El futbol en Chicago: otra forma de identidad

Raúl Dorantes y Febronio Zatarain Publicado 2014-06-01 09:47:52

El legendario Club Necaxa en la década de 1950.

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El 5 de junio se presenta la segunda edición del libro ...y nos vinimos de mojados, de Raúl Dorantes y Febronio Zatarain. A propósito de la celebración futbolera con la Copa del Mundo en Brasil, publicamos la presente crónica sobre el futbol y la cultura del inmigrante en Chicago.

Yo canto a los pies que fatigados de trabajar las sierras
llegaron al llano e inventaron el futbol.
                                                 Antonio Deltoro

 

El clima hace de este domingo un buen día para que en la Cancha #1 de Douglas Park, del barrio de Pilsen, los jugadores del Pumas y de El Carmen hagan del balón su centro. Sin pasar por alto que el juego dominical es un deporte, para la gran mayoría de los aquí reunidos es un medio de convivencia, una manera de romper la rutina que se vive en la fábrica o en el restaurante, en la casa o en la escuela. Alrededor del balón gira hoy el entretenimiento. Pues en el Douglas Park comienza la temporada de verano de la Chicago Latin American Soccer Association (CLASA); en otros campos de la ciudad también están dando la primera patada los equipos de la Liga Hispanoamericana, los de la Centroamericana y los de la Hispanic Soccer League. En promedio, cada liga cuenta con siete mil miembros, y en total hay aproximadamente cincuenta mil futbolistas hispanos en Chicago; pero si incluimos los suburbios y las otras áreas del estado donde residen latinoamericanos el número asciende a casi un cuarto de millón.

Alrededor del balón, pero en lo que son las orillas de la cancha, también giran los paleteros, la señora de los garapiñados, los eloteros, la chicharronera, el señor de los raspados, etc. Son los vendedores ambulantes que empiezan a aparecer en los últimos días de abril. Hay que decir que, de estos vendedores, los únicos que han traspasado los límites de los barrios mexicanos e hispanos son los paleteros y en menor medida los eloteros. Y hay que decir también que este tipo de economía informal es propia de Latinoamérica; el estudioso Hernando de Soto asegura que en México la economía informal atesora trescientos quince mil millones de dólares. Dicha economía no era característica de las grandes urbes estadounidenses, pero desde principios de la década de los ochenta es cada vez más común ver los carritos de paletas y de elotes en las áreas habitacionales y de recreo de gran parte de Chicago. Y lo mismo se puede afirmar de Los Ángeles, Nueva York, Dallas y otras ciudades con alta migración mexicana. En Chicago, durante el invierno, muchos de estos vendedores se suman a las filas de los trabajadores de las agencias de trabajo conocidas como Day Labors.

El juego de Pumas contra El Carmen está por comenzar. A varios espectadores les preguntamos si conocen a Federico Martínez, secretario actual de CLASA. La respuesta es negativa. Un abanderado —sin dejar de poner atención en el juego— nos dice que Federico no está aquí, que lo busquemos en la cancha donde va a jugar el Zapotlán, equipo que le corresponde un campo ubicado en las calles Setenta y uno y Kedzie, en la zona conocida como Marquette Park.

 

La práctica del futbol latinoamericano en Chicago data de la época en que llegaron las primeras olas migratorias mexicanas. Leo Hernández, decano del Club Necaxa, nos cuenta que durante la década de los veinte su equipo jugaba en Washington Park, al sur de la ciudad. Pero no fue sino hasta 1928 que el Necaxa se hizo parte de la National League. Es importante señalar que a partir de la Gran Depresión de 1929 no solo se paró la migración mexicana a Chicago, sino que incluso hubo miles de repatriados, lo que vino a disminuir la poca presencia de mexicanos en las ligas futbolísticas de la ciudad. A finales de los treinta y a lo largo de los cuarenta, el Necaxa, ya fortalecido con los nuevos inmigrantes, se enfrentó a equipos que se formaban a partir del origen étnico o nacional: judíos, checos, lituanos, griegos, polacos, etc. El Necaxa lo integraban inmigrantes que en su mayoría trabajaban en el barrio de las empacadoras de carne (conocido en Chicago como Back of the Yards), también formaban parte del equipo los hijos de inmigrantes ya nacidos aquí así como algunos trabajadores del consulado, mejor conocidos en ese entonces como “los cancilleres”.

Leo Hernández se enteró de la existencia del futbol en los albores de la Segunda Guerra Mundial por medio del periódico La Prensa, que semanalmente llegaba a Chicago desde San Antonio, Texas. Recuerda que su padre acostumbraba a leer la sección “Balompié” en la que se incluían gráficas y resultados de las ligas profesionales latinoamericanas. Ya en la Crane High School la práctica del futbol era cotidiana entre los alumnos que descendían de los inmigrantes de Europa del este. Las grandes olas migratorias de esa parte de Europa le dieron al sur de Chicago un tinte futbolero que se notaba sobre todo los domingos en algunos parques. Es decir, las canchas de Washington Park, Marquette Park o Douglas Park —que establecieron checos, lituanos, polacos, etc.— sirvieron de cimiento a los equipos de origen mexicano.

Los padres de Leo Hernández habían llegado a Chicago por la demanda de la fuerza de trabajo que había en el tendido de las vías ferroviarias. Sus diez hermanos y él fueron naciendo en diferentes puntos de acuerdo con el avance de las vías. Y los cinco que sobrevivieron pudieron mantener su español gracias a una insistencia por parte de la madre. “El que habla dos lenguas vale por dos”, decía la mamá de Leo. El proverbio nos remite a un hogar que se mueve en dos culturas y en dos lenguas: la mexicana y la estadounidense; el español y el inglés. Lo que hace resaltar a esos dos que habitan en cada miembro de una familia inmigrante, es por lo general su apelativo dicho en cada lengua. De modo que tener dos nombres es ser dos personas. El inmigrante siente que para tener derecho a autonombrarse en el otro idioma le es necesario hablarlo; por eso aquel que llega de Guanajuato llamándose Guillermo apela al Bill hasta que aprende a hablar inglés. El caso de los hijos es diferente: cuando el niño de nombre Ricardo ingresa en preescolar, empieza a vivir el tránsito de su nombre que viene a culminar en la high school, donde ya se presenta como Richard. Hay sin duda cada vez más casos en los que tanto el inmigrante como sus hijos aprenden inglés y siguen manteniendo su nombre en español; y hay, por supuesto, otros que al internarse en el inglés buscan olvidarse de su pasado representado por su lengua y por su nombre.

Leo Hernández también nos dice que los muchachos de los años cuarenta que querían jugar futbol no tenían otra alternativa que integrarse a las ligas de adultos. En 1945, justo al final de la Segunda Guerra Mundial, y a la edad de quince años, Leo se integró al Club Necaxa. Y como jugador del Necaxa, vio nacer el Club Atlas en 1953 y el Club Ayutla en 1955. En los sesenta, otros equipos con jugadores mexicanos —y latinoamericanos— se fueron integrando a las diferentes ligas, de las que sobresalió la National League.

E1 29 de abril de 1967, se formó CLASA como una corriente latinoamericana en el interior de la National League. La integraban los clubes Necaxa, Ayutla, Atlas, Oro, León, Atlante, Nacional, Marte, Atlético Guayaquil e Inca. Hay que precisar que los nombres de los clubes por lo general eran y son establecidos por los fundadores: ellos escogen el nombre de su equipo favorito de primera división profesional del país de origen o bien el nombre de su pueblo. Tal vez eso explique el choque que tuvieron con el dirigente de la National League, William Hennings, quien a fines de los sesenta quería “americanizar” el apelativo de los equipos latinoamericanos; Hennings insistía en que los nombres de los clubes no fueran étnicos. Leo señala que no querían aceptar nombres como “Maya” o “Atlante”, pero paradójicamente sí aceptaban las iniciales “CDA”, que correspondían al Club Deportivo Ayutla. William Hennings y los otros dirigentes de la National League no podían comprender que los inmigrantes latinoamericanos, al patear el balón, no solo querían jugar futbol sino también reafirmar su identidad.

Por otra parte, la situación migratoria de los jugadores en ocasiones ha llegado a ser crucial para que se gane o se pierda un juego o incluso el campeonato. En la revista que CLASA publicó por motivo de su veinticinco aniversario, el señor Ramiro Ochoa narra una anécdota que nos ilustra: “El Ayutla llevaba una racha de victorias durante el campeonato de 1967 de la National League. Llevaba cuarenta y siete partidos consecutivos invictos cuando nos tocó jugar contra el Atlas en la Cincuenta y siete y la Paulina. Los del Ayutla sabíamos que podíamos ganar en el terreno con los jugadores que teníamos alineados, pero cuál no sería nuestra sorpresa cuando la Migra, de mucha casualidad, llevó a cabo una redada de todos nuestros jugadores estrellas, quienes casualmente se encontraban en Chicago ilegales. Todos hemos dicho que fue el Atlas quien llamó a Inmigración, pues sabían que sin esos jugadores perdíamos nuestra racha de invictos. Y así fue: el Atlas ganó”.

En marzo de 1972, los dirigentes de CLASA tomaron la decisión de independizarse de la National League para formar su propia liga. Ya como liga independiente arrancó con un round-robin de veinte equipos, es decir, alrededor de cuatrocientos jugadores, número que de inmediato fue incrementándose. En la década de los ochenta, la crisis económica mexicana —y la de los demás países latinoamericanos— provocó una inmigración desbordante y por ende generó un crecimiento en el número de jugadores. No es casual que en esa década CLASA ya contara con el patrocinio de empresas como Mexicana de Aviación y McDonald’s. En lo deportivo, fue determinante el triunfo de la selección de CLASA en el torneo indoor que se llevó a cabo en Lake Placid, NY, en mayo de 1986, al derrotar en la final por cuatro a uno al equipo canadiense Ottawa.

En la década de los noventa, muere de muerte natural el histórico Club Necaxa. Cabe señalar que para que en el mundo hispano de Chicago sobreviva un club de futbol, es necesario que cuente con uno o dos coordinadores que se encarguen no solo de los trámites y de la búsqueda de jugadores, sino también de entrenar al equipo y de conseguir patrocinadores. El legendario Necaxa, en 1990 ya no contaba con ningún coordinador. En esa década, se creó también la categoría femenil y el número de miembros de CLASA siguió ascendiendo hasta llegar a los nueve mil trescientos. Futbolísticamente resaltan los cuatro triunfos nacionales obtenidos en el torneo “Mexicanos en el extranjero”, organizado por la Secretaría de Relaciones Exteriores de México.

 

El Douglas Park se ha quedado atrás, probablemente los jugadores del Zapotlán ya estén haciendo sus ejercicios de calentamiento en una de las canchas de Marquette Park. Vamos todavía sobre la avenida California, cruzando la calle Cuarenta. Nos movemos entre claros y sombras. Por ambos lados, peatones de todas las edades; evidentemente son mexicanos; algunos vuelven de la iglesia, otros preparan el carbón del barbecue.

Desde 1976, el Club Jalisco adoptó como su cancha sede Marquette Park. En Marquette históricamente han surgido organizaciones de “supremacistas blancos”. En los sesenta Martin Luther King Jr. se enfrentó a estos grupos para que, entre otras cosas, permitieran a las familias afroamericanas el acceso a las instalaciones del parque y que no se les negara la venta de inmuebles al oeste de la avenida California. Y en abril de 1977, el Partido Nazi, gestado en Marquette Park, se convirtió en el centro de una controversia nacional de casi un año al planear una marcha en el suburbio judío de Skokie. Y todavía en una protesta del año 1984 un joven negro fue golpeado brutalmente por atreverse a cruzar del este al oeste de la California. Esta calle, a esta altura, aún a mediados de los ochenta hacía patente que Chicago era una ciudad marcada por la segregación.

La situación que se dio con los inmigrantes mexicanos fue distinta a la de los afroamericanos. Un elemento importante que permitió la tolerancia de mexicanos en Marquette Park fue el catolicismo, ya que muchos blancos, sobre todo de origen lituano, que vivían en esa área también lo eran. En 1980, otros equipos tuvieron que trasladarse a Marquette Park porque ya no había suficientes canchas en Douglas Park.

Seguimos, pues, por la avenida California a la altura de la calle Cincuenta y cinco. Los arces, ya con su follaje, hacen agradable la calidez del sol. Notamos que por ambas aceras caminan ralamente mexicanos y negros. Casi llegamos a Marquette, en el parque las familias y los vendedores ambulantes ya se mueven alrededor de las canchas.

Nos estacionamos y vamos en busca de Federico Martínez y del equipo Zapotlán. El juego tiene veinte minutos de haber comenzado y el Zapotlán se impone al Cosmos uno a cero. Los dos equipos se distinguen por tener futbolistas que no rebasan los veinte años; de los once jugadores del Zapotlán que se hallan en la cancha solo dos crecieron en Chicago, el resto llegó en los inicios de su adolescencia. Esta circunstancia se explica en el hecho de que la migración indocumentada de familias mexicanas a Estados Unidos ya no es una excepción sino una norma.

El padre de Federico Martínez vino a trabajar de bracero en 1952. La familia se quedó en Venado, San Luis Potosí. Federico halló en su tío José Reyes la imagen paterna. La afición por el futbol de su tío sin duda marcaría el futuro de Federico, o de Coco, como aún lo llaman tanto en Venado como en Chicago. “Yo andaba con mi tío por todo el pueblo, y uno de los lugares que más visitábamos era la cancha de futbol.”

Su papá regresaba a Venado en las vacaciones largas; por eso Federico estaba acostumbrado a relacionar los regresos de su padre con el tiempo de lluvias. En 1967, Coco, sus tres hermanos y su madre viajaron a Monterrey para solicitar la visa en el consulado estadounidense. Y en marzo de 1968, a Coco lo sorprendió la visita prematura de su padre. A los pocos días, la familia se trasladó a Nuevo Laredo y de inmediato cruzó el puente con destino a Chicago.

Coco volvió a su pueblo tres años después.

El niño inmigrante que regresa al pueblo natal todavía como muchacho por lo general no sufre desencuentros; su capacidad creativa y recreativa pronto lo reintegran a la comunidad que dejó años atrás. Porque aunque el pueblo de origen sea pequeño —comparado con cualquier urbe de Estados Unidos— al niño inmigrante le parece más amplio gracias a la libertad de la que goza. Esa misma libertad hace que el niño convierta las calles, el campo y el río en grandes espacios recreativos. Venado era apenas un pueblo de tres mil habitantes, pero desde la perspectiva de Coco era mucho mayor que el espacio de Chicago. Su espacio estadounidense se reducía a una o dos cuadras; el espacio de su pueblo era el pueblo en sí. Por eso Coco nos dice que en esa primera visita se escondió en la azotea de una casa vecina la mañana en que la familia tenía planeado volver a Chicago.

La familia Martínez llegó al barrio de Little Village cuando, de acuerdo con la memoria de Federico, estaba prohibido hablar en español. Nos dice que el dueño de la Ambrose Drugstore, ubicada en la esquina de las calles Veintiséis y Drake, les pedía a los niños que en su local hablaran en inglés. Nos dice también que en sus primeros años educativos no recibió asesoría en español; “las confusiones y los problemas que tuvo que enfrentar mi padre en la fábrica, los tuve que enfrentar yo en la escuela”. Hoy, Coco no duda en definirse como inmigrante. De 1972 a 1977 asistió a la Farragut High School, en una época en que el diez por ciento de los dos mil ochocientos estudiantes era de origen mexicano. En esa escuela, el deporte en boga era el básquetbol.

Recordemos otra vez que en Estados Unidos el futbol soccer es un deporte que históricamente se ha desarrollado en los espacios de los inmigrantes. La Farragut no fue una excepción: el tío de Federico le había regalado un balón autografiado por los jugadores del Club San Luis, que recientemente había pasado a la primera división en México. Coco lo llevó a su escuela y al final de un día escolar no aguantó la tentación de “echar chutes” con los otros muchachos mexicanos. El balón de su tío fue una semilla más para que desde finales de los años setenta se organizaran categorías juveniles e infantiles entre los inmigrantes latinos de Chicago.

Coco nos cuenta que, a pesar de que la ciudad de Chicago tiene un equipo en la liga profesional de futbol (MLS), él y la mayoría de los miembros de CLASA no van a los partidos que se realizan en el Soldier Field. Solo en parte de la temporada de 1999 hubo una afición mexicana considerable debido a que el Chicago Fire tenía como portero al acapulqueño Jorge Campos; en las gradas, los gritos de apoyo al Fire se confundían con la repetición del trisílabo Mé-xi-co, Mé-xi-co. Lo lógico sería que las personas a las que más les gusta el futbol fueran a estos juegos. Pero no sucede así porque, como ya dijimos, el inmigrante mexicano —y latinoamericano— no toma el futbol solamente como divertimento sino también como un acto en el que reafirma su identidad.

Raúl Dorantes. Escritor y dramaturdo, reside en Chicago. Recientemente publicó la novela De zorros y erizos.

Febronio Zatarain. Escritor y poeta, reside en Chicago. Autor de Faltas a la moral y En Guadalajara fue.

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Hugo Sánchez con aficionados en 1976.

 

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