Deconstruyendo a Pancho y reinventando a Franky

Franky Piña Publicado 2016-06-01 09:47:27


Alma Domínguez: Metamorfosis deconstructiva, técnica mixta sobre tela, 2016.

 

“Olvida la vanidad y el orgullo déjalo afuera”
—Los ángeles azules, El listón de tu pelo
 

Quizá uno nunca llegue a ser lo que se propone. La mayor parte de mi vida me la pasé entre sombras; algunas veces vacilé en salir y otras más preferí el cobijo del armario. Quise llegar a ser lo que se esperaba de mí. Fallé. Pero ¿acaso alguien esperaba algo? … Yo tampoco. Cuando ya nada se espera, no queda más remedio que deconstruirse. Reinventarse. Devenir.

Textualmente nací y crecí en un mercado, entre aromas de guayabas, romeritos, zapotes y yerbas de olor. A temprana edad el tumulto constante del mercado fue orillándome al ensimismamiento. Fui una criatura funcional, como otras miles. De ahí que mi infancia se desarrollara bajo el marco moral de las instituciones mercantiles y eclesiásticas, y crecí procurando ser un niño “normal”, estudioso, trabajador, bien portado y hasta me acomodaba el cabello con limón para no despeinarme. En aquel tiempo, mi inocencia no me permitía sospechar de esos sustantivos abstractos encargados del comportamiento: el gobierno, la religión y la sociedad. 

“De mi vida real todo lo ignoro”, así comienza Luis Cardoza y Aragón sus memorias. El aforismo aguijonea: ¿qué es lo real si lo vivido existe solo en lo ambiguo de los recuerdos? Por mucha honestidad que se pretenda tener, la memoria juega bribonadas. Uno recuerda y olvida episodios a mansalva. Se dice que somos el reflejo de nuestro pasado; sin embargo, la mente es caprichosa. Por más de cuatro décadas retuve una escena de abuso sexual infantil. No hace mucho, un especialista me preguntó: “si no hubieras sido abusado, ¿serías cómo eres?” Pero no todo se resume en un episodio. La identidad de género es mucho más compleja y el abuso nada tuvo que ver con la determinación de mi identidad. De ahí que la mente sea terca y escoja episodios acordes a una narrativa. En mi caso sirvió de excusa. El cogito ergo sum lo habité a mi manera: recuerdo luego existo. 

La memoria más lejana que tengo de mí es cuando me encontraba en un quirófano. Tendría tres años. Aún recuerdo el esplendor de las luces y los rostros de dos médicos. Uno era de tez clara y el otro de tez oscura. El primero se llamaba Joaquín, del segundo no retuve su nombre, pero sí el color castaño de sus ojos, sus movimientos delicados y una sonrisa discreta. Bajo esa luz resplandeciente los cirujanos practicaron la retracción del prepucio de mi pequeño glande. Entonces no sabía qué era el glande ni para qué servía. Aunque apenas era un chiquillo, sentí atracción por uno de los cirujanos. Entonces llegué a creer que tanto el médico como yo éramos del mismo género, pero no, simplemente habíamos sido asignados de sexualidad masculina al nacer... Ésa primera atracción la callé como los niños callan tantas cosas. Ahora no me cabe duda, ése fue un silencio dichoso.

Un par de años después tuve mi primera experiencia sexual. Fue un acto irreflexivo, contra natura. Un milusos, convertido en niñero improvisado, alcanzó el éxtasis sexual conmigo a cambio de un carrito de plástico... Con el paso de los años comencé a observar con otro lente el abuso infantil. Es muy posible que el abusador también haya sido abusado y abusar era una manera de hacerse justicia con su propia mano. Ésa es la historia de muchos abusadores, se les juzga por sus acciones, pero no se les hace justicia por el abuso del cual fueron víctimas. ¿En dónde empezó esta cadena de abusos? Y por otro lado, ¿cómo se llegó a permitir que la soberanía sexual masculina comenzara a sentirse dueña de los cuerpos más vulnerables? Ése ha sido un silencio punzante.

Crecí tímidamente y con miedo. Con escasa conciencia tenía miedo de mostrar mis emociones. Tenía miedo de “no ser normal”. Tenía miedo de ser rechazado. Tenía miedo de mis amistades. Tenía miedo de mi familia. Tenía miedo de Dios. Mis miedos fueron moldeando mi rostro. Devine en silencio. Entre el acomodo de las frutas y el trato con los marchantes en el mercado, fui recordando que mi padre había vivido en Chicago. Entonces se me metió la idea de partir, huir y por fin ser en la distancia. Deseaba ser “normal”. Anhelaba la intervención divina. El milagro nunca sucedió. 

Llegué a la adolescencia desdoblado por la vida. Viví el júbilo, pero también el desasosiego y el dolor. Fui una versión reprimida del extraño caso de Dr. Jekyll y Mrs. Hyde. Una y otra vez busqué la ruptura con mi marco moral, pero como todo marino que no nace para el mar, naufragué. Mi línea de sombra estaba mal delineada.

Así, siendo joven y con la pulsión sexual encima, se convirtió en obsesión explorar el mundo, pero sobre todo mi sexualidad. Hasta los 19 años (antes de migrar), había tenido un par de novias de solo apapachos y mano sudada. Creí explorar y disfrutar del coito con media docena de mujeres, pero —como llegó a decir un amigo pintor—: “a todas les tuve que pagar”. Y a pesar del apareamiento, no exploré mi sexualidad simplemente “cumplí” el rol que se me había asignado.

 

Me animé a dejar mi pueblo. En aquel tiempo desconocía que llegaría a ser un inmigrante de por vida. Una serie de circunstancias que no estaban relacionadas entre sí provocaron mi partida. La primera, estaba enajenado con el mundo televisivo estadounidense. Como casi todo joven, yo quería ser parte de ese imaginario de consumo y fantasía. La segunda, tuve un desencuentro de amores y el orgullo me empujó a hacer mis maletas y valerme por mí mismo. Al menos se me antojaba fracasar en el intento. Ya por último, quería salir del clóset. El pudor y el hábito no me habían permitido explorar mi sexualidad. En mi pueblo no me atreví a consumar encuentros sin embarrar los apellidos de la familia y sin ser señalado por la sociedad. Necesitaba aire, pero más que aire requería despertar, ser libre, llegar a ser. 

Llegué a Chicago y comencé a trabajar en una fábrica. A mis amigos les presumía que era encargado de mantenimiento. En realidad, era conserje, no más y no menos. Ya fuera del horario de trabajo, y dadas las circunstancias que me rodeaban, llegué a ser parte de una organización inmigrantista donde reinaba un ambiente político de izquierda. En apariencia, los miembros eran la conciencia de la comunidad latina, pero resultaron no ser tan progresistas ni mucho menos radicales. Y aunque ahí comenzó mi despertar político, la homofobia y el machismo eran el pan cotidiano. Mis planes de explorar mi sexualidad pronto se volvieron a venir abajo. Seguí viviendo reprimido y deprimido.

Con la caída del muro de Berlín, la fiebre política aminoró. Quizá más por una licencia poética que por un accidente terminé siendo parte del taller literario El lugar sin límites. A pesar de la referencia a la novela de José Donoso, no supe leer la máxima de Pancho, personaje central de la misma: “en esta vida había que probar de todo”. El ambiente heteronormado en el taller literario no era muy diferente que el de un taller mecánico o que el de la organización social y política que me había acogido. Acepté otra vez el rol que supuestamente me correspondía en una sociedad “normal”. Volví a tener novias, no muchas, dos amantes y hasta me casé en el City Hall. Lo intenté. Mas no funcionó. Más bien, no funcioné. Lo “normal” no se hizo para mí. 

Ahora bien, tanto en la organización inmigrantista como en el taller literario, las actitudes machistas, homófobas y transfóbicas no eran particularidad de los otros. Me convertí en un gran gesticulador. Según yo —para ser aceptado o para probar mi hombría— me convertí en “la peor de todas”. La misoginia y la intolerancia hacia el homosexual y transexual fueron mi estandarte por muchos muchos años. Y como escribió el poeta Pessoa:

Cundo quise quitarme la máscara
la tenía pegada al rostro.
Cuando me la quité y me vi al espejo,
había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el disfraz, que no me había quitado.
Tiré la máscara y dormí en el guardarropa
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo.

La cerveza y mi tímido acercamiento a las artes se convirtieron en un sedante. El taller literario no solo me incitó a escribir sino que aprendí a poner tildes y se me abrieron las puertas del mundo editorial mainstream. Muy pronto, los puntos y las comas comenzaron a redituarme cierta comodidad. El confort económico terminó por convertirse en carcelero de la libertad que anhelaba. No obstante, el contacto con la literatura, la plástica y la música vinieron a llenar un vacío en mi vida. Aún así, no era una persona dichosa y bebía todos los días para serlo. Ya entrada la noche volvía a ser yo en mi cama vacía. Así transcurrieron 25 años en un exilio voluntario. Sé que me ha tocado vivir momentos de mucha dicha tanto en México como en Chicago. No todo ha sido amargura ni drama. He intentado vivir siendo una persona de bien aunque no ha sido fácil. Ser una persona consciente es un trabajo de todas las horas de todos los días.

En este tiempo que he pasado en Chicago he ido erigiendo un nombre como gestor cultural. He comenzado a perder el miedo y ya no me importa el qué dirán. Creo ser algo más que una identidad de género. Soy director de una revista, soy un escritor (con muchos altibajos), soy un improvisado diseñador gráfico, soy un hijo errante, soy un hermano distraído, soy un amigo irónico y asimismo soy una persona no conforme con su género.

Cuando decidí salir del armario ya era otoño que se apagaba. Me regocijaba en mi ocaso y me disponía a andar el último tramo de mi vida. Al menos intentaría recorrerlo conscientemente. Salí del clóset como homosexual a los 47 años, pero no solamente salí gay. También salí ignorante y errático. Vivir en las penumbras del armario fue mi decisión, mas vivir en la ignorancia quizá haya sido mi mayor tropezón. Asimismo pudo haber sido mi respuesta al condicionamiento del discurso social. Una vez afuera, caí en cuenta que no era homosexual sino una persona transexual. Perdí completamente la brújula al determinar mi identidad de género. Finalmente, mi pasado y mi realidad han emprendido la reconciliación.

Al recordar críticamente, me deconstruyo. Intento descolonizar mi pensamiento, mis hábitos. Ya me cansé de pelearme conmigo y con el mundo. Comienzo a reconocerme en la otra, en el otro.

Desde que llegué a Chicago comencé a frecuentar el club La Cueva. Era terreno virgen para hacer trabajo de campo sobre cultura popular. Era un escape para los inhibidos y, sobre todo, era un lugar de libertad para la comunidad translatina. Hoy asumo que mi interés por el ambiente de La Cueva estaba por encima de mi interés como escritor. Quizá nunca me interesó la supuesta “decadencia” del congal. Pasé por alto que era el club drag de mayor longevidad en Estados Unidos. Remedando el mito del poeta maldito, yo buscaba el regazo maternal y el abrazo existencial en ese antro de “mala muerte”. Pero para qué me hacía pendejo, no buscaba la experiencia última sino el vínculo acogedor de una comunidad que ya había despejado sus dudas: la familia trans. 

Fui madurando alejado de esa familia. La vergüenza y lo mocho pudieron más que mi pulsión sexual. De soslayo siempre miré todas esas consonantes que se acumulaban en identidades de las otras y los otros. Con ironía, y no sin cierto rubor, repetía las consonantes de una comunidad distante, mas no ajena: LGBTQ. Y desde mi nadería todavía me hacían ruido las mayúsculas. Al igual que don Pedro Páramo, yo “era un rencor vivo”.

Así como se entra a un armario también se sale, pero antes hay que cruzar el umbral. No hace mucho, el hijo (o debiera decir hija) pródigx ha vuelto a La Cueva. Atrás quedaron las extensas entrevistas a Miss Kitty, las inconmensurables horas de grabación de drag shows. Pero sobre todo, atrás quedó esa pose acartonada de escritor de barrio. Al fondo de La Cueva vislumbré una luz en la calle Veintiséis.

Finalmente, las palabras de la feminista Carol Hanish comenzaron a repicar en mí: “Lo personal es político”. 

El salir del clóset es un acto de liberación. Es una revuelta de pronombres. Es un parto lingüístico. Es un acto de conciencia. Es un despertar político. Es un proceso permanente de deconstrucción. Pero asimismo es un golpe demoledor. ¿Qué hacer cuando la estadística dice que cada 29 horas una persona transexual es asesinada por transfobia en el mundo? ¿Cómo aceptar que la edad promedio de una transexual afroamericana sea de 34 años en Estados Unidos? ¿Qué tan punzante puede ser que la comunidad transexual sea la comunidad más marginada y excluida en Estados Unidos? ¿Qué pensar cuando cada persona transinmigrante que voy conociendo llegó a Estados Unidos huyendo de la violencia doméstica y social? ¿Cómo no exasperarse cuando uno se entera que las tres fuentes principales de empleo de la comunidad trans son la prostitución, el drag show y el beauty salon? ¿Cómo quedarse callado cuando esta comunidad es la más discriminada en los sectores de salud, vivienda, educación y laboral? ¿Cómo admitir que la comunidad transexual tenga uno de los índices más alto de suicidio? La lista de interrogantes es lacerante. Descalabra. La cuerpa, como la persona en su totalidad, es sagrada —como lo expuso la filósofa Simone Weil—; por lo tanto, merece respeto supremo.

Al final del túnel es reconfortante encontrar una filigrana de esperanza en mujeres translatinas que por su compromiso social y activismo están marcando una pauta nueva: Reyna Ortiz en Chicago, Isa Noyola en Oakland y Jennicet Eva Gutiérrez en Los Ángeles, entre muchas otras. 

Este ejercicio testimonial me rebasa. He vivido con la espinita de decir y hacer cosas. Con la edad he comprendido que el espíritu no se manifiesta de una sola manera y a través de un solo género. Por ahora me ha tocado escribir, diseñar, producir videos, estar al frente de El BeiSMan. Y si he llegado a escribir sobre plástica es porque creo que el arte es una de las manifestaciones que comulgan casi a plenitud con el espíritu. De igual manera si realizo videos es porque es otra manera también de expresar pulsiones e inquietudes a través de un medio visual. Al atender una mesa, preparar un platillo o diseñar un libro, la pasión no es menor en ninguno de los casos. Con el tiempo, me he dado cuenta de que una de mis razones de ser en este mundo es ser una especie de canal. Ser uno de los instrumentos que canalizan el fluir de varios espíritus, pero sobre todo, los espíritus comprometidos con el otro, la otredad. Esos espíritus inquietos, rebeldes que no se conforman con lo establecido y que tienen todavía la esperanza de que un mundo mejor es posible. Y lo puede ser a través del arte, la política, el activismo, la cultura, la crítica. A través de esas disciplinas se puede alcanzar la justicia, la dignidad, la igualdad, la equidad, la liberación espiritual y la descolonización ideológica and so on and so forth. Y sin caer en pretensiones, ahora he llegado a tener claro que mi papel en esta vida es ser humildemente un canal. No soy yo, es el todo.

 

 

Franky Piña. Escritor y diseñador gráfico. Ha sido cofundador de varias revistas literarias en Chicago: Fe de erratas, zorros y erizos, Tropel y Contratiempo. Es coautor del libro Rudy Lozano: His Life, His People (1991). Un cuento de Piña fue publicado en la antología Se habla español: Voces latinas en USA (2000) y Voces en el viento: Nuevas ficciones desde Chicago (1999). Fue productor y editor de los siguientes libros de arte: Marcos Raya: Fetishizing the Imaginary (2004),The Art of Gabriel Villa (2007), René Arceo: Between the Instinctive and the Rational (2010), Alfonso Piloto Nieves Ruiz: Sculpture (Editorial El BéiSMan, 2014). Es director editorial de El BeiSMan..

Comentarios



De interés

Blogs

Cool2ra

Diske Uno, el artista culichi que dibuja RAÍCES

Rocío Santos - 2017-12-14

El ojo de Turandot

Carolina A. Herrera - 2017-12-11

Delicia de Coco

Carolina A. Herrera - 2017-11-27

Files

Find Us On Facebook