Pinineando a Charlie Hebdo

Yecid Calderón/@Pinina Flandes Publicado 2015-01-17 06:22:17


Fotografía sin editar de los líderes mundiales en la marcha por la unidad en Paris. Foto: Phillippe Wojazer/AP

 

Charlie Hebdo, el tema con el que Europa hizo amanecer el 2015, es una oportunidad para pensar las prácticas de la libertad, no sólo en términos de defensa de la libertad de expresión, sino en términos más prácticos, digamos que reflexivos pedagógicamente y tendientes a la diversidad. Y al decir pedagógicamente no trato de hablar de esa pedagogía moderna/colonial en la que se le enseña a otro algo, al tiempo que se le somete. Hablo de una pedagogía de sí mismo y, por lo tanto, de una pedagogía para aprender las técnicas de sí, las cuales son también las técnicas para la libertad, o mejor, técnicas de liberación; siendo así, hablo de una pedagogía o autodidáctica de la moral.

Ser maestro de sí mismo o, por lo menos, una especie de autodidacta moral, implica evitar las moralinas y, a la vez, observar con circunspección todo lo que tenga vestigios de valor moral, empezando por las apreciaciones que uno suele tener sobre uno mismo y que aluden a lo malo y a lo bueno en sentido moral. Suele pasar que, cuando de moral se trata, uno se ubica en el lugar del juez, el cual regularmente se toma como el lugar del bien, pues, para hacer el juicio moral se requiere un criterio sobre la bondad y uno se arroga ese criterio al juzgar.

Cuando esto ocurre, uno se trata a sí mismo como bueno y hace el juicio moral como desde el balcón inexpugnable de la bondad propia, pero, según mi particular experiencia, uno mismo es un mar de valores bastante inseguros en su severo oleaje debido a la humana afectividad que reverbera en el fondo de todo pensamiento, como para arrogarse el punto de vista de una bondad impecable o de una bondad que no haya sido alcanzada por las embarradas que, precisamente, provoca el creer en una moral establecida y rígida.

El cuento con Charlie Hebdo es que antes de empezar a juzgar a los líderes europeos, por su ya conocida hipocresía en el trato de los derechos humanos o a los musulmanes a partir de acciones perpetradas por ciertos grupos extremistas (que no son todos los musulmanes y que, dentro del grueso de población musulmana, son minorías bien localizadas) podríamos ponernos a pensar qué relevancia tiene esa catástrofe de la modernidad/colonialidad (sumada a las muchas que tenemos a la mano y atrás mano a lo largo de la historia) sobre nuestros propios cuerpos.

Una autodidáctica de la libertad nos podría llevar a pensar de qué manera yo contribuyo diariamente a la exclusión y la opresión. De este modo, antes de lanzar el juicio moral sobre estos o aquellos, he de reconocer que yo mismo no puedo juzgar tan apresuradamente, toda vez que participo de esa falsa consciencia de los líderes europeos, ya que dejo que se pisoteen los derechos humanos en frente de mi cara sin hacer nada, al mismo tiempo que siento indignación por la falta de oportunidades, por el recalcitrante racismo, por la violencia de esa discriminación diplomática que, por cotidiana, todos dan por invisible.

Tener un color de piel, practicar una religión específica o simplemente portar un apellido o un nombre, implica siempre ser racializado. La racialización determina las oportunidades de estudio y por lo tanto de empleo. La educación determina las oportunidades para la vida y de esa educación depende seriamente el devenir de una persona. Pero si la educación es racializada, entonces, la educación recibida acontece bajo ciertas circunstancias de opresión, bajo una cierta segregación, lo cual impide una buena educación. Y si la mala educación de la racialización oprime, pues, si uno es consciente de esa opresión, siempre busca los caminos que le ayuden a liberarse.

Pero hay múltiples caminos para la liberación y, desafortunadamente, algunos de ellos pueden ser, más bien, espejismos de una posible liberación. Mucha gente busca la liberación en la identificación radical de los factores de opresión en su autofirmación y en la defensa de esos factores de identificación con los cuales fueron signados y oprimidos. Lamentablemente, algunos de esos factores de identificación, que podemos llamar marcadores, hienden sus raíces en el fondo de las ideologías y terminan en fatales fundamentalismos.

Si yo he sido marcado para ser oprimido, si mi nombre suena raro cuando lo digo, o si me acento tiene un tono discordante con el lenguaje nativo, y si por ello se me clasifica y, por prejuicio, se me identifica con esto o aquello, se me relega, se me resta valor, se me quitan oportunidades, se me cierran puertas o me hacen gestos de que no soy bienvenido, voy a prendiendo a que existe una marca en mí que me condena.

Voy aprendiendo a odiar esa marca en mí, a querer dejarla, a asimilarme al opresor borrando mi marca. Aunque, si esa marca es imposible de borrar, puedo moverme al otro lado: aceptar mi marca y no llevarla más como un peso, sino defenderla. Aún más, si reconozco que mi marca es un signo que no ha de avergonzarme y que, por el contrario, la misma me ha de empoderar para acabar con la tiranía de los opresores, entonces, no sólo voy a querer defender mi marca, sino que, además, voy a querer acabar con esa tiranía. Lo malo es cuando aparece un amigo, un camarada, un profesor, un líder espiritual que me empieza a decir cuáles son los medios para acabar con esa tiranía. Lo malo es cuando ese consejero espiritual me empieza a decir quiénes son los buenos y quiénes son los malos, de paso, atizando mi odio y mi deseo de venganza.

En Latinoamérica nosotros muy acá viendo como los "franceses" marchan por la libertad de expresión y sintiéndonos solidarios con su pantalla y denostando la acción criminal perpetrada, cuando desconocemos la complejidad de lo que está pasando. Según mi precario modo de ver, a lo que asistimos es a una pugna entre líderes mundiales (occidentales, musulmanes y otros) casada de hace tiempo, con la que se posibilita la emergencia de grupos y movimientos que van cambiando el panorama político a los antojos de los mismo líderes y para conveniencia de los que los pusieron allí como marionetas guardianes de su capital.

La cosa está en las generalidades, en decir “los franceses” entendiendo por tal sólo a los blanquitos ojo-azul y no a los musulmanes magrebíes morenitos (morochos como decimos racistamente por aquí) que han nacido allí, se han educado allí y han sido racializados allí como si no fueran ciudadanos. Franceses de segunda mano por quienes lucha, por ejemplo, el partido Des indegenes de la République, co-dirigido por nuestra querida y admirada Houria Bouteldja, amiga feminista decolonial.

Esa racialización que llevó a unos a tomar conciencia de su marca y no sólo a eso, sino que hizo que algunos de ellos tomaran los caminos más radicales en cuanto a la negación del opresor, gracias a la prédica de imanes radicales que, ciegos en su sectarismo, propagan odio y venganza a muerte. Aquí cerquita hay líderes políticos y religiosos cristianos que se parecen a esos líderes espirituales musulmanes. Éstos “buenos” cristianos consideran los avances de la libertad obra del demonio y arengan a centenares de jóvenes contra valores propios de una sociedad plural y diversa; algunos curas católicos y pastores de sectas protestantes, así como en Colombia algunos procuradores generales de la nación, no se cansan de remedar las hazañas de Ratzinger cuando era el jefe del dicasterio romano para la congregación de la fe (en el papado de Juan Pablo II) o cuando obtuvo el pontificado. Una reversa del agiornamento amoroso que Juan XXIII iniciara con el Vaticano II y que desde Pablo VI se encargaron de echar para atrás.

Curas, pastores y procuradores que no se cansan de defender la familia heterosexual como el emblema de la civilización frente a la barbarie homosexual, lesbiana y trans que amenaza con derrumbar el moralismo que en la modernidad/colonialidad ha empoderado a los hombres machistas en la organización y en la dirección de los destinos de la historias. Como bien dicen las feministas en inglés, su propia His-story.

Volviendo a Charlie Hebdo, también son “franceses” los hijos de muchos magrebíes y de otras étnias (los latinoamericanos por ejemplo) que han nacido en Francia; también lo son las mujeres musulmanas nacidas allí que, con velo o sin velo, saben que lo musulmán no es un bloque homogéneo de hombres que las injuria y las somete a ciertas prácticas. Lo musulmán son pluriversos de valores en movimiento como toda gran cultura. Lo musulmán va más allá de los estereotipos orientalistas o los estereotipos con las que comprendemos las prácticas de la libertad. Me refiero, por ejemplo, a que pensamos que una mujer con velo no es libre en comparación a una sin velo. Yo conozco muchas mujeres de mi tierra (la larga y ancha América Latina) sin velo, sin burca, que son tratadas peor que las mujeres con velo o burca en tierras musulmanas.

La cosa es que la política está hecha con el lenguaje del imperialismo y del racismo. La política está escrita en los términos de los que detentan el poder. Y ese poder suele usar categorías generales para crear confusión y disimular su mala consciencia racista. Se dice los “franceses” para representar a todo un pueblo cristiano ofendido, así como se dice musulmanes para encontrar en un pueblo entero el chivo expiatorio de las propias culpas. Es así como decimos “hombre” y “mujer”, para clasificar a Juan, Pedro, María y Martha, y generalizamos diciendo que las mujeres o los hombres son así o asá, cuando en realidad, Juan es así, Pedro es asá, María es así y Martha es asá.

Eso por no hablar de otra cosa que reverbera en el fondo, a parte de la lógica de los conceptos generales que entorpece la visión para no ver las complejas y diversas que somos las personas y que Helene de Cixous y otras feministas, siguiendo a Derrida (ver “La Farmacia de Platón”), llamaron falogocentrismo. Hablo del recalcitrante moralismo cristiano que parece un cáncer cuyas raíces no se pueden extirpar y que luego de operado renace y hasta más agresivo (¡ojo! no dije el cristianismo sino el moralismo cristiano).

No más hay que ver que, así como las estrategias políticas de los tres ricos del mundo (porque a estas alturas los ricos globales ya son un puñado) emplean ese lenguaje general, y reducen la complejidad a una vieja pugna entre sarracenos malos y cristianos buenos, los conservadores siguen diciendo que los maricas somos enfermos y que somos foco del pecado, cuando no es que los programas de salud pública nos proclaman poblaciones infecciosas, mientras que algunos policías nos ven como pobres desviados; y si somos travestis o transexuales se nos representa como miserables transtornados, locas que no valemos ni merecemos respeto o ser tomados en serio.

Lo que yo veo es que en mi pedagogía o autodidáctica moral debo tener menos en cuenta los conceptos políticos que clasifican gentes en general y dejar que cada rostro me presente su talante y su calidad. Así funciona mejor la cosa, así la he aprendido.

Para dar un último ejemplo: antes de venir a Estados Unidos yo tenía mis serios prejuicios con los “norteamericanos”, empezando por los diplomáticos y los policías gringos que me caían más que mal. Había vivido en Europa y había vuelto algunas veces, pero a Estados Unidos yo no miraba. Pero, cuando vine y empecé a pasar temporadas aquí, me di cuenta que no existen los “americanos”, si bien es innegable que existe un background que las ideologías ponen en nuestra educación y que permanece sedimentado —blackground que hace que los americanos sean americanos y los latinos latinos, así como los negros negros y a las mujeres mujeres. Lo que he sentido es que existen: Robert, Maggy, Jim y Mary (así suene a grupo de folk), cada uno con su particular rostro y su particular carácter. Como en todo, hay americanos maravillosos y adorables, así como otros que no.

Como yo le he apostado a vivir amorosamente, usando la filosofía para la praxis, es decir, la filosofía para el performance como opción, ya que eso me da salud física (no sé si mental), el tema es que me rodeo de los rostros que son más afines con mi moral y que tratan de respetar, en la medida de lo posible, las morales de los demás, sin negarlas o destruirlas, sólo a veces cuestionando sus principios pero jamás aniquilando a sus defensores.

Es así que, para mí, y hablo a título personal, eso de “americano”, “latino”, “negro”, “mujer”, “hombre”, “francés” o “musulmán”, “heterosexual” o “marica” no dice mucho. Lo que dice son los actos con los que, las personas particulares con rostro y nombre propio, me interpelan cada día, demostrándome que es posible vivir en el debate argumentado y en las prácticas de la diversidad como ejercicio de la libertad. Cuando no, sus acciones me enseñan a vivir en el absoluto disenso, alejados radicalmente, sin necesidad de matarnos porque aquí en este mundo, hasta el momento, hay campo para todos los que deseen amar, así no amen como uno ama. Lo importante es no terminar en una carnicería sin tregua, atizando odios y promoviendo rencores.

Respetar significa precisamente eso, entender que hay gente radicalmente diferente y que si no somos amigos o camaradas no tenemos razones para eliminarnos unos a otros. Podemos vivir en paz cada quien como sea su usanza y su preferencia. Eso es la práctica de la libertad, dejar vivir a los que piensan distinto y aceptar que pueden estar ahí, al otro lado del pasillo, en la siguiente puerta.

San Diego, CA, enero de 2015.


Un fragmento de la foto de la primera página del periódico Hamevaser. Merkel, quien marchaba al lado de François Hollande, fue removida digitalmente. Foto: Israel Sun/Rex 

 

Yecid Calderón (Pasca, Colombia 1975). Filósofo de la Universidad Nacional de Colombia, magíster en Filosofía Política de la Universidad Nacional Autónoma de México. Docente e investigador en filosofía política y filosofía del arte. Activista en la lucha por la disminución de la discriminación sexual. Performer en asuntos relacionados con sexualidades diversas y prácticas artísticas periféricas o "ex -céntricas", ha participado en festivales de performance en Nueva York, San Francisco, Ciudad de México, Bogotá y Montreal. Ha desarrollado trabajos de performance a partir de su Laboratorio Performático Pinina Flandes con La Pocha Nostra, La Nueva Orden Mundial, La Fulminante, Jaime del Val y Jorge Restrepo. Ha publicado artículos en algunas revistas en relación con el tema de la sexualidad diversa, el performance y prácticas de resistencia.

Otros artículos de opinión relacionados:

Seis puntos sobre Charlie Hebdo, por Marifer Chávez.

Pourquoi?, by Rodolfo F. Acuña

 

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