Nicolás de Jesús en cinco lenguajes

Franky Piña Publicado 2014-06-09 02:03:52

 

Ha regresado a Chicago el grabador Nicolás de Jesús, pero ahora no viene a probar suerte sino que viene a compartir con nosotros los frutos de décadas de trabajo con el buril, ácidos, placas, bujes, torniquetes, tórculos, pinceles y acrílicos. Vino a presentar un libro que reúne gran parte de su obra y un ensayo autobiográfico en varias lenguas. El presente texto fue leído en el Museo Nacional de Arte Mexicano a manera de acercamiento a la obra del artista y a su compromiso con los más vulnerables.

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Conocí a Nicolás de Jesús en las postrimerías de la década de 1980. Si mal no recuerdo vi una de sus piezas en la exhibición del Día de Muertos en el Museo en 1989. A partir de ahí comencé a mirar sus obras en establecimientos del barrio de Pilsen, oficinas y restaurantes, entre ellos la hoy desaparecida Décima Musa. Recuerdo que, cerca de la barra, Rosario Rabiela y Carmen Velázquez habían colgado un grabado en el que se muestran un sin fin de esqueletos. En ese entonces los pintores mexicanos que estaban produciendo en el barrio eran apenas un puñado, pero seguían llegando. El nombre de Nicolás de Jesús comenzaba a hacer eco, a veces por su manera de trabajar, a veces por su obra. No siempre se hablaba bien de su trabajo. Entre dientes se cuestionaba si era arte o era artesanía.

¿Pero desde qué lugar se cuestionaba? ¿Desde el académico, desde un elitismo vulgar o era simplemente racismo de nuestra parte? Porque con frecuencia se asume que nosotros, los mestizos, los criollos creamos arte y el nativo produce artesanía. 

Se dice que si el río suena es porque piedras trae. ¿Pero qué piedras traía ese río de obras que estaba elaborando Nicolás de Jesús? ¿Los grabados que producía eran producto de un hombre y sus sueños muy particulares o de una producción en serie?

La obra que producía Nicolás de Jesús en ese entonces era muy diferente de lo que los pintores mexicanos y chicanos en Chicago estaban haciendo. Sus dibujos y pinturas en papel amate me remitían a esas historias que de joven llegué a comprar como regalito en una de esas excursiones a las grutas de Cacahuamilpa, en Guerrero. Eran unos pequeños trozos de papel amate llenos de color y de motivos que generalmente ilustraban con colores brillantes las celebraciones de ciertos pueblos de México. Entrar a esas piezas era aprender a soñar despierto, a leer líneas, colores, descubrir la flora y la fauna de regiones desconocidas; también eran de precio accesible, por tanto se convertían en modestos regalos.

En ese entonces, cuando miraba la obra de Nicolás de Jesús, intentaba hacer las conexiones con mis propias experiencias infantiles con las pinturas en papel amate. Cabe aclarar que ni antes ni ahora he sido un conocedor de arte. Mi acercamiento al arte es intuitivo.

En la década de 1990 este Museo comenzaba a traernos muestras que nos acercaban no sólo a nuestra historia y a nuestra cultura sino que nos remitían al arte universal. Y en esa misma década en Chicago comenzaba a asentarse una migración latinoamericana con diferente perfil. Las múltiples crisis económicas que habían golpeado a Latinoamérica propiciaron una migración que ya no solo venía de las zonas rurales sino también de las ciudades. Muchos inmigrantes llegaban a esta ciudad en vías de formación y otros ya formados, pero sin mucho éxito en su lugar de origen. Unos ya pintaban, otros escribían, otros eran músicos y otros más actores. Pero la obra que realizaba en Chicago esta nueva generación de inmigrantes seguía muy apegada a sus lugares de origen. La nostalgia se imponía y, en gran medida, la obra creativa se repetía, daba vueltas en sí misma, se quedaba varada en el limbo de la añoranza. El contacto con Chicago era de ojos hacia fuera; en las entrañas estaba anidada la nostalgia por el terruño. 

La primera obra que vi de Nicolás de Jesús también estaba revestida de dicha nostalgia; quizá todavía era una idealización de la vida campestre. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que su obra comenzara a cambiar. Agarró otro ritmo. Se enriqueció. 

Creo que los cambios de su obra se explican a partir de circunstancias externas e internas. Entre lo externo, la presencia mexicana en Chicago se volvió evidente. En la década de 1990 la población en Chicago creció gracias a la inmigración, y culturalmente las exhibiciones en el Museo se volvieron un referente en la ciudad. Creció la curiosidad por la cultura mexicana, lo cual también se traducía como oportunidades para los creadores. Nicolás de Jesús sabía moverse y sus obras colmadas de esqueletos despertaron el interés de galerías y coleccionistas interesados en ir más allá de las fechas del Día de Muertos y del Mes de la Hispanidad.

Por otra parte, Nicolás le dio rienda suelta a sus fantasmas y demonios internos, los cuales también comenzaron a habitar su obra. Hay pulsiones intensas y otras bochornosas, pero aunque sean experiencias poco agradables, vitalizan la obra, la cargan. Nicolás de Jesús es un demiurgo, pero también es hombre.

Sus esqueletos habitaban el ambiente pueblerino de las pinturas en amate; pero a diferencia de otros pintores más tradicionalistas, Nicolás de Jesús comenzó a explorar los contextos que le ofrecía la ciudad de Chicago. Si no podía vivir el romance a la distancia con el terruño que había dejado, entonces se lo trajo y lo hizo convivir con su entorno. En sus obras comenzaron a convivir el pasado que había dejado en los lugares que había vivido en México y los hizo habitar con el presente y con esa ciudad que ahora habitaba: los barrios en los que vivía, los autobuses en los que se desplazaba. Así comenzaron a aparecer esqueletos en el tren, en la Calle Dieciocho, en la Veintiséis. Creo que comenzó a comprender que no existían dos mundos y que el tiempo es relativo en el arte.

La obra que produjo en Chicago en la década de 1990, era continuidad de la obra que hicieron su papá Pablo de Jesús, su tío Pedro de Jesús y también la de muchos otros pintores de su natal Ameyaltepec, Guerrero. Es la continuidad de la tradición náhuatl y sus magníficos códices y murales. Pero su obra no es sólo continuidad, también es ruptura. Su obra ya no tiene un fin religioso. Trasciende dogmas. Tiene como fin presentar situaciones meramente humanas. Cada pieza pretende ser arte. No todos sus grabados están bien logrados, él lo sabe y no le importa. Sin embargo, en cada uno de ellos deja la vida y propone otra: una que sea más llevadera, más justa, más en armonía y de respeto con el medio ambiente.

La obra de Nicolás de Jesús, que incluye grabados, murales y mantas se inserta también en la tradición de los grabadores mexicanos como José Guadalupe Posada y Leopoldo Méndez; son obras que registran sucesos históricos, que denuncian, pero siguen siendo obras de arte. ¿Quién podría afirmar que Los Caprichos o Los Desastres de la Guerra de Goya no son obras de arte?

Ahora bien, Nicolás de Jesús sigue creando obra en un medio tradicional como lo es el grabado o la pintura en acrílico, pero su mensaje no puede ser más actual. Cuando la obra de arte es honesta, ésta es un reflejo interior tanto del artista como de su época. Y precisamente en el libro podremos ir viendo la transformación del artista, el mejoramiento en las técnicas y también la evolución de sus ideas. En una parte de la autobiografía en el libro de Nicolás nos dice: “Si un golpe de trazo no se da con convicción, es mejor no darlo”. Y si algo se siente en los trazos de Nicolás es convicción. Y no es que sea un moralista, su obra pretende develar el misterio de la vida, pero también de la muerte. ¿Y acaso no es esa una de las funciones del arte?

Creo que la experiencia de haber emigrado hizo de Nicolás de Jesús un artista más completo. Aunque a él siempre le dio por viajar y quizá lo haya heredado de su padre, que recorría la republica vendiendo su obra, primero alfarería y luego pinturas en papel amate. En estos viajes, Nicolás afiló la mirada. No sólo observaba sino que reflexionaba y las banquetas que caminaba pasaban a ser parte de su obra. No podía bifurcar su vida y en su andar por el mundo también aprendió a ver las desigualdades sociales y las grandes desventajas de unos y los privilegios de otros.

Nicolás de Jesús se ha convertido en un ciudadano de la globalización: viaja de un país a otro siempre colaborando con otros, ayudando en lo que se puede, compartiendo en talleres lo que sabe. Vive en náhuatl, en español y en inglés, ¿por qué no? Pero el lenguaje de su obra gráfica es universal, es el lenguaje de un artista comprometido que nos mueve el tapete y que además desde sus líneas y matices nos propone un mundo; su mundo a través de su propuesta artística y de su compromiso con la vida, con su familia, con la sociedad y con la tierra que pisa y con el aire que respira. 

Nicolás de Jesús representa el México Profundo del que nos hablaba Guillermo Bonfil Batalla y el cual está más vivo que nunca. Se sigue expresando y sus formas de expresión siempre toman en cuenta su relación con el mundo.... El México Profundo también emigra y tal vez Nicolás de Jesús, como nahua, expresa algo de lo profundo en un mundo globalizado. Alguien más lo reconoció al publicar este bello libro en cinco lenguas: el español, el nahua, el inglés, el alemán y el plástico, que es el que mejor lo explica.

 Franky Piña. Editor de El BeiSMan.

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"Cuentos Foundation"y "Calles y Sueños" Chicago invitan a una celebración de arte, música, poesía y comida y una charla con el maestro Nicolas de Jesús; lectura de poesía por José David de la poeta Zapoteca de Juchitan, oaxaca Irma Pineda; y una presentación de la antropóloga de la universidad de Paris Dr. Ailne Hemond.

Convivencia y charla con la doctora Aline Hemond y el maestro Nicolás de Jesús

Sábado 14 de junio de 4:00 a 8:00pm
Calles y Sueños
1900 S. Carpenter
Chicago, IL 60608

 

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