Las Artelitas: artivismo, feminismo, queernes y diálogo en La Villita

Franky Piña Publicado 2016-06-25 08:12:41


Las Artelitas: Rosa Rodríguez, Sara Cortés, Érica Sánchez y Amara Betty. Foto: José Guzmán/El BeiSMan

Las Artelitas están proponiendo un cambio en la narrativa que domina sobre La Villita. No todo es violencia. No todo es comercio y la Calle 26 no es toda La Villita. En el 2014, Las Artelitas se aventuraron a crear y facilitar un espacio para la creación y difusión del arte. Apostar por el arte es un acto de resistencia cultural en un barrio estigmatizado por el hacinamiento, la compraventa y las gangas. Little Village es un barrio de clase trabajadora, habitado por inmigrantes de origen mexicano y sus hijos, y con índices altos de pobreza. Desde la marginación cultural, Las Artelitas le han dado un giro a la función del arte y han apropiado un espacio para producir, mostrar, incomodar y empezar una conversación en torno al barrio, nuestro tiempo, la belleza y la condición humana. 

Si bien es cierto que la Calle 26 es un manantial económico para el ayuntamiento, también es cierto que los impuestos que se recaudan no se reflejan en las organizaciones ni en las instituciones del vecindario. El rostro de La Villita se fue forjando a partir de los negocios que surgieron a imagen y semejanza de las necesidades de una comunidad inmigrante y trabajadora. La tradición del terruño y la nostalgia también nutrieron los usos y costumbres culturales de sus habitantes. Desde la década de 1960, el español y los colores brillantes comenzaron a ocupar las paredes de las casas, los negocios, las calles y los alleys. Ya para la década de 1970 comenzaron a florecer algunos murales y a partir de la década de 1980 el grafiti se fue convirtiendo en una segunda epidermis en los callejones. Sin embargo hasta la fecha continúan faltando áreas para los jóvenes y los niños. Espacios de libertad creadora y creativa. Las Artelitas han abierto un lugar alternativo que deviene de la necesidad y la reflexión. 

Las Artelitas como centro independiente de arte es un proyecto único. Hay otros catalizadores de arte a través del respaldo de organizaciones comunitarias, como Yollocalli y Enlace. Sin embargo, Las Artelitas son parte de una tradición reciente de iniciativas itinerantes y efímeras que proponen espacios públicos de encuentro y comunión. Villarte, por un lado, es un festival de arte que lleva una década realizándose en varias sedes. Villapalooza, por su parte, es un festival musical, gastronómico y artístico, ya van por su sexto año. Todas estás iniciativas han sido creadas por jóvenes que ante la ausencia de espacios han tenido que proponer, realizar y ejecutar los suyos. En Little Village la carencia deviene en creación. Y la creación es social, política y artística. Las Artelitas no es un caso menor, pues su misión es comunitaria, ética y estética.

Tres de Las Artelitas fundadoras, Rosa Rodríguez, Sara Cortés y Érica Sánchez, crecieron en La Villita. Asistieron a sus escuelas, jugaron en sus parques, escucharon el tumulto callejero, compraron abarrotes en la tiendita de la esquina y elotes con el vendedor ambulante. Amara Betty ha vivido y trabajado durante cuatro años en Little Village. Ahí su voz ha comenzado a hacer eco en el trabajo cotidiano y en su obra creativa. La experiencia visual de estas partisanas del arte está nutrida tanto de la calle como de la existencia. El arte ha sido parte de sus vidas desde que empezaron a andar las calles de Chicago pues el arte se encuentra en la cúpula de una iglesia, en la cornisa de una casa, en el mural de una escuela, en la canción de un músico errante, en un tatuaje. Solo hay que observarlo. Vivirlo. 

Asimismo las fundadoras de Las Artelitas anhelaban restituir algo a la comunidad. El espacio tenía que ser diferente e implicar algo más que una fiesta. Estimular la conversación entre iguales sobre lo que sucede en Little Village: el gentrificación, la violencia, la pobreza, la falta de espacios accesibles para que la gente se pueda politizar. Y aunque no fue la intensión, Las Artelitas comenzó como un colectivo de mujeres. La mayoría son mujeres latinas y algunas se identifican como parte de la comunidad queer. El feminismo corre por sus venas de manera empírica, pero no son ortodoxas. Su visión es incluyente. Colaboran con otros jóvenes artistas y DJs. Las organizadoras son mujeres, pero el trabajo es colectivo. El compromiso de Las Artelitas está por encima de la identidad de género. 


Fotografía de Martín Aspera, obra de la exhibición Conscious Rise. 

El gentrification en La Villita ya no es una amenaza. Es un hecho. Por años el barrio ha vivido bajo la mira de los especuladores, pero ante el incremento de impuestos a la propiedad ya se comienza a ver como una bandera roja de alerta. Las Artelitas no es un ente político, “pero los temas que se tocan sí son políticos”, señala Amara Betty. Érica Sánchez agrega: “Sí es necesario hablar de los temas políticos que nos afectan, especialmente si dichos temas hacen que estés bien encabronada, pero si no estás diciendo nada, entonces…” Entonces hay que hablar con dibujos, fotografías, collages, instalaciones, talleres “y, a veces, puede resultar más fácil crear algo que ir a tocar puertas”, agrega Amara aludiendo a la caza de votos durante las campañas electorales. 

De esta manera, “el concepto de la galería provee otra plataforma para comunicar inquietudes” ahora comenta Sara Cortés. “Viví una vida muy política al crecer con mi familia. Mis padres estaban involucrados en la comunidad. Eran activistas sociales. Así que su pasado y el arte ahora me ofrecen otra plataforma para tener una voz además de salir a las calles a manifestarme ya sea por los derechos de los inmigrantes o los derechos de las mujeres. Un ejemplo de ello fue nuestra exhibición Conscious Rise que fue de corte político”. 

Para Las Artelitas, La Villita es más que un leitmotif. “Es mi vida —comenta Érica—. Aquí viví toda mi vida. Aquí trabajo. Aquí vivo junto a mis vecinos, pero La Villita es más que eso. Muchos hablan sobre la violencia, pero hay otros aspectos de los cuales no se habla, como las organizaciones comunitarias, recién plantamos un jardincito, desde hace mucho hay paredes con permiso para los artistas de grafiti”. Para Sara “el barrio siempre ha sido hermoso. Es un barrio muy vivo, muy denso e intenso. Ha sido algo muy lindo lo que hemos recibido de la comunidad y ahora podemos contribuir a su desarrollo cultural”.

Si hay algo que se puede hablar “con orgullo de La Villita es que es un barrio autosuficiente, que sabe buscar sus propios recursos para vivir bien y la gente lucha por lo que se merece —comenta Amara—. Es un ejemplo que se debería aplicar a toda la ciudad. Las mujeres aquí son muy luchadoras y como ejemplo está la secundaría que se construyó en la Calle 31. Hay un parque nuevo. Se cerró la planta de carbón”. Por otra parte, “El arte siempre ha estado muy vivo en La Villita —añade Sara—. La comunidad mexicana aprecia el arte y siempre ha estado muy visible. Pero es hasta ahora que ha comenzado a recibir mayor atención”. 

La obra en las paredes de la galería Las Artelitas son de múltiples facturas. Se aprecia el trabajo con distintos niveles de maestría de las técnicas. Hay algunas obras más logradas que otras. Sin embargo, en este espacio el concepto de arte que aquí habita es tal vez ese que el filósofo Enrique Dussel definió como “La estética es la alegría de la vida”. Y es que aquí en Las Artelitas el arte es además una intensión comunicativa, una apropiación del muro. Es juego. Es panfleto. Es sanación. Y es liberación. Y también es como aquella estrofa el poeta Gabriel Celaya: 

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos. 


Fotografía de Érica Sánchez, obra de la exhibición Conscious Rise. 

En Las Artelitas, el arte también “es una manera de hacer la revolución, ¿no? —dice Amara—. Se puede educar a la gente a través del arte. Se pueden transmitir sentimientos. Puedes aventar pintura al lienzo y decir ‘esas son emociones’. Puedes contar la historia de la vecina, contar cómo las comunidades son divididas”. Para Érica “el arte es un instrumento para entablar un diálogo sea bello o no”. Y para Rosa Rodríguez “el arte dice una historia de una manera linda, pero no sé por qué hago las cosas que hago”. 

“El arte ha sido una manera de sanación”, agrega Sara. “Me ayuda a expresar mis sentimientos en papel y también me sirve para estudiar. Me encanta la naturaleza y uso las plantas en algunas de mis obras. Entonces, el arte es un proceso de aprendizaje, pero también lo puedo emplear como voz política y como plataforma para hablar de las injusticias”. En las paredes de la galería se han mostrado obras de personas “que no se sienten artistas y nosotras las animamas a que hagan algo y expresen su voz. Y aunque algunos nunca han realizado arte sirve como mecanismo para tener una voz y hablar”, remata Amara.

El arte que se está creando en La Villita sin pertenecer a una escuela en particular comienza a hermanarse en intensiones con el arte Chicano de la década de 1960. Se trasluce un sentido comunitario. Al menos en los murales se aprecian distintas técnicas y distintos estilos, pero hay trabajo en comunidad. Las influencias reflejan a una generación que creció nutrido del anime y la cultura pop. Han vuelto los motivos mexicanos históricos, pero han regresado cargados con un imaginario híbrido. 

“Creo que los artistas de 1970 y 1980 se enfocaron mucho en la lucha y aunque hoy todavía hay de ellos, creo que no es lo principal. Me refiero al arte Chicano. Ese arte ya no se hace. Por ejemplo aquí cerca hay un mural que se llama Bidi bidi bany es sobre Selena. Además, muchos artistas están más apegados a la cultura popular en lugar de los derechos humanos”, comparte Rosa. 

Y Érica complementa: Cuando participamos en la Conferencia Latino Art Now, vimos el video que mostró la artista Diana Solís y todas las artistas que mostró eran mujeres. Ella misma estuvo involucrada en la comunidad en la década de 1970. Pero ahora su arte no dice mucho sobre su activismo político. Sin embargo, todavía tiene influencia entre nuestra generación”.


Para las señoras, de Amara Betty, obra de la exhibición Conscious Rise. 

Amara, por su parte, es clara en cuanto a su formación: “me siento muy influenciada por artistas de otra generación que eran políticos o panfletarios. El trabajo que he realizado es muy político. Creo que las nuevas tendencias se dirigen más hacia el pop art. Lo que estamos haciendo en Las Artelitas es muy consciente. O sea, no decidimos irnos por el lado del las caricaturas ni del arte cute, que no carga ningún peso ni incita a la discusión”. 

“Yo estoy muy influenciada por los artistas de las generaciones que me precedieron, específicamente Diana Solís, Héctor Duarte y Roberto Valadez”, señala Sara. “Crecí viendo su arte. No solo me gustó su obra, sino que eran muy palabreros y estaban involucrados en la comunidad. De ahí su influencia”.

Amara cuenta que la obra que producen no la hacen para alguien más sino para ellas mismas. Érica está muy consciente del momento que les ha tocado vivir y les permite mucha independencia. Y lo más significativo que han realizado es crear un espacio accesible para La Villita porque era necesario. Existía un vacío y ahora que lo están llenando no les importa moverse a otra parte. Asimismo, Sara vislumbra que son parte de un movimiento más grande en pro de la justicia y la paz. “Ya no estamos dispuestas a sentarnos en la parte trasera del autobús y quedarnos calladas”. 

Rosa, Sara, Érica y Amara son cuatro voces que están inyectando otro tipo de vida cultural en La Villita. La cultura es resistencia y es ruptura. Las Artelitas se asoman a la historia para comprender su presente. Asumen con libertad el rol de género que ellas sienten. No solo están creando arte y proveyendo un espacio sino que dan voz a los sin voz. Su actitud ante la vida también está convirtiéndose en otra obra de arte. Ellas son Las Artelitas.


Versus Man, de Sara Cortés, obra de la exhibición Conscious Rise. 

Franky Piña. Escritor, diseñador gráfico y videógrafo. Ha sido cofundador de varias revistas literarias en Chicago: Fe de erratas, zorros y erizos, Tropel y contratiempo. Es coautor del libro Rudy Lozano: His Life, His People (1991). Fue antalogado en Voces en el viento: Nuevas ficciones desde Chicago (1999) y Se habla español: Voces latinas en USA (2000). Asimismo ha sido editor de los catálogos Marcos Raya: Fetishizing the Imaginary (2004), The Art of Gabriel Villa (2007), René Arceo: Between the Instinctive and the Rational (2010), Alfonso Piloto Nieves Ruiz: Sculpture (2014). Entre los videos que ha producido se encuentran Jasso (2014), Sam Kirk (2014), Rodrigo Lara (2015), Esperanza Gama (2016). Actualmente es director editorial de El BeiSMan.

La próxima exhibición de Las Artelitas será el sábado 30 de julio:
Mujer Luchadora/Warrior Woman
2320 S. Kedzie Ave. Chicago IL

 

 

 

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