Las librerías también tienen su alma

Alejandro Ferrer Publicado 2016-03-15 12:11:05

 
Tres Amércias Books

 

Es martes y afuera está nevando.

El profesor Marc Zimmerman me llama y sugiere que escriba sobre el cierre definitivo de Tres Américas, acaso la mejor librería de Chicago (y por qué no, de Estados Unidos).

Le respondo que cuente conmigo.

(Aunque no le menciono que desde hace días he estado intentando escribir —por cierto, sin éxito— una especie de elegía al respecto).

Por eso sigo aquí, en el sótano de mi casa, entre libros, ceniceros, papeles y tazas de café a medio tomar, luchando contra la página en blanco.

No es fácil escribir sobre la agonía y el desenlace final de una librería, y más aún, tratándose de Tres Américas; aquel lugar mágico, hermoso, donde Carlos Cabrera, con su amabilidad inquebrantable, y Humberto Gamboa, con su sonrisa y sus sorprendentes luces literarias, siempre nos hicieron sentir como si estuviésemos en nuestra propia casa.

Y es que llegó a ser el hogar de muchos soñadores, como Alfonso Díaz, John Barry, Henry Russell y Aaron Kerlow, sólo por nombrar los mejores, que partieron prematuramente y ahora viven —parafraseando a Huidobro— entre una estrella y dos golondrinas.

No hay duda que una buena librería, como la que hoy nos convoca, adquiere su grandeza por la calidad de sus libros y autores; aunque también, por sus ávidos lectores, aquellos que cierran los ojos y se dejan llevar hacia horizontes y lugares “nunca vistos ni oídos” (como diría el anciano Bernal Díaz).

Sin embargo, la Librería no sólo trascendió a partir de aquellas pletóricas estanterías: desde sus comienzos se transformó en una institución cultural; yo diría indispensable, única y generosa, preocupada en apoyar el sorprendente número de escritores en ciernes, narradores, poetas, artistas, cineastas, profesores, intelectuales que crecían en Chicago, como nunca antes, igual que esas callampas pluviales que nacen en la Patagonia y se multiplican al salir el sol.

 


tres américas, revista cultural

 

tres américas, revista cultural

Tres Américas tuvo, desde un principio y por mucho tiempo, clubes de lectores que se reunían una vez al mes —los domingos a las tres de la tarde— a comentar y discutir lecturas selectas, y de paso profundizar amistades. Sólo en el primer año del club se leyeron grandes novelas entre las que destacaron El otoño del Patriarca, La tía Julia y el escribidor, La invención de Morel, Los pasos perdidos, El túnel, y muchas otras.

También, a poco de andar, la Librería fue gestora fundamental en la aparición y desarrollo de “tres américas, revista cultural”, que a partir de 1990 y hasta el otoño de 1996 facilitó sus páginas a los escritores latinoamericanos del área.

La verdad es que aquello fue un desafío intelectual para todos quienes participamos en su génesis y posterior desarrollo, y nos gusta pensar que en cierta medida marcó “un antes y un después” en la literatura en español de la ciudad.

Paso a paso, la revista fue mejorando su nivel. Se logró (en realidad fue aporte de Humberto Gamboa) la participación de escritores del nivel de José Emilio Pacheco (Premio Cervantes, 2009) quien nos donó 3 poemas inéditos: “Oscura entre las sombras”, “Regreso a Sísifo” y “Enemigos”.

(Todavía muchos recordamos que Pacheco fue portada de la revista número 4 (otoño de 1992), realizada por el gran pintor español Salvador Calvo).

Especial mención merecen los magníficos artículos de crítica literaria que realizaron en aquella oportunidad nuestros colaboradores Susana Cavallo (“La sombra de la memoria – aproximación a la poesía de José Emilio Pacheco”); y mi maestro, John Barry (“Olvidar sería un crimen — Morirás lejos y el arte de expresar lo inexpresable”).

El nivel intelectual de esos trabajos marcó definitivamente el ingreso de nuestra revista a su madurez literaria, lo cual nos llenó de sano orgullo.

También la revista se benefició gracias a la generosidad de Eduardo Galeano, el gran uruguayo, a quien le dedicamos la portada de la revista tres américas número 2 (1990). En su oportunidad, nos autorizó y publicamos una selección de magníficos textos de su Libro de los abrazos, y del libro Días y noches de amor y guerra, que aparecieron en la sección Azul de la revista bajo el nombre de “Eduardo Galeano y los niños”.

 

Presentación de libros

Con su amplio local, la Librería Tres Américas facilitó el auspicio y presentación de libros escritos por autores locales. Todavía —¡cómo no!— agradezco el esfuerzo realizado por Carlos y Humberto el día de la presentación de mi humilde librito Cuentos de la Patagonia, publicado por la Editorial Esperante (Chicago, 1996), que dirigía el peruanísimo Dr. Edgardo Pantigoso.

Como anécdota que quizás merezca contarse, debo decir que viví a plenitud “los 15 minutos de gloria” que según Andy Warhol todo ser humano merece en su vida: creo que aquel día —aun corriendo el riesgo de estar idealizando— no entraba ni una aguja en el local.

De partida, la Rondalla San Román, de por lo menos 20 guitarristas vestidos de riguroso y elegante frac, amenizaron esa tarde inolvidable.

Recuerdo que luego de los discursos, aplausos y saludos (la gente fue muy cariñosa), se formó una línea de lectores que partía desde la calle Pulaski hasta el fondo de la Librería, para que yo firmase cada uno de los libros adquiridos.

Hasta ahí todo perfecto.

El problema sobrevino cuando se extendieron los manteles y llegaron los manjares, entremeses y postres preparados para la ocasión, y sin pérdida de tiempo, comenzaron a escucharse los delicados ruidos del descorche de los vinos.

Desde mi lugar de firmador, alcancé a ver (en ese tiempo tenía ojos de lince) las pantagruélicas mesas desbordantes. Aquello parecía las bodas de Perico Camacho a las que había asistido 400 años antes, don Quijote de la Mancha (y de seguro el glotón Sancho Panza).

Los comensales no tardaron en atacar (por cierto, con mucha delicadeza) la comida en general y un platillo en particular, que cocinó para la ocasión Dudley Nieto, gran amigo de la librería.

Respaldado por las recetas del ‘best seller’ de Laura Esquivel Como agua para chocolate, Dudley preparó nada menos que “Codornices en salsa de pétalos de rosas” (y ya sabemos que la autora nos había advertido que aquella comida aceleraría la pasión de quienes osaran probarla).

Con un ojo yo firmaba libros, pero con el otro (el de lince) miraba como iban desapareciendo las codornices, y como se teñían de rojo carmesí los labios de las hermosas lectoras que nos acompañaban.

Cuanto más rápido comían mis amigos, más rápido firmaba yo los libros, confiado en que lograría terminar antes para integrarme al festín y festinar con lo poco que iba quedando.

Reconozco que perdí la competencia: me quedé sin morder aquellos lujuriosos pétalos.

Sin embargo, los ganadores, los que se devoraron los platos de la pasión, denunciaron muy pronto ciertas miradas lascivas, y poco a poco, tuvieron que desaparecer de la Librería Tres Américas con sus parejas, por suerte sin olvidar mi librito, que se llevaron bajo el brazo.

 

Invitados de alto vuelo

Muchas y muy variadas fueron siempre la actividades culturales en la Librería. Cómo olvidar la presencia de los invitados de nivel universal. Sin duda, un privilegio que ni siquiera tuvieron algunas de las grandes Universidades de Chicago.

 


Manuel Zapata Olivella

 

Manuel Zapata Olivella

Autores como don Manuel, el más destacado representante de la literatura afro-caribeña de Colombia, nos deleitó con las anécdotas de su gran obra Changó, el gran putas, y nos mantuvo inmersos en el apasionante tema —muchas veces ignorado— de los extraordinarios aportes literarios, artísticos y musicales de los pueblos afro-americanos.

—¡Hasta el tango, queridos amigos, tiene su raíz en África! —aseguró Zapata

Olivella al terminar su clase magistral.

 


Carlos Monsiváis

 

Carlos Monsiváis

Carlos Monsiváis, el gran cronista y literato del México moderno, estuvo en la Librería una tarde completa sorprendiéndonos con su sabiduría.

Recuerdo que en esa oportunidad, respondiendo alguna pregunta, el maestro Monsiváis nos confidenció una anécdota relevante: para acortar uno de esos vuelos interminables desde México a España, compitió nada menos que con Juan José Arreola (El guardagujas, 1951), su compañero de asiento, para establecer de una vez y para siempre, quien de los dos sabía más poemas de memoria.

Nunca supimos quién ganó, “porque el avión aterrizó en Madrid y todavía nos quedaban muchos poemas por recitar”, nos reveló Monsiváis.

En el otoño de mi vida, algunos años después de haber escuchado aquella anécdota, pude comprender que en realidad el escritor nos estaba dando una lección subliminal sobre la importancia de la memorización en la poesía.

La poesía no sólo hay que disfrutarla, leerla, estudiarla o diseccionarla; también es importante llevarla dentro de uno para siempre.

Ahora entiendo mejor la entrevista al premio Nobel de Literatura, Derek Walcott (de las Antillas) que tradujo mi amigo Dante Valenzuela (tres américas 5 ): en sus clases de la Universidad, el vate caribeño exigía que sus alumnos (todos poetas) memorizaran y recitaran desde el corazón, los grandes poemas de la historia.

 


Elena Poniatowska

 

Elena Poniatowska

La señora Elena Poniatowska es una mujer extraordinaria en el ámbito literario —ha publicado más de 40 libros— y en todo sentido; una verdadera princesa franco-mexicana, dulce y brillante, que en un abrir y cerrar de ojos supo robarnos el corazón a todos. Tres Américas logró que aceptara venir a conocer la Librería y de paso conversara con nuestros amigos poetas y escritores.

Todavía faltaba algún tiempo para que Elena arañara la inmortalidad al recibir el más prestigioso premio de la lengua española: el premio Cervantes, en el año 2013.

Muchos años después (y debido a la diferencia de horarios con Europa), pudimos ver directamente la ceremonia de entrega del premio a la mexicana Elena Poniatowska (nuestra amiga de Tres Américas), en mi clase de literatura.

Mis estudiantes (la gran mayoría mujeres mexicanas) la escucharon contar que aprendió a hablar español de niña escuchando a los pregoneros en las calles:

Cuchito, cuchito,/ mató a su mujer/ con un cuchillito/ del tamaño de él.

Y sobre la misma, aquello que dice:

Naranja dulce / limón celeste / dile a María / que no se acueste. / María, María / ya se acostó / vino la muerte / y se la llevó.

Esa mañana Elena Poniastowska, reivindicó como pocos han logrado, la lengua de la calle y el honor de la mujer mexicana.

Al término de la ceremonia, les vi un brillito en los ojos a aquellas muchachas que se identificaron plenamente con ella, y estoy seguro que no olvidarán jamás esa hermosa clase de St. Augustine College (sede Sur - 25th place).

 

Rosario Ferré

Rosario Ferré, poeta y narradora puertorriqueña, lamentablemente fallecida hace algunos días, fue otra de las grandes figuras que conocimos en la Librería.

Rosario quedó encantada con la revista y, sin duda, sorprendida de constatar que prácticamente toda su producción literaria estaba presente en las estanterías-jardines de la Librería: (Maldito amor; Papeles de Pandora y Sonatinas), entre otros.

Por la carta que le envió a Humberto con posterioridad a su visita, dejó constancia de los buenos momentos vividos y del entusiasmo de la gente que estuvo presente. A partir de aquel instante Rosario se transformó en una soñadora más de Tres Américas:

—¡Pero cómo lo hacen!—, se despidió sorprendida.

Nuevamente nuestra Susana Cavallo publicó —yo creo— el mejor ensayo que se haya escrito sobre la obra de Ferré, “Palimpsesto erótico: Rosario Ferré lee a Octavio Paz”,y que ella reconoció agradecida.

 

La tristeza de Humberto Gamboa

Desocupados lectores, el año 2016 se nos vino de malas: definitivamente Tres Américas se nos va, se termina, se apaga para siempre.

No se crea que la Librería no luchó por sobrevivir hasta los últimos instantes de sus 27 años de existencia, todo lo contrario; sin embargo, los demonios fueron demasiado poderosos. Jamás se detuvieron ante nada ni nadie (sino pregúntenle a “amazon.com” y a otros gigantes neoliberales, fríos como el hielo, que van por el mundo ofreciendo trabajos a 25 centavos la hora, y de paso le roban el alma a las librerías).

Todos nos hemos quedado tristes: Carlos Cabrera, Isidro, Escalona, Colón, Susana, Zimmerman, cientos de profesores y amigos que amamos los libros; pero nuestra tristeza no puede compararse con la Humberto Gamboa que hizo de la Librería la razón de su vida.

Jamás podré olvidar la noche en que Carlos, con un tono de voz bordeando la impotencia y la emoción, me llamó para decirme que Humberto estaba en el hospital en condiciones reservadas.

La verdad es que el corazón de Humberto, esa noche, le pasó la cuenta por tantos sacrificios y esfuerzos, pero más que nada (de eso sí estoy seguro), por la profunda pena que le produjo la inminencia del cierre de la Librería Tres Américas.

Sin embargo, la vida, que a veces puede ser injusta, aquella noche no lo fue: Humberto cayó en manos del mejor y más prestigioso cirujano de Chicago: el mexicanísimo doctor Antonio Pérez Tamayo.

Después de la operación y, conociendo a Humberto como lo conocemos, seguro que habló de todo con su doctor, menos del corazón: ese apellido materno del cirujano tiene que haberle llamado mucho la atención: “¿No estará usted emparentado con Rufino Tamayo?”, le habrá preguntado.

—Sí, de ahí vengo, Humberto —le habrá contestado con humildad aquella eminencia.

Y ahí se habrá iniciado una exquisita conversación sobre el muralismo mexicano y el lugar que le correspondió al inmortal Rufino Tamayo (tío abuelo del doctor).

Hoy, Humberto Gamboa está como nuevo —en Chile decimos, ¡como lechuga!—; y aunque no lo crean, ya está de regreso en su trabajo.

Sin embargo, en cuanto, por última vez, apague la luz, cierre la puerta principal y comience a alejarse por la calle Pulaski, adentro, a oscuras, los libros se quedarán solos y, poco a poco, comenzarán a liberar sus personajes, sus fantasmas, que hablarán a murmullo limpio.

Sor Juana Inés de la Cruz comenzará a recitar con voz acongojada :

Que no me quiera Fabio al verse amado
es dolor sin igual, en mi sentido;
mas que me quiera Silvio aborrecido
es menor mal, mas no menor enfado.

Y Juan Rulfo, con su humildad de siempre, murmurará (como en Comala):

… la luna hizo brillar la aguja de arria... Y no sé por qué, pero de pronto comencé a tener una fe muy grande en aquella aguja. Por eso, al pasar Remigio Torrico por mi lado… se la hundí a él cerquita del ombligo. Se la hundí hasta donde le cupo. Y allí la dejé… y me entró la lástima.Por eso aproveché para sacarle la aguja… y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría el corazón… dio dos o tres respingos como un pollo descabezado y luego se quedó quieto.

El fantasma de García Márquez leerá por última vez “Cien años de Soledad” con voz de despedida:

…el padre Nicanor cantó los evangelios… Al final, cuando los asistentes empezaron a desbandarse, levantó los brazos en señal de atención. “Un momento —dijo—. Ahora vamos a presenciar una prueba irrebatible del infinito poder de Dios.

El muchacho que había ayudado a misa le llevó una taza de chocolate espeso y humeante que él se tomó sin respirar… extendió los brazos y cerró los ojos. Entonces el padre Nicanor se elevó doce centímetros sobre el nivel del suelo. Fue un recurso convincente… Nadie puso en duda el origen divino de la demostración, salvo José Arcadio Buendía… que observó sin inmutarse… y se encogió de hombros cuando el padre Nicanor empezó a levantarse del suelo junto con la silla en que estaba sentado. “Hoc est simplicisimum”, dijo José Arcadio Buendía…”.

Hoy es martes y afuera ya no nieva.

Pronto llegará la primavera, pero no será lo mismo…

 


Humberto Gamboa y Alejandro Ferrer

 

∴ 

Alejandro Ferrer. Profesor de español en St. Augustine College, Chicago.

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