Raúl Dorantes: ¿zorro o erizo?

Juan Mora-Torres Publicado 2014-10-20 06:46:52

De zorros y erizos, Raúl Dorantes
Editorial El Beisman, 250 páginas, 2013, $15, ISBN 1467568589

La producción de novelas sobre inmigrantes escritas en Estados Unidos forma un paralelo entre el fluir y el reflujo de la historia de la migración. Dicha producción creció a saltos durante la época de la inmigración abierta, principalmente de 1880 a 1930, y descendió a cuenta gotas después de 1930, con pocas novelas publicadas. Hasta la década de 1970, la mayor parte de literatura inmigrante tenía que ver con la experiencia europea en Estados Unidos. Ésta abarcaba tanto las dificultades económicas como las problemáticas que conllevaba la decisión de convertirse en ciudadano estadounidense. 

En las últimas cuatro décadas se ha dado una segunda ola de novelas escritas sobre inmigrantes; éstas reflejan el crecimiento de la población inmigrante (13 por ciento de la población de Estados Unidos hoy en día). Alentada por el multiculturalismo, la literatura contemporánea es un reflejo de las decisiones que toman los hindúes, coreanos, chinos, cubanos y muchos otros grupos que transforman su identidad, siempre ligada a un guión (Cuban-American, Chinese-American, Indian-American). 

A diferencia de la primer ola literaria inmigrante, la que va de 1880 a 1930, que abordaba las experiencias colectivas de los trabajadores inmigrantes, un gran porcentaje de la literatura de hoy se centra en las experiencias y tribulaciones tanto de los inmigrantes altamente educados como de sus hijos, que hacen frente al querer incursionar en la clase media o en el mainstream. 

De zorros y erizos es la primera novela del escritor Raúl Dorantes y la última novela en español escrita sobre la experiencia inmigrante latina/mexicana en Chicago, una subcategoría de la literatura latina/chicana que es prácticamente desconocida para los críticos y para el lector en general (en la última década se han publicado una treintena de libros en español en Chicago). Dorantes retoma el nombre de una revista publicada en Chicago a mediados de la década de 1990 y cuyo título fue retomado del reconocido ensayo que publicara Isaiah Berlin en 1953: “The Hedgehog and the Fox”. Berlin argumentaba que había dos tipos de escritores y pensadores; el erizo que conoce muy bien una cosa y el zorro que conoce muchas cositas. En la novela de Dorantes no hay escritores ni pensadores profundos y, tal vez, la intención de Dorantes sea que el lector tenga que decidir si sus personajes son zorros o erizos al tomar decisiones relevantes durante su vida en Chicago. De zorros y erizos es una novela que genera ideas y que merece discutirse.

A menudo, las grandes novelas comienzan con una oración cautivadora (“Hoy ha muerto mamá”; “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.). En el caso de Dorantes, es la segunda la oración la que marca el tono: “Se hallaban en la ciudad, según ellos, para transgredir una vida dedicada al negocio y casi nunca al ocio”. El trabajo y la ociosidad se van tejiendo en la narrativa como un factor determinante en las decisiones que los personajes van tomando para darle sentido a su existencia. Si algo tienen en común todos los personajes es que no están subordinados al trabajo asalariado.

De zorros y erizos gira en torno a Jacobo, el narrador, un inmigrante joven e inocente de origen mexicano que vino a Chicago “para aventurar y vagar”, expresión que empleaban los inmigrantes mexicanos en otras décadas. Sin suficientes recursos, Jacobo encuentra un trabajo que no lo satisface en un restaurantucho de Pilsen, en Chicago. Jacobo tiene grandes planes. Desea ver el mundo y espera ahorrar lo suficiente para mudarse a su siguiente destino: Alaska. Con un manual de periodismo bajo el brazo, también quiere ser reportero y algún día darse a conocer. El primer paso es encontrar una historia interesante e intuye que ésta se encuentra en la vida de Xul, un artista desamparado, veterano de la vida loca y residente de Pilsen. Jacobo se ha infatuado con el estilo de vida “me vale madre” de Xul así como del último proyecto que éste desea realizar: establecer un cementerio de inmigrantes en Chicago. Dicho cementerio sería un lugar para descansar antes de embarcarse en el último viaje rumbo a Mictlán, el mundo espiritual nahua. Según Xul, el cementerio necesita un cordero que le dé sentido al sacrificio: ¿quién será el primero en descansar en la sepultura? Solo Xul conoce el nombre de quién será sacrificado, pero prefiere guardárselo. Jacobo especula sobre los cuatro candidatos que tienen la mayor posibilidad de inaugurar el cementerio: La Tongolele, Mauricio, Piotri y Rodrigo (un ganguero). La profecía de Xul se cumple en la tercera parte de la novela, mas no pienso estropear el misterio al dar a conocer el nombre del personaje que muere.

La novela está estructurada en episodios que se suceden en torno a tres días feriados: el 4 de julio (día de la independencia estadounidense), 16 de septiembre (día de la independencia mexicana) y el 12 de octubre (Día de la Raza en México y celebración de Cristóbal Colón en Estado Unidos). Dorantes condensa dós décadas alrededor de estas tres fechas, desde mediados de la década de 1990 hasta el año 2005. El lector se percatará de ello al leer sobre grandes sucesos históricos: el 11 de septiembre de 2001, la invasión de Irak en el 2003 y el huracán Katrina en el 2005; pero también percibirá otros sucesos no menos importantes, como el conflicto de los eloteros con los comerciantes y las nuevas ordenanzas de la ciudad de Chicago durante el periodo de 1997 a 2012.

Dorantes se vale de Jacobo, el periodista en ciernes, como el lente que observa el mundo de Pilsen, un barrio que sirvió como puerto de entrada para un gran número de mexicanos que migraron a Chicago desde la década de 1950. En este mundo pilseniano, Jacobo encuentra a muchos personajes, y en especial a una pareja, que le sirven de motivo para escribir su reportaje. Con bastante tiempo entre sus manos, tiene la libertad absoluta de escribir sobre cualquier tema. Como aprendiz de periodista, Jacobo no deja de hacer entrevistas y tomar notas. ¿Se convertirá Jacobo en un zorro o en un erizo?

La novela trata sobre los encuentros de Jacobo con personajes de Pilsen, hombres y mujeres que pertenecen a dos diferentes estratos sociales: “la fraternidad” y “los paisas”. A pesar de que comparten ciertas características —una herencia cultural latina/latinoamericana, el idioma español y el estatus de inmigrante— los grupos son extraños entre sí, de la misma manera que lo serían si se hubieran encontrado en sus países de origen: sus caminos nunca se hubieran cruzado. 

“La fraternidad” está conformada por una camarilla de bohemios que comparten el mismo pedigrí. Asistieron a la universidad, crecieron en familias pequeñas y en zonas urbanas, como Irapuato, Lima o Montevideo, y crecieron en un ambiente de clase media o clase alta. Llegaron a Chicago “para aventurar y vagar”, al igual que Jacobo, y para “triunfar” también. Se autoproclaman artistas e intelectuales. Se dan el lujo de leer la revista zorros y erizos, la principal revista literaria en español de la ciudad. Y la entienden. Otra cosa: llegaron a Estados Unidos legalmente y por su propia voluntad. Asumiendo las características de su clase en América Latina, podríamos asumir que son de tez clara (tal vez fuesen criollos o castizos, si empleáramos el viejo sistema de castas). 

Sin nada que los ate al trabajo o a las responsabilidades familiares, tienen tiempo de sobra y pasan horas interminables socializando, mirando filmes hasta la madrugada y sumergidos en discusiones sobre temas literarios, filmes y el estado del mundo. Como bohemios, beben, y beben mucho; como artistas e intelectuales, producen poco. Esencialmente, son personajes Categoría R del programa televisivo Seinfeld; bien se pudieron haber producido varios episodios en torno a estos personajes pilsenianos, como el capítulo en el que Mauricio finge su muerte o el capítulo dedicado al significado del escapulario de Carmen. A Jacobo le resulta atractivo este supuesto modo de vida, el de “poeta maldito”. ¿Son zorros o erizos los personajes de la fraternidad? ¿Terminará el inocente Jacobo como ellos? 

En contraste a los personajes de “la fraternidad”, “los paisas” son trabajadores indocumentados; en su mayoría trabajan en la economía informal: yunkeros y eloteros. En ausencia de un mejor nombre, algunos han trabajado como enganchados por las agencias de trabajo y como jornaleros libres (como esos que se encuentran en las afueras de los almacenes Home Depot). Aparentemente llegaron a Estados Unidos por la extrema pobreza, el desempleo y la ausencia de oportunidades en México. Uno asume que no terminaron la secundaria y que son de tez morena. Al no pertenecer al sector asalariado, y al tener que mantener a su familia bajo las condiciones de ilegalidad, los eloteros y los yunkeros hacen lo posible por disfrutar de su trabajo. Y aunque Jacobo no socializa con ellos, comienza a conocer su mundo. Toma notas para una crónica futura. Y aquí nos preguntamos: “los paisas”, ¿son erizos o son zorros? 

Dorantes llegó a Chicago a mediados de la década de 1980. Como dramaturgo, cuentista y periodista, Dorantes se ha convertido en una de las figuras literarias sobresalientes de la escena literaria en español de Chicago. Al igual que el narrador de su primera novela, Dorantes se ha nutrido de los sucesos y de los individuos que ha ido conociendo desde que llegó a Chicago. Sus personajes son amalgamas de la gente que ha conocido. 

A lo largo de la novela, Dorantes deja claro que tiene buen “oído” y que es observador atento. Captura el espánglish de Chicago (que es muy diferente al de Nueva York y el de Los Ángeles). También captura las modalidades y el caló de Pilsen, Uruguay, Perú y México. Asimismo emplea bien el humor. Cuando Mauricio les hace bromas al resto del grupo (al inventar su muerte), y se asume como malo, Xul le responde: “no puede ser bueno y mucho menos malo”. Cuando se aborda el tema del nombre que le pondría la Condolesa —la izquierdista de la banda— a su futura hija, Piotri sugiere “Lenincita” o “los mártires de Chicago” si llegan a ser gemelos. 

Dorantes conoce Pilsen. Como ejemplo de sus buenas observaciones, le dedica dos páginas a lo que sucede en las lavanderías. Se da cuenta que existen 21 lavanderías en Pilsen. Esta observación podría parecer insignificante y tediosa para algunos lectores. A diferencia de los “respetables” vecindarios del norte de la ciudad (donde las lavanderías son pocas y las tintorerías son muchas), las lavanderías son parte de la identidad de los barrios de inmigrantes. También nos dice que a “los solos” —los inmigrantes sin compañera ni madre— les toca lavar la ropa los domingos, y una señora, de nombre Chona, les va enseñando a “los solos” los secretos para lavar ropa y doblarla. En pasajes más breves, Dorantes le brinda al lector las dinámicas de otros espacios públicos, por ejemplo, los lugares donde los desamparados descansan y encuentran la tranquilidad: las iglesias y la biblioteca Rudy Lozano.

La razón de mencionar las lavanderías y los lugares donde se reúnen los desamparados es porque la novela muestra un acercamiento a los espacios sociales de Pilsen. La buena literatura se puede leer de muchas maneras. Como historiador, le doy un valor personal a las percepciones de la cultura de los espacios públicos que la gente pobre frecuenta. También reconozco que la buena literatura captura la complejidad de la experiencia inmigrante, incluso, mejor que la sociología y los libros de historia. Teniendo eso en mente, me gustaría resaltar tres puntos adicionales que a los estudiosos del tema de la inmigración latina les llamará la atención. 

Primero, aunque el término inmigrante abarca todo tipo de persona que nació fuera de Estados Unidos, no todos los inmigrantes han sido moldeados con el mismo barro. Tomemos, por ejemplo, el caso de los hondureños y de los argentinos que viven en Estados Unidos. Además del hecho de que casi dos terceras partes de estas poblaciones están compuestas por inmigrantes, las diferencias entre ellos son muchas de acuerdo a los datos extraídos de la oficina del censo. 40 por ciento de los argentinos cuenta con una diploma universitario comparado con tan solo el 8 por ciento de los hondureños; 11 por ciento de los argentinos vive en la pobreza comparado con el 33 por ciento de los hondureños. Con toda probabilidad, los hondureños tienen un porcentaje mucho más alto de inmigrantes indocumentados. 

La clase, la formación académica y las diferencias raciales entre “la fraternidad” y “los paisas” existía antes de que llegaran a Estados Unidos. Aunque Dorantes nos da algunos indicios, no elabora juicios sobre tales diferencias, las cuales son trascendentales para la experiencia inmigrante latina y le dan forma y sentido a sus personajes. Y para seguir con las diferencias entre los inmigrantes, Dorantes tampoco aprovecha la importancia del estatus legal en el desarrollo de sus personajes. Todo parece indicar que los miembros de “la fraternidad” llegaron a Chicago por el aeropuerto O’Hare mientras que “los paisas” entraron ilegalmente por diferentes puntos de la frontera: desde el río Grande hasta el desierto sonorense de Arizona. Y una vez que ya se encuentran en Chicago, esas diferencias no se desvanecen; al contrario, siguen presentes aunque de diferente manera. Esto le da a los miembros de la fraternidad mayores privilegios para sobrevivir en este país. La dicotomía legal-ilegal adquiere mucha significación al determinar lo que el/la inmigrante puede o no puede hacer. La legalidad otorga seguridad; la ilegalidad viene acompañada con la inseguridad —esa que en cualquier momento una persona se convierte en deportado. En estos años de deportaciones masivas, estoy seguro que si se les diera tan solo una oportunidad, la mayoría de los yunkeros y eloteros preferiría el alivio de verse librados de la deportación por encima del “largo y tortuoso camino” a la ciudadanía. 

De zorros y erizos proporciona un conjunto de pistas sobre cómo el concepto de “clase” está cambiando delante de nuestras narices. Los bohemios “cosmopolitas” de la fraternidad podrían o no estar consientes de que están pasando por un proceso de déclassé, un movimiento que va cuesta abajo en cuanto su estatus social. Otra debilidad de la novela es que Dorantes no suministra mucha información sobre las razones por las cuales viene a Chicago. Aún así, si retrocediéramos algunas décadas, la idea del migrar no le hubiera pasado por la cabeza a las clases media y alta latinoamericanas (al menos que fueran perseguidos por razones políticas). Los miembros de “la fraternidad” hubieran tenido cierto estatus en sus lugares de origen y acaso unos dos habrían sido miembros de la intelligentsia; otros hubieran sido profesores en colegios de provincia; Carmen hubiera sido una poeta publicada y se la pasaría de gira en los círculos literarios de Guanajuato; Tomás hubiera sido un músico de renombre en la escena del jazz en Guadalajara; y la Condolesa hubiera llegado a ser una columnista de un periódico o miembro del Comité Central de un grupúsculo de trotskistas (y después de eso se hubiera exiliado en la Ciudad de México, Nueva York o París). 

Tomás es quien mejor ejemplifica el proceso de declássé. No con poca arrogancia, repite hasta el cansancio que estudió jazz en uno de los mejores conservatorios de música, en Guadalajara. Dada su experiencia, espera entrar automáticamente —y no con poca fanfarria— a la vibrante escena del jazz de Chicago. Sin embargo, otros músicos de jazz y encargados de clubes desestiman su supuesto talento y termina haciendo un poquito de todo: desde garrotero hasta músico en un restaurante mexicano donde los comensales le piden una y otra vez “La Bikina”. Tomás vive cierto sentido de desilusión ante la imposibilidad de “hacerla en grande” y no ser reconocido como un virtuoso por la comunidad de músicos de Chicago. El rechazo no va muy bien que digamos con la gente que está consciente de su estatus, una condición arraigada profundamente en el sistema de clases latinoamericano.

El estatus laboral de “los paisas”, por otro lado, también pasa por un cambio. Antes de la década de 1980, “los paisas” hubieran encontrado en Chicago trabajos industriales bien remunerados. Ésa era una de las razones principales que llevaban a los inmigrantes mexicanos a escoger Chicago como destino durante las décadas de 1960 y 1970. Después de la época de desindustrialización, el crecimiento en la economía de servicios demandó más inmigrantes: cocineros, trabajadoras domésticas, albañiles, conserjes, etc. Muchos encontraron trabajo a través de las agencias de empleo que proliferaron en la década de 1990. Los trabajadores que aparecen en la novela de Dorantes no son asalariados sino individuos que se “emplean a sí mismos”, principalmente eloteros y yunkeros. Por desgracia, estos personajes no están tan bien desarrollados en la novela como los miembros de la fraternidad.

El yunkero, Martín Coronel, originario de Ciudad Hidalgo, Michoacán, es uno de los personajes “paisas” mejor desarrollados. Este personaje nos ayuda a comprender los cambios dentro de la clase trabajadora. Llegó a Estados Unidos ilegalmente y ha trabajado en fábricas, sin descartar una larga temporada a través de las agencias de empleo (donde también trabajó su esposa). Después de que despidieron a su esposa y que ya no pudo sostener a la familia con un salario raquítico, Martín se compró una troca y se convirtió en yunquero, una ocupación dominada casi exclusivamente por gente de Ciudad Hidalgo. Él también es indocumentado, maneja sin licencia de conducir y, junto a su esposa e hijo, recorre los callejones de Chicago recolectando metal y otros objetos de valor. El ser yunkero le permite tener un ingreso para mantener a su familia y pasar tiempo con ellos. En sus horas libres, aprende a tocar un órgano Yamaha que se encontró en el callejón. A diferencia de Tomás, Martín se ajusta a la economía cambiante, encuentra valor en su trabajo y alcanza cierta paz. 

Ryszard Kapuscinski nos recuerda que “la condición para sobrevivir consiste en la humildad que tenemos frente a nuestro propio destino”. Los indocumentados “paisas” tienen una ventaja sobre los demás: se encuentran bien equipados de cierta flexibilidad en su afán por sobrevivir. Han cultivado dicha actitud por mucho tiempo. Son flexibles y se adaptan a las nuevas circunstancias, como lo hizo Martín y lo seguirá haciendo en el futuro. ¿Es Martín un zorro o un erizo? 

Los novelistas chicanos y latinos tienden a romantizar el barrio como una comunidad cultural orgánica donde la gente trabajadora encuentra un refugio a la hostilidad de la sociedad dominante. Dorantes nos muestra un barrio conformado por todo tipo de personas: homeless, yunkeros, eloteros/paleteros, “solos”, gangueros, artistas, activistas y comerciantes. El barrio también está lleno de tensiones y conflictos. A los eloteros, por ejemplo, no los quieren los comerciantes establecidos y además tienen problemas con las ordenanzas de la ciudad. Para que los eloteros se puedan defender de los comerciantes, la policía y los inspectores de sanidad, se tienen que organizar; así crean de manera improvisada una unión que se mantiene de cuotas. Y hay tensiones dentro de la misma organización: a los eloteros les cuesta ponerse de acuerdo en el precio de su producto, batallan entre sí al competir por las mejores esquinas y por el número de carritos que puede tener cada miembro. Éste es un material excelente para una disertación o un libro sobre la economía informal. Como lo mencioné anteriormente, Dorantes conoce Pilsen y lo conoce bien; lo que queda ausente en la novela son las tensiones que el desplazamiento urbano ha generado y que hoy en día amenaza con el desplazamiento de los mexicanos pobres. Esto es un descuido ya que el Pilsen de hoy es muy diferente al Pilsen de hace 20 años, tiempo en el que sucede la novela y el gentrification ya se comenzaba a sentir. 

Mi impresión es que Jacobo aprender a ser zorro. Rechaza la tentación de vivir como poeta maldito, enfrenta una crisis existencial y como reportero llega a una conclusión: “el periodismo ha de ser roommate de la literatura y de la vida. Si no comparte el espacio íntimo, las crónicas se quedarán cortas y los reportajes no habrán de fluir en las carillas de los diarios. Serán textos desalmados”. Esto es un consejo excelente que no solo se aplica al periodismo sino a cualquier disciplina.

De zorros y erizos merece participar en el diálogo con la rica novelística de los barrios de Estados Unidos, tanto la chicana como la latina. Es una tarea ardua debido a la dificultad de alcanzar a los lectores de dichos géneros literarios por las siguientes razones. Primero, fue publicada por una editorial pequeña comprometida a dar a conocer obras de calidad en español, pero la editorial no cuenta con los recursos para que los libros lleguen a una audiencia amplia. Segundo, la novela fue escrita en español, un lenguaje “extranjero”, cuyos lectores “serios” son los pocos latinos formados en la academia, generalmente inmigrantes. Tercero, en los pocos cursos de español que ofrecen las universidades prefieren estudiar el canon latinoamericano. Estoy seguro que Dorantes conoce muy bien los tres puntos y, al escribir en español, está tomando una postura, un tipo de arte poética. Si hubiera escrito De zorros y erizos en inglés, habría llegado a una audiencia más amplia. Decidió hacerlo en español y espánglish. Y lo hizo porque es el idioma que mejor captura la experiencia inmigrante mexicana/latina. Los lectores que todavía no leen en español, deberían emular a los eloteros y yunqueros que aparecen en esta novela: ser flexibles y adaptarse a los cambios en el mundo. Aprender español sería un buen paso para seguir en dicha dirección.

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Juan Mora-Torres. Profesor de historia, en DePaul University. Autor de The Making of the Mexican Border.

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