Transfiguraciones en la obra escultórica de Piloto

Franky Piña Publicado 2014-10-18 06:45:37

La obra escultórica de Alfonso Piloto Nieves Ruiz está moldeada con la savia de la vida. Como creador no busca: más bien sueña, evoca, yerra y encuentra. El espacio que ocupan sus esculturas ha sido tomado tanto por sátiros como querubines por igual. Sus figurines de arcilla se transfiguran. Van de la virtud a la vileza y viceversa. Conviven en un Pandemónium terrenal y humano, demasiado humano. Los volúmenes de barro y varillas crecen y se acomodan en ese árbol de la vida que también lo es de la muerte. Con raíces, cemento, cadenas, plumas y botellas de plástico, Piloto da vida a una zoología de criaturas que recuerdan lo peor y lo menos peor de la condición humana. No obstante, su obra no es fatalista. La redención en la obra de Piloto no está ausente. Está. Y es. 

El conjunto de obras es un testimonio de nuestro tiempo. Prueba clara de la cultura del exceso. Barroco postmoderno y prueba fehaciente de esa poesía que toca y lacera. Las esculturas de Piloto increpan lo que los colectivos callan. Al transformar el barro en figurín, Piloto acentúa el tiempo y lo vuelve óptico, táctil. Lo habita y lo vitaliza. Los sueños de este demiurgo se materializan en sus creaciones. Su obra es más producto del imperio de los sentidos que de la reflexión. Es intuición y es pulsión. Los tiempos pasado y presente convergen.

Su obra es transgresora por naturaleza. Transgrede la armonía y transgrede a las “buenas conciencias”. Es too much dirán algunos, pero representa el vacío del espectador. Lo agarra y no lo suelta: lo postra frente al espejo. Bien decía Borges que tanto los hombres como los espejos son abominables ya que reproducen al hombre. Quizá por eso, Piloto cuestiona y zarandea al espectador. Bien intuyó el escultor que al tratar de llenar zapatos ajenos y responder a las expectativas de la moral imperante y las costumbres religiosas, el espectador deja de ser uno mismo. Esa es la lucha interna de Piloto que exterioriza en su obra: llegar a ser uno mismo, pero en el camino hay dolor. Mas no todo es solemnidad, pues el humor abunda y no en pocas obras. 

Piloto comenzó a crear más por accidente que por vocación. Después de una noche incansable de amigos y averiguata, salió a caminar bajo el sol primaveral de Chicago y al pasar por debajo de un puente encontró los restos de un pinchón entre la línea que divide los rayos del sol de la sombra. Un enjambre de hormigas mantecosas depredaban los restos del ave. Piloto rescató las alas roídas y regresó a su departamento. Ahí decidió devolverle la dignidad a las alas y ensamblar una pieza que más tarde sería una escultura. Entonces comprendió que “dentro de todo lo gacho, hay algo bien chido”. Y ese fue el primer ensamblaje de un extenso cuerpo de obras que llevan más de dos lustros de creación compulsiva. 

La formación de Piloto es autodidacta. Su estilo no es ajeno al barroco que absorbió en la iglesia Santa Rosa de Viterbo en su natal Querétaro, pero también asimiló el entorno en donde creció. Vivió a escasos dos kilómetros del vertedero de los desperdicios de la ciudad. Recorrió las calles de la colonia Satélite con los puños alertas y como se recorren las colonias bravas cuando las disputas por el territorio se ganan a puñetazos. De morro, lo alimentó un espíritu iconoclasta: destruía con el afán de reconstruir los electrodomésticos del hogar. Jugaba con pernos y alambritos, pero también con la basura. Sin haber leído a Stevenson, bien se hubiera adherido a la máxima aquella que dice que quien no tiene capacidad de aprender en la calle mucho menos aprenderá en el aula. Y aunque la escuela nunca fue su mejor taza de té, el deporte y la música sí lo fueron y gracias a estos se mantuvo a flote por un tiempo. Pero debido a una fractura en la cabeza se tuvo que alejar del deporte, la música y, finalmente, de México. 

Emigró a Chicago en 1997 y la corta temporada que venía a pasar terminó por convertirse en una estadía prolongada que no ha terminado. En la Ciudad de los Vientos se sumó a la fuerza laboral restaurantera. La hizo de todo: busser, runner, cocinero y mesero, pero siempre intentando ensamblar piezas con pretensiones artísticas. Ya inscrito en el Truman College, bajo la tutela de José García, dejó de hornear ollas y vasijas y comenzó a improvisar libremente con papier mâché y barro. La creación se volvió hasta cierto punto una lucha intensa contra el desmadre y el trabajo: “me ganaba el cotorreo, pero se quedaba el eco del tambor en la cabeza”. Y es que el tambor producía cierto eco en su incursión en las ceremonias indígenas. Cuando llegó a participar en la Danza del Sol como apoyo invitado por su primo Tomás tuvo una revelación, pero más que una revelación se descubrió no como un fin en sí mismo sino como una parte infinitesimal del universo. Entonces se dio cuenta de su entorno, entró en contacto con la naturaleza y con sus pies descalzos sintió acariciar la tierra como se acaricia una madre. Ahí comprendió que “uno tiene que estar atento a lo que uno siente, inclusive más que lo que uno piensa. Si uno no es uno, no se llega a ningún lado”. 

Y por varios años Piloto no llegó a ningún lado. Entre el verbo y los actos había un abismo que duró todavía un lustro. Su obra antes del incendio de su departamento en el 2007, refleja la crudeza de los materiales y la poca o mucha dedicación. Son piezas expresivas, salpicadas de cierto surrealismo tardío. Son piezas saturadas: carecen de mesura mas no de imaginación. Esas piezas tempranas no tan solo manifiestan cierto encono aunque más bien representan una herida abierta que nomás no cierra. El creador se desgarra y salpica sus creaciones. Le grita al stablishment, pero pone oídos sordos a su condición existencial. Hay inconformidad, cansancio y agobio. Por un momento interrumpe el ciclo de los días para respirar y buscar una salida: “andamos por el mundo como los pájaros y las mariposas: emigrando por necesidad”. Se involucra en las marchas pro inmigrantes del 2006 y llega al Union Park con una escultura monumental de la Estatua de la Libertad. Entre la indignación de un sistema migratorio jodido y el cotorreo, permanece la sátira política. A partir de entonces matiza la crítica y se ríe con esmero de todo. 

Su estudio se quema a finales de 2007. Pero de las cenizas vuelve a resurgir el ave Fénix una vez más. Y Piloto comienza a alejarse del mundo para acercarse a sí mismo y finalmente le cae el veinte de que los monitos son lo suyo. Comienza a crear desde otra perspectiva; pareciera haber regresado del averno y comienza a dialogar con sus fantasmas. Y si su formación había sido autodidacta, en pocos años explora y recorre en su obra el surrealismo, el expresionismo y el hiperrealismo. Termina por no casarse ni limitarse a ningún ismo. Asume a la vida como su escuela: sentir el barro, recorrer con la mirada y los sentidos las raíces, darle otro uso a los desperdicios y a la basura. Crea ideas y transmite sentimientos y muchas veces no tan sublimes pues la realidad no siempre es bella. Con su obra escultórica, Piloto despierta conciencias sin afán de moralizar. 

Ahora bien, Piloto no es el primero ni el último en trabajar con la basura y lo que se encuentre al paso, y si no fue el fundador del arte yunkero sí es uno de sus representantes más notables. Sin embargo, dentro de los creadores, es de los escasos que optaron por la escultura. Las generaciones de artistas mexicanos o mexicano-americanos que llegaron o surgieron antes que él en su gran mayoría se dedican a pintar en el lienzo, el muro o a imprimir grabados. Piloto pertenece a esa generación que llega a Chicago en las postrimerías del milenio pasado. Sus contemporáneos son los pintores Alma Domínguez, Roy Villalobos, el dibujante Emmanuel L White Eagle y José Terrazas, otro escultor, por nombrar a algunos. Es curioso que en la historia del arte mexicano tanto en México como en Chicago, la mayoría de artistas se dedique a la pintura, el grabado, el dibujo, el collage, la instalación y el arte objeto. Fue Octavio Paz el que señaló acertadamente que a pesar de la tradición milenaria de orfebres en México no hubiera más escultores de gran talla en el país y ahora de igual manera podríamos aplicar dicha aseveración a Chicago y a Estados Unidos.

Piloto es un escultor mexicano que como muchos inmigrantes encuentran su patria cuando dejan su país. Al ver sus raíces desde lejos se fortalecen. Así que gracias a la migración, Piloto se encontró con México pero también encontró su vocación. Es muy probable que si no hubiera emigrado no hubiera explorado su vena creativa. Ahora bien, la obra de Piloto no cae en un nacionalismo desgastado. Por una parte sí retoma ciertos elementos prehispánicos, pero al tocarlos los transforma. No pretende encumbrar culturas extintas ni exaltar iconografías en calendarios. Su leitmotiv borra fronteras, trasciende el tiempo. Es universal. Lo mismo toca la sensibilidad de un polaco de Kraków que de un paisano de Iztapalapa. Su obra se ha expuesto en el National Museum of Mexican Art, pero también con gran aceptación en el Jardín Botánico de Garfield Park. En este último, su escultura Tonatzin lucía soberbia, en el mejor sentido de la palabra. Por una parte, corroboraba la idea de Mike Davis: la tropicalización de los Estados Unidos y, por la otra, su preocupación ecológica reiteraba esa visión de que cualquier objeto que ha sido descartado no es basura, ya que siempre se le puede encontrar otra función. En los basureros de cualquier ciudad latinoamericana se rescata casi todo. Piloto también busca rescatar de la basura objetos, cachivaches y los recicla. Es otra manera de comulgar con la Tierra, le da su lugar y la respeta, pues el creador mismo sabe que por aquí tan solo está de paso y por qué no pasar de la mejor manera posible.

Cabe resaltar que en la obra de Piloto no hay economía del lenguaje escultórico. Ha logrado esculpir espléndidamente volúmenes vacíos llenos de ruido. No pretende reproducir el caos contemporáneo, más bien pretende darle cierto orden dentro de los límites de su obra. Logra ensamblar y sintetizar las contradicciones culturales de las ciudades post industriales. A veces lo logra con sarcasmo y otras de una manera no poco sublime.

Después de un acercamiento a la obra de Piloto me ha perseguido la interrogante: ¿de qué manera ha beneficiado el progreso al ciudadano de a pie si seguimos viviendo en un mundo plagado de injusticia, donde se ha ninguneado el valor de la verdad, y la belleza no es sino un concepto cuyo precio lo tazan los museos y las galerías? La obra de Piloto no tiene la respuesta; sin embargo, es una invitación al diálogo que seguramente continuará con el pasar de los años y la permanencia de su logro artístico.

Franky Piña. Coordinador editorial de El BeiSMan.

♦ ♦ ♦

La obra de Piloto se muestra en el 18th Street Pilsen Open Studio, en Chicago.
18 y 19 de octubre
El BeiSMan, 1318 W. Cullerton   Chicago, IL

Comentarios



De interés

Blogs

Cool2ra

Ruido Fest 2018, A Series of Impressions: the Good, the Bad, and the Sexist

Esmirna García - 2018-06-27

Anthony Bourdain (1956-2018), An Appreciation

Juan Mora-Torres - 2018-06-12

Files

Find Us On Facebook