El otro ‘Maracanazo’ de Brasil en Belo Horizonte

Carlos Eduarte Publicado 2014-07-11 08:33:22

De nuevo, en casa, en frente de sus aficionados, Brasil sufrió una derrota inimaginable. Como ya había pasado con el Maracanazo de 1950, la historia se repitió cuando fue destrozado 7-1 por Alemania en la semifinal de esta Copa Mundial. Fue una humillación completa, un golpe severo, que está destinado a desplazar la derrota contra Uruguay hace 64 años, como la peor en la historia del equipo conocido como el “Scratch Du Oro”.

Intentemos hacer un análisis de lo inexplicable. Cómo es posible que Brasil, el mejor equipo de fútbol de la historia, sufrió una derrota histórica, una goliza épica por 7 goles a 1. El partido se decidió en la primera media hora cuando Brasil sucumbió ante una ráfaga de goles que no supo detener. La máquina alemana no paró hasta que ya estaba rendido el equipo brasileiro. Simplemente observó que Brasil no podía o quería jugar y siguió anotando goles. 

Brasil llegó a este partido con dos bajas clave: su mejor jugador Neymar (lesionado) y Thiago Silva (sancionado por acumulación de tarjetas amarillas). Neymar era el corazón y motor del equipo, el que alimentaba el ‘jogo bonito’. Silva el capitán, era el organizador de la defensa y, como descubrimos, el verdadero líder en la cancha de juego. Pero aparte de esos dos, este equipo nunca encontró de nuevo la fantasía de su tradición histórica. Jugadores como Hulk, Fred, Jo, Maicon simplemente no son iguales a cualquiera de los grandes jugadores brasileños de antaño. A Big Phil no sólo le faltó Ronaldo, pero también Rivaldo o Ronaldinho. Y en la defensa, ¿adónde estaban Roberto Carlos, Cafu, Lucio, o Gilberto Silva?

Ante Alemania, el suplente de Neymar, Bernard, no pudo hacer nada, ni siquiera sombra. El que suplantó a Silva, Dante, tuvo un partido de infierno (perdónenme el irresistible juego de palabras). El goleador Alemán Muller metió el primero de volea a los 11 minutos ante el primer descuido de la defensa. Alemania metió un segundo gol 12 minutes después y era obvio que la defensa estaba mal planteada y que carecía de organización. Cuando cae el segundo, de Klose (con el cual se coronó el máximo goleador en la historia del Mundial, superando, irónicamente, a Ronaldo), Brasil quedó como un boxeador contundente que se asombra por la fuerza del rival y se da cuenta que no puede.

Brasil bajó los guantes por completo y se rindió a partir del 3-0, un verdadero golazo de Kroos a los 24 minutos. Alemania no perdonó porque es una máquina futbolística que nunca perdona los errores del contrario. En vez de empezar a manejar el partido, los Alemanes siguieron buscando el punch del knock-out. Éste vino en forma de los goles en el minuto 26 y 29 respectivamente. Cinco goles en media hora, más goles que le habían marcado a Brasil en todo el torneo. Con el 3-0, los Brasileños se convirtieron en Roberto Durán y dijeron: “¡No más!”

Hay que subrayar las faltas del Scolari y su equipo técnico. “Big Phil” no hizo ningún cambio táctico para evitar más goles cuando la goleada todavía se podía evitar. Siguió jugando a la ofensiva (seguía subiendo Marcelo) sin remedio (porque así es Brasil y ésa es su naturaleza). Hubiese sido mejor echarse a las trincheras y aguantar el 2-0 hasta el medio tiempo y después hacer cambios de jugadores y cambiar la alineación del equipo. El 2-0 llegó al minuto 23 y todavía quedaba muchísimo fútbol por jugar.

Probablemente el peso de ganar en casa fue muy grande, o sea, como dicen, la ‘casaca’ pesó mucho. Este Brasil nunca fue de los mejores equipos en la historia de la verde amarela, pero fueron lo suficientemente buenos para llegar a la semifinal. Pero el equipo más famoso del mundo no mereció perder por tanto, de manera tan inocente, y en frente de su público. Brasil todavía tiene que jugar el partido de tercer lugar contra un Holanda que llega también pegado. Esperemos que lo pueda ganar.

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Carlos Eduarte. Ingeniero, nace en la ciudad de México y vive en Minnesota donde ha sido entrenador de soccer. Ha publicado columnas de opinión sobre deportes en The New York Times y en varios blogs.

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