro Woody Guthrie— y es a través de sus vaivenes y fusiones al blues al rock al R&B al jazz al gospel que su música es, además de tradición popular, continuidad que en su expresión alcanza las múltiples interpretaciones de lo poético, la unanimidad de lo universal.

Digo su música y al decirlo va incluido desde luego el panorama de sus letras, sus ritmos se supeditan a la esencia de sus palabras, a su voz que proyecta su visión peculiar del mundo. Antes de llegar en 1961 a la escena de Greenwich Village, su punto de partida, Dylan abrevó en la Generación Beat y en Little Richard. Llegó a NY siguiendo la estrella de Guthrie: Llegó con Bound for Glory, la autobiografía del activista social y músico de lo folk, bajo el brazo. Una vez ahí, como es bien sabido, cautivó a la izquierda neoyorquina, a los progresistas cultos e inconformes incrustados en las universidades, y pronto al entorno juvenil del rock. Suze Rotolo le dio a leer a Rimbaud, poeta señalado por los estudiosos de su obra como iluminador de las letras dylanianas. Al lado de Joan Baez traspasó la agitación de esos años y entre festivales inauditos y mítines históricos cantaron sus respectivos poemas.

Huelga indicar que sus discos de esos años tatuaron la época. A mediados de de la década de 1960, su poética —experimental si de anticipación hablamos— narra historias de alucine y/o surrealistas, expone ideas, cuestiona. Su trascendencia literaria, dicho sea de paso, ha sido reconocida en muchas partes: Recibió el Pulitzer, es candidato continuo al Nobel, ha sido honrado con no pocos Honoris Causa en recintos universitarios, recibió el Príncipe de Asturias, ingresó de manera oficial a la Academia de Artes y Letras de Estados Unidos, en fin.

Con Tempest, Dylan prosigue su viaje. Intenso, como siempre, Dylan se adentra en las profundidades de la naturaleza humana y al final brinda una pieza inesperada y extraña: Roll on John. Es un tributo a Lennon, un repaso elegiaco de su asesinato y a la vez el reconocimiento del ícono, como sugieren Beauchamp y Shephard (ByS, “Bob Dylan and John Lennons Weird, One-Sided Relationship”, Scott Beauchamp y Alex Shephard, The Atlantic, 9-24-12). A contracorriente estos periodistas repasan lo que todo mundo sabe pero pocos toman en cuenta: ambos genios se trataron poquísimo, nunca fueron amigos, de ahí lo extraño de Roll on John.

Apenas se encontraron unas cuantas veces, aunque Dylan tuvo una decisiva influencia en Lennon. Desde que Los Beatles escucharon The Freewheelin’ Bob Dylan, uno de los discos señeros de Dylan en 1963, se dice dieron el viraje a la barca de la historia musical y al hacerlo, como bien es sabido, sobrevino la espiral del sicodélico zeitgeist que tantos vivimos de cerca. ByS recuerdan que entonces el cuarteto tocaba para quinceañeros que sólo querían bailar en tanto que Dylan lo hacía ya ante viejos socialistas, entre bohemios del Village que exigían a sus artistas cierto grado intelectual y en suma para jóvenes que reconocían su poesía.

Señalan que Lennon escribe un montón de canciones con el esquema dylaniano pero Dylan nunca escribió ninguna guiado por el esquema de John. Cada cual en su propia vía crea una parte importante de la mejor música del siglo XX. ¿Ante eso —cuestionan— por qué Dylan celebra a un artista que para nada lo influencia?, ¿por qué escribe una canción tan emotiva sobre alguien a quien conoció tan vagamente? “Porque Dylan se ha convertido en mito”, es la respuesta.

Cuando su material ocupa la agenda del activista, los temas de Dylan mantienen una resonancia histórica, y sus canciones tienden a trascender el contexto en que fueron creadas. Lennon con esta pieza entra en el mítico panteón de las leyendas a las que canta el trovador Dylan. Lennon, entonces, entra a un nuevo nivel de su espacio mítico en la perspectiva de que Dylan vino a escribir una canción sobre él. Roll on John es ciertamente mítica. Roll on John no es una canción triste sobre un amigo que ha muerto. Es un reconocimiento de Dylan respecto a que Lennon se ha convertido en leyenda, en otro personaje mítico entre los que pueblan sus canciones.

 

Raúl Caballero, escritor y periodista, nació en Monterrey NL. Es director editorial de La Estrella en Dallas/Fort Worth Texas. Recientemente publicó El Activista (vida y sublevaciones de José Ángel Gutiérrez) líder emblemático del Movimiento Chicano en Estados Unidos así como el libro de poesía Viento Habitable. E-Mail: rcaballero@diariolaestrella.com Twiter: @raulcaballero52.

 

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